Capítulo 41 — La presidenta ha regresado #2
Durante los días siguientes, se ocupó de los últimos detalles, comprobó que cada espacio estuviera preparado y supervisó la organización del personal.
La guardería de Woods International estaba lista para recibir a los hijos de sus empleados.
Y, para Alexandra, había una ventaja que ninguna otra instalación podía ofrecerle: Alexa estaría a pocos pasos de su oficina.
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Con el paso de los meses, la rutina familiar comenzó a cambiar.
Alexa Elizabeth cumplió cuatro meses y se había convertido en el centro de la vida de sus madres.
La pequeña despertaba cada mañana con sus expresivos ojos verdes, heredados de Alexandra, y una tranquilidad que a veces contrastaba con la energía desbordante de su madre.
Cuando llegó el momento de que Alexandra y Eli retomaran plenamente sus actividades profesionales, organizaron todo para que Alexa pudiera permanecer en la guardería, bajo el cuidado de personal capacitado y de acuerdo con las necesidades propias de su edad.
La primera mañana fue especialmente difícil para Alexandra.
Aunque la guardería estaba al lado de su oficina, recorrió la distancia entre ambas instalaciones varias veces antes del mediodía.
Primero fue para comprobar que Alexa estuviera cómoda.
Después, para asegurarse de que hubiera comido.
Más tarde, porque quería verla.
Y, finalmente, porque aseguraba que necesitaba confirmar personalmente que la pequeña estaba durmiendo bien.
Eli la observó regresar por cuarta vez en menos de una hora.
—Alexandra.
—¿Qué?
—¿Adónde vas ahora?
—A ver a mi hija.
—La viste hace diez minutos.
—Han pasado diez minutos, Eli.
Su esposa la miró con una mezcla de incredulidad y ternura.
—Amor, la guardería está al lado de tu oficina. Las cuidadoras están pendientes de ella y nos avisarán si ocurre algo.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué no puedes permanecer sentada durante una reunión sin levantarte para ir a verla?
Alexandra tomó su bolso y se dirigió hacia la puerta.
—Porque soy su madre.
—Y también eres la presidenta de Woods International.
—Puedo ser ambas cosas.
—Por supuesto que puedes. Pero últimamente parece que solo quieres ejercer la primera.
Alexandra se detuvo.
—¿Qué quieres decir?
Eli dejó los documentos sobre la mesa.
—Quiero decir que llevas meses dedicando prácticamente todo tu tiempo a la guardería. Ahora que está funcionando, sigues pendiente de cada detalle como si nada pudiera hacerse sin tu supervisión. Mientras tanto, los asuntos de la empresa se están acumulando.
Alexandra frunció el ceño.
—Mi equipo puede encargarse.
—Tu equipo puede ayudarte, pero no puede sustituirte en todas las decisiones. Hay informes que llevan días esperando tu aprobación y reuniones que has pospuesto varias veces.
—Los revisaré después.
—Eso mismo dijiste ayer.
Alexandra guardó silencio.
No le gustaba que Eli cuestionara su forma de trabajar, especialmente cuando creía que tenía razones suficientes para actuar como lo hacía.
Sin embargo, también sabía que su esposa no acostumbraba a plantearle un problema de aquella manera sin haberlo pensado detenidamente.
Eli se acercó y le tomó las manos.
—No quiero que dejes de disfrutar de Alexa. Nunca te pediría eso. Me encanta verte con ella y sé que la guardería es importante para ti. Pero necesitas recuperar el equilibrio. No podemos permitir que la empresa quede relegada porque ahora tenemos una hija.
—No estoy descuidando la empresa.
—¿Estás segura?
La pregunta quedó suspendida entre ambas.
Alexandra apartó la mirada.
Eli suavizó el tono.
—Amor, no tienes que demostrar que eres una buena madre estando pendiente de Alexa cada minuto.
Ella está bien cuidada. Hemos elegido a profesionales que saben lo que hacen y hemos creado un lugar seguro para ella y para los hijos de nuestros empleados.
Necesitas confiar en el trabajo que tú misma organizaste.
Alexandra respiró profundamente.
—Es difícil.
—Lo sé.
—Cuando no la tengo delante, pienso en si estará cómoda, si habrá dormido bien, si necesita algo... —Su voz se volvió más baja—. Nunca había sentido esta necesidad de estar pendiente de alguien.
Eli le acarició la mejilla.
—Y no tienes que dejar de sentirla. Solo necesitas aprender a convivir con ella sin permitir que controle cada aspecto de tu vida.
Alexandra la miró.
—¿Tú crees que estoy exagerando?
Eli sonrió con dulzura.
—Creo que estás enamorada de nuestra hija hasta un punto que nadie habría imaginado. Pero también creo que eres capaz de dirigir tu empresa sin dejar de ser la madre maravillosa que eres.
Alexandra soltó una pequeña risa.
—Tienes una habilidad extraordinaria para decirme que estoy equivocada sin hacerme enfadar demasiado.
—No siempre funciona.
—No te acostumbres.
Eli la abrazó y apoyó la cabeza contra su pecho.
—Te amo, Alexandra. Y quiero que sigas siendo tú. La mujer que construyó Woods International, la mujer de la que me enamoré y la madre que nuestra hija tendrá como ejemplo. No tienes que renunciar a ninguna de esas partes de ti.
Alexandra cerró los ojos y la abrazó con fuerza.
Por primera vez en mucho tiempo, comprendió que no podía seguir posponiendo sus responsabilidades con la excusa de que su hija estaba cerca.
Amaba a Alexa más que a cualquier cosa en el mundo, pero eso no significaba que tuviera que abandonar todo lo que había construido antes de su nacimiento.
—Está bien —murmuró finalmente—. Voy a organizarme mejor.
Eli levantó la cabeza.
—¿Me lo prometes?
—Te lo prometo.
—¿Y dejarás de visitar la guardería cada diez minutos?
Alexandra la miró con seriedad.
—No abuses de tu suerte, Sinclair.
Eli soltó una carcajada.
—Sabía que esa parte sería más difícil.
Alexandra sonrió y le dio un beso.
—Puedo intentarlo. Pero no prometo milagros.
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Aquella conversación no fue la única que hizo reflexionar a Alexandra.
Días después, su padre, Ricardo Woods, solicitó reunirse con ella en su oficina.
Alexandra lo recibió con una carpeta llena de documentos relacionados con la guardería, convencida de que querría conocer los avances del proyecto.
Ricardo la escuchó durante varios minutos antes de interrumpirla.
—Me alegra que hayas construido algo que beneficiará a nuestros empleados y a sus familias, Alexandra. Es una iniciativa importante.
Ella sonrió, satisfecha.
—Sabía que te gustaría.
—Pero hay otro asunto del que debemos hablar.
La sonrisa de Alexandra desapareció lentamente.
—¿Qué asunto?
Ricardo se sentó frente a su hija.
—La empresa.
Alexandra suspiró.
—¿También tú?
—¿También yo qué?
—Eli ya me ha dado un discurso sobre mis responsabilidades.
—Entonces espero que hayas escuchado lo que te dijo.
Alexandra cruzó los brazos.
—La empresa sigue funcionando.
—No he dicho lo contrario. Pero funcionar no es lo mismo que avanzar. He revisado varios informes y sé que algunas decisiones importantes llevan demasiado tiempo esperando tu aprobación.
Alexandra guardó silencio.
Su padre continuó:
—Cuando te preparé para asumir la presidencia, no lo hice para que vivieras encerrada en una oficina.
Quería que aprendieras a dirigir una organización, a delegar y a confiar en las personas que eliges para trabajar contigo.
Ahora tienes una hija y eso cambia tus prioridades, pero no elimina tus responsabilidades.
—No quiero perderme su infancia.
La expresión de Ricardo se suavizó.
—Y no deberías perderte esos momentos. Pero tampoco debes creer que la única manera de ser una buena madre es estar físicamente junto a ella cada segundo.
Alexandra bajó la mirada.
—Es más difícil de lo que imaginaba.
—Lo sé, hija. Tu madre también tuvo que aprender a equilibrar muchas cosas cuando eras pequeña. Y tú creciste rodeada de personas que te cuidaban, incluso cuando ella y yo teníamos obligaciones que cumplir.
Ricardo hizo una pausa antes de continuar.
—Has invertido tiempo, dinero y esfuerzo en preparar esa guardería.
Elegiste al personal, estableciste los protocolos y te aseguraste de que cumpliera con los requisitos necesarios.
Ahora tienes que permitir que funcione. Si no confías en el equipo que contrataste, entonces el problema no es la guardería.
Aquellas palabras llegaron a Alexandra con más fuerza de la que esperaba.
Había creado aquel lugar precisamente para poder trabajar sin alejarse demasiado de su hija. Sin embargo, ahora parecía incapaz de confiar en él lo suficiente como para concentrarse en cualquier otra cosa.
—No quiero que le pase nada —admitió.
Ricardo tomó su mano.
—Ningún padre quiere que le pase algo a su hijo. Pero protegerla también significa darle un entorno seguro y permitir que las personas preparadas para cuidarla hagan su trabajo. No puedes controlar cada segundo de su vida, Alexandra.
Ella respiró profundamente.
Por primera vez, dejó de buscar argumentos para defenderse.
—Creo que necesitaba escuchar eso.
Ricardo sonrió.
—Entonces escucha también esto: no tienes que demostrarle nada a nadie. Ni a mí, ni a Eli, ni a los empleados. Ya has demostrado que puedes dirigir un proyecto extraordinario. Ahora demuestra que puedes dirigir una empresa sin intentar hacerlo todo personalmente.
Alexandra soltó una pequeña risa.
—¿Desde cuándo todos se han puesto de acuerdo para corregirme?
—Desde que nuestra presidenta parece haber olvidado que tiene una empresa.
—Papá...
Ricardo se levantó y besó su frente.
—Ve a ver a tu hija si eso te hace feliz. Dale un beso de mi parte. Pero después vuelve a tu oficina y haz tu trabajo.
Alexandra lo abrazó.
—Te quiero.
—Yo también te quiero, hija.
Cuando Ricardo salió, Alexandra permaneció unos minutos mirando por la ventana.
Pensó en Eli, en las palabras de su padre y en los meses que había pasado construyendo la guardería.
Había querido estar cerca de Alexa porque temía perderse algo importante. Pero, al hacerlo, estaba descuidando una parte de su vida que también había sido fundamental para ella.
No necesitaba elegir entre su familia y su empresa.
Necesitaba aprender a cuidar de ambas.
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A la mañana siguiente, Alexandra llegó a Woods International mucho antes de la hora habitual.