Capítulo 42 — La presidenta que todos temían
El lunes por la mañana, Woods International despertó con una sensación que muchos de sus empleados habían comenzado a extrañar y otros, sinceramente, preferían no volver a experimentar.
Alexandra Woods había regresado por completo.
No se trataba de que hubiera dejado de asistir a la empresa durante los últimos días. Había estado presente, sí, pero su atención se dividía constantemente entre informes, llamadas, reuniones y las visitas casi obsesivas a la guardería que había mandado construir junto a su oficina.
Ahora, sin embargo, algo había cambiado.
A las ocho en punto, Alexandra cruzó las puertas principales de Woods International con un traje negro perfectamente ajustado, una blusa blanca y el cabello oscuro recogido con elegancia.
Sus ojos verdes recorrieron el vestíbulo con aquella expresión que tantas veces había conseguido silenciar conversaciones enteras.
Natalie, su asistente, se puso inmediatamente de pie.
—Buenos días, señora Woods.
—Buenos días, Natalie. Quiero el informe financiero del último trimestre sobre mi escritorio antes de las nueve. También necesito el estado de las negociaciones internacionales, las propuestas pendientes y una lista de las decisiones que se tomaron durante mi ausencia.
Natalie parpadeó.
—¿Todo antes de las nueve?
Alexandra se detuvo y la miró.
—¿He dicho algo que no hayas entendido?
—No, señora Woods.
—Excelente. Entonces no perdamos tiempo hablando de lo evidente.
Alexandra continuó caminando, mientras Natalie se apresuraba a organizar las solicitudes.
Algunos empleados intercambiaron miradas discretas. Otros fingieron estar demasiado ocupados para observarla.
La presidenta había vuelto a ser la mujer que conocían.
Y nadie quería convertirse en el motivo de su mal humor.
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A las nueve en punto, Alexandra entró en la sala de reuniones.
Los directivos ya estaban sentados alrededor de la enorme mesa de cristal. Frente a ellos había carpetas, computadoras y documentos preparados para presentar los resultados de las últimas semanas.
Alexandra ocupó la cabecera sin dedicar demasiado tiempo a los saludos.
—Espero que todos hayan aprovechado mi ausencia para demostrar que pueden trabajar sin necesitar que les recuerde sus responsabilidades cada cinco minutos.
Nadie respondió.
Ella abrió la primera carpeta.
—He revisado los informes preliminares. Hay retrasos en dos negociaciones, una propuesta internacional lleva cuatro días esperando una autorización y el departamento comercial todavía no ha presentado una estrategia definitiva para el próximo trimestre.
Levantó la mirada.
—¿Alguien quiere explicarme por qué?
El director comercial se aclaró la garganta.
—Señora Woods, estábamos esperando la confirmación de algunos socios antes de cerrar la propuesta.
—¿Y durante esos cuatro días no se les ocurrió hacer absolutamente nada más?
—Estábamos evaluando las posibilidades.
—Entonces evaluaron demasiado y ejecutaron demasiado poco.
El hombre bajó la mirada hacia sus documentos.
Alexandra cerró la carpeta con un golpe seco.
—Voy a ser muy clara. Que haya estado concentrada en asuntos personales no significa que Woods International haya dejado de tener una presidenta.
Si una decisión necesita mi autorización, se presenta a tiempo.
Si un proyecto encuentra un obstáculo, se busca una solución.
Y si alguien no está capacitado para asumir una responsabilidad, prefiero descubrirlo ahora y no cuando tengamos millones en juego.
Sus ojos verdes recorrieron la mesa.
—No me interesa escuchar una lista de excusas. Quiero resultados.
El director financiero intervino con cautela.
—Entendemos su preocupación. Sin embargo, algunos de los asuntos pendientes requieren una revisión más detallada.
—Por supuesto. Revisen lo que sea necesario. Pero háganlo con eficiencia. No voy a confundir prudencia con lentitud ni reuniones interminables con productividad.
Alexandra se inclinó ligeramente hacia delante.
—A partir de hoy, cada departamento tendrá objetivos semanales claros. Quiero informes concretos, responsables identificados y fechas de cumplimiento. No voy a perseguir a nadie para que haga el trabajo por el que recibe un salario.
Una de las directoras asintió.
—Entendido, señora Woods.
—Me alegra. Porque no pienso repetir esta conversación.
La reunión continuó durante casi dos horas. Alexandra cuestionó cifras, solicitó explicaciones, rechazó una propuesta que consideró insuficiente y exigió una nueva estrategia para recuperar una negociación que había perdido impulso.
No gritó.
No necesitó hacerlo.
Su tono sereno y su mirada firme fueron suficientes para que cada directivo comprendiera que la etapa de improvisación había terminado.
Cuando finalmente cerró la última carpeta, todos parecían necesitar un descanso.
—Pueden retirarse. Quiero las modificaciones solicitadas sobre mi escritorio mañana por la mañana.
Los directivos se levantaron casi al mismo tiempo.
—Y una última cosa —añadió Alexandra.
Todos volvieron a mirarla.
—No confundan mi deseo de que esta empresa funcione con una falta de paciencia. Soy bastante paciente cuando veo compromiso. Con la incompetencia deliberada, no tanto.
Nadie necesitó pedir más aclaraciones.
Cuando la sala quedó vacía, Alexandra se permitió una sonrisa satisfecha.
Aquello sí era trabajar.
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Eli Sinclair observó la escena desde la puerta entreabierta de la oficina de Alexandra.
Había acudido para entregarle unos documentos relacionados con la organización administrativa, pero terminó quedándose unos minutos más de lo previsto.
Conocía perfectamente a su esposa.
Sabía que Alexandra podía ser dulce, cariñosa y sorprendentemente sensible cuando estaba con ella y con su hija. También sabía que aquella ternura no había eliminado el carácter competitivo de la heredera de los Woods.
Simplemente había encontrado un lugar donde descansar.
—¿Piensas quedarte ahí mirándome toda la mañana? —preguntó Alexandra sin levantar la vista de su computadora.
Eli sonrió.
—Estaba admirando tu capacidad para conseguir que un grupo de adultos salga de una habitación con la expresión de unos estudiantes que acaban de suspender un examen.
Alexandra alzó la mirada.
—Si hubieran hecho su trabajo correctamente, no tendrían esa expresión.
—Claro, amor. La culpa siempre es de los demás.
—No siempre.
Eli arqueó una ceja.
Alexandra hizo una pausa.
—Casi siempre.
Eli soltó una carcajada y entró en la oficina.
—Te extrañaba.
Alexandra dejó de escribir.
—¿Qué?
—A esta Alexandra.
Su esposa frunció el ceño, confundida.
Eli se acercó al escritorio.
—La mujer que entra en una sala y consigue que todos se pongan derechos. La que no acepta una respuesta mediocre. La que cree que el mundo entero debería funcionar con la misma precisión que sus horarios.
—No sé si eso fue un cumplido.
—Todavía no terminé.
Eli rodeó el escritorio y se inclinó para darle un beso breve en los labios.
—También extrañaba verte disfrutar de lo que haces.
La expresión de Alexandra se suavizó.
—Pensé que preferías a la mujer que se pasaba el día en casa, abrazando a nuestra hija y olvidándose de que tenía una empresa.
—Me encanta esa mujer. Muchísimo más de lo que imaginas. Pero también me enamoré de la mujer que construyó todo esto.
Eli acarició suavemente su mejilla.
—No quiero que renuncies a ninguna de las dos.
Por un instante, Alexandra no encontró una respuesta arrogante con la que defenderse.
Aquello era algo que solo Eli conseguía hacerle.
—Ven aquí —murmuró.
Eli sonrió y se acercó un poco más.
Alexandra la rodeó por la cintura y apoyó la frente contra la suya.
—No tienes idea de cuánto te amo.
—Tengo una idea bastante aproximada.
—Entonces deberías saber que puedo despedir a cualquiera de esta empresa, pero jamás podría despedirme de ti.
Eli soltó una risa.
—Eso ha sido terriblemente romántico y terriblemente propio de ti.
—Acepta el cumplido, señora Woods.
—Lo acepto, presidenta Woods.
Se besaron una vez más, esta vez con mayor calma, hasta que un sonido procedente del teléfono de Alexandra interrumpió el momento.
La pantalla mostraba una notificación de la guardería.
Alexandra se separó inmediatamente.
—¿Qué pasó?
Eli miró el teléfono.
—Amor, solo te están avisando que Alexa terminó de comer y está descansando.
—¿Está bien?
—Perfectamente.
—¿Segura?
—Alexandra.
—¿Qué?
Eli cruzó los brazos.
—Nuestra hija está en manos de profesionales. La guardería está a unos pasos de esta oficina. No tienes que comprobar cada diez minutos que sigue respirando.
Alexandra la miró con absoluta seriedad.
—No exageres. A veces pasan quince minutos.
Eli se llevó una mano a la frente.
—Dios mío, dame paciencia.
—¿Qué dijiste?
—Que te amo.
—Eso pensé.
Eli negó con la cabeza, divertida, y recogió los documentos que había llevado.
—Voy a terminar mis pendientes. Intenta no visitar a Alexa antes de que termine tu siguiente reunión.
Alexandra no respondió.
Aquello, por supuesto, no significaba que fuera a obedecer.
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Durante las horas siguientes, Alexandra cumplió con buena parte de los asuntos pendientes. Revisó contratos, aprobó decisiones estratégicas y habló directamente con los responsables de dos proyectos internacionales.
Su mente estaba completamente concentrada en el trabajo.
Al menos, hasta que miró el reloj.
Las once y veinte.
Podía terminar el informe después.
Solo necesitaba ver a su hija durante unos minutos.
Alexandra se levantó, cruzó la puerta interna que comunicaba su oficina con la guardería y apareció en el pasillo del centro infantil.
Una de las cuidadoras la recibió con una sonrisa.
—Buenos días, señora Woods. Alexa está descansando.
—Solo quiero verla.
—Por supuesto. Puede observarla desde aquí.
Alexandra se acercó al espacio donde su pequeña dormía plácidamente en una cuna, con las manitos junto al rostro y los labios ligeramente entreabiertos.
Sus intensos ojos verdes estaban cerrados, pero Alexandra habría jurado que incluso dormida tenía una expresión capaz de conquistar el mundo.