La heredera del imperio Woods Capítulo 31 — Los celos de una mujer enamorada #4
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Capítulo 31 — Los celos de una mujer enamorada #4

—Hoy me gustó que defendieras mi espacio cuando Sebastián insistió con la invitación. Pero también quiero que sepas algo.

Alexandra se puso seria.

—Te escucho.

—No necesito que un hombre deje de mirarme para sentirme segura contigo. Y tampoco necesito que te enfrentes a todas las personas que se acerquen a mí.

—Lo sé.

—Quiero que confíes en mí. Si alguien me interesa, serás la primera en saberlo. Pero no porque tengas que vigilarme, sino porque quiero compartir mi vida contigo.

Alexandra bajó la mirada hacia sus manos entrelazadas.

—Nunca he tenido que aprender a confiar de esta manera.

Eli le acarició los nudillos.

—Entonces lo aprenderemos juntas.

Alexandra volvió a mirarla.

—¿No te molesta que sea celosa?

—Me molesta si permites que los celos decidan por ti. Pero no me molesta saber que te importo.

Alexandra soltó una pequeña risa.

—Tienes una habilidad irritante para decir las cosas que necesito escuchar.

—Es uno de mis muchos encantos.

—¿Solo uno?

Eli sonrió.

—Podría enumerarlos, pero nos quedaríamos aquí toda la noche.

Alexandra la atrajo suavemente hacia ella.

—No veo ningún problema con eso.

Eli apoyó una mano en su pecho y se inclinó para besarla. El beso comenzó despacio, lleno de ternura, pero se prolongó cuando Alexandra rodeó su cintura y la acercó un poco más.

Eli se apartó apenas para mirarla.

—¿Te duele la nariz?

—No.

—¿Estás segura?

—Eli, estoy besándote, no participando en una competencia deportiva.

Eli soltó una carcajada.

—Solo quiero cuidarte.

La expresión de Alexandra se suavizó.

—Y yo quiero que dejes de preocuparte por mí durante cinco minutos.

—Eso es imposible.

—Entonces dame al menos un beso sin preguntarme si necesito una compresa fría después.

Eli sonrió y volvió a besarla.

Esta vez no hubo bromas ni interrupciones. Alexandra acarició su espalda con delicadeza, consciente de que aún debía tener cuidado, mientras Eli le rodeaba el cuello con los brazos.

Cuando finalmente se separaron, ambas permanecieron con la frente apoyada una contra la otra.

—¿Sabes qué descubrí hoy? —susurró Alexandra.

—¿Que Sebastián tiene un gusto terrible para aceptar negativas?

Alexandra rio.

—También. Pero descubrí que ya no quiero llegar a casa y encontrarla vacía.

Eli le acarició el cabello.

—No tendrás que hacerlo.

—Quiero acostumbrarme a esto. A ti en mi cocina, a tus cosas en mi armario, a tus libros sobre mi mesa y a tu voz preguntándome cómo estuvo mi día.

—Puedo preguntártelo todas las noches.

—Y yo puedo responderte con un beso.

—Eso me parece un trato justo.

Alexandra la miró con una emoción que no intentó ocultar.

—Te amo, Eli. Incluso cuando tengo miedo. Incluso cuando no sé cómo hacer las cosas bien. Y no quiero que mis errores te hagan dudar de lo que siento por ti.

Eli sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas.

—No necesito que seas perfecta, Alexandra. Necesito que seas sincera conmigo. Que me permitas estar a tu lado incluso en los días difíciles.

—Lo intentaré.

—No. —Eli le apretó suavemente la mano—. Lo haremos juntas.

Alexandra sonrió y la abrazó.

Aquella noche, cenaron en casa y terminaron compartiendo el sofá, hablando de cosas pequeñas y de planes que todavía parecían lejanos. Por primera vez en mucho tiempo, Alexandra dejó el teléfono de la empresa lejos de su alcance.

El mundo podía esperar unas horas.

Eli no.

Aquella mañana, Alexandra había descubierto algo que jamás habría imaginado: podía enfrentarse a empresarios poderosos sin pestañear, cerrar acuerdos millonarios y dirigir un imperio entero, pero bastaba con que otro hombre mirara demasiado a Eli para que su seguridad se tambaleara.

No estaba orgullosa de sus celos.

Pero tampoco podía negar lo que los había provocado.

Amaba a Eli con una intensidad que crecía cada día.

Y, por primera vez en su vida, Alexandra Woods tenía algo que el dinero, el poder y su apellido no podían garantizarle.

La posibilidad de ser amada de verdad.

Por eso, cuando apagaron las luces y se acomodaron juntas en la cama, Alexandra buscó la mano de Eli bajo las mantas.

—¿Estás despierta? —susurró.

—Sí, amor.

—¿Puedo pedirte algo?

Eli giró hacia ella.

—Lo que quieras.

Alexandra entrelazó sus dedos.

—Quédate conmigo esta noche.

Eli sonrió y le dio un beso en la mejilla.

—Estoy aquí.

—Lo sé. Solo quería escucharlo.

Eli la abrazó con cuidado y apoyó la cabeza junto a su hombro.

—Entonces escucha esto también: te elijo hoy, te elegiré mañana y seguiré eligiéndote mientras las dos queramos caminar juntas.

Alexandra cerró los ojos, con una sonrisa tranquila en los labios.

Afuera, la ciudad continuaba iluminada, llena de personas, ambiciones y oportunidades.

Pero dentro de aquella casa, entre las manos entrelazadas de dos mujeres que habían tenido que atravesar demasiadas dificultades para encontrarse, comenzaba a crecer algo mucho más importante que cualquier imperio.

Un amor que ya no necesitaba esconderse.

Un hogar que no dependía de las paredes que lo rodeaban.

Y dos corazones que, pese a sus miedos, estaban aprendiendo a elegirse una y otra vez.

Juntas.