La heredera del imperio Woods Capítulo 45 — La distancia que dejó un beso
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Capítulo 45 — La distancia que dejó un beso

El trayecto de regreso a casa había terminado, pero el silencio entre Alexandra Woods y Eli Sinclair parecía haberse convertido en un pasajero más, uno que ninguna de las dos sabía cómo hacer desaparecer.

Alexandra había intentado iniciar una conversación durante el camino. Le había explicado nuevamente que no esperaba aquel beso, que había apartado a Angi en cuanto logró reaccionar y que jamás habría permitido voluntariamente que otra mujer la besara de aquella manera.

Eli la había escuchado.

No la había acusado de nada, ni había puesto en duda sus palabras. Sabía perfectamente lo que había visto en aquella sala de reuniones. Había observado cómo Alexandra rechazaba a Angi, cómo se apartaba de ella y cómo le exigía que respetara su matrimonio.

Su esposa no tenía la culpa.

Lo sabía.

Y, aun así, la imagen de aquellos labios sobre los de Alexandra seguía apareciendo en su mente cada vez que intentaba pensar en otra cosa.

Le molestaba recordar la seguridad con la que Angi se había acercado a ella.

Le enfurecía que aquella mujer hubiera utilizado una historia del pasado para intentar demostrar que todavía podía invadir su presente.

Pero lo que más le dolía era haber tenido que presenciar aquella escena sin poder evitar que sucediera.

No estaba enfadada con Alexandra por haber correspondido al beso, porque no lo había hecho.

Estaba enfadada con la situación, con Angi y consigo misma por sentirse tan vulnerable.

Y conocía su propio carácter.

Si comenzaba a hablar en aquel estado, corría el riesgo de decir algo injusto, algo que pudiera herir a Alexandra y convertir una situación desagradable en una discusión entre ellas.

No quería eso.

Amaba demasiado a su esposa como para permitir que la rabia hablara por ella.

Por eso, cuando el automóvil se detuvo frente a la casa, Eli tomó su bolso y descendió sin decir una palabra.

Alexandra apagó el motor y permaneció unos segundos observándola.

—Eli…

Su esposa se detuvo junto a la entrada.

—Estoy cansada, Alexandra. Quiero acostarme un rato.

La presidenta bajó del automóvil y la siguió.

—Está bien, amor. No voy a presionarte para que hablemos ahora.

Eli asintió sin mirarla.

—Gracias.

Aquella palabra, pronunciada con tanta distancia, le dolió a Alexandra más de lo que habría querido admitir.

Entraron en la casa y fueron recibidas por una de las cuidadoras, quien les informó que Alexa había pasado una tarde tranquila y que estaba descansando en su habitación.

Eli sonrió ligeramente al escuchar el nombre de su hija.

—Voy a verla.

—Claro —respondió Alexandra.

Su esposa se dirigió hacia las escaleras sin esperar una respuesta.

Alexandra se quedó inmóvil en el recibidor, sosteniendo todavía las llaves del automóvil.

Nunca había imaginado que un día terminaría deseando que Eli le gritara.

Porque aquel silencio era mucho peor.

Si su esposa estuviera enfadada y quisiera discutir, Alexandra podría explicarle lo sucedido, responder a sus preguntas y tratar de encontrar juntas una solución.

Pero Eli había elegido callar.

Y Alexandra sabía que no lo hacía para castigarla. Lo hacía porque estaba intentando controlar sus propias emociones.

Eso le impedía reclamarle cualquier cosa.

Había sido ella quien le había prometido que no permitiría que Angi interfiriera en su matrimonio. Aunque no había tenido responsabilidad alguna en aquel beso, entendía que su esposa necesitaba tiempo para asimilar lo ocurrido.

Así que decidió respetar su espacio.

Incluso si aquello significaba pasar el resto de la noche sin escuchar su voz.

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Cuando Alexandra entró en la habitación de Alexa, encontró a Eli sentada junto a la cuna, acariciando suavemente la manita de su hija.

La pequeña estaba despierta y movía los pies bajo la manta, entretenida con sus propios sonidos.

—Hola, mi princesa —susurró Alexandra desde la puerta.

Eli levantó la mirada.

Durante un instante, sus ojos se encontraron.

Alexandra quiso acercarse a ella, besarle la frente y rodearla con los brazos. Quiso decirle que la extrañaba a pesar de que apenas habían pasado unas horas desde que se habían marchado de la oficina.

Pero no lo hizo.

Se limitó a acercarse a la cuna y sonreírle a su hija.

—¿Cómo está la niña más hermosa del mundo?

Alexa respondió con un balbuceo y agitó las manos.

Alexandra soltó una pequeña carcajada.

—¿Eso significa que me extrañaste?

La bebé volvió a mover los brazos.

—Yo también te extrañé, cariño.

Eli observó la escena en silencio.

Amaba ver a Alexandra con su hija. Le gustaba aquella faceta de su esposa que pocas personas tenían la oportunidad de conocer: la mujer que podía enfrentarse a un consejo directivo sin pestañear y que, sin embargo, era capaz de pasar varios minutos hablando con una bebé que todavía no podía responderle con palabras.

Alexandra levantó a la pequeña con cuidado y la acomodó contra su pecho.

—Creo que alguien quiere que su mamá la mime un poquito.

Eli extendió los brazos y recibió a su hija.

—Ven aquí, mi amor.

Alexa se acomodó contra ella, apoyando la mejilla en su pecho.

Por unos minutos, ambas mujeres permanecieron junto a la cuna, concentradas en la pequeña.

Era un momento que, en cualquier otro día, habría terminado con Alexandra rodeando la cintura de Eli y besándola mientras las dos discutían cariñosamente sobre quién había conseguido hacer sonreír más a su hija.

Pero aquella tarde no ocurrió.

Cuando Alexa comenzó a mostrar señales de sueño, Eli la acostó cuidadosamente en la cuna.

—Voy a cambiarme —murmuró después.

Alexandra asintió.

—De acuerdo.

Eli salió de la habitación.

La presidenta permaneció un momento junto a su hija, contemplando su pequeño rostro.

Después se pasó una mano por el cabello y dejó escapar un suspiro.

—Tu mamá está enfadada conmigo, pequeña.

Alexa continuó durmiendo, ajena a las preocupaciones de sus madres.

Alexandra sonrió con tristeza.

—Bueno, no exactamente conmigo. Está enfadada con una mujer que parece haber olvidado el significado de la palabra respeto.

Se inclinó y besó suavemente la frente de su hija.

—Y yo voy a arreglarlo, ¿de acuerdo? Porque no pienso permitir que nadie nos quite la tranquilidad que tenemos.

Sin embargo, al pronunciar aquellas palabras, comprendió que no podía arreglar los sentimientos de Eli de la misma manera en que solucionaba un problema empresarial.

Podía poner límites a Angi.

Podía impedir que volviera a acercarse a ella.

Podía demostrarle a su esposa, una y otra vez, que no existía ninguna posibilidad de retomar aquella historia.

Pero no podía exigirle a Eli que dejara de sentirse herida.

Eso tendría que hacerlo con paciencia, con amor y con tiempo.

Y estaba dispuesta a hacerlo.

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La noche avanzó lentamente.

Eli se había cambiado de ropa y estaba en el dormitorio cuando Alexandra apareció en la puerta.

Su esposa estaba sentada sobre la cama, con el teléfono en las manos. Al escucharla entrar, levantó la mirada.

—¿Alexa está dormida? —preguntó.

—Sí. Se quedó dormida hace unos minutos.

—Bien.

Alexandra permaneció junto a la puerta, sin saber muy bien cómo continuar.

—¿Puedo sentarme contigo un momento?

Eli apartó el teléfono.

—Claro.

Alexandra se sentó en el borde de la cama, dejando una pequeña distancia entre ambas.

Durante varios segundos, ninguna habló.

Finalmente, Alexandra rompió el silencio.

—No quiero que pienses que estoy intentando minimizar lo que ocurrió.

Eli bajó la mirada hacia sus manos.

—No pienso eso.

—Porque sé que te dolió. Y sé que, aunque viste cómo la rechacé, no puedes simplemente borrar esa imagen de tu cabeza.

Eli apretó ligeramente los dedos.

—No puedo, Alexandra.

Su voz era tranquila, pero contenía una tristeza que hizo que la presidenta sintiera un nudo en la garganta.

—Cada vez que cierro los ojos, recuerdo cómo se acercó a ti. Y después recuerdo todo lo que dijo durante la reunión anterior. Me enfurece que se haya permitido hacer algo así, que haya pensado que podía besarte delante de mí y que yo tuviera que quedarme allí viendo cómo invadía tu espacio.

Alexandra se volvió hacia ella.

—No tenías que soportar eso, amor. Ninguna de las dos tenía que pasar por una situación así.

—Pero pasó.

—Sí. Y lo lamento muchísimo.

Eli respiró profundamente.

—No quiero que te disculpes por algo que ella hizo. Sé que no la besaste voluntariamente. Vi cómo la apartaste y escuché lo que le dijiste.

Alexandra guardó silencio, permitiéndole continuar.

—Pero necesito que entiendas que estoy muy molesta. No sé cómo explicarlo sin que parezca que te estoy culpando, porque no es así. Te amo, confío en ti y sé que no habrías permitido ese beso si hubieras podido evitarlo.

Sus ojos se humedecieron ligeramente.

—Simplemente no quiero discutir contigo por culpa de esa mujer.

Alexandra sintió que algo se le quebraba por dentro.

Se acercó un poco, aunque no intentó tocarla.

—Entonces no discutamos, Eli. No tenemos que resolverlo todo esta noche.

Su esposa la observó.

—¿No estás enfadada conmigo?

Alexandra frunció el ceño, sorprendida por la pregunta.

—¿Por qué estaría enfadada contigo?

—Porque estoy distante. Porque apenas te hablo y porque no puedo fingir que todo está bien.

Alexandra negó lentamente con la cabeza.

—No, amor. No estoy enfadada contigo.

Hizo una pausa.

—Me duele verte así. Me duele que tengas que sentirte insegura por algo que una mujer de mi pasado decidió hacer. Pero no estoy enfadada contigo por necesitar tiempo.

Eli desvió la mirada.

—No quiero que pienses que dudo de ti.

—No lo pienso.

—¿Segura?

Alexandra asintió.

—Completamente. Sé que estás herida y que necesitas procesarlo. No voy a exigirte que me abraces ni que me beses para demostrarme que estamos bien.

Eli apretó los labios.

—Gracias.

Alexandra se quedó mirándola durante unos segundos.

Quería besarla.

Quería sentir sus brazos alrededor de su cuerpo y escucharla llamarla amor con aquella naturalidad que siempre conseguía tranquilizarla.

Pero también quería que Eli supiera que respetaría su espacio, incluso cuando le resultara difícil.

Así que se levantó.

—Voy a dejarte descansar.

Eli levantó la cabeza de inmediato.