Capítulo 45 — La distancia que dejó un beso #2
—¿Te vas a la sala?
Alexandra se detuvo.
—Pensaba quedarme un rato con Alexa. Si necesitas algo, estaré allí.
Eli pareció dudar.
Por un instante, Alexandra creyó que su esposa iba a pedirle que se quedara.
Pero Eli bajó nuevamente la mirada.
—Está bien.
Alexandra asintió, ocultando la decepción que le provocó aquella respuesta.
—Buenas noches, amor.
—Buenas noches, Alexandra.
La presidenta salió del dormitorio y cerró la puerta con cuidado.
Eli permaneció sentada sobre la cama, mirando el lugar donde su esposa había estado unos segundos antes.
No quería que se marchara.
En realidad, una parte de ella deseaba que Alexandra regresara, la abrazara y se quedara a su lado hasta que el sueño terminara venciendo sus pensamientos.
Pero otra parte necesitaba silencio.
Necesitaba dejar de imaginar a Angi cerca de su esposa y recordar que aquel beso no había sido una decisión de Alexandra.
Se cubrió el rostro con ambas manos.
—Dios mío, ¿por qué me afecta tanto? —susurró.
No era porque creyera que Alexandra pudiera abandonarla por una antigua aventura.
Era porque amaba a su esposa con una intensidad que a veces la sorprendía incluso a ella misma.
Y descubrir que otra mujer todavía se atrevía a reclamar un lugar en la historia de Alexandra, aunque solo fuera a través de provocaciones, había despertado una inseguridad que nunca había experimentado de aquella manera.
Eli no quería competir con Angi.
No quería demostrar que era mejor que ella.
Solo quería sentirse tranquila en su propio matrimonio.
Y, aquella noche, todavía no lo conseguía.
---
Alexandra regresó a la habitación de Alexa.
La pequeña dormía profundamente, con una mano junto a su rostro y los labios ligeramente entreabiertos.
La presidenta se sentó en el sillón que habían colocado junto a la cuna y tomó su teléfono.
Tenía varios mensajes de Natalie relacionados con los primeros pasos del contrato europeo, además de una notificación del departamento jurídico que requería su aprobación.
Los leyó, respondió lo indispensable y dejó el dispositivo sobre la mesa.
No tenía cabeza para trabajar.
Por primera vez en mucho tiempo, los asuntos de Woods International le parecían insignificantes.
Habían conseguido un contrato extraordinario. Su equipo estaba celebrando una victoria que podía abrirles nuevas oportunidades en Europa. Durante las próximas semanas tendría reuniones, negociaciones y decisiones importantes que tomar.
Pero nada de aquello le importaba demasiado mientras Eli estuviera sufriendo.
Alexandra se inclinó hacia delante y apoyó los codos sobre las rodillas.
Recordó el rostro de Angi cuando la había apartado.
Recordó la rabia que había sentido al comprender que aquella mujer no había respetado su negativa.
Y después recordó la expresión de Eli.
Eso fue lo que terminó de desarmarla.
No podía culpar a su esposa por sentirse herida, pero tampoco soportaba que el comportamiento de otra persona hubiera conseguido introducir tanta distancia entre ellas.
Tomó nuevamente el teléfono y abrió la conversación con Eli.
Escribió un mensaje.
Te amo, Eli. No quiero que te vayas a dormir pensando que hay alguien más en mi vida. Solo estás tú. Siempre has sido tú.
Lo leyó varias veces.
Después borró el mensaje.
No porque no lo sintiera, sino porque sabía que Eli necesitaba descansar y no quería obligarla a responder.
Dejó el teléfono a un lado y volvió la mirada hacia su hija.
—Tu mamá es la mujer más importante de mi vida, ¿sabes? —susurró—. Y voy a hacer todo lo que pueda para que vuelva a sentirse segura conmigo.
Alexa se movió ligeramente en la cuna.
Alexandra sonrió y le acomodó la manta.
Después se recostó en el sillón, pensando que solo cerraría los ojos unos minutos.
Había sido un día agotador. La tensión acumulada, la reunión, el beso inesperado y el dolor de ver a Eli tan distante habían terminado por consumir sus fuerzas.
Intentó mantenerse despierta.
Quería regresar al dormitorio más tarde, cuando su esposa estuviera dormida, y comprobar que se encontraba bien.
Pero el cansancio pudo más.
Su cabeza se inclinó lentamente hacia un lado y, sin darse cuenta, Alexandra Woods se quedó dormida en el sillón de la habitación de su hija.
No había querido alejarse de Eli.
No había querido pasar la noche separada de ella.
Simplemente, mientras esperaba que las cosas se calmaran, el sueño terminó venciéndola.
Y así transcurrieron las horas.
Una madre dormía en un sillón, junto a la cuna de su hija.
La otra permanecía despierta en una cama demasiado grande, intentando convencer a su corazón de que todo estaba bien.
Ninguna de las dos sabía que, al amanecer, aquella distancia les dolería todavía más.
---
La luz de la mañana se filtró por las cortinas del dormitorio.
Eli abrió los ojos lentamente.
Durante unos segundos permaneció inmóvil, confundida por la tranquilidad de la habitación. Después giró la cabeza hacia el otro lado de la cama.
Estaba vacío.
La almohada de Alexandra permanecía perfectamente colocada, sin señales de que su esposa hubiera dormido allí durante la noche.
Eli se incorporó de inmediato.
Miró el reloj y después volvió a observar el espacio vacío a su lado.
Alexandra no había regresado.
Una sensación desagradable le oprimió el pecho.
—No puede ser… —murmuró.
Se apartó las sábanas y se levantó.
Lo primero que pensó fue que Alexandra había decidido dormir en otra habitación porque estaba cansada de su distancia. Quizá se había sentido rechazada. Quizá, después de pasar horas intentando acercarse a ella, había llegado a la conclusión de que era mejor mantenerse alejada.
Aquella posibilidad le provocó una punzada de culpa.
No había querido hacerle daño.
Solo necesitaba tiempo.
Pero ahora, al contemplar la cama vacía, comprendió que su silencio también podía haber lastimado a Alexandra.
Salió del dormitorio y recorrió el pasillo.
La habitación de Alexa tenía la puerta entreabierta.
Eli se acercó despacio y asomó la cabeza.
Lo que vio hizo que se detuviera.
Alexandra estaba dormida en el sillón junto a la cuna, con el cuerpo ligeramente encorvado y una manta que se había deslizado hasta el suelo.
Su teléfono descansaba sobre la mesa.
Tenía el cabello despeinado y una expresión de cansancio que Eli rara vez veía en ella.
La pequeña seguía durmiendo tranquilamente.
Eli entró sin hacer ruido.
Se acercó a su esposa y recogió la manta del suelo. Después se la acomodó sobre las piernas, procurando no despertarla.
Fue entonces cuando observó el rostro de Alexandra con más atención.
Incluso dormida parecía agotada.
Tenía unas leves sombras bajo los ojos y una de sus manos descansaba cerca de la cuna, como si se hubiera quedado dormida después de comprobar que su hija estaba bien.
Eli sintió que el corazón se le encogía.
Alexandra no había pasado la noche lejos de ellas.
Había permanecido allí, junto a su hija, probablemente porque no había querido presionarla ni invadir el espacio que le había pedido.
Y eso le dolió más que cualquier discusión.
Porque Alexandra había respetado su silencio, incluso cuando ese silencio significaba quedarse sola.
Eli se agachó junto al sillón.
—Alexandra… —susurró.
Su esposa no respondió.
Eli le rozó suavemente el brazo.
—Amor, despierta.
Alexandra abrió los ojos lentamente, desorientada durante unos segundos. Cuando reconoció a Eli frente a ella, intentó incorporarse de inmediato.
—¿Qué pasa? ¿Alexa está bien?
—Sí, nuestra hija está bien.
Alexandra miró hacia la cuna y comprobó que la pequeña seguía dormida.
Después volvió la mirada hacia su esposa.
—¿Qué hora es?
—Ya amaneció.
La presidenta parpadeó, sorprendida.
—Me quedé dormida…
Miró el sillón y después a Eli.
Comprendió inmediatamente lo que estaba pensando su esposa.
—No quería preocuparte —dijo con voz ronca por el sueño—. Vine a quedarme un rato con Alexa y supongo que terminé quedándome dormida.
Eli bajó la mirada.
—¿No dormiste en toda la noche?
Alexandra negó lentamente con la cabeza.
—Dormí un poco aquí.
—¿Por qué no regresaste a la cama?
La pregunta salió más triste de lo que Eli había previsto.
Alexandra la observó durante unos segundos antes de responder.
—Porque necesitabas espacio.
Eli sintió que se le cerraba la garganta.
—Alexandra…
—No quería que te sintieras obligada a hablar conmigo ni a fingir que estabas bien. Sé que lo ocurrido te afectó y no quería empeorar las cosas.
Eli apretó los labios.
—Pero esta también es tu casa.
Alexandra frunció ligeramente el ceño.
—Lo sé, amor.
—Y esa también es tu cama.
La presidenta permaneció en silencio.
Eli se pasó una mano por el rostro, tratando de controlar la emoción que comenzaba a crecer dentro de ella.
—No quería que terminaras durmiendo aquí, en un sillón, como si no tuvieras un lugar a mi lado.
Alexandra se levantó despacio. Tenía la espalda entumecida y el cuello dolorido, pero apenas prestó atención a aquellas molestias.
Lo único que le importaba era la expresión de Eli.
—No pensé que lo interpretarías así.
—¿Cómo querías que lo interpretara cuando desperté y no estabas conmigo?
Alexandra bajó la mirada.
—Lo siento.
Eli negó rápidamente con la cabeza.
—No. No quiero que te disculpes por respetar lo que te pedí.
Se hizo un silencio.
Después, Eli dio un paso hacia ella.
—Estoy molesta por lo que ocurrió. Sigo estándolo. Y probablemente necesite un poco más de tiempo para dejar de sentirme así. Pero no quiero que pienses que tienes que alejarte de mí cada vez que estoy enfadada.
Alexandra la miró con una mezcla de sorpresa y esperanza.
—No quería que sintieras que estaba ignorando tus necesidades.
—Y yo no quiero que sientas que tienes que castigarte por algo que no hiciste.
La voz de Eli se quebró ligeramente.
—Vi cómo la rechazaste, Alexandra. Sé que no querías ese beso. No quiero que termines durmiendo en un sillón por mi culpa.
Alexandra sintió que la emoción le apretaba el pecho.
Se acercó un poco más, aunque todavía no se atrevió a abrazarla.
—No lo hice como un castigo, Eli. Simplemente… no sabía qué más hacer.