La heredera del imperio Woods Capítulo 40 — La presidenta que quería renunciar a su imperio #2
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Capítulo 40 — La presidenta que quería renunciar a su imperio #2

Aquella era una propuesta que unía dos partes importantes de su vida: su familia y su empresa. No tenía que renunciar a una para disfrutar de la otra. Podía utilizar los recursos de Woods International para crear algo que beneficiara a muchas familias, incluida la suya.

De pronto, levantó la cabeza y miró a Eli con una expresión decidida.

—Acepto.

Eli sonrió.

—¿De verdad?

—Sí. Abriremos la guardería.

—Sabía que terminarías encontrándole sentido a la idea.

—Pero tengo una condición.

Eli cerró los ojos un instante y soltó una pequeña risa.

—Por supuesto. Siempre hay una condición.

Alexandra acomodó a Alexa entre sus brazos y habló con absoluta seriedad.

—La guardería estará al lado de mi oficina.

Eli se quedó mirándola.

—¿Al lado de tu oficina?

—Exactamente. No en otro edificio, no en una planta alejada ni en un lugar al que tenga que llegar después de atravesar tres pasillos y tomar un ascensor. Quiero que esté justo al lado de mi oficina.

Eli apretó los labios, intentando contener la sonrisa.

—¿Y puedo saber por qué tanta precisión?

Alexandra la miró como si la respuesta fuera evidente.

—Porque quiero ver a mi hija a cada instante.

Eli no pudo contenerse más y comenzó a reírse.

Alexandra frunció el ceño.

—¿Qué es tan gracioso?

—Nada, amor. Absolutamente nada.

—Te estás riendo de mí.

—Es que hace unos minutos estabas dispuesta a abandonar una de las empresas más importantes del país para quedarte en casa con nuestra hija. Ahora aceptas regresar, pero quieres una guardería pegada a tu oficina para poder verla cada vez que se te ocurra.

—No veo cuál es el problema.

—No hay ningún problema, cariño.

Eli seguía sonriendo, incapaz de ocultar cuánto le enternecía aquella actitud.

Alexandra podía negociar con empresarios que manejaban fortunas, enfrentarse a directivos que intentaban desafiar su autoridad y tomar decisiones que cambiarían el futuro de su compañía.

Sin embargo, bastaba con que alguien mencionara la posibilidad de estar lejos de Alexa durante unas horas para que se transformara en una madre decidida a mantener a su pequeña al alcance de la mano.

—Quiero que mi oficina tenga una puerta que comunique directamente con la guardería —añadió Alexandra, como si estuviera cerrando los términos de un contrato.

Eli la miró con incredulidad.

—¿Una puerta directa?

—Sí.

—Alexandra, amor, eso ya parece una habitación de tu casa.

—Entonces será una extensión de mi casa.

Eli volvió a reírse.

—Eres increíble.

—Y tú estás tardando demasiado en comprender que no pienso separarme de mi hija más de lo estrictamente necesario.

—Lo he comprendido perfectamente. Creo que también lo ha comprendido toda la empresa, considerando que llevas varios días sin contestar sus llamadas.

Alexandra hizo un gesto de indiferencia.

—Podrán llamarme cuando esté lista.

—¿Y cuándo será eso?

Alexandra miró a Alexa, que dormía plácidamente.

—Cuando termine de organizar todo lo relacionado con la guardería.

—¿Y quién se encargará de organizarlo?

Una sonrisa peligrosa apareció en los labios de Alexandra.

—Yo, por supuesto.

Eli negó con la cabeza.

—Eso significa que vas a diseñar cada rincón, elegir los muebles, revisar los protocolos y probablemente entrevistar personalmente a cada empleado.

—Me alegra que conozcas tan bien a tu esposa.

—Te conozco demasiado bien.

Alexandra le guiñó un ojo.

—Por eso te casaste conmigo.

Eli sonrió y se acercó para besarla en los labios.

—No. Me casé contigo porque te amo, incluso cuando eres imposible.

—Especialmente cuando soy imposible.

—No te aproveches.

Alexandra soltó una carcajada, una de esas risas espontáneas que Eli había aprendido a valorar tanto como sus besos.

Después volvió a mirar a su hija y le acarició suavemente la mejilla.

—Vamos a construirte un lugar precioso, pequeña. Tendrás un jardín, habitaciones llenas de luz y personas maravillosas que te cuidarán cuando mamá tenga que trabajar.

Eli se apoyó contra el hombro de su esposa.

—¿Y tu madre podrá pasar a verte cada cinco minutos?

Alexandra levantó la mirada.

—Cada vez que sea necesario.

—Entonces voy a tener que pedir que coloquen una silla en la guardería para ti.

—Me parece una excelente idea.

Eli sonrió, enternecida.

—Estoy bromeando, amor.

—Yo no.

Las dos volvieron a reírse.

Pero, detrás de aquella conversación divertida, Eli sentía una emoción profunda. No solo estaba viendo a Alexandra convertirse en una madre maravillosa; también estaba descubriendo que su esposa quería construir un mundo en el que su hija pudiera crecer sintiéndose amada y protegida.

Y aquella propuesta no beneficiaría únicamente a su familia. Muchos empleados de Woods International podrían trabajar con más tranquilidad, sabiendo que sus hijos estarían cerca y recibirían atención profesional.

—No quiero que sientas que debes elegir entre tu trabajo y nuestra hija —dijo Eli, acariciando la mano de Alexandra—. Quiero que encuentres una manera de disfrutar de ambas cosas. Y quiero que otras madres y padres puedan tener esa misma tranquilidad.

Alexandra la miró con una ternura que rara vez mostraba frente a otras personas.

—¿Sabes qué es lo que más me gusta de esta idea?

—¿Qué?

—Que no solo estás pensando en mí. Estás pensando en nuestra familia y en todas esas personas que trabajan para nosotros. Siempre consigues que vea las cosas desde una perspectiva diferente.

Eli sonrió.

—Alguien tiene que recordarte que el mundo no gira exclusivamente alrededor de Alexandra Woods.

—Eso es discutible.

—Alexandra...

—Está bien, está bien. —Se inclinó para besarla—. Pero debo admitir que mi esposa tiene buenas ideas.

—¿Solo buenas?

—Extraordinarias. No te acostumbres a escucharme decirlo.

Eli volvió a besarla, esta vez con mayor ternura.

—Te amo.

—Yo también te amo, Sinclair.

Alexandra miró a Alexa, que dormía plácidamente entre sus brazos, y le acarició la mejilla con la punta de los dedos.

—Parece que tu madre acaba de encontrar una manera de mantenerme ocupada sin alejarme demasiado de ti, pequeña.

Eli apoyó la cabeza en su hombro.

—Y tú acabas de encontrar un nuevo proyecto.

—Uno muy importante.

—¿Más importante que todos los contratos de Woods International?

Alexandra ni siquiera necesitó pensarlo.

—No. Pero quizá sea el único proyecto empresarial que me permita tener a mi hija cerca mientras construimos algo bueno para otras familias.

Eli sintió que el corazón se le llenaba de amor.

Aquella era la mujer con la que había elegido compartir su vida: una mujer capaz de dirigir un imperio, pero que ahora deseaba utilizar su poder para cuidar de las personas que amaba.

—Te estás convirtiendo en una madre maravillosa —susurró Eli.

Alexandra levantó la mirada hacia ella.

—¿Crees que lo estoy haciendo bien?

La pregunta tomó a Eli por sorpresa. No porque fuera difícil de responder, sino porque Alexandra rara vez expresaba sus inseguridades de una manera tan directa.

Eli le acarició el rostro.

—Lo estás haciendo mucho mejor de lo que imaginas. No necesitas ser perfecta, amor. Alexa necesita que la ames, que la cuides y que estés presente. Y eso ya lo haces cada día.

Los ojos de Alexandra se humedecieron ligeramente.

—Quiero darle todo.

—Ya le estás dando lo más importante.

—¿Qué cosa?

—Una familia que la ama.

Alexandra acercó a Eli y la besó con ternura. Durante unos segundos, ambas permanecieron abrazadas alrededor de su pequeña, disfrutando de aquel instante que ninguna de las dos habría querido cambiar por nada.

Después, Eli apoyó la cabeza en el hombro de su esposa.

—¿Sabes una cosa? Si te hubieras visto así hace unos años, no te habrías reconocido.

Alexandra sonrió mientras acariciaba la espalda de su hija.

—Probablemente habría despedido a cualquiera que me dijera que algún día iba a pasarme las mañanas sentada en una mecedora.

—¿Y ahora?

Alexandra levantó la mirada hacia ella.

—Ahora despediría a cualquiera que intentara sacarme de aquí.

Eli soltó una carcajada y escondió el rostro en el hombro de su esposa.

—Te amo, Alexandra Woods.

Alexandra giró ligeramente la cabeza para besarla.

—Y yo te amo, Eli. Más de lo que imaginé que podría amar a alguien.

Después miró a su pequeña, que comenzaba a quedarse dormida entre sus brazos.

—Aunque creo que ella tiene una ligera ventaja.

Eli sonrió y besó la mejilla de Alexa.

—No te preocupes, amor. Yo también estoy enamorada de las dos.

Y mientras la luz de la mañana iluminaba la habitación, Alexandra comprendió que su imperio seguía esperándola, con sus contratos, sus reuniones y sus problemas.

Pero aquella mañana ya no sentía la necesidad de huir de sus responsabilidades. La propuesta de Eli le había permitido encontrar una alternativa que podía hacerla feliz sin obligarla a renunciar a lo que había construido durante tantos años.

La guardería estaría al lado de su oficina. Tendría instalaciones adecuadas, profesionales preparados y un espacio pensado para que los hijos de sus empleados estuvieran seguros y bien atendidos.

Y Alexandra, por supuesto, encontraría la manera de visitar a Alexa siempre que pudiera.

Porque seguía siendo Alexandra Woods, la presidenta de un imperio.

Solo que ahora tenía una nueva razón para hacerlo crecer: construir un futuro mejor para la pequeña que había cambiado su mundo para siempre.

Eli la observó una vez más, con una sonrisa que no podía disimular.

Su esposa había pasado de querer abandonar su imperio a planificar una guardería con una puerta directa a su oficina, todo para no perder de vista a su hija.

Y Eli no podía amarla más por ello.

O eso creía.

Porque cada día junto a Alexandra y Alexa le demostraba que el amor todavía tenía nuevas maneras de sorprenderla.