Capítulo 30 — El miedo de perderte
Eli Sinclair llevaba varios minutos esperando frente a la habitación de Alexandra.
Aunque el médico le había asegurado que su novia estaba consciente y fuera de peligro inmediato, aquellas palabras no habían conseguido borrar la angustia que sentía.
Saber que Alexandra estaba herida, que había sufrido una fractura en la nariz y que Roberto había sido capaz de levantarle la mano le provocaba una mezcla de dolor, impotencia y rabia que apenas podía controlar.
A su lado, Sofía permanecía en silencio.
Había acompañado a Alexandra desde la empresa hasta el hospital y no pensaba marcharse hasta tener la certeza de que su amiga estaba estable. Sin embargo, sabía que la persona que más necesitaba estar allí era Eli.
—¿Puedo entrar ya? —preguntó Eli, mirando al médico que acababa de salir de la habitación.
—Sí. La paciente está consciente y puede recibir visitas. Necesita descansar y evitar movimientos bruscos, pero pueden acompañarla unos minutos.
—Gracias, doctor.
Eli no esperó más.
Empujó la puerta con cuidado y entró, seguida por Sofía.
Y entonces la vio.
Alexandra estaba recostada en la cama, con la cabeza ligeramente elevada sobre las almohadas. Llevaba un dispositivo médico que mantenía estabilizada su nariz fracturada, una venda sobre el labio y el rostro hinchado, con hematomas que oscurecían parte de su piel.
Su cabello, habitualmente impecable, estaba algo desordenado sobre la almohada. Tenía los ojos verdes abiertos, pero su expresión reflejaba el cansancio de una mañana que jamás habría imaginado vivir.
Por un instante, Eli dejó de respirar.
Se quedó inmóvil junto a la puerta, incapaz de reconocer a la mujer que tantas veces había visto entrar en una sala de juntas con una seguridad que parecía invencible.
Alexandra seguía siendo ella.
La misma mujer de la que se había enamorado.
La misma mujer que la miraba con aquellos ojos verdes capaces de desarmarla incluso cuando intentaba fingir que nada le importaba.
Pero verla así, herida y obligada a permanecer en una cama de hospital, le partió el corazón.
—Alexandra… —susurró.
Los ojos de Alexandra encontraron inmediatamente los suyos.
Y, pese al dolor, una pequeña sonrisa intentó dibujarse en sus labios vendados.
—Eli, cariño…
Aquella voz fue suficiente para romper lo poco que quedaba de la fortaleza de Eli.
Las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas. Se llevó una mano a la boca, intentando contener un sollozo, pero no pudo.
—Dios mío…
Caminó hacia la cama con pasos inseguros.
—Mi amor, ¿qué te hicieron?
Alexandra intentó incorporarse ligeramente, pero una molestia en el rostro la obligó a detenerse.
—No llores, cariño.
Eli negó con la cabeza.
—¿Cómo quieres que no llore? ¡Mírate, Alexandra!
Su voz se quebró al contemplar la venda que cubría el labio de su novia.
—Tienes la nariz rota. Tienes toda la cara hinchada. Estás aquí, en un hospital, y yo ni siquiera sabía qué te había pasado. Te llamé tantas veces… Tantas, Alexandra.
Se sentó cuidadosamente junto a la cama y tomó la mano de su novia entre las suyas.
—Pensé que te había ocurrido algo terrible. Cuando escuché que te habían llevado de urgencia, sentí que el mundo se me venía encima.
Alexandra acarició débilmente sus dedos.
—Lo siento, amor.
Eli levantó la mirada, sorprendida.
—¿Por qué me pides perdón?
—Por haberte asustado.
Eli soltó un sollozo y negó con la cabeza.
—No vuelvas a pedirme perdón por eso. Tú no hiciste nada malo.
Se inclinó con cuidado y apoyó los labios sobre los nudillos de Alexandra.
—No sabes cuánto te amo. No sabes lo que sentí cuando me dijeron que estabas aquí y nadie podía explicarme qué había sucedido.
Alexandra la observó con una ternura que contrastaba con las heridas de su rostro.
—Ven aquí, cariño.
Le hizo un pequeño gesto para que se acercara.
Eli se inclinó hacia ella, con muchísimo cuidado de no tocarle la nariz ni el labio. Alexandra levantó el brazo y la rodeó como pudo, atrayéndola suavemente hacia su pecho.
Eli apoyó la cabeza junto a su hombro y se echó a llorar.
No intentó contenerse.
Lloró por el miedo que había sentido durante aquellas horas, por la imagen de Alexandra herida que no podía apartar de su mente y por la impotencia de no haber estado allí cuando más la necesitaba.
Alexandra le acarició el cabello lentamente.
—Estoy aquí, mi amor. Estoy contigo.
—Pensé que te había perdido —confesó Eli entre sollozos—. Cuando escuché la palabra hospital, no pude pensar en nada más. Solo imaginaba que te había pasado algo y que nunca volvería a escuchar tu voz.
Alexandra cerró los ojos.
También ella había sentido miedo. No solamente por el golpe, sino por la posibilidad de que Eli se enterara y cargara con una culpa que no le pertenecía.
—No me has perdido —susurró—. Sigo aquí.
Eli se apartó lo suficiente para mirarla.
—Pero ¿por qué no me dijiste nada? ¿Por qué le pediste a tu secretaria que no me contara lo que había pasado?
Alexandra bajó la mirada durante unos segundos.
—Porque sabía que te culparías.
Eli abrió los labios, pero no encontró palabras.
—Te conozco, cariño —continuó Alexandra—. Sé que habrías pensado que Roberto fue a buscarme por nuestra relación y que todo habría sido diferente si no te hubieras enamorado de mí. No quería que pasaras por eso.
Eli volvió a llorar.
—Alexandra, yo habría querido estar contigo. Habría querido saberlo desde el principio. No necesito que me protejas de la verdad, aunque duela.
—Lo sé.
—No quiero que tengas que sufrir a solas para evitarme una preocupación. Soy tu pareja. Quiero estar contigo cuando estés feliz, pero también cuando tengas miedo, cuando estés triste y cuando las cosas no salgan como esperábamos.
Alexandra la contempló en silencio.
Había pasado tanto tiempo acostumbrada a resolver sus problemas por sí misma que todavía le costaba aceptar que alguien quisiera compartir con ella incluso sus momentos más vulnerables.
—Tienes razón —admitió finalmente—. Debí dejar que estuvieras a mi lado.
Eli le acarició la mano.
—No vuelvas a apartarme, por favor.
—No lo haré.
—Prométemelo.
Alexandra apretó suavemente sus dedos.
—Te lo prometo, cariño.
Eli inclinó la cabeza y apoyó la frente contra la de Alexandra, evitando cualquier contacto con las zonas lastimadas.
Durante unos segundos, permanecieron así, respirando al mismo ritmo, intentando encontrar un poco de paz en medio de todo lo que había sucedido.
Entonces Eli volvió a mirar su rostro.
—¿Te duele mucho?
—Un poco.
—No me mientas.
Alexandra dejó escapar una pequeña risa que se convirtió inmediatamente en una mueca de dolor.
—Está bien. Me duele bastante.
Los ojos de Eli volvieron a llenarse de lágrimas.
—Ay, mi amor…
—Pero estoy recibiendo tratamiento. Los médicos están pendientes de mí y me han dicho que necesito descansar.
—Voy a quedarme contigo.
—Lo imaginaba.
—No, Alexandra. Hablo en serio. No voy a irme hasta que estés mejor.
Alexandra la observó con ternura.
—¿Y el trabajo?
Eli la miró como si acabara de decir la mayor tontería del mundo.
—¿De verdad me estás preguntando por el trabajo?
—Era una pregunta razonable.
—Tu empresa puede sobrevivir sin mí unas horas. Tú, en cambio, tienes la nariz fracturada, el labio herido y la cara hinchada. Así que, si me permites elegir, prefiero quedarme con mi novia.
Alexandra sonrió con los ojos.
—Mi novia es bastante mandona.
—Y tu novia tiene motivos para estarlo.
—Eso parece.
Eli le acarició suavemente la mano y después se inclinó para besarle la frente.
Fue un beso breve, delicado, lleno de un amor que ninguna de las dos necesitaba explicar.
Desde la puerta, Sofía las observaba con los ojos humedecidos.
Había visto a Alexandra enfrentarse a inversores, directivos y empresarios que habrían hecho retroceder a cualquiera. La había visto mantener la compostura en situaciones que parecían imposibles.
Pero verla ahora, permitiendo que Eli la abrazara y aceptando su consuelo, le recordaba que incluso las personas más fuertes necesitaban a alguien que las sostuviera.
Sofía se aclaró suavemente la garganta.
—No quiero interrumpir, pero me gustaría comprobar que mi amiga todavía recuerda que existo.
Eli levantó la cabeza y se secó las lágrimas.
—Perdón, Sofía.
—No tienes que disculparte. Después de lo que ha pasado, creo que ambas necesitan un momento de tranquilidad.
Alexandra la miró con cariño.
—Ven aquí, dramática.
Sofía se acercó a la cama y le tomó la mano con cuidado.
—No vuelvas a darme un susto así. ¿Me escuchaste?
—No estaba precisamente en mis planes.
—Pues tendrás que empezar a planificar mejor.
Alexandra dejó escapar una risa muy suave.
—Lo intentaré.
La expresión de Sofía se volvió más seria.
—Me asusté muchísimo cuando te encontré. Por un momento pensé que ibas a desmayarte delante de mí.
Alexandra apretó sus dedos.
—Gracias por llamar a emergencias. No sé qué habría hecho sin ti.
—No tienes que agradecerme nada. Eres mi amiga y te quiero demasiado para dejarte sola cuando me necesitas.
Eli miró a Sofía con gratitud.
—Gracias por acompañarla hasta aquí y por quedarte con ella.
—No iba a dejarla sola en el hospital.
—Lo sé. Pero aun así, gracias.
Sofía le acarició el hombro.
—Ahora tú también estás aquí. Y eso es lo que importa.
Las tres guardaron silencio durante unos instantes.
Afuera, el hospital seguía con su movimiento habitual. Se escuchaban pasos por el pasillo, voces lejanas y el sonido ocasional de algún equipo médico.
Dentro de aquella habitación, sin embargo, el tiempo parecía haberse detenido.
Eli volvió a mirar a Alexandra y, casi sin darse cuenta, llevó una mano hasta su vientre.
El gesto no pasó inadvertido para su novia.
Alexandra bajó los ojos hacia aquella mano y su expresión se suavizó.
—¿Cómo estás tú, cariño? —preguntó—. ¿Has comido algo esta mañana?
Eli parpadeó, sorprendida por la pregunta.
—¿En serio? ¿Estás en una cama de hospital y te preocupa si he desayunado?
—Por supuesto.
—Alexandra…
—Eli.
La forma en que pronunció su nombre hizo que Eli soltara una pequeña risa entre lágrimas.
—No he desayunado. No tenía hambre.
La sonrisa de Alexandra desapareció lentamente.