Capítulo 36 — Un hogar para nuestra pequeña
A la mañana siguiente, Eli Sinclair despertó lentamente, sintiendo el calor de Alexandra Woods a su lado. Durante unos segundos permaneció acurrucada contra ella, disfrutando de la tranquilidad de aquella mañana.
Sin embargo, cuando abrió los ojos, descubrió que Alexandra ya estaba despierta y sentada al borde de la cama, mirando algo en su teléfono con una concentración que le resultó sospechosa.
Eli se incorporó un poco y observó cómo su novia se levantaba, caminaba hasta el armario y comenzaba a elegir su ropa sin ninguna intención de apresurarse.
—Buenos días, cariño —murmuró Eli, todavía adormilada.
Alexandra se volvió hacia ella y sonrió.
—Buenos días, señora Woods.
Eli parpadeó y levantó las cejas.
—¿Señora Woods?
Alexandra se acercó a la cama con una sonrisa traviesa.
—¿No te gusta cómo suena?
—Me encanta cómo suena, pero todavía no me has pedido matrimonio, Alexandra Woods.
La empresaria se inclinó y le dio un beso en la frente.
—Entonces tendré que hacerlo como corresponde.
—Más te vale, señora presidenta.
Alexandra soltó una carcajada antes de acariciarle la mejilla.
—Ahora levántate, señora Woods. Hoy tenemos otros planes.
Eli miró el reloj de la mesita de noche y después volvió a observarla.
—¿No deberíamos estar preparándonos para ir a la empresa?
—Hoy no iremos a la empresa.
—¿Perdón?
Alexandra dejó la ropa sobre una silla y se sentó junto a ella.
—Vamos a buscar una casa.
Eli la miró en silencio durante unos segundos, intentando comprender lo que acababa de escuchar.
—¿Una casa? Alex, ya tenemos una casa.
—Lo sé.
—Y no es precisamente pequeña.
Alexandra sonrió, como si hubiera esperado aquella respuesta.
—También lo sé.
Eli se incorporó por completo y apartó el cabello castaño de su rostro.
—Entonces, ¿por qué quieres buscar otra?
Alexandra le acarició la mejilla.
—Porque estuve pensando en ello toda la noche.
—¿Toda la noche?
—Bueno, no toda. También estuve pensando en lo hermosa que eres cuando duermes.
Eli soltó una risita.
—No intentes distraerme, Woods.
—No lo haría jamás, señora Woods.
—Alexandra…
—Está bien, está bien. Te explicaré.
La empresaria le tomó las manos y comenzó a hablar con entusiasmo.
—Quiero que nuestra hija tenga un jardín. Un lugar donde pueda correr, jugar y disfrutar del aire libre. Quiero que tenga espacio para crecer, una habitación bonita, una sala de juegos y un parque donde podamos pasar las tardes juntas.
Eli la observó con ternura.
—Alex, tu casa tiene habitaciones de sobra. Podemos preparar una habitación preciosa para la bebé, acondicionar otra para sus juguetes y seguir viviendo perfectamente allí.
—Pero no tiene jardín.
—Tiene una terraza enorme.
—Una terraza no es un jardín.
Eli se cubrió el rostro con una mano, divertida.
—Dios mío, ¿llevas toda la noche pensando en esto?
—Sí.
—¿Y no se te ocurrió preguntarme qué quería yo?
Alexandra se quedó callada un instante. Después le besó la mano.
—Por eso quiero que vengas conmigo. No voy a elegir una casa sin ti. Quiero que encontremos un lugar que nos guste a las dos.
La expresión de Eli se suavizó.
—Eso ya me gusta más.
—Entonces, ¿vendrás conmigo, señora Woods?
Eli suspiró dramáticamente.
—Está bien. Pero te advierto que no pienso mudarme a una mansión tan grande que necesitemos un mapa para encontrar la cocina.
Alexandra sonrió de oreja a oreja.
—No puedo prometerte nada.
—¡Alexandra!
La empresaria soltó una carcajada y la atrajo hacia ella para darle un beso.
—Te amo, cariño.
—Yo también te amo. Pero sigo pensando que estás exagerando.
—Eso lo discutiremos después del desayuno.
—¿Y si encontramos una casa que me guste más que la tuya?
Alexandra fingió reflexionar.
—Entonces tendré que comprarla.
Eli le dio un golpecito en el hombro.
—¡No puedes comprar todas las casas que me gusten!
—No todas. Solo la que se convierta en nuestro hogar.
Eli la miró con una sonrisa enamorada.
—Eres imposible.
—Y tú vas a casarte conmigo algún día, señora Woods.
Eli abrió los ojos, sorprendida.
—¿Eso es una propuesta?
Alexandra rio suavemente.
—No. Es una posibilidad que me gusta imaginar.
Eli le rodeó el cuello con los brazos.
—Pues empieza a imaginarla más seguido.
Después la besó, dejándola completamente desarmada.
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Después de desayunar, ambas se prepararon para salir.
Alexandra llevaba unos pantalones oscuros, una camisa elegante y una chaqueta ligera. Eli eligió un vestido cómodo y unos zapatos bajos, procurando sentirse a gusto durante el recorrido.
Antes de abandonar la casa, Alexandra llamó a una agente inmobiliaria con la que ya había contactado temprano aquella mañana.
Eli la escuchó hablar de jardines amplios, varias habitaciones, seguridad, zonas verdes y espacio para una futura sala de juegos.
Cuando Alexandra terminó la llamada, su novia la miró con incredulidad.
—¿Ya habías organizado todo?
—Solo hice algunas consultas.
—Alex, acabas de describir una casa que parece un hotel.
—Un hotel no sería práctico. No podríamos decorarlo como quisiéramos.
Eli se echó a reír.
—No sé si debería estar emocionada o preocupada.
Alexandra le ofreció el brazo.
—Puedes estar enamorada, señora Woods. Eso es suficiente por ahora.
—Qué conveniente para ti.
Ambas salieron de la casa entre risas y se dirigieron a la primera propiedad.
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La primera vivienda era enorme, con varias habitaciones, una cocina moderna y una piscina rodeada de árboles. Alexandra la recorrió con interés, preguntando por la seguridad y las posibilidades de ampliar algunas áreas.
Eli, en cambio, apenas prestó atención a los detalles técnicos.
Se quedó mirando el jardín.
Era precioso, pero no consiguió imaginarse viviendo allí.
—¿Qué te parece? —preguntó Alexandra cuando se reunieron en el salón.
Eli se encogió de hombros.
—Es bonita.
—¿Solo bonita?
—Demasiado fría. Parece una casa preparada para recibir invitados importantes, no para que una familia viva en ella.
Alexandra miró a su alrededor y asintió lentamente.
—Entiendo.
La agente inmobiliaria les mostró otras dos propiedades. Una tenía un jardín espectacular, pero las habitaciones eran demasiado pequeñas. La siguiente contaba con una cocina preciosa, aunque estaba demasiado lejos de la empresa y de los servicios médicos.
Alexandra no parecía satisfecha con ninguna.
Eli comenzó a sospechar que su novia había desarrollado una lista de requisitos imposible de cumplir.
—Necesitamos cuatro habitaciones como mínimo —murmuró Alexandra mientras revisaba unas fotografías en su teléfono—. Una para nosotras, otra para la bebé, una habitación de invitados y otra que podamos convertir en una sala de juegos.
Eli la miró de reojo.
—¿Y para qué quieres una sala de juegos tan grande?
—Para cuando nuestra hija tenga amigas. También podemos poner estanterías, una mesa para dibujar y un rincón de lectura.
—¿Ya estás planeando cómo será cuando tenga cinco años?
—Por supuesto.
Eli sonrió con ternura.
—Todavía ni siquiera ha nacido.
Alexandra levantó la mirada.
—Precisamente por eso tenemos que prepararnos.
Eli soltó una carcajada.
—Voy a necesitar mucha paciencia para criar a esta niña contigo.
—Y yo voy a necesitar un presupuesto para todos los caprichos que le darás.
—¿Yo? ¡Tú eres la que quiere comprar una casa nueva antes de que nazca!
Alexandra no pudo evitar reírse.
—Está bien. Punto para ti, señora Woods.
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Pasado el mediodía, cuando Eli comenzaba a pensar que terminarían regresando a la casa de Alexandra sin haber encontrado nada, la agente inmobiliaria les propuso visitar una última propiedad.
—Creo que esta podría encajar con lo que buscan —les explicó—. Tiene espacios amplios, un jardín privado y una distribución familiar. Además, está en una zona tranquila y no queda demasiado lejos de Woods International.
Alexandra miró a Eli.
—¿Vamos a verla?
Eli le apretó la mano.
—Vamos.
El automóvil se detuvo frente a una vivienda de dos plantas, rodeada por árboles y un jardín verde que se extendía alrededor de la propiedad.
La fachada era elegante sin resultar ostentosa. Tenía grandes ventanales, una entrada amplia y una terraza que daba directamente al jardín.
Eli bajó del automóvil y se quedó contemplándola.
—Alex…
Alexandra se acercó por detrás y rodeó su cintura con los brazos.
—¿Te gusta, señora Woods?
—Todavía no he entrado.
—Pero tu sonrisa ya me está dando esperanzas.
Eli se volvió hacia ella y le dio un beso en la mejilla.
—No te emociones todavía, presidenta.
La agente abrió la puerta y las invitó a pasar.
El interior era luminoso, con un salón amplio, una cocina moderna y puertas de cristal que permitían contemplar el jardín desde varios puntos de la planta baja.
Eli caminó lentamente por el salón y después se acercó a las ventanas.
Desde allí podía imaginar a su hija jugando en el jardín mientras Alexandra preparaba el desayuno o trabajaba en una mesa cercana.
Continuó recorriendo la casa. Había suficientes habitaciones para organizar los dormitorios, una habitación de invitados y el espacio de juegos que Alexandra tanto deseaba.
La cocina también le encantó. Era amplia, práctica y tenía una isla central donde podrían desayunar juntas los fines de semana.
—Me gusta —admitió finalmente.
Alexandra, que había intentado disimular su entusiasmo durante todo el recorrido, se acercó de inmediato.
—¿De verdad?
—Sí, de verdad.
—¿Y el jardín?
Eli sonrió.
—Es precioso.
Alexandra le tomó las manos.
—Imagínate a nuestra pequeña corriendo por allí.
Eli miró hacia el exterior. Por un instante se permitió imaginarlo: su hija dando sus primeros pasos sobre el césped, Alexandra persiguiéndola con una sonrisa y ambas sentadas en la terraza al final del día, observándola jugar.
La imagen le llenó el corazón de una felicidad difícil de describir.
—Puedo imaginarlo —susurró.
Alexandra le acarició la mejilla.
—Entonces no necesitamos seguir buscando si tú también sientes que este lugar podría ser nuestro hogar.
Eli la miró a los ojos.
—Me gusta esta casa, Alex. Pero quiero que la elijamos porque nos hace felices, no porque sientas que tienes que comprar algo enorme para demostrar que puedes darnos todo.