Capítulo 31 — Los celos de una mujer enamorada #2
Permanecieron abrazadas durante largo rato, mientras el mundo exterior seguía girando sin que ninguna de las dos sintiera la necesidad de prestarle atención.
Por primera vez en mucho tiempo, Alexandra no necesitaba ganar una negociación ni demostrar su poder.
Solo necesitaba a Eli.
Y Eli estaba allí.
El lunes por la mañana
Cuando Alexandra recibió la autorización médica para retomar sus actividades habituales con las precauciones correspondientes, insistió en regresar a Woods International.
Eli aceptó con una condición: no permitiría que el trabajo se convirtiera en una excusa para descuidar su recuperación.
Así, el lunes por la mañana, Alexandra Woods y Eli Sinclair salieron juntas de la casa de Alexandra rumbo a la empresa.
Desde que Eli había dejado la casa que compartía con Roberto, ambas estaban viviendo una etapa diferente de su relación.
Ya no tenían que inventar excusas para encontrarse ni despedirse apresuradamente después de pasar unas horas juntas.
Ahora podían despertar bajo el mismo techo, desayunar juntas y comenzar el día compartiendo pequeños momentos que antes parecían imposibles.
Alexandra todavía se sorprendía al encontrar a Eli a su lado cada mañana.
Aquella mujer de ojos azules y cabello castaño había conseguido algo que ninguna otra había logrado: hacer que la poderosa presidenta de Woods International deseara regresar a casa lo antes posible.
Aunque las heridas de Alexandra estaban mucho mejor, Eli continuaba pendiente de ella. Antes de salir, le había recordado dos veces que no debía tocarse la nariz y una tercera que tenía que llevar consigo los medicamentos indicados por el médico.
—¿Terminaste? —preguntó Alexandra mientras Eli comprobaba por última vez el contenido de su bolso.
—Casi.
—Me estás tratando como si tuviera cinco años.
Eli levantó la mirada.
—Si tuvieras cinco años, serías una niña especialmente mandona.
—Y tú serías la única persona capaz de sobrevivir a mi carácter.
—Eso ya lo hago todos los días.
Alexandra sonrió y se acercó para rodearle la cintura con un brazo.
Aquella mañana, Eli llevaba un elegante traje azul oscuro que resaltaba sus ojos y una blusa blanca que le daba un aire sofisticado.
Alexandra, por su parte, vestía un traje negro perfectamente ajustado, con el cabello oscuro cuidadosamente peinado y aquellos penetrantes ojos verdes que parecían examinar cada detalle a su alrededor.
Mientras esperaban que el conductor abriera la puerta del automóvil, Alexandra acercó los labios al oído de Eli.
—¿Siempre tienes que verte tan hermosa?
Eli sonrió y giró el rostro hacia ella.
—¿Eso es una queja, señorita Woods?
—Una observación.
—¿Y qué observas exactamente?
Alexandra deslizó la mirada por su rostro antes de detenerse en sus labios.
—Que cada día me resulta más difícil dejarte salir de mi lado.
Eli soltó una pequeña carcajada.
—Tenemos una empresa que dirigir. No podemos quedarnos encerradas en casa todo el día.
—Podría trabajar desde casa.
—Tienes una reunión con los inversionistas.
—Podría cancelarla.
—Alexandra.
—Está bien, está bien. Ya entendí.
Eli le acarició la mejilla sana y depositó un beso delicado cerca de la comisura de sus labios, procurando no lastimarla.
—Vamos, amor. No quiero llegar tarde.
Aquella palabra consiguió que Alexandra sonriera de inmediato.
—Me gusta cuando me llamas así.
—Entonces tendrás que portarte bien para seguir escuchándola.
—Eso será difícil.
Ambas rieron antes de subir al automóvil.
Durante el trayecto, Eli revisó los documentos de la reunión mientras Alexandra la observaba de reojo. En un momento, Eli levantó la vista y descubrió que su pareja llevaba varios segundos mirándola.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Llevas un rato observándome.
—Estoy admirando a la mujer que va a ayudarme a conseguir uno de los acuerdos más importantes de este año.
Eli sonrió.
—¿Solo por eso?
Alexandra entrelazó sus dedos con los de ella.
—Y porque estoy enamorada de ti.
Eli se quedó mirándola, sorprendida por la naturalidad con la que Alexandra había pronunciado aquellas palabras.
—¿Sabes? —murmuró—. Nunca imaginé que escucharía algo así de tu boca.
—Yo tampoco imaginé que alguna vez lo diría en serio.
Eli apoyó la cabeza en su hombro durante el resto del trayecto.
Ninguna de las dos sabía que aquella mañana pondría a prueba la tranquilidad que estaban comenzando a construir.
La llegada a Woods International
Al llegar a la empresa, el conductor abrió la puerta del automóvil y Alexandra descendió primero. Después extendió la mano para ayudar a Eli a bajar.
Varias personas que se encontraban cerca de la entrada observaron discretamente a las dos mujeres.
No era habitual ver a Alexandra llegar acompañada de alguien de aquella manera. La presidenta siempre había mantenido su vida privada lejos de las oficinas y rara vez permitía que alguien se acercara demasiado a ella.
Pero aquella mañana caminaba junto a Eli con una naturalidad que no pasó inadvertida.
Antes de entrar, Alexandra tomó la mano de su pareja.
—¿Lista para conquistar a esos inversionistas?
—Siempre.
—Eso quería escuchar.
Eli le dio un beso rápido en la mejilla y ambas entraron juntas.
Sofía las esperaba cerca de los ascensores con una carpeta en las manos. Al verlas llegar tomadas de la mano, sonrió con complicidad.
—Buenos días. Veo que alguien ha conseguido que nuestra querida presidenta llegue de buen humor.
Alexandra la miró con expresión seria.
—Buenos días para ti también, Sofía.
—No tienes que agradecerme. Es un placer contemplar este milagro.
Eli comenzó a reírse.
—No la provoques —le advirtió Alexandra—. Todavía puedo cambiar de opinión y hacer que trabajes el doble.
—Y aun así seguirías llegando enamorada a la oficina —replicó Sofía.
Alexandra negó con la cabeza, pero no pudo ocultar su sonrisa.
—¿Está todo preparado para la reunión?
—Sí. Los inversionistas ya están llegando. El señor Sebastián Valdés también confirmó su asistencia.
—Perfecto. Nos vemos en la sala de juntas dentro de diez minutos.
Sofía asintió y se alejó, aunque antes de marcharse le dedicó a Eli una mirada divertida.
Alexandra y Eli subieron juntas al despacho presidencial. Una vez dentro, Alexandra dejó su bolso sobre el escritorio y se acercó a su pareja.
—Ven aquí.
—¿Qué sucede ahora?
—Nada. Solo quiero besarte antes de que comience la reunión y tenga que fingir que soy una mujer completamente seria.
Eli sonrió y rodeó su cuello con los brazos.
—¿Fingir?
—No arruines el momento.
Eli la besó suavemente, con cuidado de no rozarle la herida del labio.
Alexandra apoyó una mano en su cintura y la atrajo un poco más hacia ella. El beso fue breve, pero cargado de esa ternura que ambas habían aprendido a expresar sin esconderse.
Cuando se separaron, Eli acarició con el pulgar la mejilla sana de Alexandra.
—Todavía me preocupo cuando te veo la cara lastimada.
—Estoy mejor, amor.
—Lo sé. Pero cada vez que recuerdo lo que pasó...
—Mírame —le pidió Alexandra.
Eli levantó los ojos.
—Estoy aquí. Contigo. Y pienso quedarme.
Eli respiró hondo y apoyó la frente contra la suya.
—Más te vale.
Alexandra sonrió.
—¿Eso ha sido una amenaza?
—Una promesa.
Durante unos segundos, ambas permanecieron abrazadas, disfrutando de aquella intimidad que ahora podían compartir sin tener que ocultarse la una de la otra.
Finalmente, Eli se apartó y recogió sus documentos.
—Tenemos que irnos.
Alexandra suspiró.
—Definitivamente necesito contratar a alguien que se encargue de todas las reuniones.
—Ya tienes un equipo entero para eso.
—Pero ninguno puede reemplazarte.
Eli sonrió con ternura y le apretó la mano antes de dirigirse juntas hacia la sala de juntas.
El inversionista que no conocía los límites
A las nueve en punto, los principales ejecutivos ocuparon sus lugares alrededor de la larga mesa de cristal.
Alexandra se sentó en la cabecera, mientras Eli tomó asiento a su derecha, preparada para presentar los detalles financieros del proyecto de expansión internacional.
Sofía se acomodó al otro extremo de la mesa y abrió su carpeta.
Pocos minutos después, la puerta se abrió.
Sebastián Valdés entró con un traje gris impecable, el cabello negro cuidadosamente peinado y una sonrisa segura. Era un inversionista experimentado, acostumbrado a conseguir lo que quería tanto en los negocios como en su vida personal.
—Señorita Woods —saludó, estrechando la mano de Alexandra—. Es un placer conocerla personalmente.
—Bienvenido, señor Valdés. Tome asiento, por favor.
Sebastián obedeció, pero su atención se desvió rápidamente hacia Eli.
—Y usted debe de ser la señorita Sinclair.
Eli levantó la vista.
—Así es. Soy la vicepresidenta ejecutiva.
—Sebastián Valdés —se presentó él, extendiendo la mano—. Aunque debo reconocer que no esperaba encontrarme con alguien tan encantadora en una reunión de negocios.
Eli le estrechó la mano por cortesía.
—Espero que nuestra propuesta le resulte igual de interesante.
—Estoy seguro de que sí. Aunque, después de conocerla, quizá tenga que prestar más atención de la habitual.
Alexandra dejó el bolígrafo sobre la mesa.
Su expresión no cambió, pero sus ojos verdes se clavaron en el hombre.
—Le recomiendo que preste atención a toda la presentación, señor Valdés. Hemos dedicado meses a preparar esta propuesta.
Sebastián sonrió, aparentemente divertido.
—Por supuesto. No quisiera decepcionarla.
—Me alegra escucharlo.
La reunión comenzó con los informes de inversión, las proyecciones de crecimiento y los planes para la expansión de Woods International hacia nuevos mercados.
Cuando llegó el turno de Eli, ella se puso de pie y comenzó a explicar la estructura financiera del proyecto con seguridad y profesionalismo.
Alexandra la observó con orgullo.
Conocía su inteligencia, su capacidad de negociación y la determinación con la que defendía cada una de sus decisiones. Le encantaba verla desenvolverse en una sala llena de ejecutivos que sabían que debían tomarla en serio.
Sin embargo, pronto descubrió que Sebastián parecía estar mucho más interesado en Eli que en las cifras proyectadas.