Capítulo 38 — La promesa de amarnos para siempre #3
La empresaria lo miró sorprendida.
—¿Por qué?
—Porque has aprendido que la verdadera fortaleza no consiste en controlarlo todo, sino en saber amar y dejarte amar.
Alexandra sintió un nudo en la garganta.
—Gracias, papá.
Su madre se acercó y abrazó a ambas.
—Ahora tengo otra hija y una nieta en camino. No podría pedir más.
Eli sonrió y acarició su vientre.
—Nuestra pequeña va a tener una familia enorme.
—Y muy ruidosa —añadió Lucas, acercándose con Leticia—. Sobre todo cuando nos reunamos todos para comer.
Leticia abrazó a las recién casadas.
—Estoy feliz por ustedes. Y quiero que sepan que, cuando nazca la bebé, voy a consentirla muchísimo.
Alexandra arqueó una ceja.
—¿Más que nosotras?
—Por supuesto.
—Eso tendremos que discutirlo.
Eli rio.
—Nuestra hija todavía no ha nacido y ya están compitiendo por quién la consentirá más.
Lucas se agachó un poco para hablarle al vientre de Eli.
—Pequeña, escucha bien. Tu tío Lucas será el más divertido de todos.
Alexandra lo apartó suavemente.
—No empieces a enseñarle cosas antes de que nazca.
—Llegas tarde, hermana. Ya estoy preparando mi estrategia.
Todos se echaron a reír.
Los padres de Eli también se acercaron a abrazar a su hija.
Su madre le acarició el cabello.
—Estás preciosa, cariño.
—Gracias, mamá.
Su padre abrazó a Alexandra.
—Cuida de mi hija, pero recuerda que ella también cuidará de ti. Un matrimonio es un camino que se recorre de a dos.
Alexandra asintió.
—Lo sé. Y pienso caminar a su lado todos los días.
Eli tomó la mano de su esposa y entrelazó sus dedos.
—Y yo pienso caminar a su lado.
Sofía se acercó finalmente, secándose las lágrimas.
—Muy bien. Ahora que todo el mundo ha pronunciado su discurso emotivo, ¿podemos celebrar? ¡Estas dos mujeres acaban de casarse y yo necesito bailar!
Lucas le ofreció el brazo.
—¿Me concede este baile?
Sofía lo miró sorprendida y después sonrió.
—Por supuesto.
Leticia se llevó a los padres de Alexandra hacia la pista, mientras los padres de Eli se unían a ellos.
Alexandra tomó la mano de su esposa.
—¿Bailamos, señora Woods?
Eli sonrió.
—Toda la noche, señora Woods.
Y juntas caminaron hacia la pista, rodeadas de las personas que más querían.
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La celebración continuó entre música, fotografías y abrazos.
En un momento de la noche, Alexandra pidió el micrófono.
Los invitados fueron tomando asiento mientras ella permanecía de pie junto a Eli, sosteniendo su mano.
—Quiero agradecerles a todos por estar aquí. A mis padres, por enseñarme que la familia es mucho más que un apellido. A Lucas y Leticia, por acompañarme incluso cuando mi carácter hace que sea difícil convivir conmigo.
—¡Eso es verdad! —gritó Lucas desde su mesa.
Las risas llenaron el jardín.
Alexandra negó con la cabeza, divertida.
—Gracias por no cambiar nunca. Y a los padres de Eli, gracias por haber criado a la mujer que hoy tengo el privilegio de llamar mi esposa.
Eli le apretó la mano.
—También quiero agradecer a Sofía, que ha sido cómplice de esta sorpresa y que probablemente contará esta historia durante el resto de nuestras vidas.
—¡Por supuesto! —respondió Sofía, levantando su copa.
Alexandra rio.
Después miró a Eli.
Su expresión se volvió más tierna.
—Y, sobre todo, quiero agradecerte a ti, amor. Gracias por elegirme, por confiar en mí y por enseñarme que la felicidad no se encuentra en tener todo lo que uno desea, sino en compartir la vida con la persona correcta.
Eli tenía los ojos llenos de lágrimas.
Alexandra le besó la mano.
—Hoy me llevo mucho más que una esposa. Me llevo la certeza de que no tengo que enfrentar sola el futuro. Y cuando nuestra hija nazca, quiero que crezca rodeada de todo este amor, sabiendo que fue esperada, soñada y amada incluso antes de llegar a nuestros brazos.
Todos levantaron sus copas.
—¡Por Alexandra y Eli! —exclamó el padre de Eli.
—¡Por las recién casadas! —añadió la madre de Alexandra.
—¡Y por la pequeña que viene en camino! —gritó Leticia.
Los aplausos volvieron a llenar el jardín.
Eli abrazó a Alexandra y le susurró al oído:
—No podría haber imaginado una familia más hermosa.
Alexandra le besó la frente.
—Y esto apenas comienza, mi amor.
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Más tarde, cuando llegó el momento de la primera canción como esposas, Alexandra condujo a Eli hasta el centro de la pista.
La música comenzó suavemente.
Eli apoyó la cabeza sobre el hombro de Alexandra mientras ambas se movían despacio.
—¿Eres feliz? —preguntó la empresaria.
Eli levantó la mirada.
—Muchísimo. ¿Y tú?
Alexandra sonrió.
—No recuerdo haber sido tan feliz en toda mi vida.
Eli le acarició la mejilla.
—Entonces recuerda este momento cuando discutamos por algo absurdo.
—¿Como quién tiene razón?
—Exactamente.
Alexandra rio.
—Voy a intentar recordarlo.
—Más te vale.
La empresaria la acercó un poco más.
—Te amo, Eli Woods.
Eli sonrió al escuchar su nuevo apellido.
—Te amo, Alexandra Woods.
Se besaron mientras sus familias las observaban con ternura.
Aquella noche, entre flores blancas, música y promesas, Alexandra comprendió que su mayor logro no había sido construir un imperio empresarial.
Su mayor logro era haber encontrado a la mujer con la que deseaba compartirlo todo.
Y ahora, con Eli como su esposa, una hija en camino y ambas familias acompañándolas, sentía que por fin tenía aquello que durante tantos años no había sabido buscar.
Un hogar.
Un amor que no necesitaba demostrar nada al mundo.
Y una promesa que pensaba cumplir durante el resto de su vida.