La heredera del imperio Woods Capítulo 30 — El miedo de perderte #3
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Capítulo 30 — El miedo de perderte #3

Después dejó el teléfono boca abajo sobre la mesa y volvió a tomar la mano de Alexandra.

—Ya está —susurró.

Alexandra acarició sus dedos.

—¿Te sientes mejor?

—Un poco.

—Entonces ven aquí.

Eli sonrió débilmente.

—¿Otra vez?

—Las veces que haga falta.

Eli se inclinó hacia ella y apoyó con cuidado la cabeza junto a su hombro.

Alexandra la abrazó.

Y, una vez más, sus manos terminaron juntas sobre el vientre de Eli.

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Cuando Sofía regresó, encontró a las dos mujeres abrazadas.

Se detuvo junto a la puerta y sonrió con discreción.

—¿Interrumpo algo?

—No —respondió Eli, levantando la cabeza—. Puedes pasar.

Sofía dejó el agua sobre la mesa y se acercó a la cama.

—¿Cómo te encuentras, Alexandra?

—Mejor que hace unas horas.

—Eso espero. Porque pienso vigilarte hasta que el médico te dé el alta.

Alexandra arqueó ligeramente una ceja.

—¿También vas a controlar lo que como?

—Si es necesario.

—Esto empieza a parecer una conspiración.

Eli soltó una risa suave.

—Yo estoy de acuerdo con Sofía.

Alexandra la miró con fingida indignación.

—¿Tú también, cariño?

—Especialmente yo.

Las tres compartieron una pequeña risa que alivió, aunque fuera por unos segundos, la tensión que había llenado la habitación.

Después, Sofía se sentó cerca de ellas.

—Eli, ¿has comido algo desde que llegaste?

Eli negó con la cabeza.

Sofía suspiró.

—Por supuesto que no.

—No tenía hambre.

—Eso no es una respuesta aceptable.

Alexandra levantó suavemente la mano.

—Por una vez, estoy completamente de acuerdo con Sofía. Necesitas comer.

Eli las miró a ambas.

—¿Ahora van a ponerse de acuerdo para darme órdenes?

—Sí —contestaron al mismo tiempo.

Eli terminó riéndose.

—Está bien. Comeré algo.

Sofía sonrió satisfecha.

—Perfecto. Voy a buscarte algo y después llamaré a tu asistente para organizar lo necesario en la empresa.

—Gracias, Sofía.

Antes de salir, Sofía se inclinó y besó con delicadeza la frente de Alexandra.

—Descansa, amiga. Y deja que te cuiden un poco.

—Lo intentaré.

Cuando se quedaron solas nuevamente, Eli acomodó la silla junto a la cama y tomó la mano de Alexandra.

—¿Sabes qué quiero hacer cuando salgamos de aquí?

—¿Qué, cariño?

—Llevarte a casa. Prepararte algo rico, ayudarte a descansar y pasar todo el día contigo. Sin reuniones, sin teléfonos y sin que nadie nos moleste.

Alexandra sonrió con los ojos.

—Suena perfecto.

—Y quiero que hablemos de nuestro bebé. De cómo vamos a organizar nuestra vida, de dónde vamos a vivir y de todo lo que necesitamos preparar.

—Podemos hablar de todo eso.

Eli respiró hondo.

—Quiero que nuestro hogar sea un lugar donde te sientas segura. Donde puedas llegar después de un día difícil y saber que alguien te está esperando. Donde no tengas que ser siempre la mujer fuerte que todos esperan ver.

Alexandra la observó, emocionada.

—¿Y quién va a cuidar de ti cuando seas tú quien tenga un día difícil?

Eli sonrió con ternura.

—Tú.

—Entonces tendremos que cuidarnos mutuamente.

—Eso es lo que quiero.

Alexandra levantó la mano y acarició la mejilla de Eli con el pulgar.

—Te amo, Eli Sinclair.

Eli cerró los ojos un instante.

—Y yo te amo, Alexandra Woods.

Se inclinó y depositó un beso delicado en su frente.

Después volvió a apoyar la cabeza junto a su hombro, procurando no lastimarla.

Alexandra la rodeó con el brazo.

Las dos permanecieron abrazadas, con las manos unidas sobre el vientre de Eli y la certeza de que todavía les quedaban muchos desafíos por enfrentar.

Afuera, el mundo seguía girando.

Roberto tendría que aprender a vivir con las consecuencias de sus decisiones. Eli necesitaría tiempo para superar el final de su matrimonio. Alexandra tendría que recuperarse de sus heridas.

Nada se resolvería de un día para otro.

Pero, en aquella habitación, había algo que el miedo no había conseguido destruir.

El amor.

Eli levantó la cabeza y miró los ojos verdes de Alexandra.

—Cuando nuestro bebé nazca, quiero contarle esta historia.

Alexandra sonrió suavemente.

—¿La historia de cómo me rompieron la nariz?

Eli soltó una risa entre lágrimas.

—No, tonta. La historia de cómo, incluso cuando tuvimos miedo, seguimos eligiéndonos.

Alexandra apretó su mano.

—Entonces tendremos que contarla bien.

—La contaremos juntas.

Y mientras las dos volvían a unir sus manos sobre el vientre que guardaba el comienzo de su familia, Eli comprendió que el futuro no sería perfecto.

Habría dificultades, decisiones dolorosas y días en los que tendrían que reunir fuerzas para seguir adelante.

Pero ya no quería enfrentarlos sola.

Tenía a Alexandra.

Alexandra la tenía a ella.

Y juntas estaban esperando una vida que merecía llegar a un mundo lleno de amor, ternura y respeto.

Por primera vez desde que había abandonado su casa, Eli sintió que podía imaginar el mañana sin miedo.

Porque el hogar que buscaba no era un lugar ni un conjunto de paredes.

Era aquella mano entrelazada con la suya.

Era la mujer que la miraba con amor incluso desde una cama de hospital.

Y era el pequeño corazón que algún día escucharían latir entre sus brazos.

Su familia acababa de comenzar.

Y, a pesar de todo, todavía tenían un futuro por el que valía la pena luchar.