La heredera del imperio Woods Capítulo 39 — Alexa Elizabeth, nuestro amor más grande
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Capítulo 39 — Alexa Elizabeth, nuestro amor más grande

El tiempo pasó más rápido de lo que Alexandra Woods y Eli Sinclair habían imaginado.

Desde que se habían casado, sus vidas se habían llenado de una felicidad que ninguna de las dos habría podido describir con palabras.

La casa nueva, con su amplio jardín y sus grandes ventanales, se había convertido en el lugar donde comenzaban a construir el futuro que tanto habían soñado.

Y, mientras la barriga de Eli crecía, también lo hacía la emoción de Alexandra.

La imponente presidenta de Woods International, aquella mujer que podía intimidar a una sala entera con una sola mirada, se había convertido en una esposa completamente enamorada y en una futura mamá que parecía haber perdido todo sentido de la moderación cuando se trataba de su hija.

—Alexandra, ¿puedes explicarme para qué necesitamos otro cochecito? —preguntó Eli una tarde, mirando el enorme paquete que dos empleados acababan de dejar en la sala.

Alexandra, que estaba revisando una pequeña bolsa con ropa para la bebé, levantó la mirada con una sonrisa inocente.

—Este es diferente, señora Woods.

Eli arqueó una ceja.

—¿Diferente en qué sentido?

—Este es más cómodo para pasear por el jardín.

—Tenemos uno que sirve perfectamente para pasear por el jardín.

—Pero este tiene un sistema especial para que nuestra princesa esté más cómoda.

Eli cruzó los brazos, intentando mantener una expresión seria.

—¿Y qué me dices de las cinco mantas, los doce vestidos, los tres juegos de sábanas y los peluches que compraste ayer?

Alexandra miró hacia el sofá, donde varias bolsas de tiendas infantiles parecían haberse multiplicado durante los últimos días.

—Nuestra hija necesita sus cosas.

—Nuestra hija todavía no ha nacido y ya tiene más ropa que nosotras dos juntas.

Alexandra soltó una pequeña carcajada y se acercó a su esposa para abrazarla por la cintura.

—No puedo evitarlo, amor. Cada vez que veo algo pequeño, pienso en nuestra bebé y me la imagino usándolo. Entonces quiero comprarlo.

Eli quiso responder con otra protesta, pero se quedó contemplando el brillo de los ojos verdes de Alexandra. Aquella mujer que siempre había sido tan segura, orgullosa y controladora se emocionaba hasta las lágrimas al elegir un simple par de zapatos diminutos.

Y eso le derretía el corazón.

—Vas a malcriarla antes de que nazca —murmuró Eli, acariciándole la mejilla.

—Por supuesto. Es nuestra hija.

—Alexandra…

—Eli, por favor. Mira estos zapatitos.

Alexandra sacó de una bolsa unos pequeños zapatos blancos y los sostuvo en la palma de su mano. Eran tan diminutos que Eli no pudo evitar sonreír.

—Son preciosos —admitió.

—¿Verdad que sí? Imagina sus piecitos dentro de ellos.

Eli negó con la cabeza, divertida, y apoyó la frente contra la de su esposa.

—Eres imposible.

—Pero me amas.

—Desgraciadamente, demasiado.

Alexandra fingió estar ofendida.

—¿Desgraciadamente?

—Muchísimo, mi amor. Más de lo que imaginas.

La sonrisa de Alexandra se volvió tierna. Dejó los zapatitos sobre la mesa y rodeó a Eli con los brazos, inclinándose para besar suavemente su frente.

—No sabes cuánto espero el día en que pueda tenerla entre mis brazos. Quiero conocer su carita, escucharla llorar, verla abrir los ojos… Quiero estar presente en cada segundo de su vida.

Eli acarició el rostro de su esposa.

—Y lo estarás. Serás una mamá maravillosa.

Alexandra bajó la mirada hacia la barriga de Eli y apoyó una mano sobre ella.

—Voy a protegerlas con todo lo que soy. A las dos.

—Lo sé, mi vida.

Eli se acercó para besarla. Aunque a veces tenía que recordarle a Alexandra que no necesitaban comprar todas las cosas que encontraban en las tiendas, jamás habría querido apagar aquella ilusión que iluminaba el rostro de su esposa.

Verla tan emocionada, imaginando el futuro de su hija, era uno de los regalos más hermosos que había recibido.

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Una noche, mientras estaban acostadas en la cama, Alexandra tenía entre las manos una pequeña libreta donde había anotado varias ideas para la habitación de la bebé.

Eli, recostada a su lado, observaba los dibujos y las listas con una sonrisa.

—¿Otra vez estás planeando algo?

—Estoy pensando en nuestra hija.

—Eso ya lo sé. Llevas meses pensando en ella durante las veinticuatro horas del día.

—Porque es lo más importante que tenemos.

Eli le tomó la mano y entrelazó sus dedos.

—¿Ya pensaste en su nombre?

Alexandra levantó la mirada. Habían hablado de ello muchas veces, pero todavía no habían tomado una decisión definitiva.

—He pensado en muchos nombres —confesó—, pero hay uno que siempre vuelve a mi cabeza.

—¿Cuál?

Alexandra dejó la libreta a un lado y se giró para quedar frente a ella.

—Alexa Elizabeth.

Eli guardó silencio durante unos segundos, repitiendo el nombre mentalmente.

—Alexa Elizabeth Woods Sinclair —susurró finalmente.

Alexandra sonrió con emoción.

—Alexa, porque quiero que tenga una parte de mí en su nombre. Y Elizabeth… porque me parece un nombre hermoso y quiero que nuestra hija lleve un nombre que tenga tanta dulzura como ella.

Eli sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.

—Me encanta, Alexandra. Alexa Elizabeth Woods Sinclair.

—¿De verdad?

—Sí, mi amor. Es perfecto.

Alexandra la abrazó con cuidado y escondió el rostro en su cuello.

—Nuestra pequeña Alexa —murmuró—. No puedo creer que pronto estará aquí.

Eli le acarició el cabello castaño oscuro.

—Pronto tendremos a nuestra hija en casa. Ya no tendremos que imaginar cómo será tenerla en nuestros brazos.

Alexandra besó su barriga y habló en voz baja, como si la bebé pudiera escuchar cada palabra.

—Te estamos esperando, princesa. Tu mamá Alexandra ya te ha comprado media tienda, así que tendrás que perdonarla cuando llegues.

¿Qué? Es la verdad.

—Prométeme que dejarás de comprar cosas innecesarias.

Alexandra levantó la cabeza y la miró con una expresión tan seria que Eli sospechó de inmediato.

—Lo prometo.

—¿De verdad?

—De verdad, señora Woods.

Eli entrecerró los ojos.

—No te creo ni una palabra.

Alexandra sonrió y la besó antes de que pudiera continuar con sus reproches.

Las dos terminaron riendo, abrazadas bajo las sábanas, soñando con el día en que conocerían a la pequeña que ya había cambiado sus vidas sin siquiera haber nacido.

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El día del nacimiento llegó después de una larga espera.

Alexandra nunca había sentido tanto miedo como cuando vio a Eli prepararse para dar a luz. Por más que intentara conservar la calma, sus manos temblaban y su corazón latía con una fuerza que no recordaba haber experimentado jamás.

—Todo va a salir bien —le aseguró Eli, apretándole la mano.

Alexandra se inclinó para besarle los nudillos.

—Estoy aquí contigo, amor. No voy a soltarte.

—Lo sé.

—Te amo, Eli.

—Y yo te amo a ti.

Después de horas de espera, un llanto pequeño y poderoso llenó la habitación.

Alexandra se quedó inmóvil.

Durante un instante, el mundo entero pareció detenerse.

La bebé había nacido.

Cuando el personal médico colocó a la pequeña en los brazos de Eli, Alexandra se acercó lentamente, incapaz de contener las lágrimas. Su esposa contemplaba a la recién nacida con una expresión de amor absoluto, acariciándole suavemente la mejilla.

—Hola, mi niña —susurró Eli—. Bienvenida al mundo, Alexa Elizabeth.

Alexandra se sentó a su lado y miró a su hija.

La pequeña tenía unos ojos verdes intensos, profundos y luminosos, iguales a los de Alexandra, como si el color del bosque hubiera encontrado un lugar donde quedarse para siempre. Su piel tenía el tono de Eli y sus diminutos dedos se movían con suavidad mientras buscaba el calor de sus madres.

Alexandra se llevó una mano a la boca, llorando sin intentar ocultarlo.

—Tiene mis ojos…

Eli la miró con una sonrisa emocionada.

—Sí, mi amor. Tiene esos ojos verdes tan hermosos que me enamoraron de ti.

Alexandra acarició con extrema delicadeza la cabecita de su hija.

—Es perfecta —murmuró—. Nuestra hija es perfecta.

—Ven, sostenla.

Alexandra vaciló por un segundo. La mujer que dirigía una de las empresas más importantes del país y que jamás parecía dudar frente a nadie tenía miedo de no saber cómo sostener a un ser tan pequeño.

—¿Y si no lo hago bien?

Eli le sonrió con ternura.

—Alexandra, eres su mamá. Ella solo necesita sentirte cerca.

Con cuidado, Eli ayudó a colocar a la bebé en los brazos de su esposa.

En cuanto Alexandra sintió aquel pequeño cuerpo contra su pecho, algo cambió para siempre dentro de ella. Alexa abrió los ojos durante un breve instante, mostrando aquel verde intenso que hizo que Alexandra volviera a llorar.

—Hola, mi princesa —susurró, rozando su frente con los labios—. Soy mamá. Soy tu mamá, mi amor.

La bebé movió una manita y sus pequeños dedos se cerraron alrededor de uno de los dedos de Alexandra.

Aquello bastó para desarmarla por completo.

—Eli, me está agarrando la mano…

—Porque ya te conoce, mi vida.

Alexandra miró a su esposa, luego a su hija, y sintió que no existía en el mundo una fortuna capaz de compararse con lo que tenía entre sus brazos.

Había pasado años construyendo un imperio, conquistando mercados y demostrando que podía conseguir cualquier cosa que se propusiera. Sin embargo, jamás había imaginado que su mayor riqueza sería aquella pequeña niña de ojos verdes que acababa de llegar al mundo.

—Gracias —le dijo a Eli con la voz quebrada.

—¿Por qué, amor?

—Por darme esta familia. Por elegirme. Por confiarme tu corazón y permitirme ser la mamá de nuestra hija.

Eli acarició su mejilla.

—Alexa es nuestra. La amamos juntas, y juntas vamos a verla crecer.

Alexandra se inclinó para besar a su esposa con ternura, procurando no apartar a la bebé de su pecho.

—Las amo tanto que no sé cómo explicarlo.

—No necesitas explicarlo —respondió Eli—. Solo quédate con nosotras.

Alexandra apoyó la frente contra la de Eli, con Alexa protegida entre ambas.

—Siempre. Ustedes son mi hogar.

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Cuando por fin regresaron a casa, Alexandra no permitió que nadie llevara a la bebé a su habitación sin antes asegurarse personalmente de que todo estuviera preparado.

La cuna estaba lista. Las mantas estaban dobladas. La habitación tenía una decoración delicada, con tonos claros, pequeños detalles verdes y una ventana desde la que se veía el jardín.

Y, por supuesto, había muchísima más ropa de la que una recién nacida podría necesitar.

Eli observó las bolsas que Alexandra había dejado junto a un sillón y soltó una risa cansada.

—No puedo creer que hayas comprado más cosas mientras yo estaba en el hospital.

Alexandra, que sostenía a Alexa contra su pecho, levantó la barbilla con orgullo.

—Nuestra hija necesitaba una bienvenida especial.

—Nuestra hija necesita dormir, comer y recibir amor. No necesita otros veinte conjuntos.

—Son preciosos.

—Alexandra…

—Está bien, está bien. No compraré nada más esta semana.

Eli la miró con incredulidad.

—¿Esta semana?

Alexandra sonrió y besó la frente de la bebé.

—No puedo hacer promesas imposibles, señora Woods.

Eli terminó riéndose y se acercó para abrazarlas a las dos.

Se sentaron juntas en el sillón, con Alexa dormida entre sus brazos. Alexandra no dejaba de contemplar a su hija, acariciándole los pequeños dedos y besándole la frente cada pocos minutos, como si todavía no pudiera creer que aquella niña tan esperada estuviera finalmente con ellas.

—Mírala, Eli —susurró—. Es tan pequeña…

—Y ya te tiene completamente enamorada.

—Me tenía enamorada antes de nacer. Ahora no sé qué hacer con tanto amor.

Eli apoyó la cabeza sobre el hombro de su esposa.

—Aprenderemos juntas.

Alexandra besó su cabello y después miró a su hija, que dormía tranquila, con sus intensos ojos verdes cerrados.

En aquella casa ya no importaban las reuniones, los contratos ni las decisiones empresariales que antes ocupaban cada minuto de su vida.

Ahora existían otras prioridades: las noches en vela, las primeras sonrisas que algún día llegarían, los pequeños vestidos que Alexandra insistiría en comprar y los abrazos con los que Eli intentaría recordarle que su hija no necesitaba tenerlo todo para ser feliz.

Solo necesitaba tenerlas a ellas.

Y eso jamás le faltaría.

Porque Alexa Elizabeth Woods Sinclair había nacido rodeada de un amor inmenso, de dos madres que la habían esperado con el corazón lleno de sueños y de una familia que la recibiría como el regalo más hermoso de sus vidas.

Alexandra abrazó a Eli y a su hija, contemplando el jardín desde la ventana.

Por primera vez, comprendió que su mayor logro no era el imperio que llevaba su apellido.

Era aquella pequeña familia.

Su esposa.

Su hija.

Su hogar.

—Las amo —susurró, besando primero a Eli y después a Alexa—. Más de lo que jamás podré explicar.

Eli cerró los ojos, acurrucándose junto a ella.

—Y nosotras te amamos, Alexandra Woods.

La pequeña Alexa se movió suavemente entre sus brazos, como si reconociera aquellas voces que la habían acompañado incluso antes de llegar al mundo.

Y mientras la noche envolvía la casa, las tres permanecieron juntas, abrazadas bajo la luz tenue de la habitación, comenzando la historia más hermosa de sus vidas.

La historia de una familia que se había elegido, que había luchado por su amor y que, finalmente, tenía entre sus brazos todo aquello con lo que siempre había soñado.

Alexa Elizabeth Woods Sinclair: el pequeño milagro que convirtió su amor en una familia.