La heredera del imperio Woods Capítulo 42 — La presidenta que todos temían #2
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Capítulo 42 — La presidenta que todos temían #2

La mujer que minutos antes había puesto contra las cuerdas a toda una junta directiva se quedó inmóvil frente a aquella cuna.

—Hola, mi pequeña —susurró—. Mamá está aquí.

La cuidadora sonrió con ternura.

—Se ha portado muy bien esta mañana.

—Por supuesto. Es mi hija.

La mujer rio suavemente.

Alexandra permaneció unos minutos observándola. Luego le pidió a la cuidadora que le avisara si necesitaban algo y regresó a su oficina.

Al abrir la puerta, encontró a Eli esperándola con los brazos cruzados.

—¿Cuánto tiempo llevas aquí? —preguntó Alexandra.

—Lo suficiente para confirmar que mi esposa no puede pasar junto a una guardería sin entrar a saludar.

—Estaba comprobando que todo estuviera bien.

—Claro.

—Eli.

—Alexandra.

Se miraron durante unos segundos antes de que ambas sonrieran.

Eli se acercó y acomodó el cuello de su chaqueta.

—Me gusta verte feliz, amor. Me gusta que estés recuperando tu lugar en la empresa. Pero también quiero que recuerdes algo.

Alexandra dejó de sonreír.

—¿Qué cosa?

—No necesitas demostrar que puedes hacerlo todo tú sola. No tienes que ser la presidenta perfecta, la madre perfecta y la esposa perfecta todos los días.

Eli le tomó las manos.

—Puedes confiar en los demás. Puedes delegar. Puedes tener días difíciles. Y puedes extrañar a nuestra hija sin sentir que debes correr a verla cada vez que piensas en ella.

Alexandra bajó la mirada hacia sus manos entrelazadas.

—Cuando estoy lejos de ella, siento que me pierdo algo.

—Tiene cuatro meses, amor. No va a aprender a caminar mientras tú revisas un contrato.

Alexandra levantó la cabeza, escandalizada.

—¿Y si lo hace?

Eli la observó unos segundos y luego estalló en una carcajada.

—No puedo contigo.

—Es una posibilidad.

—Es una bebé, Alexandra.

—Una bebé extraordinaria.

—Nuestra bebé extraordinaria —corrigió Eli, besándola en la mejilla—. Y ahora necesito que me prometas algo.

Alexandra entrecerró los ojos.

—Depende.

—Esta noche, cuando lleguemos a casa, quiero una cena sin teléfonos, sin informes y sin interrupciones. Solo tú, yo y nuestra pequeña. Quiero que seas mi esposa, no la presidenta de Woods International.

La expresión de Alexandra cambió.

No esperaba aquella petición.

Había imaginado que Eli le pediría trabajar menos, visitar menos la guardería o dejar de interrumpir las reuniones. Pero aquello era diferente.

Eli no estaba reclamándole tiempo por capricho.

Le estaba pidiendo que no permitiera que las responsabilidades volvieran a ocupar cada rincón de su vida.

Alexandra le acarició los dedos.

—¿Eso es lo que quieres?

—Sí. Te quiero conmigo, de verdad. Sin que estés pensando en una reunión mientras me hablas. Sin que revises el teléfono cada vez que suena. Quiero recuperar nuestras noches tranquilas.

Alexandra guardó silencio unos instantes.

Después, levantó la mano de Eli y besó sus nudillos.

—Te lo prometo.

—¿De verdad?

—De verdad, señora Woods.

Eli sonrió.

—Entonces esta noche cocinarás conmigo.

Alexandra abrió los ojos.

—¿Yo?

—Tú.

—Amor, puedo negociar una adquisición millonaria, reorganizar tres departamentos y despedir a un director incompetente antes del almuerzo. Pero cocinar es una actividad que requiere conocimientos específicos.

—Qué lástima. Esta noche tendrás que aprender.

Alexandra la miró con fingida indignación.

—Estás abusando de tu posición como mi esposa.

—Y tú estás acostumbrada a que todo el mundo te obedezca.

Eli le dio un beso en los labios antes de dirigirse hacia la puerta.

—A las siete en casa, presidenta Woods. Sin excusas.

Alexandra la siguió con la mirada.

—A las siete —aceptó—. Pero si quemamos la cena, pediremos comida.

—Trato hecho.

Cuando Eli salió, Alexandra se quedó mirando la puerta durante varios segundos.

Después, sonrió.

Podía dirigir una de las empresas más importantes del mundo. Podía imponer respeto en una sala llena de directivos y convertir una negociación imposible en una victoria.

Pero había una mujer capaz de pedirle que dejara el teléfono, se pusiera un delantal y preparara la cena.

Y lo más extraordinario era que Alexandra Woods no tenía la menor intención de negarse.

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Aquella noche, a las siete en punto, Alexandra llegó a casa.

Dejó el teléfono sobre una mesa de la entrada, se quitó la chaqueta y encontró a Eli en la cocina con Alexa en brazos.

La pequeña estaba despierta, observando el rostro de su madre con sus intensos ojos verdes.

—Mira quién llegó —dijo Eli con una sonrisa—. Tu mamá ha conseguido terminar su jornada sin visitar la guardería durante la última hora.

Alexandra se acercó inmediatamente.

—No tienes que recordármelo delante de mi hija.

—¿Por qué? ¿Temes que pierdas autoridad?

—Mi autoridad es incuestionable.

Eli le entregó a la bebé.

—Entonces demuéstralo cambiándole el pañal antes de cenar.

Alexandra contempló a su hija.

Después miró a Eli.

—Eso no estaba incluido en el acuerdo.

—Las condiciones pueden modificarse.

—Voy a tener que revisar nuestro contrato matrimonial.

Eli rio mientras Alexandra acomodaba a Alexa contra su pecho y le besaba la frente.

La pequeña respondió con un movimiento de sus manos, y toda la supuesta indignación de Alexandra desapareció.

—Está bien —murmuró—. Pero que conste que hago esto porque amo a las dos.

—Lo sabemos, amor.

Eli se acercó y le dio un beso.

Alexandra sostuvo a su hija con un brazo y rodeó la cintura de su esposa con el otro.

Por primera vez en mucho tiempo, no había una reunión esperando, un informe pendiente ni un teléfono reclamando su atención.

Solo estaban ellas tres.

Y mientras observaba a Eli sonreírle y a Alexa acomodarse contra su pecho, Alexandra comprendió que no tenía que elegir entre el imperio que había construido y la familia que amaba.

Tenía que aprender a darles a ambos el lugar que merecían.

Porque Woods International podía esperar unos minutos.

Su esposa y su hija, en cambio, eran el hogar al que siempre querría regresar.