Capítulo 29 — La furia de un hombre herido #3
Eli sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—¿Está consciente? ¿Saben si está bien?
—Lo sentimos. No sabemos nada más.
Eli ya no escuchaba.
Sacó el teléfono y llamó nuevamente a Alexandra.
Una vez.
Dos veces.
Tres veces.
Nadie contestó.
Después llamó a Sofía.
La llamada sonó hasta que terminó.
Eli sintió que el pánico se apoderaba de ella.
—Por favor, contéstame —susurró, mirando la pantalla—. Alexandra, por favor…
No sabía qué había ocurrido. No sabía quién estaba con ella, qué clase de lesión había sufrido ni por qué nadie le había avisado.
Y aquella incertidumbre era insoportable.
Se dirigió rápidamente hacia los ascensores y bajó al estacionamiento. Sus manos temblaban tanto que tardó varios segundos en conseguir abrir el coche.
Una vez dentro, buscó en el teléfono el hospital más cercano al que podían haber trasladado a Alexandra.
No tenía la certeza de que fuera allí, pero era el único lugar por el que podía empezar.
Encendió el motor y salió del estacionamiento, conduciendo hacia el hospital con el corazón golpeándole el pecho.
Durante el trayecto, volvió a llamar a Alexandra una y otra vez.
Nadie respondió.
—Por favor, mi amor —murmuró entre lágrimas—. Contéstame. Dime que estás bien.
No sabía si Alexandra había sufrido un accidente, si se había desmayado o si alguien le había hecho daño.
Solo sabía que la mujer que amaba estaba en un hospital y que ella no tenía la menor idea de lo que había sucedido.
Cuando llegó, estacionó de cualquier manera y entró apresuradamente en el edificio.
Se dirigió a recepción con el rostro desencajado.
—Por favor, necesito saber si han ingresado a una mujer llamada Alexandra Woods. La trajeron de urgencia desde Woods International. Soy… soy una persona muy cercana a ella.
La recepcionista comenzó a revisar los registros.
Cada segundo que pasaba le parecía interminable.
Eli se apretó las manos, incapaz de dejar de temblar.
—Por favor, dígame que está aquí.
La mujer levantó la mirada.
—Sí, señora. La paciente está siendo atendida. Permítame comprobar dónde se encuentra.
Eli soltó el aire que había estado conteniendo, aunque el alivio apenas duró un instante.
—¿Qué le pasó? ¿Está grave?
—No puedo darle información médica sin la autorización correspondiente, pero puedo indicarle dónde esperar.
Eli asintió rápidamente.
—Por supuesto. Solo quiero verla.
La recepcionista le indicó el sector al que debía dirigirse.
Eli avanzó por el pasillo casi corriendo, con lágrimas acumulándose en sus ojos. Al llegar a la zona de atención, vio a Sofía sentada en una silla, con los codos apoyados en las rodillas y las manos entrelazadas.
Sofía levantó la cabeza al escuchar sus pasos.
Sus miradas se encontraron.
—¡Sofía!
Eli corrió hacia ella.
—¿Dónde está Alexandra? ¿Qué le pasó? ¿Por qué nadie me llamó?
Sofía se puso de pie.
Durante un instante no supo qué decir.
Había prometido respetar el deseo de Alexandra de no contarle nada, pero al ver el miedo reflejado en el rostro de Eli comprendió que ya no podía seguir ocultándole lo ocurrido.
—Eli, respira. Alexandra está siendo atendida por los médicos.
—¡Pero ¿qué le pasó?! —preguntó Eli, aferrándose a sus brazos—. ¡Dime algo, por favor! He estado llamándola toda la mañana. Nadie me contesta. Llegué a la empresa y me dijeron que la trajeron de urgencia.
Su voz se quebró.
—Pensé que la había perdido.
Sofía la abrazó inmediatamente.
—No, Eli. No pienses eso. Está aquí y los médicos están con ella.
Eli se aferró a su amiga, llorando.
—Necesito verla. Por favor, necesito verla.
—Lo sé.
—¿Fue un accidente? ¿Se cayó? ¿Qué ocurrió?
Sofía cerró los ojos un instante.
—No fue un accidente.
Eli dejó de llorar por un segundo.
Se apartó lentamente para mirarla.
—¿Qué quieres decir?
Sofía tragó saliva.
—Roberto fue a verla a su despacho.
El rostro de Eli perdió el color.
—¿Roberto?
Sofía asintió.
—Discutieron. Él estaba muy alterado y…
No consiguió terminar la frase.
Eli la miró, sintiendo que una angustia terrible le apretaba el pecho.
—¿Qué hizo?
Sofía le sostuvo las manos.
—La golpeó, Eli. Le dio un puñetazo en el rostro. Le rompió la nariz y le lastimó el labio.
Eli retrocedió como si acabara de recibir un golpe ella misma.
—No…
La palabra salió apenas como un susurro.
—No puede ser.
Se llevó una mano a la boca, negando con la cabeza mientras las lágrimas volvían a caer.
—¿Roberto le hizo eso a Alexandra?
—Sí.
Eli sintió que las piernas le fallaban y tuvo que apoyarse en una silla.
La imagen de Alexandra herida apareció en su mente, aunque todavía no la había visto.
—Todo es por mi culpa…
—No, Eli.
—¡Si yo no hubiera empezado esta relación, él no habría ido a buscarla!
Sofía se arrodilló delante de ella.
—Escúchame. Tú no eres responsable de que Roberto haya decidido golpear a Alexandra. Él tomó esa decisión. No intentes cargar con algo que no hiciste.
Eli rompió a llorar.
—Pero ella está herida por mi culpa. Yo debería haber estado allí. Debería haberla llamado antes. Si hubiera sabido que él iba a ir…
—No podías saberlo.
—¡Es la mujer que amo, Sofía! ¡Nisiquiera sé cómo está!
Sofía la abrazó con fuerza.
—Los médicos la están atendiendo. Cuando puedas verla, estarás con ella.
Eli se aferró a ella, intentando recuperar el aliento.
—Necesito que esté bien. No después de todo lo que hemos pasado.
—No vas a enfrentarte a esto sola.
En ese momento, un médico apareció al final del pasillo.
Eli se puso de pie inmediatamente.
—¿Alexandra Woods? —preguntó el médico.
—Sí. Soy Eli Sinclair. ¿Cómo está? Por favor, dígame qué le pasó.
El médico observó su rostro preocupado antes de responder.
—La paciente está consciente. Ha sufrido una fractura nasal y una herida en el labio que estamos evaluando. También presenta inflamación y hematomas en el rostro. Necesitamos completar las pruebas para determinar el alcance de las lesiones.
Eli se llevó una mano al pecho.
—¿Una fractura nasal?
—Sí. Estamos controlando su estado y le proporcionaremos el tratamiento necesario.
—¿Puedo verla?
El médico asintió.
—En unos minutos. Está siendo atendida, pero podrá pasar cuando terminemos la evaluación inicial.
Eli cerró los ojos y lloró de alivio al saber que Alexandra estaba consciente.
No obstante, la angustia seguía allí.
—Gracias, doctor.
Cuando el médico se marchó, Eli se volvió hacia Sofía.
—¿Ella sabe que estoy aquí?
Sofía vaciló.
—Todavía no.
—¿Por qué no me llamaste? ¿Por qué no me dijo nada?
—Alexandra me pidió que no te contara lo ocurrido. No quería preocuparte.
Eli la miró con una mezcla de dolor y desconcierto.
—¿Incluso después de que Roberto la golpeara, seguía pensando en mí?
Sofía asintió.
Eli se cubrió el rostro con ambas manos.
Aquello le dolió más de lo que esperaba.
Alexandra había sufrido una agresión y, aun así, había intentado protegerla de la noticia. Mientras Eli había pasado la mañana esperando verla, Alexandra estaba en una ambulancia, herida y asustada, tratando de evitarle más sufrimiento.
—Mi amor… —susurró entre lágrimas.
Sofía la abrazó nuevamente.
—Ella te ama, Eli. Eso es lo único que quiero que recuerdes ahora.
Eli respiró profundamente, intentando calmarse por el bien del bebé.
No podía cambiar lo que había ocurrido. No podía borrar la discusión ni impedir que Roberto hubiera entrado en aquel despacho.
Pero sí podía estar junto a Alexandra a partir de ese momento.
—Cuando me dejen verla, no voy a separarme de ella —dijo con firmeza—. No me importa cuánto tiempo tenga que quedarme aquí.
—Lo sé.
Eli se secó las lágrimas.
—Y cuando despierte del todo, quiero que sepa que no tiene que protegerme de todo. No quiero que vuelva a ocultarme algo así por miedo a hacerme sufrir.
Sofía le apretó la mano.
—Díselo cuando estés con ella.
Eli volvió la mirada hacia la puerta por la que habían llevado a Alexandra.
Tenía miedo de lo que encontraría al verla. Miedo de descubrir cuánto había sufrido, de que el dolor fuera mayor de lo que el médico había explicado y de no poder contener las lágrimas delante de ella.
Pero nada de eso le importaba tanto como la necesidad de estar a su lado.
Porque Alexandra no era solamente la mujer de la que se había enamorado.
Era la persona con la que quería compartir su futuro, la madre de la criatura que llevaba en su vientre y el hogar que había comenzado a imaginar después de abandonar su matrimonio.
Y ahora, más que nunca, necesitaba que ambas pudieran seguir adelante.
Mientras esperaba a que los médicos le permitieran entrar, Eli se llevó una mano al vientre.
—Vamos a estar con ella, mi amor —susurró—. Vamos a acompañarla y a cuidarla. No voy a dejar que se sienta sola.
Sofía permaneció a su lado sin decir nada.
A pocos metros, detrás de una puerta, Alexandra recibía atención médica.
Y Eli, que había llegado al hospital sin saber qué había sucedido, acababa de descubrir que el hombre al que había dejado atrás había descargado su furia sobre la mujer que amaba.
Aquel día, las dos tendrían que enfrentarse a las consecuencias de lo ocurrido.
Pero cuando finalmente pudiera abrazar a Alexandra, Eli solo quería hacerle una promesa:
No permitiría que el miedo, la culpa ni el dolor destruyeran la familia que estaban empezando a construir juntas.