La heredera del imperio Woods Capítulo 40 — La presidenta que quería renunciar a su imperio
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Capítulo 40 — La presidenta que quería renunciar a su imperio

Desde el nacimiento de Alexa Elizabeth, la vida de Alexandra Woods había cambiado de una manera que jamás habría imaginado.

Durante años, su mundo había girado alrededor de Woods International. Las reuniones, los contratos millonarios, las negociaciones y las decisiones que podían cambiar el futuro de cientos de empleados habían ocupado prácticamente cada minuto de su vida.

Alexandra siempre había creído que no existía nada más importante que su empresa.

Hasta que tuvo a su hija entre los brazos.

Ahora, después de haberse tomado unos días de vacaciones para disfrutar de la pequeña, había descubierto que no quería regresar a su antigua rutina.

Cada mañana encontraba una nueva excusa para permanecer en casa y cada noche, cuando Eli le recordaba que sus vacaciones no durarían para siempre, Alexandra reaccionaba como si le estuvieran proponiendo algo terrible.

Aquella mañana, Eli despertó y encontró el lado de la cama vacío.

Se incorporó, todavía adormilada, y escuchó una voz suave que provenía de la habitación contigua.

Sonrió antes de levantarse.

Cuando llegó a la habitación de Alexa, encontró a Alexandra sentada en una mecedora, con su hija acomodada contra el pecho.

Su cabello oscuro estaba recogido de cualquier manera y llevaba una camiseta cómoda.

No había rastro de la mujer impecable que acostumbraba a entrar en Woods International con un traje perfectamente elegido y una expresión capaz de intimidar a toda una sala de juntas.

En aquel momento, Alexandra contemplaba a su hija como si acabara de descubrir el secreto más extraordinario del universo.

—Buenos días —susurró Eli desde la puerta.

Alexandra levantó la mirada y le dedicó una sonrisa.

—Buenos días, amor. Mira quién acaba de despertarse.

—¿Otra vez llevas despierta desde temprano?

—No podía dormir. Alexa empezó a moverse y pensé que tendría hambre, pero después abrió esos ojitos y... —Alexandra bajó la mirada hacia la pequeña—. Eli, ¿cómo se supone que voy a acostumbrarme a que sea tan hermosa?

Eli se acercó y se inclinó para besar primero la frente de su hija y después los labios de su esposa.

—No lo sé. Creo que llevas días intentando encontrar una respuesta.

—Es imposible acostumbrarse.

—Eso ya lo he notado.

Alexandra sonrió, orgullosa de su pequeña.

—He estado pensando en algo.

Eli reconoció inmediatamente aquel tono. Era el mismo que su esposa utilizaba antes de anunciar una decisión empresarial que nadie se atrevía a cuestionar.

—Eso suele preocuparme.

—No tienes motivos para preocuparte.

—Alexandra, la última vez que dijiste eso, compraste una casa más grande porque nuestra hija todavía no sabía caminar.

—Y fue una excelente decisión.

—Por supuesto, cariño.

Alexandra ignoró la ironía.

—He decidido que no voy a regresar a la empresa.

Eli parpadeó.

—¿Cómo dices?

—Que no voy a regresar a Woods International. Al menos, no por ahora.

Durante unos segundos, Eli permaneció mirándola, convencida de que su esposa estaba bromeando.

Pero Alexandra no sonreía.

—¿Estás hablando en serio?

—Completamente. Podemos contratar a alguien que se encargue de la presidencia mientras yo me quedo aquí con Alexa. No necesito pasarme el día encerrada en una oficina cuando tengo algo muchísimo más importante que hacer.

Eli se llevó una mano a la frente.

—No puedo creer lo que estoy escuchando.

—¿Qué tiene de malo? —preguntó Alexandra, genuinamente confundida—.

Tengo dinero suficiente para vivir sin trabajar el resto de mi vida.

Nuestra hija me necesita y quiero estar presente mientras crece.

No quiero perderme sus primeras palabras, sus primeros pasos ni ninguno de esos momentos que después no podremos recuperar.

Eli dejó de bromear.

Aquello no era un capricho cualquiera. Alexandra hablaba con una sinceridad que le apretó el corazón.

La mujer que había construido su identidad alrededor del poder y el control acababa de descubrir algo que no podía comprar, dirigir ni recuperar una vez perdido: el tiempo con su hija.

Y quería aprovechar cada segundo.

Eli se sentó a su lado y acarició suavemente la mejilla de Alexa.

—Amor, nadie te está diciendo que tengas que perderte esos momentos. Pero tampoco puedes abandonar todas tus responsabilidades de un día para otro.

—No estoy abandonando nada. Estoy eligiendo mis prioridades.

—Y tu empresa sigue siendo una de ellas.

Alexandra frunció ligeramente el ceño.

—¿Por qué insistes tanto en que regrese?

—Porque eres la presidenta de Woods International, cariño.

Porque hay cientos de personas que dependen de las decisiones que tomas y porque trabajaste muchísimo para llegar hasta donde estás.

No quiero que renuncies a algo que también forma parte de ti solo porque ahora estás enamorada de nuestra hija.

Alexandra bajó la mirada hacia Alexa.

—No es solo que esté enamorada de ella.

—Lo sé.

—Es que nunca había sentido algo así. Cuando la tengo en brazos, todo lo demás deja de importarme.

Puedo recibir cien llamadas de la empresa y no sentir ninguna necesidad de contestarlas.

Pero si ella hace un pequeño ruido en la habitación, soy capaz de levantarme de inmediato para comprobar que está bien.

Eli soltó una risita.

—Eso también lo he notado.

—Ayer llamaron tres veces de la empresa.

—Cuatro.

—¿Cuatro?

—La cuarta fui yo. Te llamé para preguntarte si querías almorzar conmigo y me rechazaste porque estabas ocupada mirando a Alexa dormir.

Alexandra la observó con una expresión ofendida.

—Nuestra hija estaba durmiendo de una manera muy particular.

—Estaba durmiendo, Alexandra.

—Con los labios fruncidos.

—Como cualquier bebé.

—No. Ella lo hace de una manera diferente.

Eli no pudo contener la carcajada.

Alexandra la miró, indignada.

—No te burles de mí.

—No me estoy burlando.

—Te estás riendo.

—Porque te amo.

Aquella respuesta consiguió que Alexandra guardara silencio.

Eli le tomó la mano y entrelazó sus dedos con los suyos.

—Te amo porque eres una mujer extraordinaria, porque eres inteligente, porque eres fuerte y porque has trabajado toda tu vida para construir algo importante.

Pero también te amo por esta versión de ti que estoy conociendo ahora.

La mujer que se despierta en mitad de la noche para comprobar que su hija está bien.

La que puede pasarse una hora contemplándola dormir.

La que se emociona cada vez que Alexa abre los ojos y parece reconocer tu voz.

Alexandra tragó saliva.

—No sabía que podía amar tanto a alguien.

—Yo tampoco sabía que podía enamorarme todavía más de ti.

Los ojos verdes de Alexandra se encontraron con los azules de su esposa.

—¿De verdad?

—De verdad. Verte con nuestra hija me hace descubrirte de nuevo cada día. A veces te observo cuando crees que no estoy mirando y pienso que tengo mucha suerte de compartir mi vida contigo.

Alexandra se acercó y apoyó la frente contra la de Eli, cuidando de no despertar a la pequeña.

—Entonces déjame quedarme aquí con ustedes.

Eli le acarició el rostro.

—Puedes quedarte con nosotras todo el tiempo que quieras. Pero no voy a permitir que tomes una decisión tan importante mientras todavía estás disfrutando de tus primeras semanas como madre.

—¿Me estás diciendo que no?

—Te estoy diciendo que no seas exagerada.

Alexandra abrió la boca, indignada.

—¿Exagerada yo?

—Sí, tú. La misma mujer que hace unos días llamó a la pediatra porque Alexa estornudó dos veces seguidas.

—¡Podría haber sido algo importante!

—La pediatra te explicó que los bebés también estornudan.

—Y yo necesitaba escucharlo de una profesional.

Eli volvió a reírse.

Alexandra quiso mantener su expresión seria, pero terminó sonriendo también.

—Eres insoportable, Sinclair.

—Y tú estás completamente enamorada de nuestra hija.

—De nuestra hija y de su madre —respondió Alexandra, acercándose para besarla.

Eli correspondió al beso con ternura. Cuando se separaron, apoyó una mano sobre la espalda de Alexa y la otra en la mejilla de su esposa.

—¿Sabes qué? Creo que podemos encontrar una solución.

Alexandra levantó una ceja.

—Te escucho.

Eli se acomodó en la silla de al lado, sin dejar de mirar a su esposa.

—¿Y si abrimos una guardería?

Alexandra parpadeó, sorprendida.

—¿Una guardería?

—Sí. Una guardería para los hijos de nuestros empleados. Podríamos construirla en un edificio cercano a Woods International, contratar profesionales especializados en el cuidado infantil y crear un lugar seguro, cómodo y adecuado para los pequeños.

Alexandra la contempló con creciente interés.

—Continúa, Sinclair. Estoy escuchando.

Eli sonrió al reconocer aquel tono empresarial que tanto conocía.

—La idea sería que los padres pudieran trabajar con tranquilidad sabiendo que sus hijos están cerca.

Y, en nuestro caso, Alexa podría pasar el día allí cuando tengamos que asistir a reuniones, una vez que sea suficientemente grande y consideremos que es el momento adecuado.

Podríamos visitarla durante los descansos, almorzar con ella cuando fuera posible y estar pendientes de cómo está sin tener que alejarnos de la empresa.

Alexandra bajó la mirada hacia su hija.

La propuesta comenzó a parecerle mucho más atractiva de lo que estaba dispuesta a admitir.

—¿Quieres que nuestra hija vaya a una guardería?

—Quiero que tengamos una alternativa que nos permita trabajar y seguir presentes en su vida. No te estoy diciendo que debamos dejarla allí desde mañana. Es demasiado pequeña y quiero que disfrutemos de esta etapa. Podemos planificar el proyecto mientras seguimos dedicándonos a ella.

Alexandra volvió a mirarla.

—Entonces, ¿por qué abrirla ahora?

—Porque no seríamos las únicas que necesitarían algo así.

Muchos empleados tienen hijos y deben organizar sus horarios, buscar cuidadores o preocuparse por lo que sucede en casa mientras trabajan.

Podríamos ofrecerles una solución real. Y, además, construiríamos un lugar en el que nuestra hija pudiera crecer rodeada de cariño, con profesionales preparados para cuidarla.

Alexandra guardó silencio.