La heredera del imperio Woods Capítulo 31 — Los celos de una mujer enamorada #3
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Capítulo 31 — Los celos de una mujer enamorada #3

—Debo felicitarla, señorita Sinclair —comentó el inversionista cuando ella terminó de explicar uno de los apartados—. No solo domina los números, sino que tiene una manera extraordinaria de captar la atención de todos los presentes.

—Gracias. Me alegra que la explicación haya sido clara.

—Créame, su presentación no es lo único que consigue captar la atención.

Eli mantuvo una sonrisa educada, pero Alexandra apretó la mandíbula.

—Continuemos con los términos de la inversión —intervino la presidenta.

Sebastián giró hacia ella.

—Desde luego. Aunque supongo que no hay nada de malo en reconocer el talento cuando uno lo encuentra.

—Reconocer el talento es una cosa. Distraer a quien está presentando es otra.

El silencio que siguió fue breve, pero suficiente para que Sofía levantara discretamente la mirada.

Sebastián se acomodó en su silla.

—Tiene razón. Le pido disculpas, señorita Sinclair. Continúe, por favor.

Eli retomó la presentación, aunque no pudo evitar notar que Alexandra estaba más seria de lo habitual.

Conocía demasiado bien aquella expresión.

Su pareja estaba celosa.

Y, aunque Eli intentó concentrarse en los documentos, una pequeña sonrisa amenazó con aparecer en sus labios.

Alexandra descubre que está celosa

Durante la pausa de la reunión, los ejecutivos salieron de la sala para tomar café y revisar los últimos documentos.

Eli permaneció unos minutos recogiendo sus papeles cuando Sebastián se acercó a ella.

—Señorita Sinclair, espero que no haya interpretado mal mis comentarios anteriores.

Eli levantó la mirada.

—No se preocupe. Estamos aquí para trabajar.

—Me alegra. Me gustaría invitarla a cenar esta noche. Podríamos conversar con más tranquilidad sobre algunas oportunidades profesionales.

Eli cerró la carpeta que tenía delante.

—Le agradezco la invitación, pero no estoy interesada.

Sebastián sonrió.

—No tiene por qué ser una cita. Solo una cena entre dos personas que comparten intereses.

—Mi respuesta sigue siendo la misma, señor Valdés.

—Es una lástima. Una mujer como usted no debería dedicar todo su tiempo al trabajo.

—No dedico todo mi tiempo al trabajo.

—Entonces quizá podría encontrar un espacio para mí.

Antes de que Eli respondiera, una voz fría resonó detrás de ellos.

—La señorita Sinclair acaba de darle una respuesta.

Sebastián se volvió y encontró a Alexandra de pie junto a la puerta.

La presidenta llevaba una carpeta bajo el brazo, pero su mirada dejaba claro que había escuchado la conversación.

—Señorita Woods —saludó él con una sonrisa—. Solo estábamos hablando de negocios.

—Entonces no tendrá inconveniente en continuar esa conversación durante la reunión.

—Por supuesto.

Alexandra se acercó a Eli y dejó la carpeta sobre la mesa.

—¿Todo bien?

—Perfectamente, amor —respondió Eli con absoluta naturalidad.

Sebastián se quedó inmóvil durante un instante.

Alexandra también pareció sorprenderse, aunque su expresión se suavizó al escucharla.

Eli se levantó, recogió sus documentos y se colocó al lado de su pareja.

—Si me disculpan, tenemos una reunión que terminar.

Alexandra le ofreció el brazo.

—Vamos.

Las dos salieron juntas de la sala, dejando a Sebastián detrás.

Cuando estuvieron en el pasillo, Eli no pudo contener una sonrisa.

—¿Amor? —preguntó Alexandra, mirándola de reojo.

—¿Qué pasa? ¿No puedo llamarte así delante de los demás?

—Puedes llamarme como quieras.

—Entonces no veo el problema.

Alexandra intentó mantener la seriedad, pero Eli la conocía demasiado bien.

—Estás celosa —declaró con una sonrisa traviesa.

—No estoy celosa.

—Acabas de aparecer justo cuando un hombre me invitaba a cenar.

—Porque tenemos una reunión importante.

—Y porque no te gustó que intentara seducirme.

Alexandra se detuvo y la miró directamente a los ojos.

—Está bien. No me gustó.

Eli abrió los ojos con fingida sorpresa.

—¿Lo admites?

—No pienso repetirlo.

Eli soltó una carcajada y rodeó su cintura con los brazos.

—No tienes nada que temer, Alexandra.

—No temo nada.

—Claro que sí. Tienes miedo de que alguien intente conquistarme.

Alexandra guardó silencio unos segundos antes de responder.

—Tengo miedo de perder algo que jamás pensé que llegaría a tener.

La sonrisa de Eli desapareció lentamente.

Aquella confesión no tenía nada de arrogante. Era una verdad que Alexandra estaba aprendiendo a expresar sin esconderse detrás de su poder o de su orgullo.

Eli le acarició la mejilla sana.

—No vas a perderme por un hombre que no sabe aceptar un no.

—Más le vale.

—Alexandra.

—Está bien, está bien.

Eli se acercó y le dio un beso suave.

—Te amo a ti. Y quiero estar contigo. No necesito que me protejas de cada persona que se acerque a mí.

Alexandra apoyó la frente contra la suya.

—Lo sé. Solo estoy aprendiendo a manejar esto.

—¿Los celos?

—El amor, Eli. Los celos son una consecuencia bastante molesta.

Eli rio y volvió a besarla.

—Pues tendrás que aprender, porque pienso seguir siendo hermosa y no puedo evitar que el mundo lo note.

Alexandra la miró con fingida indignación.

—Eso ha sonado peligrosamente parecido a una provocación.

—Quizá lo era.

—Cuando terminemos esta reunión, hablaremos de eso.

—¿De qué manera?

Alexandra sonrió.

—Todavía estoy decidiendo.

Antes de que Eli pudiera responder, Sofía apareció al final del pasillo.

—Lamento interrumpir esta importante negociación sentimental, pero los inversionistas están esperando.

Eli escondió el rostro contra el hombro de Alexandra, riéndose.

Alexandra suspiró.

—Un día voy a despedir a todo el mundo.

—Y yo me encargaré de contratar a sus reemplazos —respondió Eli.

—Por eso te amo.

Las tres regresaron a la sala de juntas.

Una declaración frente a todos

La reunión continuó durante casi dos horas más. Eli defendió las proyecciones financieras, respondió las preguntas de los inversionistas y aclaró cada una de las dudas que surgieron durante la negociación.

Sebastián intentó recuperar la cordialidad con ella, pero esta vez mantuvo sus comentarios dentro de los límites profesionales.

Finalmente, ambas partes llegaron a un acuerdo preliminar. Los abogados revisarían las cláusulas definitivas y el equipo financiero prepararía los documentos para la firma.

Cuando los ejecutivos comenzaron a abandonar la sala, Sebastián se acercó a Eli.

—Señorita Sinclair, ha sido un placer trabajar con usted. Su capacidad profesional es impresionante.

—Muchas gracias. Espero que podamos llevar adelante un excelente proyecto.

—Estoy seguro. Y, si alguna vez cambia de opinión sobre esa cena, mi invitación sigue en pie.

Alexandra, que estaba recogiendo sus documentos, levantó la mirada.

Pero esta vez fue Eli quien respondió antes de que pudiera intervenir.

—No cambiaré de opinión, señor Valdés. Estoy feliz con mi pareja y no tengo ningún interés en aceptar una invitación personal.

Sebastián miró a Alexandra y después volvió a mirar a Eli.

Por primera vez, pareció comprender que no había ninguna posibilidad de conquistarla.

—Entendido. Les deseo lo mejor a ambas.

—Gracias —respondió Eli con una sonrisa cordial.

El inversionista se despidió y salió de la sala.

Alexandra esperó hasta que la puerta se cerró para acercarse a Eli.

—¿Tu pareja? —preguntó en voz baja.

Eli sonrió.

—¿Preferías que dijera otra cosa?

Alexandra le tomó la mano.

—No. Me gustó escucharlo.

—Entonces deja de mirarme como si estuvieras planeando comprar todas las empresas en las que ese hombre tenga acciones.

Alexandra soltó una carcajada.

—No prometo nada.

Eli se rio y la abrazó con cuidado.

—Te amo, celosa.

Alexandra la rodeó por la cintura y apoyó los labios en su frente.

—Y yo te amo a ti, aunque parece que voy a tener que aprender a compartir el mundo contigo.

—No tienes que compartir mi corazón con nadie.

Alexandra la miró con una ternura que rara vez mostraba delante de otras personas.

—Eso es lo único que me importa.

Desde la puerta, Sofía carraspeó.

—¿Puedo recordarles que todavía tenemos documentos que firmar?

—Cinco minutos, Sofía —respondió Alexandra.

—Eso dijiste hace diez minutos.

Eli comenzó a reírse mientras Alexandra le daba un último beso.

La mujer que podía desarmarla

Al final de la jornada, Alexandra y Eli regresaron juntas a casa.

Apenas cruzaron la puerta, Eli dejó su bolso sobre una silla y se volvió hacia su pareja.

—Antes de que empieces a hablar de correos, informes o inversiones, quiero que te sientes.

Alexandra la miró con sospecha.

—¿Otra revisión médica?

—No. Una conversación.

—Eso suena mucho peor.

Eli le tomó la mano y la condujo hasta el sofá. Después se sentó frente a ella, sin soltarla.