La heredera del imperio Woods Capítulo 31 — Los celos de una mujer enamorada
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Capítulo 31 — Los celos de una mujer enamorada

El hogar donde comenzaba todo

Alexandra Woods salió del hospital tres días después de la agresión.

El médico había confirmado que la fractura de nariz necesitaría tiempo para sanar y que la herida del labio debía mantenerse limpia para evitar complicaciones. La inflamación de su rostro había disminuido ligeramente, aunque todavía llevaba un tabique nasal y una pequeña venda sobre los labios.

A Alexandra no le gustaba depender de nadie. Estaba acostumbrada a resolver sus problemas por sí misma, a tomar decisiones y a levantarse después de cada golpe sin permitir que el mundo descubriera cuánto le dolía.

Pero aquella vez era diferente.

Porque Eli Sinclair estaba a su lado.

Cuando llegaron a la casa de Alexandra, Eli no permitió que su pareja se ocupara de absolutamente nada. La ayudó a bajar del automóvil, la acompañó hasta el dormitorio y acomodó las almohadas para que pudiera descansar sin apoyar el rostro de una manera incómoda.

—No tienes que hacer todo esto, Eli —murmuró Alexandra mientras la observaba ordenar las cosas sobre la mesita de noche.

Eli se volvió hacia ella.

—¿Hacer qué?

—Tratarme como si fuera a romperme si me muevo.

—No te preocupes. Si intentas levantarte para trabajar, entonces sí voy a considerar atarte a la cama.

Alexandra arqueó una ceja.

—¿Acabas de amenazar a la presidenta de Woods International?

—Acabo de advertirle a mi novia que necesita descansar.

—Tu novia tiene una empresa que dirigir.

—Y tu novia tiene un médico que le ordenó reposo.

Alexandra quiso responder, pero Eli se acercó y le acomodó con delicadeza un mechón de cabello oscuro detrás de la oreja.

—Por favor, amor. Déjame cuidarte.

La petición, pronunciada con tanta ternura, consiguió desarmar la resistencia que Alexandra había mantenido desde que abandonaron el hospital.

—Está bien —aceptó finalmente—. Pero con una condición.

Eli entrecerró los ojos.

—¿Cuál?

—Que te quedes conmigo.

La sonrisa de Eli se desvaneció lentamente, reemplazada por una emoción que le apretó el pecho.

—Alexandra, yo no pienso irme a ninguna parte.

—Quiero decir que te quedes aquí. En mi casa. Conmigo.

Eli la contempló durante unos segundos.

Desde que había dejado la casa que compartía con Roberto, su vida había cambiado por completo. Había decidido cerrar una etapa de su matrimonio y elegir a la mujer que amaba, aunque todavía existieran heridas que ambas debían aprender a sanar.

Sin embargo, escuchar a Alexandra pedirle que compartiera su hogar era diferente.

No se trataba solamente de tener un lugar donde dormir.

Era una invitación a construir una vida juntas.

—¿Estás segura? —preguntó Eli, con la voz ligeramente quebrada—. No quiero que sientas que tienes que hacerlo porque estoy pasando por una situación difícil.

Alexandra tomó su mano.

—No te estoy ofreciendo un lugar para esconderte, Eli. Te estoy pidiendo que vivas conmigo porque no quiero volver a despertar y descubrir que no estás a mi lado.

Los ojos azules de Eli se llenaron de lágrimas.

—Entonces sí. Me quedo.

Alexandra sonrió con suavidad.

—¿Para siempre?

Eli soltó una pequeña risa entre lágrimas.

—No te aproveches de que tienes la nariz lastimada para conseguir promesas que pienso cumplir de todas maneras.

—Demasiado tarde. Ya tengo tu respuesta.

Eli se inclinó con cuidado y besó la frente de su pareja.

—Te amo, Alexandra.

Alexandra entrelazó sus dedos con los de ella.

—Y yo te amo a ti.

Aquella noche, Eli llevó sus pertenencias a la casa de Alexandra. No tenía demasiadas cosas que trasladar, pero cada prenda que guardaba en el armario de su pareja parecía convertir aquel lugar en algo más suyo.

Alexandra la observó desde la puerta del dormitorio mientras Eli acomodaba su ropa junto a la de ella.

—Estás invadiendo mi espacio —comentó con fingida seriedad.

Eli levantó una blusa y la colocó en una percha.

—Puedo retirar mis cosas si la presidenta considera que no son apropiadas para su armario.

—No he dicho eso.

—Entonces, ¿cuál es el problema?

Alexandra se acercó por detrás y rodeó su cintura con cuidado.

—Que ahora voy a tener que compartir todos mis cajones.

Eli giró el rostro para mirarla.

—Qué tragedia.

—Una catástrofe.

—Podría compensarte.

Alexandra arqueó una ceja.

—¿De qué manera?

Eli sonrió y le dio un beso delicado, procurando no rozarle la herida del labio.

—Puedo dejarte elegir qué lado de la cama quieres.

Alexandra soltó una carcajada.

—Qué generosa eres, señora Sinclair.

Eli se quedó quieta al escuchar aquella expresión. Durante un instante, la realidad de su matrimonio anterior se interpuso entre ambas.

Alexandra lo notó inmediatamente.

—Perdóname —susurró—. No quería hacerte pensar en eso.

Eli negó con la cabeza y apoyó una mano sobre la mejilla sana de Alexandra.

—No tienes que disculparte. Estoy aprendiendo a dejar atrás una vida que ya no era la mía.

—No quiero que sientas que tienes que olvidar todo de un día para otro.

—No necesito olvidar mi pasado para elegir mi futuro.

Alexandra la miró con una intensidad que le hizo contener la respiración.

—¿Y tu futuro está aquí?

Eli la abrazó con cuidado, evitando presionar su rostro.

—Mi futuro está contigo.

Por primera vez desde la agresión, Alexandra sintió que algo dentro de ella comenzaba a relajarse.

Aquella casa ya no era solamente el lugar donde vivía una mujer acostumbrada a tenerlo todo bajo control.

Era el hogar de las dos.

Los días en que Eli no se apartaba de su lado

Los días siguientes se convirtieron en una sucesión de pequeños momentos que Alexandra nunca habría imaginado valorar tanto.

Eli le preparaba el desayuno, comprobaba que tomara los medicamentos indicados por el médico y le recordaba que no debía esforzarse más de lo necesario. También se encargaba de organizar las llamadas de la empresa para que Alexandra pudiera atender únicamente los asuntos urgentes.

La primera mañana, Alexandra intentó levantarse antes de que Eli despertara.

No llegó muy lejos.

—¿Adónde crees que vas? —preguntó Eli desde la cama.

Alexandra se quedó inmóvil junto a la puerta.

—A mi despacho.

—Vuelve aquí.

—Tengo que revisar unos documentos.

—Puedes revisarlos después del desayuno.

—Eli...

—Alexandra.

La presidenta suspiró, derrotada por una mujer que ni siquiera había levantado la voz.

—Eres muy mandona.

Eli apartó las mantas y le hizo una seña para que regresara.

—Y tú eres una paciente insoportable.

Alexandra volvió a la cama y se acomodó a su lado.

—No recuerdo haber aceptado que fueras mi médica.

—No lo soy. Soy la mujer que te ama y que no piensa permitir que te hagas daño por fingir que nada te duele.

Aquella respuesta borró cualquier réplica de los labios de Alexandra.

Eli se acomodó junto a ella y apoyó la cabeza en su hombro, con cuidado de no rozarle la nariz.

—No tienes que demostrarme que eres fuerte —susurró—. Ya sé quién eres.

Alexandra contempló el techo durante unos segundos.

—No me gusta que me veas así.

—¿Con una venda en el labio?

—Vulnerable.

Eli levantó la cabeza.

—Yo también tengo miedo a veces. Y eso no significa que sea débil.

—Tú nunca pareces tener miedo.

—Eso es porque suelo estar demasiado ocupada preocupándome por ti.

Alexandra dejó escapar una risa suave que se convirtió en una pequeña mueca de dolor.

Eli se incorporó de inmediato.

—¿Te duele?

—Un poco.

—Voy a buscar lo que te recetaron.

Alexandra le tomó suavemente la mano.

—Espera.

Eli volvió a mirarla.

—¿Qué pasa?

—Quédate un minuto más.

La preocupación del rostro de Eli se transformó en ternura.

Se acomodó nuevamente a su lado y le acarició el cabello.

—Me quedaré todo el tiempo que necesites.

Alexandra cerró los ojos.

No recordaba cuándo había sido la última vez que alguien le había ofrecido algo sin esperar nada a cambio. En su mundo, casi todo tenía un precio, una condición o una intención escondida.

Eli, en cambio, solo quería verla bien.

Y aquella certeza le llegaba mucho más profundo que cualquier declaración.

Con el paso de los días, Alexandra comenzó a recuperar parte de su energía. La inflamación fue disminuyendo y las heridas empezaron a sanar, aunque todavía debía tener cuidado.

Eli aprovechaba cada mejoría para robarle pequeños besos en la frente y en la mejilla sana.

—Uno por cada día que me has tenido preocupada —explicó una tarde.

Alexandra la observó desde el sofá.

—Entonces vas a terminar besándome todo el día.

—No me parece una mala idea.

—A mí tampoco.

Eli se sentó a su lado y le acarició la mano.

—¿Todavía piensas en lo que pasó?

La sonrisa de Alexandra desapareció.

Durante unos segundos, permaneció en silencio.

—A veces. No tanto por el dolor físico, sino porque me enfurece haber permitido que alguien entrara en mi despacho y me hiciera sentir indefensa.

—No permitiste que sucediera, Alexandra. Roberto tomó una decisión y fue responsable de sus actos.

—Lo sé.

—Entonces no te castigues por algo que no fue culpa tuya.

Alexandra la miró.

—¿Y si vuelve a pasar?

Eli se acercó un poco más.

—No puedo prometerte que nunca volverás a sufrir. Ninguna de las dos puede controlar todo lo que sucede a nuestro alrededor. Pero sí puedo prometerte que no tendrás que enfrentarlo sola.

Alexandra le apretó los dedos.

—Eso es lo que más miedo me da, Eli.

—¿Qué cosa?

—Que ahora tengo demasiado que perder.

Eli sintió que se le encogía el corazón.

Se inclinó y apoyó la frente contra la de Alexandra, evitando cuidadosamente la zona lastimada.

—No pienses en perderme. Piensa en todo lo que todavía nos queda por vivir.

Alexandra cerró los ojos.

—Quiero una vida contigo.

—La tendrás.

—Quiero despertarme a tu lado, discutir contigo por tonterías, regresar a casa y encontrarte esperándome. Quiero que un día miremos hacia atrás y nos riamos de lo difícil que fue llegar hasta aquí.

Eli sonrió entre lágrimas.

—Y yo quiero estar a tu lado cuando eso ocurra.

Alexandra le acarició la mejilla.

—Entonces no me sueltes.

—No voy a soltarte por miedo a amarte.

Eli la besó suavemente en la frente y después apoyó la cabeza sobre su pecho.