Capítulo 44 — Un beso que no debía existir #3
Angi apretó los labios.
Eli había presenciado toda la escena.
No había visto a Alexandra corresponder al beso. Había visto cómo la otra mujer la sujetaba, cómo Alexandra intentaba apartarse y cómo finalmente la empujaba para liberarse.
Sin embargo, la imagen le había provocado una sacudida emocional que no pudo disimular por completo.
Alexandra se volvió inmediatamente hacia ella.
—Eli…
Pero su esposa retrocedió un paso.
—No —dijo en voz baja.
Alexandra sintió que el corazón se le encogía.
—Amor, ella me besó. Yo no…
—Lo he visto.
Eli respiró hondo, intentando mantener la calma.
—Lo he visto, Alexandra.
Su tono no era acusatorio, y eso resultó todavía peor.
Alexandra habría preferido una discusión, un reproche o incluso que Eli le gritara. Cualquier cosa que le permitiera explicarse.
Pero Eli parecía estar haciendo un esfuerzo enorme por no mostrar cuánto le había dolido presenciar aquello.
Angi observó a ambas mujeres.
Por primera vez, pareció comprender que había ido demasiado lejos.
—No pretendía causar un problema —murmuró.
Alexandra giró hacia ella con una expresión que hizo desaparecer cualquier resto de arrogancia.
—Pues lo has conseguido. Y ahora vas a escucharme bien: lo que ocurrió entre nosotras terminó hace años. No tienes derecho a utilizarlo para humillar a mi esposa ni para interferir en mi matrimonio. No vuelvas a acercarte a mí de esa manera.
Angi no respondió.
Alexandra tomó su bolso y se volvió hacia Eli.
—Vámonos, amor. Por favor.
Eli la miró durante unos segundos.
Finalmente, asintió.
Ambas se marcharon sin despedirse de nadie más.
Angi permaneció en el vestíbulo, observándolas alejarse.
Había querido provocar a Alexandra, recordarle el pasado y demostrar que todavía podía alterar su tranquilidad.
Pero había cometido un error.
Alexandra no la había besado.
No había correspondido a su gesto.
Y ahora sabía que había cruzado una línea que podía costarle mucho más que un contrato perdido.
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El viaje de regreso fue silencioso.
Alexandra mantenía las manos sobre el volante, intentando controlar la rabia que todavía le recorría el cuerpo.
No estaba enfadada con Eli.
Estaba furiosa con Angi por haberla puesto en aquella situación y por haber utilizado un recuerdo del pasado como excusa para invadir su presente.
Pero también estaba aterrada.
Porque había visto la expresión de Eli después del beso.
Y sabía que, aunque su esposa hubiera presenciado cómo la rechazaba, aquello podía hacerle daño.
—Eli, necesito que me escuches —dijo finalmente.
Su esposa permaneció mirando por la ventana.
—Te estoy escuchando.
—Yo no quería que eso ocurriera. Le dije que no me tocara. Intenté apartarme y la rechacé en cuanto pude.
—Lo sé.
Alexandra la miró brevemente antes de volver la vista a la carretera.
—Entonces, por favor, no pienses que…
—No sé qué pensar todavía, Alexandra.
Aquella respuesta la dejó sin palabras.
Eli se volvió hacia ella.
—Vi lo que pasó. Sé que la apartaste. No estoy diciendo que hayas correspondido a ese beso.
Alexandra apretó ligeramente el volante.
—¿Entonces?
—Entonces necesito tiempo para procesar todo esto. Ayer descubrí que tuvieron una historia. Hoy ella te besó delante de mí después de pasarse el día provocándote. Estoy intentando entenderlo, pero no puedo hacer como si no hubiera ocurrido.
Alexandra sintió que la culpa le apretaba el pecho, aunque sabía que no había sido responsable de las acciones de Angi.
—Nunca permitiría que alguien ocupara tu lugar.
Eli bajó la mirada hacia su alianza.
—Lo sé, Alexandra.
Hubo una pausa.
—Pero necesito que entiendas que también tengo sentimientos. No puedo apagar lo que siento simplemente porque me expliques que no significó nada.
Alexandra asintió lentamente.
—Tienes razón.
Eli pareció sorprendida por aquella respuesta.
Su esposa rara vez admitía tan fácilmente que otra persona tenía razón, especialmente cuando se sentía cuestionada.
—No quiero pelear contigo —continuó Alexandra—. No quiero que Angi consiga separarnos ni que su comportamiento termine convirtiéndose en un problema entre nosotras.
—Yo tampoco.
—Cuando lleguemos a casa, quiero hablar contigo. Sin gritos, sin interrupciones y sin esconder nada.
Eli permaneció en silencio unos segundos.
—Está bien. Hablaremos.
Alexandra volvió a concentrarse en la carretera.
No sabía si aquella conversación bastaría para reparar el daño, pero tenía claro algo: no permitiría que Angi Cotter volviera a acercarse a ella sin dejarle claro que su matrimonio no era un juego.
Había ganado el contrato.
Pero la victoria ya no parecía tan importante.
Porque lo único que Alexandra deseaba en aquel momento era llegar a casa, mirar a su esposa a los ojos y conseguir que Eli comprendiera una verdad que jamás había cambiado.
Podían existir mujeres de su pasado.
Podían aparecer rivales dispuestas a provocarla.
Pero solo había una mujer con la que Alexandra Woods quería compartir el resto de su vida.
Y esa mujer estaba sentada a su lado, en silencio, con el corazón herido por un beso que ella nunca había querido recibir.