Capítulo 30 — El miedo de perderte #2
—Amor, tienes que cuidarte. No quiero que pases toda la mañana sin comer por estar preocupada por mí.
—No podía pensar en otra cosa.
—Lo entiendo, pero también tienes que cuidar de ti. Y de nuestro bebé.
Al escuchar aquellas palabras, Eli bajó la mirada hacia su vientre.
Durante las últimas horas había sentido que todo se desmoronaba a su alrededor. Había abandonado su casa, había perdido la vida que conocía y ahora estaba sentada junto a la mujer que amaba, tratando de comprender cómo alguien podía hacerle tanto daño.
Pero, por primera vez desde que había llegado al hospital, sintió que podía respirar sin que el miedo la ahogara.
Porque Alexandra estaba allí.
Herida, cansada y dolorida, pero allí.
Y seguía preocupándose por ellas.
—¿Puedo hacer algo? —preguntó Eli suavemente.
Alexandra observó su rostro.
—Sí.
—Lo que quieras.
—Ven un poquito más cerca.
Eli obedeció, acercando la silla a la cama.
Alexandra tomó su mano y la condujo con delicadeza hasta su vientre. Después, con movimientos lentos para no hacerse daño, apoyó su propia mano sobre la de Eli.
Las dos quedaron unidas por aquel gesto sencillo.
Eli miró sus manos entrelazadas sobre su abdomen.
Y rompió a llorar otra vez.
Pero aquellas lágrimas eran diferentes.
Ya no eran solamente de miedo o de angustia.
También eran de amor.
—Nuestro bebé —susurró.
Alexandra asintió.
—Nuestro bebé.
Eli cubrió la mano de Alexandra con la suya y acarició lentamente su vientre.
—No sabes cuánto he soñado con este momento. Con poder estar contigo sin tener que escondernos, sin sentir que cada día estamos arriesgando algo. Con imaginar cómo será nuestra vida cuando llegue nuestro pequeño.
Alexandra la escuchaba sin interrumpirla.
—Quiero que crezca sabiendo que fue amado desde el principio —continuó Eli—. Quiero que tenga un hogar donde pueda sentirse seguro, donde nunca tenga que preguntarse si sus madres se quieren o si van a quedarse juntas.
La voz se le quebró.
—Y quiero que tú estés allí. Quiero verte sostenerlo por primera vez.
Quiero ver tus ojos verdes llenos de lágrimas cuando lo tengas en brazos.
Quiero que discutamos por quién lo va a dormir, que me digas que lo estoy malcriando y que después seas tú quien termine comprándole todo lo que encuentre en una tienda.
Alexandra sonrió con ternura.
—Eso último es bastante probable.
Eli soltó una risa entre lágrimas.
—Lo sabía.
Alexandra volvió a acariciar su mano.
—Yo también quiero todo eso, cariño. Quiero estar allí cuando nazca nuestro bebé. Quiero acompañarte en cada revisión, escuchar sus latidos y sentir cómo crece nuestra familia.
Miró sus manos sobre el vientre de Eli.
—Y quiero que nuestro hijo sepa que nunca fue una equivocación. Que llegó a nuestras vidas en medio de una situación complicada, sí, pero que jamás fue menos amado por eso.
Eli inclinó la cabeza.
—Te amo tanto, Alexandra.
—Y yo te amo a ti.
—No quiero que vuelvas a pasar por algo así.
Alexandra comprendió que no se refería únicamente al dolor físico.
Eli estaba pensando en la violencia, en la rabia de Roberto y en todo lo que todavía podía suceder.
—No podemos controlar las decisiones de otras personas —respondió Alexandra—. Pero sí podemos decidir cómo vamos a seguir adelante. Y yo quiero hacerlo contigo.
Eli asintió, llorando en silencio.
Alexandra le apretó la mano.
—No voy a prometerte que nunca tendremos miedo ni que todo será sencillo. Sería mentirte. Pero sí puedo prometerte que no voy a huir cuando las cosas se compliquen. No voy a dejar de elegirte porque alguien desapruebe nuestra relación.
Eli levantó los ojos hacia ella.
—¿Incluso después de todo lo que ha pasado?
—Especialmente después de todo lo que ha pasado.
Alexandra hizo una pausa.
—Te elegí cuando enamorarme de ti parecía una locura. Te elegí cuando comprendí que ya no podía imaginar mi vida sin ti. Y te elijo ahora, aquí, en esta habitación, con la nariz rota y el labio vendado.
Eli soltó una risa ahogada por las lágrimas.
—No deberías hacerme reír cuando estoy llorando.
—Entonces deja de mirarme así.
—¿Así cómo?
—Como si fuera la única persona que existe en el mundo.
Eli le acarició los dedos.
—Es que, para mí, eres la persona más importante del mundo.
Alexandra sintió que aquellas palabras le llegaban a un lugar del corazón que casi nunca permitía que nadie tocara.
—Ven aquí, cariño.
Eli se acercó nuevamente y apoyó la cabeza junto a su hombro.
Alexandra la rodeó con el brazo, y ambas mantuvieron las manos sobre el vientre de Eli.
Sofía se apartó un poco, concediéndoles intimidad.
Durante varios minutos no hubo palabras.
No las necesitaban.
Eli escuchaba la respiración de Alexandra y sentía el calor de su cuerpo. Alexandra, por su parte, acariciaba lentamente el cabello de la mujer que amaba, agradecida de tenerla allí.
No podían borrar aquella mañana.
No podían cambiar el golpe, el dolor ni el miedo que había provocado.
Pero podían abrazarse.
Podían recordarse que seguían juntas.
Y podían pensar en el pequeño ser que, sin saberlo, ya las estaba uniendo de una manera que ninguna de las dos habría imaginado meses atrás.
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Un rato después, mientras Sofía había salido a buscar agua, el teléfono de Eli vibró sobre la mesa.
Ella lo tomó sin prestar demasiada atención, pensando que quizá se trataba de algún mensaje de la empresa.
Pero al ver el nombre en la pantalla, su cuerpo se tensó.
Roberto.
Durante unos segundos se quedó mirando el teléfono.
No quería hablar con él. No después de lo ocurrido. Sin embargo, el mensaje ya había aparecido en la pantalla y sus primeras palabras le provocaron un nudo en el estómago.
«Eli, necesito pedirte perdón por lo que hice».
Eli sintió que una oleada de rabia y tristeza la recorría.
Abrió el mensaje.
«No sé cómo explicarte lo que pasó. Fui a hablar con Alexandra porque estaba lleno de rabia por nuestra separación y por el embarazo. Discutimos y perdí el control. Le di un puñetazo y le rompí la nariz. Cuando la vi sangrando, comprendí lo que había hecho.
No tengo ninguna excusa. Estaba dolido, estaba enfadado, pero nada de eso justifica haberla golpeado.
Sé que te he hecho daño a ti también. Te eché de casa y te obligué a marcharte cuando estabas pasando por un momento muy difícil. Y ahora he lastimado a la mujer que amas.
Lo siento, Eli. Lo siento de verdad.
No te escribo para pedirte que vuelvas conmigo ni para que me perdones ahora. Sé que no tengo derecho a exigirte nada. Solo necesitaba decirte que me arrepiento de haberla golpeado.
Por favor, dime si Alexandra está bien».
Eli terminó de leer el mensaje con los ojos llenos de lágrimas.
Durante mucho tiempo, Roberto había sido su compañero, la persona con la que había compartido años de su vida. Habían tenido momentos felices y también silencios que se habían vuelto demasiado largos.
Nunca habría imaginado que su historia terminaría de aquella manera.
Y mucho menos que él sería capaz de golpear a Alexandra.
Miró a su novia, que descansaba con los ojos cerrados.
La venda del labio, el dispositivo que estabilizaba su nariz y la inflamación de su rostro le recordaron el precio que había tenido aquella discusión.
Eli sintió una tristeza profunda.
No quería que Roberto sufriera. A pesar de todo, no le deseaba ningún mal.
Pero tampoco podía fingir que unas disculpas bastaban para borrar lo ocurrido.
Dejó el teléfono sobre la mesa y tomó la mano de Alexandra.
Ella abrió los ojos.
—¿Qué sucede, cariño?
Eli dudó antes de responder.
—Roberto me escribió.
La expresión de Alexandra cambió ligeramente.
—¿Qué te dijo?
—Me pidió perdón por haberte golpeado. Dice que se arrepiente y que no tiene ninguna excusa para lo que hizo.
Alexandra permaneció en silencio durante unos segundos.
—¿Y tú cómo te sientes?
Eli bajó la mirada.
—No lo sé. Una parte de mí está triste por todo lo que pasó entre nosotros. Otra parte está furiosa porque te hizo esto. Y hay algo que me duele todavía más.
—¿Qué cosa?
Eli le acarició los dedos.
—Que tú estabas aquí, herida, y aun así lo primero que hiciste fue intentar protegerme de la noticia. Mientras tanto, él me escribe preguntando si estás bien, después de haber sido quien te hizo daño.
Alexandra respiró lentamente.
—Supongo que se dio cuenta de la gravedad de lo que hizo.
—Eso no cambia nada de lo que pasó.
—No, cariño. No lo cambia.
Eli levantó la mirada.
—¿Crees que algún día podrás perdonarlo?
Alexandra pensó unos instantes antes de responder.
—No lo sé. Quizá algún día pueda dejar de sentir rabia cuando recuerde esta mañana. Pero perdonar no significa fingir que no ocurrió ni permitir que vuelva a suceder.
Eli asintió lentamente.
—Yo tampoco sé si podré perdonarlo.
—No tienes que decidirlo ahora.
Eli apoyó la mano sobre el vientre.
—No quiero que nuestro bebé crezca rodeado de odio. Pero tampoco quiero enseñarle que las personas pueden hacer daño y que basta con pedir perdón para que todo vuelva a ser como antes.
Alexandra la miró con ternura.
—Entonces le enseñaremos que el amor también necesita respeto. Que podemos comprender el dolor de otra persona sin aceptar que nos lastime. Y que pedir perdón es importante, pero también lo es asumir las consecuencias de nuestros actos.
Eli sintió que algo dentro de ella se calmaba.
—Quiero que aprenda eso de nosotras.
—Lo aprenderá.
Eli volvió a mirar el teléfono.
Después escribió una respuesta breve.
«Alexandra está recibiendo atención médica. No voy a discutir contigo lo que pasó. Espero que comprendas que tus disculpas no borran el daño que le has hecho. Necesito tiempo y distancia. Por favor, respeta mi decisión».
Leyó el mensaje una vez más antes de enviarlo.
No añadió reproches.
No intentó hacerle sentir peor.
Simplemente estableció la distancia que necesitaba.