Capítulo 44 — Un beso que no debía existir
La mañana llegó demasiado pronto para Alexandra Woods.
Había pasado gran parte de la noche despierta, intentando encontrar una manera de arreglar la situación con Eli. Sin embargo, cada vez que se volvía hacia su esposa, la encontraba de espaldas, envuelta en el silencio que había comenzado desde la noche anterior.
Alexandra conocía los silencios de Eli. Sabía cuándo estaba cansada, cuándo necesitaba espacio y cuándo algo le dolía más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Aquel silencio pertenecía a la última categoría.
Cuando finalmente abrió los ojos, Eli ya estaba despierta.
—Buenos días, amor —murmuró Alexandra.
—Buenos días.
La respuesta fue tan breve que Alexandra sintió una punzada en el pecho.
Quiso acercarse, rodearla con los brazos y besarla como hacía cada mañana, pero Eli se levantó de la cama antes de que pudiera intentarlo.
—Voy a ducharme. Tenemos que prepararnos.
—Eli, ¿podemos hablar un momento?
Su esposa se detuvo junto a la puerta del baño.
Por un instante, Alexandra creyó que finalmente tendrían la oportunidad de aclarar las cosas.
—No quiero discutir contigo esta mañana —respondió Eli con tranquilidad—. Todavía estoy molesta y prefiero guardar silencio antes que decir algo de lo que después pueda arrepentirme.
Alexandra apretó la mandíbula.
No era la respuesta que deseaba escuchar, pero tampoco podía reprocharle que necesitara tiempo.
—Está bien.
Eli entró en el baño y cerró la puerta.
Alexandra se quedó mirando el lugar por donde había desaparecido, sintiendo una impotencia que ninguna negociación empresarial le había provocado jamás.
Podía enfrentarse a los empresarios más poderosos de Europa sin que le temblara la voz.
Pero no sabía cómo conseguir que su esposa volviera a mirarla como antes.
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El desayuno fue todavía peor.
Alexandra había preparado café y había pedido que sirvieran algunas de las cosas que Eli acostumbraba comer por las mañanas. También había dejado junto a su plato una pequeña porción de fruta, porque sabía que su esposa prefería comenzar el día con algo ligero.
Eli se sentó frente a ella y le agradeció con un movimiento de cabeza.
Comieron en silencio.
De vez en cuando, Alexandra levantaba la mirada, esperando encontrar los ojos azules de su esposa. Sin embargo, Eli parecía concentrada en su desayuno.
—¿Dormiste bien? —preguntó Alexandra finalmente.
—Más o menos.
—Yo tampoco.
Eli dejó la taza sobre el plato.
—Alexandra, por favor. No quiero que terminemos discutiendo antes de salir de casa.
La presidenta guardó silencio.
No porque estuviera de acuerdo con aquella distancia, sino porque temía que cualquier palabra equivocada empeorara las cosas.
Cuando terminaron, ambas se levantaron para preparar a Alexa antes de llevarla a la guardería.
La pequeña estaba despierta y movía sus manitos con entusiasmo desde su cuna. Eli la tomó en brazos mientras Alexandra preparaba la ropita que habían elegido para ella.
—Mira a tu mamá —susurró Eli a la bebé—. Parece que hoy está de mal humor.
Alexandra la miró de inmediato.
—Te estoy escuchando.
—Lo sé.
Eli no sonrió.
Aquello le dolió más que cualquier reproche.
Alexandra se acercó y acarició suavemente la mejilla de su hija.
—Pórtate bien, pequeña. Mamá tiene que resolver algunos asuntos importantes hoy.
Eli acomodó a Alexa contra su pecho.
—Las cuidadoras estarán pendientes de ella.
—Lo sé.
—Entonces no te preocupes.
Alexandra levantó los ojos hacia su esposa.
—No estoy preocupada por la guardería.
Eli comprendió lo que realmente quería decir, pero no respondió.
Después de dejar a Alexa al cuidado del personal, ambas se dirigieron al automóvil.
Durante el trayecto hacia Woods International, el silencio volvió a instalarse entre ellas.
Alexandra conducía con las manos firmes sobre el volante, aunque su mente estaba muy lejos de la carretera.
Quería preguntarle a Eli si seguía enfadada, si todavía confiaba en ella o si había pasado la noche imaginando una historia que jamás podría repetirse.
Pero no hizo ninguna pregunta.
Tenía miedo de escuchar una respuesta que no supiera cómo soportar.
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Al llegar a Woods International, Alexandra acompañó a Eli hasta el ascensor.
—Nos vemos después —dijo la presidenta.
—Sí. Tenemos que estar preparadas para la reunión de esta tarde.
—Por supuesto.
Las puertas comenzaron a cerrarse, pero Alexandra extendió una mano para detenerlas.
Eli la miró.
—¿Qué pasa?
Alexandra estuvo a punto de decirle que la amaba, que odiaba aquella distancia y que no quería pasar otro día sin abrazarla.
Sin embargo, las palabras se quedaron atrapadas en su garganta.
—Nada. Quería asegurarme de que no olvidaras los documentos financieros.
Eli levantó ligeramente la carpeta que llevaba.
—Los tengo.
Las puertas se cerraron.
Alexandra permaneció inmóvil unos segundos antes de soltar un suspiro.
—Magnífico, Woods —murmuró para sí misma—. Puedes defender un proyecto millonario frente a veinte inversionistas, pero eres incapaz de decirle a tu esposa que la extrañas.
Se dirigió a su oficina con una expresión sombría.
Natalie la esperaba con varios informes.
—Buenos días, señora Woods. ¿Está todo bien?
—Perfectamente.
Natalie la observó con cautela.
—¿Desea que le prepare café?
—No. Quiero que revises por última vez la documentación del proyecto europeo. Esta tarde conoceremos la decisión y no pienso dejar ningún detalle al azar.
—Enseguida.
Alexandra entró en su oficina y cerró la puerta.
Se sentó detrás del escritorio, abrió los informes y comenzó a trabajar.
Si Angi Cotter pensaba que podía utilizar su pasado para desestabilizarla, estaba equivocada.
Alexandra no permitiría que aquella mujer volviera a tener ningún tipo de influencia sobre su vida.
Y mucho menos sobre su matrimonio.
La competencia por el contrato ya no era únicamente una cuestión empresarial.
Ahora también era una cuestión de orgullo.
Alexandra quería ganar.
Quería que Angi comprendiera que podía provocarla, desafiarla e intentar jugar con sus recuerdos, pero jamás conseguiría arrebatarle lo que había construido.
Y, sobre todo, quería regresar a casa con la tranquilidad de saber que había cerrado aquella puerta para siempre.
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A media mañana, Eli entró en su propia oficina y dejó la carpeta sobre el escritorio.
Había intentado concentrarse en los documentos, pero los recuerdos de la reunión anterior seguían apareciendo en su mente.
La sonrisa de Angi.
Sus comentarios.
La forma en que había mirado a Alexandra.
Y aquella frase que no dejaba de repetirse en su cabeza: Todavía recuerdo nuestras noches juntas.
Eli cerró los ojos durante unos segundos.
Sabía que no podía exigirle a Alexandra que borrara su pasado. Ella misma había tenido una vida antes de conocer a su esposa y jamás habría querido que Alexandra la juzgara por ello.
El problema era Angi.
No podía soportar la idea de que aquella mujer creyera que todavía tenía algún poder sobre Alexandra.
Se levantó y caminó hasta el espejo de la oficina.
Observó su reflejo y respiró profundamente.
—No voy a permitir que me intimide —se dijo.
No necesitaba competir con el pasado de su esposa. Alexandra la había elegido a ella, habían construido una familia y cada día le demostraba su amor de maneras que ninguna aventura anterior podría igualar.
Eli confiaba en eso.
Pero también tenía orgullo.
Y no pensaba permitir que Angi la mirara como si fuera una esposa ingenua que desconocía a la mujer con la que se había casado.
Aquella tarde, cuando acudieran a conocer el resultado del proyecto, Angi encontraría a una Eli diferente.
No iba a discutir con ella.
No iba a suplicarle explicaciones.
Simplemente le demostraría que Alexandra tenía a su lado a una mujer que no necesitaba competir por su amor.
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A primera hora de la tarde, Eli salió de Woods International para acudir a una peluquería.
Quería arreglarse el cabello antes de la reunión. No porque necesitara impresionar a Angi, se repitió, sino porque deseaba sentirse bien consigo misma.
Mientras la peluquera trabajaba, Eli aprovechó para revisar los últimos mensajes relacionados con el proyecto.
Todo estaba preparado.
Woods International había presentado una propuesta sólida, con proyecciones financieras realistas y una estrategia de expansión bien definida.
Eli sabía que había defendido cada cifra con seguridad y que Alexandra había demostrado, una vez más, por qué era una de las empresarias más respetadas de su sector.
No tenían motivos para sentirse inferiores a la competencia.
Cuando terminó de arreglarse, Eli contempló su reflejo y sonrió ligeramente.
—Perfecto —murmuró.
No permitiría que los celos decidieran cómo debía comportarse.
Podía estar molesta con Alexandra. Podía necesitar tiempo para asimilar lo ocurrido.
Pero no iba a regalarle a Angi la satisfacción de verla insegura.
Tomó su bolso y regresó a Woods International para reunirse con su esposa.
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Alexandra la esperaba en el vestíbulo.
Cuando Eli apareció, la presidenta levantó la mirada y se quedó observándola unos segundos.
El cabello de su esposa estaba perfectamente arreglado y su presencia tenía aquella elegancia que siempre conseguía llamar su atención.
Alexandra sintió un impulso inmediato de acercarse, besarla y decirle lo hermosa que estaba.
Pero la expresión reservada de Eli la hizo contenerse.
—Estás preciosa —dijo finalmente.
Eli sostuvo su mirada.
—Gracias.
Alexandra esperó que añadiera algo, cualquier cosa que le permitiera recuperar una pequeña parte de la complicidad que habían perdido.
No ocurrió.
—¿Lista para la reunión? —preguntó.
—Completamente.
Alexandra asintió y le ofreció el brazo.
Eli lo aceptó.
Aunque todavía estaba molesta, no iba a convertir aquella reunión en un campo de batalla matrimonial. Eran profesionales, tenían una responsabilidad y debían cumplirla.
Además, una parte de ella deseaba ver la expresión de Angi cuando descubriera que Woods International había ganado.
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La sala de reuniones estaba ocupada cuando ambas llegaron.