Capítulo 37 — La primera noche en nuestro futuro
La mañana siguiente comenzó con una llamada de la agente inmobiliaria.
Alexandra Woods estaba en la cama, con Eli acurrucada contra su pecho, cuando el teléfono empezó a vibrar sobre la mesita de noche. La empresaria abrió los ojos con desgana y estiró el brazo para contestar, procurando no despertar a su novia.
—¿Sí?
—Buenos días, señora Woods. La llamo para informarle que ya tenemos avances con la documentación de la propiedad que visitaron ayer. Si todo continúa según lo previsto, podremos avanzar con la compra durante los próximos días.
Alexandra sonrió de inmediato.
—Perfecto. Envíeme los documentos para revisarlos. Quiero que todo quede en orden antes de firmar.
—Por supuesto. Se los enviaré en cuanto terminemos la llamada.
—Gracias. Quedo pendiente.
Colgó y dejó el teléfono en su sitio. Después bajó la mirada hacia Eli, que comenzaba a despertarse.
—¿Quién era? —preguntó Eli con voz adormilada.
Alexandra le apartó un mechón castaño del rostro.
—La agente inmobiliaria. Parece que pronto podremos avanzar con la compra de nuestra casa.
Los ojos azules de Eli se iluminaron.
—¿De verdad?
—Sí, cariño.
Eli se incorporó un poco y apoyó las manos sobre el pecho de Alexandra.
—Entonces tendremos que empezar a organizar la mudanza.
—Ya estoy pensando en eso.
—Por supuesto que sí. Seguro que hasta tienes una lista de cajas, muebles y fechas.
Alexandra intentó mantener una expresión seria, pero la sonrisa terminó delatándola.
—Tengo una lista bastante completa.
Eli soltó una carcajada.
—¡No puedo creerlo! ¿Cuándo la hiciste?
—Anoche, mientras tú dormías.
—¿Y no podías dormir como una persona normal?
—Estaba organizando nuestro futuro, señora Woods.
Eli le dio un pequeño golpe en el hombro.
—Todavía no soy la señora Woods.
Alexandra la atrajo hacia sí y le dio un beso en los labios.
—Todavía.
Eli se quedó mirándola, con una sonrisa que intentaba disimular sin conseguirlo.
—Cada vez que me llamas así, consigues que me imagine caminando hacia ti vestida de novia.
Alexandra acarició su mejilla y su expresión se volvió más tierna.
—Créeme, Eli. Yo también me lo imagino.
Durante unos segundos, ambas permanecieron en silencio, disfrutando de aquella posibilidad que cada vez parecía menos lejana.
Finalmente, Eli apoyó la cabeza en el hombro de Alexandra.
—¿Sabes qué quiero hacer hoy?
—¿Seguir buscando muebles?
—No. Hoy quiero que desayunemos juntas sin que estés pendiente del teléfono, de la empresa o de los documentos de la casa.
Alexandra arqueó una ceja.
—¿Me estás ordenando que descanse?
—Exactamente, señora presidenta.
La empresaria soltó una carcajada.
—Está bien. Hoy el teléfono se queda a un lado.
—Y nada de hablar de negocios.
—Eso será más difícil.
—Alexandra…
—De acuerdo, cariño. Te lo prometo.
Eli sonrió satisfecha y volvió a besarla.
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Después de levantarse, ambas prepararon el desayuno juntas.
Alexandra se encargó del café y de las tostadas, mientras Eli cortaba algunas frutas y preparaba un pequeño plato con todo lo que le apetecía comer aquella mañana.
La empresaria la observaba de reojo cada pocos segundos, pendiente de que estuviera cómoda.
—¿Qué ocurre? —preguntó Eli al descubrirla mirándola.
—Nada.
—Llevas cinco minutos mirándome.
—¿No puedo admirar a mi novia?
Eli sonrió.
—Puedes, pero podrías ayudarme con la fruta en lugar de quedarte ahí contemplándome.
Alexandra se acercó por detrás y la abrazó por la cintura.
—Prefiero contemplarte.
—Entonces no te quejes cuando te pida que laves los platos.
—Los lavaré todos si me das un beso.
Eli se volvió hacia ella.
—¿Solo uno?
—Puedo negociar.
Eli rio y le dio un beso breve.
—Ahora termina el desayuno.
Alexandra fingió suspirar, pero obedeció.
Desayunaron en la terraza, hablando de cosas sencillas. Eli le contó que quería elegir unas cortinas claras para la habitación de la bebé y Alexandra propuso colocar una pequeña biblioteca junto a la ventana.
—Quiero leerle cuentos antes de dormir —explicó la empresaria—. Y cuando sea mayor, podemos enseñarle a elegir sus propios libros.
Eli la miró con ternura.
—Nunca pensé que llegarías a planificar tantas cosas con tanta ilusión.
Alexandra dejó la taza sobre la mesa.
—Yo tampoco.
—¿Por qué?
La empresaria se quedó pensativa antes de responder.
—Durante mucho tiempo pensé que mi vida iba a ser siempre la empresa, las reuniones y las decisiones difíciles. Creía que tener éxito significaba no necesitar nada más.
Miró a Eli a los ojos.
—Después llegaste tú y empezaste a cambiar todo. Ahora me descubro pensando en una casa, en una habitación infantil, en cuentos para dormir y en cómo será nuestra hija. Y lo curioso es que nunca me había sentido tan feliz imaginando el futuro.
Eli le tomó la mano.
—No tienes que dejar de ser quien eres para formar una familia conmigo.
—Lo sé.
—Tu empresa seguirá siendo importante. Tus proyectos también. Solo quiero que recuerdes que nosotras estaremos aquí.
Alexandra le besó los nudillos.
—Nunca quiero que tengas que preguntarte si eres importante para mí. Tú y nuestra hija sois mi familia. Y voy a demostrarlo con mis acciones, no solamente con palabras.
Eli sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas.
—Te amo tanto, Alexandra.
—Y yo a ti, señora Woods.
—Vas a hacer que me acostumbre a ese nombre.
—Esa es precisamente mi intención.
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A media mañana, Sofía llamó a Alexandra.
La empresaria miró el teléfono con cierta desconfianza antes de contestar.
—¿Qué sucede, Sofía?
—Buenos días para ti también, querida amiga.
—Buenos días. ¿Qué necesitas?
—Solo quería saber si piensas aparecer hoy por la empresa o si debo seguir fingiendo que soy la presidenta.
Alexandra soltó una risa.
—Tienes todo bajo control.
—Lo sé. Ese no es el problema. El problema es que alguien tiene que recordarte que existe una empresa detrás de tus planes de convertirte en la madre más consentidora del mundo.
Eli, que estaba sentada a su lado, escuchó el comentario y se rio.
Alexandra la miró fingiendo indignación.
—Te recuerdo que sigo siendo tu jefa.
—Y yo te recuerdo que soy tu mejor amiga, así que tengo permiso para decirte la verdad.
—¿Qué verdad?
—Que estás insoportablemente enamorada.
Eli se tapó la boca para contener la risa.
Alexandra suspiró.
—¿Has terminado?
—Todavía no. ¿Cómo va la búsqueda de la casa?
—Encontramos una que nos encanta. Estamos revisando los documentos para avanzar con la compra.
—¡Por fin! Llevabas días hablando del jardín como si tu hija fuera a organizar fiestas en él desde el primer día.
—Mi hija tendrá todo lo que necesite.
—Eso es exactamente lo que me preocupa.
Alexandra negó con la cabeza, sonriendo.
—Te llamaré cuando tengamos novedades.
—Perfecto. Y dale un beso a Eli de mi parte.
—Está aquí.
Sofía guardó silencio un instante.
—Entonces dile que cuide de ti, porque estoy segura de que vas a querer comprarle hasta la luna.
Eli se acercó al teléfono.
—No te preocupes, Sofía. Intentaré mantenerla bajo control.
—¡Gracias! Alguien tenía que asumir esa responsabilidad.
Alexandra puso los ojos en blanco.
—Las dos estáis disfrutando demasiado de esto.
—Porque te queremos —respondieron Eli y Sofía casi al mismo tiempo.
La empresaria terminó riéndose.
—Adiós, Sofía.
—Adiós, futura señora Woods.
Eli soltó una carcajada mientras Alexandra colgaba.
—Parece que no soy la única que quiere llamarte así.
—No la animes —respondió Alexandra, atrayéndola hacia sí—. Bastante tengo contigo.
Eli le rodeó el cuello con los brazos.
—Pues tendrás que acostumbrarte, porque pienso quedarme a tu lado durante mucho tiempo.
La expresión de Alexandra se suavizó.
—Eso es lo único que quiero.
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Por la tarde, decidieron visitar nuevamente la propiedad.
La agente inmobiliaria les había enviado algunos documentos y Alexandra quería comprobar un par de detalles antes de continuar con el proceso. Eli aceptó acompañarla, aunque le recordó que no pensaba pasar toda la tarde hablando de contratos.
Cuando llegaron, recorrieron otra vez las habitaciones y el jardín.
Esta vez, Eli caminó directamente hasta el espacio que habían imaginado para la habitación de su hija.
Se detuvo en el centro y observó las paredes claras, la ventana y la luz que entraba desde el exterior.
—Aquí irá la cuna —dijo, señalando un lugar junto a la pared—. Y cerca de la ventana pondremos el sillón.
Alexandra se colocó a su lado.
—La cómoda podría ir allí. También podemos poner una lámpara de luz suave para las noches.
Eli asintió.
—Y quiero una alfombra mullida para cuando empiece a gatear.
—La elegiremos juntas.
—También necesitamos una estantería baja para sus cuentos.
—Por supuesto.
Eli se volvió hacia ella con una sonrisa.
—¿Te das cuenta de que ya estamos hablando como si viviéramos aquí?
Alexandra le rodeó la cintura.
—Porque, en mi corazón, ya estoy imaginando nuestra vida en esta casa.
Eli apoyó una mano sobre el vientre.
—Nuestra pequeña va a tener un hogar lleno de amor.
Alexandra bajó la mirada hacia el vientre de Eli y lo acarició con delicadeza.
—Y dos madres que van a discutir por quién la abraza primero.
—Eso no será una discusión. Yo la abrazaré primero.
—¿Ah, sí?
—Sí.
Alexandra fingió pensarlo.
—Entonces tendré que llegar antes.
Eli rio y le dio un beso.
—Eres una tramposa.
—Soy una mujer enamorada, señora Woods. Hay una diferencia.
Eli la abrazó con fuerza.
Permanecieron así unos instantes, en medio de aquella habitación vacía que pronto tendría una cuna, juguetes y pequeños recuerdos de su hija.
No necesitaban que estuviera amueblada para imaginar la felicidad que las esperaba.
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Cuando regresaron a casa, el sol comenzaba a ponerse.
Eli se acomodó en el sofá mientras Alexandra preparaba algo sencillo para cenar. Por primera vez en varios días, ninguna de las dos tenía que apresurarse para llegar a una reunión ni resolver un problema de la empresa.
Después de cenar, Alexandra se sentó junto a Eli y le cubrió las piernas con una manta.
—¿Estás cómoda?
—Mucho.
—¿Necesitas algo?
Eli la miró con diversión.
—Necesito que te sientes y dejes de preguntarme cada treinta segundos si necesito algo.
Alexandra se echó a reír.
—Estoy intentando cuidarte.
—Y lo haces muy bien, cariño. Pero también necesito que descanses.
Eli tomó su mano y la apoyó sobre su vientre.
—No tienes que demostrarme tu amor comprándolo todo o resolviendo cada problema antes de que aparezca. A veces, lo único que necesito es que estés aquí conmigo.
Alexandra se quedó mirándola, conmovida por aquellas palabras.
—Tienes razón.
—¿Puedes repetirlo? Quiero asegurarme de haberlo escuchado bien.
La empresaria rio.
—No abuses de tu suerte.
Eli se acercó y apoyó la cabeza sobre su hombro.
—Te amo, Alex.
Alexandra le besó el cabello.
—Te amo más de lo que imaginé que podría amar a alguien.
—¿Incluso más que a tu empresa?
Alexandra fingió reflexionar.
Eli levantó la cabeza inmediatamente.
—¡Alexandra!
La empresaria soltó una carcajada y la abrazó.
—No hay comparación, cariño. La empresa forma parte de mi vida, pero tú eres parte de mi corazón.
Eli sonrió, satisfecha.
—Respuesta aceptable.
Alexandra le dio un beso en la frente y después apoyó una mano sobre su vientre.
—Y tú, pequeña, vas a tener que aprender muy pronto que tu madre es bastante exigente.
Eli le dio un golpecito en el brazo.
—No empieces a enseñarle a quejarse de mí antes de que nazca.
—Solo estoy preparando el terreno.
Ambas rieron.
Más tarde, cuando se fueron a dormir, Eli se acomodó entre los brazos de Alexandra. La empresaria apagó la lámpara y la atrajo suavemente hacia su pecho.
—¿Alex? —susurró Eli en la oscuridad.
—Dime, amor.
—¿De verdad quieres casarte conmigo?
Alexandra abrió los ojos y bajó la mirada hacia ella.
—Sí. No te llamo señora Woods solamente para hacerte sonreír.
Quiero que algún día llevemos el mismo apellido, si tú también lo deseas.
Quiero prometerte delante de las personas que amamos que voy a elegirte cada día, incluso cuando tengamos diferencias, cuando estemos cansadas o cuando la vida no resulte tan sencilla como ahora la imaginamos.
Eli sintió que el corazón le latía más deprisa.
—Yo también quiero eso.
Alexandra le acarició la mejilla.
—Entonces llegará el momento. No quiero hacerte una propuesta por impulso ni porque estemos emocionadas con la casa. Quiero prepararte algo que recuerdes siempre.
Eli sonrió y se acurrucó contra ella.
—Está bien. Pero no tardes demasiado, futura esposa.
Alexandra soltó una risa suave.
—Lo tendré en cuenta, señora Woods.
Eli cerró los ojos, feliz.
Y mientras la noche envolvía la habitación, Alexandra permaneció despierta unos minutos más, contemplando el rostro de la mujer que amaba.
Pensó en la casa nueva, en el jardín, en la habitación de su hija y en aquella boda que algún día dejaría de ser una fantasía para convertirse en realidad.
Por primera vez, no sintió la necesidad de controlar cada detalle del futuro.
Le bastaba con saber que Eli estaba entre sus brazos y que, poco a poco, estaban construyendo una vida juntas.
Una vida que pronto tendría una nueva voz, unas pequeñas manos y unos ojos que llevarían algo de cada una de ellas.
Y Alexandra supo que, cuando llegara ese día, no habría fortuna ni éxito empresarial que pudiera compararse con la felicidad de llamarlas a las dos su familia.