La heredera del imperio Woods Capítulo 32 — Una promesa entre besos
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Capítulo 32 — Una promesa entre besos

Eli despertó entre los brazos de Alexandra y, durante unos segundos, se quedó observando a la mujer que dormía a su lado. Su cabello oscuro estaba desordenado sobre la almohada y una de sus manos descansaba sobre la cintura de Eli, como si incluso dormida se negara a dejarla escapar.

Una sonrisa traviesa apareció en los labios de Eli.

—Buenos días, mi amor.

Alexandra abrió lentamente los ojos verdes.

—Buenos días, preciosa.

Eli le acarició la mejilla y después dejó escapar una risita.

—¿Puedo hacerte una pregunta?

Alexandra la miró con desconfianza.

—Depende. ¿Es una pregunta inocente o estás planeando burlarte de mí otra vez?

—Yo jamás me burlaría de ti, señora Woods.

—Acabas de hacerlo con esa sonrisa.

Eli soltó una carcajada y se acomodó mejor junto a ella.

—Es que estaba pensando en algo.

—Eso suele ser peligroso.

—¿No fue suficiente lo de anoche, cariño? —preguntó Eli con una expresión de fingida inocencia—. Porque mírate cómo amaneciste. Estás toda dura, apenas quieres levantarte de la cama y llevas horas quejándote de que te dejé sin fuerzas.

Alexandra la observó durante un instante. Después comprendió perfectamente por dónde iba la conversación y soltó una carcajada.

—¡Eli Sinclair!

—¿Qué? ¡Solo estoy preguntando!

—Tienes una manera muy particular de dar los buenos días.

—Me preocupo por tu bienestar.

—¡Mentira! Te estás burlando de mí.

Eli escondió el rostro contra su hombro, riéndose.

Alexandra la abrazó por la cintura y le dio un beso en la frente.

—¿Quieres saber qué provocas en mí?

Eli levantó la cabeza, todavía sonriendo.

—A ver, sorpréndeme.

Alexandra le apartó un mechón de cabello del rostro y la miró directamente a los ojos.

—Eso provocas en mí, amor. Me vuelves loca. No puedo tenerte cerca sin querer besarte, abrazarte y olvidarme de que existe un mundo fuera de esta habitación.

La sonrisa burlona de Eli se transformó en una expresión de ternura.

—¿Incluso cuando tienes una reunión importante?

—Especialmente cuando tengo una reunión importante. Es cuando más ganas me dan de cancelar todo y llevarte conmigo a casa.

—Alexandra, eres la presidenta de una compañía internacional.

—Y tú eres la culpable de que hoy no tenga ninguna intención de levantarme.

Eli volvió a reírse.

—Pobre de ti. Una mujer tan poderosa y resulta que no puede resistirse a su novia.

—No me resisto porque no quiero hacerlo.

Alexandra la atrajo hacia sí y le dio un beso lento y cariñoso.

Cuando se separaron, Eli apoyó la frente contra la suya.

—¿Sabes qué, amor?

—¿Qué?

—Voy a solucionar eso.

Alexandra arqueó una ceja.

—¿Solucionar qué exactamente?

—Tu problema de falta de energía.

—¿Ah, sí? ¿Y cómo piensas hacerlo?

Eli le acarició el cabello con una dulzura que contrastaba con la picardía de sus ojos.

—Primero voy a prepararte un buen desayuno. Después te voy a consentir, darte masajes en los hombros y llenarte de besos hasta que dejes de quejarte.

Alexandra fingió meditar la propuesta.

—No parece una solución demasiado convincente.

—¿No?

—No. Creo que necesitaré más mimos.

—¡Qué mujer tan exigente!

—Soy tu novia. Tengo derecho a exigir cariño.

Eli le dio un beso en la punta de la nariz.

—Está bien, señora Woods. Hoy me encargaré personalmente de que no te falten los mimos.

—¿Y los besos?

—También.

—¿Y los abrazos?

—Todos los que quieras.

Alexandra sonrió, satisfecha, y volvió a rodearle la cintura.

—Entonces retiro todas mis quejas.

Eli se echó a reír.

—¡Qué conveniente! Hace un momento parecías estar al borde de presentar una denuncia contra mí.

—He reconsiderado mi postura después de escuchar tu generosa oferta.

—Eres imposible.

—Y aun así me amas.

Eli le sostuvo el rostro entre las manos.

—Te amo muchísimo, Alex. Incluso cuando te pones dramática por las mañanas.

Alexandra le besó la palma y después volvió a mirarla con sus ojos verdes llenos de cariño.

—Y yo te amo incluso cuando disfrutas demasiado burlándote de mí.

—Entonces estamos empatadas.

—No exactamente.

—¿Por qué?

Alexandra sonrió con picardía.

—Porque todavía me debes muchos besos.

Eli fingió suspirar, aunque se acercó inmediatamente para besarla.

—Está bien. Empezaré a pagar mi deuda ahora mismo.

Y cumplió su promesa.

Durante los minutos siguientes, ambas permanecieron abrazadas, intercambiando besos, caricias tiernas y bromas que solo ellas comprendían.

Cuando finalmente Eli intentó apartarse para levantarse, Alexandra volvió a sujetarla suavemente por la cintura.

—¿Adónde vas?

—A preparar el desayuno, mi amor.

—¿No puedes quedarte cinco minutos más?

Eli miró el reloj de la mesita de noche y después volvió a contemplar el rostro de su novia.

—Cinco minutos.

Alexandra sonrió.

—Diez.

—Siete.

—Quince y no se habla más del asunto.

—¡Alexandra!

La presidenta estalló en carcajadas y la abrazó con más fuerza.

—Está bien, siete. Pero quiero que conste que estoy haciendo un enorme sacrificio.

Eli le dio un beso en los labios.

—Tu sacrificio será recompensado, cariño.

Alexandra la miró con una sonrisa enamorada.

—No sabes cuánto me gusta escucharte decir eso.

—Entonces será mejor que te acostumbres. Pienso consentirte muchísimo.

Eli volvió a acomodarse contra su pecho y Alexandra cerró los ojos, disfrutando de aquel instante.

Por una vez, no había correos urgentes, inversionistas impacientes ni decisiones empresariales esperando por ella.

Solo estaba Eli, la mujer que había conseguido derribar todas sus defensas con una sonrisa y que ahora prometía llenar sus días de amor.

Y Alexandra Woods, que podía enfrentarse a cualquier desafío en el mundo de los negocios, descubrió que no tenía ninguna intención de resistirse a los mimos de su novia.

Al menos, no aquella mañana.