Capítulo 35 — Una noche para celebrar nuestro amor
El camino de regreso a casa transcurrió entre caricias, miradas cómplices y conversaciones sobre el futuro que estaban construyendo juntas.
Eli Sinclair llevaba la mano entrelazada con la de Alexandra Woods y, de vez en cuando, se la llevaba a los labios para dejarle un beso.
Alexandra intentaba concentrarse en la carretera, pero cada vez que giraba ligeramente la cabeza y encontraba aquellos ojos azules observándola con tanto amor, una sonrisa aparecía en su rostro.
—¿Qué tanto me miras, Sinclair? —preguntó finalmente.
—Estoy contemplando a la mujer con la que quiero pasar el resto de mi vida.
Alexandra sonrió de lado.
—¿Y qué te parece lo que ves?
Eli fingió reflexionar.
—Es bastante guapa, tiene unos ojos verdes preciosos, mucho dinero, una empresa enorme y un carácter insoportable.
—Podrías haber terminado después de lo de los ojos.
—Pero todavía no he mencionado que es terriblemente celosa.
Alexandra levantó una ceja.
—¿Yo? ¿Celosa?
—Por supuesto. Recuerdo perfectamente la cara que pusiste cuando aquel inversionista intentó invitarme a cenar.
—Ese hombre no quería hablar de negocios contigo.
—¿Y cómo lo sabes?
—Porque llevo años negociando con hombres como él. Reconozco perfectamente sus intenciones.
Eli soltó una carcajada.
—Admite que estabas celosa.
—Admito que no me gustó cómo te miraba.
—¡Eso es estar celosa!
—Está bien, estaba celosa. ¿Contenta?
Eli se inclinó para besarle la mano.
—Muchísimo.
—Disfruta de esta confesión, porque no pienso repetirla.
—Demasiado tarde. Ya la guardaré para recordártela cada vez que intentes hacerte la mujer más segura del mundo.
Alexandra negó con la cabeza, divertida.
—Eres imposible.
—Y aun así me amas.
—Desgraciadamente, te amo más de lo que debería.
Eli sonrió y volvió a acomodarse en su asiento, satisfecha con haber conseguido otra pequeña victoria.
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Cuando llegaron a casa, Alexandra ayudó a Eli a bajar del automóvil y la acompañó hasta el interior.
Apenas cruzaron la puerta, Eli se detuvo al descubrir el salón iluminado con una luz cálida. Sobre la mesa había una cena preparada, un pequeño ramo de flores y una botella de agua con gas junto a dos copas.
Alexandra había organizado todo antes de salir aquella mañana.
Eli se volvió lentamente hacia ella.
—¿Qué es esto?
—Una pequeña celebración.
—¿Por mi divorcio?
Alexandra negó suavemente.
—No exactamente. No quiero que celebremos el final de algo que te hizo sufrir. Quiero celebrar que hoy has dado un paso importante para cerrar esa etapa y que ahora puedes concentrarte en la vida que deseas.
Eli la miró con los ojos brillantes.
—¿Y en esa vida estás tú?
Alexandra se acercó, le tomó las manos y las llevó hasta sus labios.
—Si todavía me quieres en ella, sí.
Eli soltó una pequeña risa emocionada.
—Alexandra Woods, eres la única mujer con la que quiero compartir mi vida.
—Entonces parece que tendré que acostumbrarme a tenerte cerca.
—Vas a tener que soportarme durante muchos años.
—Qué tragedia.
Eli le dio un pequeño golpe juguetón en el brazo.
—¡Eres una descarada!
Alexandra rio antes de rodearla por la cintura y besarla con ternura.
—Ven, amor. Vamos a cenar.
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La cena fue tranquila y deliciosa. Alexandra había elegido los platos favoritos de Eli y se había asegurado de que todo fuera adecuado para su embarazo.
Mientras comían, hablaron de la consulta médica, de los próximos controles y de las cosas que todavía necesitaban preparar para la llegada de su hija.
—Tenemos que empezar a pensar en su habitación —comentó Eli.
Alexandra dejó los cubiertos sobre el plato.
—Ya he estado mirando algunas opciones.
Eli abrió los ojos, sorprendida.
—¿Cuándo?
—Mientras tú estabas ocupada intentando convencerme de que aquel vestido de la reunión era completamente inocente.
Eli comenzó a reírse.
—¡Todavía no has superado lo del vestido!
—No me pidas milagros, cariño.
—Pero te gustó.
Alexandra la miró fijamente.
—Eli, ¿de verdad quieres hablar de eso durante la cena?
—Solo quiero saber si te gustó.
—Me encantó. Ese es precisamente el problema.
Eli se rio tanto que tuvo que llevarse una mano al vientre.
Alexandra se levantó inmediatamente y se acercó a ella.
—¿Estás bien, preciosa?
—Sí, Alex. Estoy bien. Solo me hiciste reír.
Alexandra se agachó junto a su silla y le acarició suavemente el vientre.
—No asustes a tu otra mamá, pequeña. Todavía no has nacido y ya nos tienes pendientes de ti.
Eli le acarició el cabello oscuro.
—Vas a ser una madre maravillosa.
Alexandra levantó la mirada.
—Y tú también.
Durante unos segundos se quedaron mirándose en silencio, conscientes de que aquella niña ya estaba transformando sus vidas.
Alexandra apoyó la mejilla contra el vientre de Eli y dejó un beso delicado sobre la tela de su vestido.
—No puedo esperar a conocerte, pequeña. Tu mamá y yo tenemos muchas cosas que enseñarte.
Eli le acarició la cabeza.
—Y tú tendrás que aprender a compartir mi atención con ella.
Alexandra fingió horror.
—¿Me estás diciendo que voy a tener competencia en mi propia casa?
—Una competencia muy pequeña, con tus ojos verdes y probablemente tu carácter.
—Entonces estoy perdida.
Ambas volvieron a reírse.
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Después de cenar, se trasladaron al sofá. Eli se acomodó entre los brazos de Alexandra, apoyando la cabeza contra su pecho mientras la presidenta le acariciaba distraídamente el cabello.
La televisión permanecía encendida, aunque ninguna estaba prestando demasiada atención a lo que aparecía en la pantalla.
—Alex —murmuró Eli.
—¿Sí, mi amor?
—¿Alguna vez imaginaste que terminaríamos así?
Alexandra se quedó pensativa.
—¿Enamorada de una mujer que me roba la tranquilidad, se burla de mí delante de mis empleados y consigue que pierda la concentración en plena reunión?
Eli levantó la cabeza para mirarla.
—¡Alexandra!
La empresaria sonrió y le dio un beso en la frente.
—No, cariño. Nunca lo imaginé. Durante mucho tiempo pensé que podía controlar todo lo que sucedía en mi vida. Mi empresa, mis decisiones, mis relaciones… Todo tenía que estar bajo mi control.
—¿Y ahora?
Alexandra le acarició la mejilla.
—Ahora sé que hay cosas que no quiero controlar. Quiero que nuestra relación siga sorprendiéndome. Quiero escucharte reír, discutir contigo por tonterías, despertarme a tu lado y verte crecer junto a nuestra hija. Quiero vivir todo eso contigo, incluso los días difíciles.
Eli sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
—No sabes cuánto necesitaba escuchar eso.
Alexandra la abrazó con más fuerza.
—No tienes que volver a preguntarte si te quiero, Eli. Voy a demostrártelo todos los días.
Eli levantó el rostro y la besó.
Fue un beso lento, lleno de ternura y de todas aquellas palabras que a veces resultaban demasiado pequeñas para expresar lo que sentían.
Cuando se separaron, Eli apoyó la frente contra la suya.
—Te amo, Alexandra Woods.
—Te amo, Eli Sinclair.
—¿Sabes qué quiero?
—Dímelo.
—Quiero que esta noche te olvides de la empresa, de las reuniones y de todas las responsabilidades que llevas sobre los hombros.
Alexandra sonrió.
—¿Y qué propones?
—Que te quedes aquí conmigo, que me abraces y que no tengas que ser la presidenta de nada durante unas horas.
Alexandra apagó la televisión y acomodó una manta sobre ambas.
—Me parece una excelente propuesta.
Eli se acurrucó contra ella.
—Y mañana podríamos desayunar juntas antes de ir a la empresa.
—Por supuesto.
—Y después podrías acompañarme a mirar cosas para nuestra hija.
—También.
Eli levantó la cabeza, desconfiada.
—¿Vas a aceptar todas mis propuestas sin discutir?
—No te acostumbres.
Eli soltó una carcajada y volvió a besarla.
Aquella noche no necesitaron grandes promesas ni planes extraordinarios. Les bastó con permanecer abrazadas, compartir confidencias y disfrutar de la tranquilidad de saberse juntas.
Antes de quedarse dormida, Eli entrelazó sus dedos con los de Alexandra.
—Alex…
—Aquí estoy, cariño.
—Gracias por darme un lugar donde puedo ser feliz.
Alexandra besó su frente y apoyó la mano sobre la de Eli, que descansaba cerca de su vientre.
—Gracias a ti por dejarme formar parte de tu vida.
Eli cerró los ojos con una sonrisa.
Alexandra permaneció despierta unos minutos más, observando el rostro sereno de la mujer que amaba.
Pensó en el futuro, en la niña que pronto llegaría y en la familia que estaban construyendo juntas.
Por primera vez en mucho tiempo, no sintió la necesidad de adelantarse a los acontecimientos ni de planear cada detalle.
Tenía a Eli entre sus brazos, su hogar las esperaba y una pequeña vida crecía dentro de la mujer que había cambiado su mundo.
Aquello era suficiente.
Y mientras la noche avanzaba, Alexandra comprendió que la mayor fortuna de su vida no estaba en las acciones de Woods International ni en los millones que había acumulado.
Estaba en aquella mujer de ojos azules que dormía junto a ella y en la pequeña hija que algún día las llamaría mamá.
Su verdadero imperio era el amor que compartían.
Y estaba decidida a protegerlo para siempre.