La heredera del imperio Woods Capítulo 41 — La presidenta ha regresado
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Capítulo 41 — La presidenta ha regresado

Desde que Eli le propuso abrir una guardería para los hijos de los empleados de Woods International, Alexandra Woods había convertido aquella idea en su nueva obsesión.

Lo que inicialmente había sido una conversación entre esposas se transformó rápidamente en uno de los proyectos más importantes de su vida.

Durante los primeros días, Alexandra se encargó personalmente de reunir toda la documentación necesaria para solicitar las habilitaciones correspondientes.

Revisó los requisitos, coordinó reuniones, contactó con profesionales especializados y exigió que cada detalle cumpliera con los estándares de seguridad que consideraba indispensables.

No quería una guardería cualquiera.

Quería el mejor lugar posible para su hija.

Y, si además podía ofrecerles a los empleados de su empresa la tranquilidad de saber que sus pequeños estaban cerca y bien cuidados, mucho mejor.

El problema era que Alexandra Woods no sabía hacer las cosas con calma.

Una mañana, mientras Eli desayunaba en la cocina, recibió una llamada de su esposa. Al otro lado de la línea se escuchaban voces, instrucciones y el inconfundible tono autoritario de Alexandra.

—No, esa distribución no me sirve. Quiero que amplíen el espacio de juegos y que revisen nuevamente la ventilación de las salas. También necesito que me envíen los planos modificados antes del mediodía.

Eli dejó su taza sobre la mesa y miró hacia el techo.

Todavía no eran las ocho de la mañana.

—Alexandra, ¿estás hablando con la constructora? —preguntó cuando su esposa terminó la llamada.

—Por supuesto, amor. ¿Con quién más estaría hablando a esta hora?

—No sé, quizá con alguien que no esté a punto de sufrir un infarto por tus exigencias.

Alexandra apareció en la cocina con el teléfono en una mano y una carpeta en la otra.

—No estoy exigiendo nada extraordinario. Solo quiero que hagan bien su trabajo.

Eli la observó de arriba abajo.

—¿Dormiste anoche?

—Sí.

—¿Cuántas horas?

—Las suficientes.

—Alexandra.

—Cuatro.

Eli cerró los ojos.

—¡Cuatro horas!

—No grites, vas a despertar a nuestra hija.

—¡Tú llevas días durmiendo cuatro horas porque no puedes dejar de pensar en una guardería!

Alexandra miró hacia el pasillo antes de responder.

—Estoy haciendo esto por Alexa.

—Lo sé, cariño. Y precisamente por eso deberías descansar. No vas a conseguir que la guardería esté lista antes si terminas agotada.

Alexandra dejó la carpeta sobre la mesa y se acercó para besarla en la mejilla.

—No te preocupes por mí. Todo estará listo pronto.

Eli la conocía demasiado bien para creerle.

Cuando Alexandra Woods se proponía conseguir algo, era prácticamente imposible hacerla cambiar de opinión.

Y aquella vez no sería diferente.

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Dos días después, Alexandra convocó una reunión con los responsables de la empresa constructora.

Había revisado los planos, solicitado modificaciones y preparado una lista de cambios que debían realizarse para adecuar las instalaciones a las necesidades de los niños y a las exigencias de las autoridades encargadas de la habilitación.

El director del proyecto terminó de explicarle el cronograma y cerró la carpeta que tenía delante.

—Señora Woods, teniendo en cuenta las modificaciones solicitadas y los procedimientos necesarios para completar las instalaciones, necesitamos aproximadamente un mes para entregar el proyecto terminado.

Alexandra levantó lentamente la mirada.

—¿Un mes?

—Sí, señora. Queremos asegurarnos de que todo quede correctamente ejecutado.

—Entiendo la importancia de hacer bien el trabajo. Por eso estoy pagando a una empresa especializada y por eso les entregué desde el principio todos los requisitos que debían cumplir.

El hombre asintió con cautela.

—Lo comprendemos, señora Woods, pero hay trabajos que necesitan su tiempo.

Alexandra se reclinó en la silla.

—Entonces, voy a explicárselo de otra manera. No quiero que sacrifiquen la seguridad ni que omitan ningún requisito para acelerar la obra. Quiero que organicen mejor los equipos, coordinen los trabajos y aprovechen cada jornada de manera eficiente.

El director intercambió una mirada con sus colaboradores.

—Podemos intentar reducir el plazo.

—No quiero intentos. Quiero un cronograma realista que contemple todas las modificaciones y las inspecciones necesarias.

Alexandra abrió la carpeta y señaló las fechas que había anotado.

—A más tardar, en un plazo de entre quince y veintidós días, quiero que todo esté terminado y listo para las verificaciones correspondientes.

Si la autoridad competente exige alguna corrección adicional, deberá realizarse antes de abrir.

No voy a permitir que se inaugure hasta que tengamos todas las habilitaciones necesarias.

El director respiró profundamente.

—Haremos todo lo que esté a nuestro alcance, señora Woods.

Alexandra sostuvo su mirada.

—Eso espero. Porque no estoy construyendo un depósito ni una oficina. Estamos preparando un espacio donde permanecerán niños. La seguridad no es negociable.

La reunión continuó durante casi una hora.

Cuando terminó, Alexandra ya había reorganizado buena parte del cronograma y solicitado informes diarios sobre los avances.

Al salir de la sala, se encontró con Eli, que la esperaba apoyada contra la pared.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Alexandra.

—Vine a comprobar si todavía recuerdas que tienes una empresa que dirigir.

Alexandra frunció el ceño.

—Estoy dirigiendo un proyecto de Woods International.

—Estás dirigiendo una guardería como si fueras a inaugurar una nueva sede de la empresa en otro continente.

—No exageres, Sinclair.

Eli soltó una carcajada.

—¿Yo? Acabas de decirle a una constructora que tiene que completar en quince a veintidós días un trabajo para el que te pidieron un mes.

—Les pedí que reorganizaran el cronograma. No les ordené incumplir las normas.

—Lo sé. Ese no es el problema.

—Entonces, ¿cuál es?

Eli se acercó y le acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja.

—Que cuando tienes algo en mente, te olvidas de todo lo demás.

Alexandra iba a responder, pero una sonrisa apareció en los labios de Eli.

—Aunque debo admitir que me encanta verte tan emocionada.

—¿Ves? No era tan difícil reconocer que tengo razón.

—No he dicho eso.

—Lo has insinuado.

—He dicho que me encanta verte emocionada, no que tengas razón en todo.

Alexandra le tomó la mano y tiró suavemente de ella para darle un beso.

—Te amo, aunque seas una mujer muy difícil.

Eli le devolvió el beso.

—Yo también te amo, señora Woods. Pero algún día vas a volverme loca.

—Llegaste tarde. Ya estás loca por mí.

Eli negó con la cabeza, riéndose, mientras Alexandra regresaba a su oficina para comprobar los siguientes informes de la obra.

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Los días siguientes transcurrieron entre reuniones con arquitectos, visitas a las instalaciones, revisiones de documentos y llamadas constantes.

Alexandra se involucró en cada detalle.

Eligió cuidadosamente los muebles, supervisó la distribución de las salas y se aseguró de que los espacios destinados a los bebés fueran diferentes de los que utilizarían los niños mayores.

También exigió que el personal encargado del cuidado infantil tuviera la preparación correspondiente y que se establecieran protocolos claros para el ingreso, la salida y la atención de los pequeños.

La guardería tendría espacios luminosos, áreas de descanso, salas de juego adaptadas a cada edad y un jardín seguro.

Y, tal como había insistido desde el principio, estaría situada justo al lado de su oficina.

Incluso consiguió que se habilitara una puerta de acceso interno entre ambos espacios, de modo que pudiera llegar hasta donde estuviera su hija sin tener que atravesar los pasillos de la empresa.

Cuando Eli vio los planos definitivos, se quedó observándolos en silencio.

—¿Qué sucede? —preguntó Alexandra.

—Estoy intentando comprender cómo conseguiste que una guardería tuviera prácticamente la misma importancia que la sede principal de Woods International.

Alexandra sonrió con orgullo.

—Porque la tiene.

Eli levantó la mirada.

—Alexandra, cariño, te recuerdo que nuestra hija todavía no sabe caminar.

—Precisamente por eso necesita que todo esté preparado.

—No sé si reírme o abrazarte.

—Puedes hacer ambas cosas.

Eli se acercó y rodeó su cintura con los brazos.

—Te amo tanto que a veces me preocupa que no te des cuenta de lo maravillosa que eres.

Por un instante, Alexandra perdió aquella expresión triunfal que siempre llevaba consigo.

—Solo quiero darle lo mejor a nuestra hija.

—Y lo estás haciendo. Pero también tienes que recordar que no necesitas construir el lugar más extraordinario del mundo para demostrarle cuánto la amas.

Alexandra apoyó la frente contra la de Eli.

—No lo hago para demostrarle nada. Lo hago porque puedo.

Eli sonrió y la besó.

—Eso es exactamente lo que me preocupa de ti.

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Finalmente, después de días de trabajo intenso, la constructora terminó las modificaciones dentro del plazo acordado.

Las instalaciones fueron revisadas y se completaron los procedimientos correspondientes. Alexandra siguió personalmente cada etapa, pero esta vez no permitió que la guardería abriera hasta que se obtuvieron las autorizaciones necesarias.

Cuando recibió la confirmación de que todo estaba en orden, se quedó unos segundos mirando el documento en la pantalla de su computadora.

Después se levantó tan rápidamente que Eli, que se encontraba sentada frente a ella, se sobresaltó.

—¿Qué pasó?

Alexandra giró la pantalla hacia su esposa.

—Está habilitada.

Eli leyó el mensaje y sonrió.

—¿La guardería?

—¡La guardería, Sinclair!

Alexandra se acercó y la abrazó con tanta fuerza que Eli soltó una carcajada.

—¡Lo conseguimos!

—Tú lo conseguiste, amor.

Alexandra se separó para mirarla.

—Lo conseguimos juntas. Si no me hubieras dado la idea, probablemente seguiría intentando convencerte de que renunciar a mi empresa era una excelente decisión.

—No lo dudo ni por un segundo.

Alexandra volvió a abrazarla.

Estaba feliz. Más feliz de lo que habría admitido ante cualquier otra persona.