Capítulo 41 — La presidenta ha regresado #3
Llevaba un traje oscuro perfectamente ajustado, el cabello arreglado y aquella expresión seria que durante años había conseguido que hasta los directivos más experimentados midieran sus palabras antes de dirigirse a ella.
Dejó su bolso en la oficina, revisó la agenda del día y solicitó que convocaran a los responsables de las distintas áreas.
La noticia recorrió los pasillos en cuestión de minutos.
La presidenta había convocado una reunión general.
Y nadie sabía exactamente qué esperar.
Cuando todos estuvieron reunidos, Alexandra entró en la sala con una carpeta bajo el brazo. Eli, que había llegado unos minutos antes, tomó asiento a su derecha y observó a su esposa con una sonrisa discreta.
Alexandra dejó los documentos sobre la mesa y recorrió la sala con la mirada.
—Buenos días.
—Buenos días, señora Woods —respondieron los presentes.
Ella se sentó, abrió la carpeta y habló con su habitual tono firme.
—Durante los últimos meses, he dedicado una parte considerable de mi tiempo a un proyecto que considero importante para nuestra empresa y para nuestros empleados.
La guardería ya está habilitada, cuenta con el personal correspondiente y funciona de acuerdo con la organización establecida.
Por lo tanto, ese proyecto continuará bajo la supervisión de su equipo responsable.
Hizo una pausa.
—A partir de hoy, retomaremos el ritmo de trabajo que esta compañía necesita. Quiero revisar los informes pendientes, los objetivos trimestrales, los contratos que esperan aprobación y los proyectos que han quedado retrasados.
Varios directivos intercambiaron miradas.
Alexandra cerró la carpeta con un golpe suave.
—Espero que todos hayan aprovechado este tiempo para organizar sus respectivas áreas, porque ahora vamos a trabajar.
Tenemos objetivos que cumplir y no pienso permitir que sigamos perdiendo tiempo.
Nadie va a quedarse de brazos cruzados ni a dar por terminada su jornada antes de cumplir con las responsabilidades que le corresponden.
Eli bajó discretamente la mirada para ocultar una sonrisa.
Ahí estaba.
La Alexandra Woods que conocía el mundo empresarial.
La mujer que podía convertir una reunión ordinaria en una advertencia inolvidable con apenas unas frases.
Alexandra continuó:
—Quiero resultados, no excusas. Cada responsable deberá presentar un plan de trabajo con plazos concretos y medidas verificables.
Si necesitan recursos, deberán justificarlos.
Si existe un problema, quiero conocerlo antes de que se convierta en una crisis.
Y si alguien considera que no puede cumplir con las funciones de su puesto, este es el momento de decirlo.
El silencio se volvió absoluto.
—No espero que trabajen sin descanso ni que descuiden su vida personal. Espero profesionalismo, organización y compromiso durante la jornada laboral. Esta empresa ha llegado hasta aquí porque siempre hemos exigido lo mejor de nosotros mismos. No pienso permitir que eso cambie.
Alexandra apoyó las manos sobre la mesa y miró directamente a los presentes.
—Ahora vamos a trabajar. Quiero que cada área me presente sus avances y sus objetivos. No habrá más retrasos injustificados. ¿He sido clara?
—Sí, señora Woods —respondieron los directivos casi al unísono.
—Perfecto. Comencemos.
La reunión se puso en marcha inmediatamente.
Durante la siguiente hora, Alexandra revisó informes, formuló preguntas precisas y pidió explicaciones sobre cada asunto pendiente.
No dejó pasar inconsistencias ni aceptó respuestas vagas.
Cuando un directivo intentó justificar un retraso con una explicación poco convincente, ella levantó una ceja.
—No necesito una lista de motivos por los que algo no se hizo. Necesito saber cómo van a resolverlo y cuándo estará terminado.
El hombre asintió y comenzó a explicar su plan de acción.
Eli la observaba de reojo.
Era imposible no admirarla.
Alexandra no había perdido su ambición ni su capacidad para dirigir. Solo había necesitado recordar que no tenía que abandonar su identidad profesional para ser una madre dedicada.
Cuando la reunión terminó, los directivos salieron de la sala con instrucciones concretas y fechas de entrega.
Eli esperó hasta que quedaron solas.
Después se acercó a su esposa y apoyó ambas manos sobre sus hombros.
—Vaya, señora Woods. Creo que acabo de recuperar a mi presidenta favorita.
Alexandra levantó la mirada y sonrió.
—¿Solo a tu presidenta favorita?
—A la mujer que puede organizar una empresa entera antes del almuerzo y, cinco minutos después, correr a la guardería porque cree que nuestra hija la está llamando.
—No tienes pruebas de que vaya a hacer eso.
Eli la miró en silencio.
Alexandra suspiró.
—Está bien. Tal vez vaya a verla después de terminar los informes.
—¿Después de terminar los informes?
—Sí, Sinclair. Has oído perfectamente.
Eli sonrió y se inclinó para besarla.
—Estoy muy orgullosa de ti.
La expresión de Alexandra se suavizó.
—¿De verdad?
—De verdad. Porque estás aprendiendo a encontrar un equilibrio sin dejar de ser la mujer de la que me enamoré.
Alexandra le rodeó la cintura con los brazos.
—Te amo.
—Yo también te amo.
Se besaron brevemente antes de que Eli se apartara para señalar los documentos que aguardaban sobre la mesa.
—Ahora, presidenta, tiene una empresa que dirigir.
Alexandra miró los informes y después volvió a mirar a su esposa.
—Y una hija que visitar.
—Después de terminar tu trabajo.
—No prometo nada.
Eli soltó una carcajada.
Alexandra sonrió, se acomodó en su silla y abrió el primer informe.
Por primera vez en meses, estaba lista para concentrarse de nuevo en Woods International.
Sabía que, al otro lado de la puerta que comunicaba su oficina con la guardería, Alexa estaría rodeada de personas preparadas para cuidarla. Y sabía que podía visitarla cuando lo necesitara, sin tener que abandonar todas sus responsabilidades para hacerlo.
Aun así, cuando escuchó un pequeño sonido procedente del pasillo, levantó inmediatamente la cabeza.
Eli la señaló con un dedo.
—Ni se te ocurra.
Alexandra intentó mantener una expresión seria.
—No he hecho nada.
—Todavía.
La presidenta más temida de Woods International sonrió como una niña a punto de cometer una travesura.
—Solo voy a comprobar que todo esté bien.
—Alexandra...
—Será un minuto, amor.
Eli se echó a reír mientras su esposa se levantaba de la silla y caminaba hacia la puerta interna.
Porque podía haber regresado la presidenta implacable, podían haber vuelto las reuniones y los contratos millonarios, y Woods International podía recuperar su ritmo habitual.
Pero había algo que jamás volvería a ser igual.
Alexandra Woods ya no trabajaba únicamente para construir un imperio.
Ahora tenía una pequeña razón de ojos verdes que le recordaba, todos los días, para qué valía la pena construirlo.