La heredera del imperio Woods Capítulo 29 — La furia de un hombre herido #2
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Capítulo 29 — La furia de un hombre herido #2

Todo sucedió en cuestión de segundos.

Roberto dio un paso brusco hacia ella y lanzó el puño con una violencia que Alexandra no alcanzó a anticipar.

El golpe le impactó directamente en el rostro.

El sonido seco del puñetazo llenó el despacho.

Alexandra perdió el equilibrio y retrocedió hasta chocar contra el borde del escritorio. Se llevó las manos a la cara, pero el dolor ya le atravesaba la nariz y el labio. Una punzada intensa le nubló la vista.

—¡Ah!

Su exclamación fue breve, ahogada por la sorpresa.

Durante unos instantes, ninguno de los dos se movió.

Alexandra respiraba con dificultad. La sangre comenzó a deslizarse desde su nariz y le manchó los dedos. El labio, partido por el impacto, empezó a sangrar también.

Roberto miró su mano.

Después miró a Alexandra.

Y entonces pareció comprender lo que acababa de hacer.

La rabia desapareció de su rostro, reemplazada por una expresión de horror.

—Dios mío…

Alexandra levantó lentamente la mirada. Tenía los ojos verdes llenos de lágrimas provocadas por el dolor, y su rostro comenzaba a hincharse.

Roberto retrocedió un paso.

—Yo… No…

Miró de nuevo a la mujer que tenía delante. Hasta aquel momento había estado discutiendo con la presidenta de Woods International, con la persona a quien culpaba de haber perdido a su esposa. Pero ahora veía a una mujer herida, sangrando frente a él, y comprendió la gravedad de lo que había hecho.

—Dios mío, Alexandra. Yo no quería…

Ella no respondió. Se limitó a presionar un pañuelo contra su nariz, intentando contener la sangre.

Roberto se llevó las manos a la cabeza.

—Lo siento. Lo siento muchísimo. No sé qué me pasó.

Alexandra lo miró con incredulidad.

—Me golpeó…

Su voz salió débil, casi irreconocible.

Roberto cerró los ojos con fuerza.

—Lo sé. Perdóneme. Por favor, perdóneme.

Pero no se acercó. Parecía tener miedo de empeorar todavía más la situación.

—Yo solo quería que entendiera lo que me hizo… —murmuró, antes de interrumpirse—. No. No tengo derecho a decir eso. No debí hacerlo.

Se volvió hacia la puerta, retrocediendo torpemente.

—Lo siento, Alexandra.

Abrió la puerta y salió a pasos acelerados, sin volver la mirada.

La puerta quedó entreabierta.

Alexandra permaneció apoyada contra el escritorio, con las manos temblorosas y la respiración entrecortada. Intentó enderezarse, pero el dolor en la nariz le hizo cerrar los ojos.

La sangre seguía cayendo.

No había tenido tiempo de asimilar la discusión, mucho menos el golpe.

Todo había ocurrido demasiado rápido.

En ese momento, la puerta volvió a abrirse.

—¿Alexandra? ¿Has terminado con…?

Sofía se detuvo en seco.

La carpeta que llevaba entre las manos cayó al suelo.

—¡Alexandra!

Cruzó el despacho a toda velocidad y llegó hasta su amiga, que apenas podía mantenerse erguida.

—Dios mío, ¿qué te pasó? ¡Estás sangrando!

Alexandra intentó hablar, pero el dolor le impidió responder con claridad.

Sofía le sostuvo el brazo y la ayudó a sentarse con cuidado en una silla.

—No te muevas. Mírame, Alexandra. ¿Puedes escucharme?

Alexandra asintió débilmente.

—Sí…

—Bien. Quédate conmigo.

Sofía sacó su teléfono con manos temblorosas y llamó inmediatamente a emergencias.

—Necesito una ambulancia en Woods International. Una mujer ha recibido un golpe fuerte en el rostro. Tiene una hemorragia nasal y una herida en el labio. Está consciente, pero necesita atención médica urgente.

Mientras daba la dirección y respondía las preguntas del operador, no apartó los ojos de Alexandra.

Cuando terminó la llamada, se arrodilló junto a ella.

—La ayuda viene en camino.

Alexandra mantenía el pañuelo contra su rostro. Tenía la piel pálida y los ojos húmedos.

—Sofía…

—Estoy aquí, amiga. No voy a dejarte sola.

—No… no le digas a Eli.

Sofía frunció el ceño, incapaz de creer que Alexandra estuviera pensando en eso en aquel momento.

—¿Qué?

—No quiero que se entere.

—Alexandra, estás herida. Tenemos que ocuparnos de ti.

—Lo sé. Pero, por favor… no le digas nada a Eli Sinclair.

Sofía la miró con angustia.

—¿Quién te hizo esto?

Alexandra apartó la mirada.

—Roberto.

La expresión de Sofía cambió por completo.

—¿Roberto estuvo aquí? ¿Él te golpeó?

Alexandra cerró los ojos y asintió.

Sofía apretó los labios, intentando contener la indignación.

—Maldito…

Se interrumpió al ver que Alexandra empezaba a temblar.

—Está bien. No tienes que hablar ahora. Pero necesito que me escuches: vas a recibir atención médica y voy a acompañarte.

Alexandra le sujetó la mano.

—Prométeme que no se lo contarás a Eli.

Sofía respiró hondo.

Conocía a Alexandra desde hacía suficiente tiempo para saber que aquella petición no nacía de la indiferencia. Alexandra estaba pensando en Eli, en su embarazo, en la culpa que seguramente sentiría si descubría que Roberto había atacado a la mujer que amaba.

—Ahora lo importante es que estés bien —respondió Sofía con suavidad—. No pienses en nada más.

Alexandra quiso insistir, pero el sonido de las sirenas se escuchó poco después a lo lejos.

Los paramédicos llegaron al despacho y comenzaron a atenderla. Examinaron la herida de la nariz, controlaron la hemorragia y le hicieron preguntas para comprobar su estado de conciencia.

—Necesitamos trasladarla al hospital para una evaluación más completa —informó uno de ellos.

—Voy con ella —dijo Sofía inmediatamente.

Alexandra se aferró a su mano.

—No me dejes sola.

—Nunca, amiga.

Mientras los paramédicos la preparaban para el traslado, Alexandra volvió a mirar hacia la puerta.

Su secretaria apareció en el umbral, pálida y visiblemente asustada por lo que estaba ocurriendo.

—Señora Woods…

Alexandra la llamó con un gesto.

La mujer se acercó.

—Necesito pedirte algo.

—Lo que necesite.

—No le cuentes nada de esto a Eli Sinclair. No quiero que se entere por nadie de lo ocurrido. Por favor.

La secretaria miró a Sofía, que permanecía junto a la camilla.

—Pero, señora Woods…

—Te lo pido por favor.

La secretaria asintió, aunque su expresión reflejaba una profunda preocupación.

—Está bien. No le diré nada.

Alexandra cerró los ojos.

No sabía cuánto tardaría en recuperarse ni qué encontraría cuando volviera a la empresa. En aquel momento, solo quería evitar que Eli recibiera otra noticia capaz de hacerla sufrir.

No quería que su embarazo se convirtiera en una fuente constante de miedo.

Y, sobre todo, no quería que Eli creyera que todo lo malo que estaba sucediendo era culpa suya.

La camilla salió del despacho acompañada por Sofía y los paramédicos.

En los pasillos, algunos empleados se detuvieron al verla pasar.

Los murmullos comenzaron casi de inmediato.

—¿Qué le ocurrió a la señora Woods?

—Dicen que llamaron a una ambulancia.

—Está herida. La están llevando al hospital.

Sofía escuchó los comentarios, pero no se detuvo a responder. Caminó junto a la camilla hasta el ascensor y acompañó a Alexandra durante todo el traslado.

Cuando llegaron a la ambulancia, le tomó la mano.

—Todo va a salir bien. Los médicos van a revisarte y yo estaré contigo.

Alexandra la miró con los ojos cansados.

—Gracias, Sofía.

—No me des las gracias. Eres mi amiga.

Las puertas de la ambulancia se cerraron.

Y Woods International continuó con una mañana que, para todos los que habían presenciado aquella escena, ya nunca volvería a ser una mañana cualquiera.

---

Eli Sinclair llevaba casi una hora esperando a Alexandra.

Había llegado temprano con la intención de verla antes de comenzar su jornada. Después de la conversación con Roberto, quería contarle personalmente lo que había sucedido y hablar sobre los pasos que daría para organizar su nueva vida.

También quería abrazarla.

Necesitaba sentir que, a pesar del miedo y de la incertidumbre, todavía podían construir algo juntas.

Se sentó en uno de los sillones de la zona privada cercana a los despachos ejecutivos y sacó el teléfono.

Le escribió un mensaje.

«Buenos días, cariño. Estoy aquí. Avísame cuando puedas recibirme. Necesito verte».

Esperó unos minutos.

No hubo respuesta.

Eli frunció el ceño y la llamó.

El teléfono sonó varias veces antes de que la llamada terminara sin ser atendida.

Pensó que Alexandra estaría ocupada con alguna reunión y decidió no insistir demasiado.

Sin embargo, el tiempo siguió pasando.

Volvió a llamarla.

Nada.

La inquietud comenzó a crecer en su pecho.

Alexandra siempre encontraba un momento para responderle, aunque fuera con un mensaje breve. Y después de lo ocurrido la noche anterior, Eli sabía que ella estaba preocupada por su estado emocional.

No podía entender por qué no contestaba.

Abrió la conversación con Sofía y le escribió.

«¿Has visto a Alexandra? Estoy aquí esperándola y no consigo comunicarme con ella».

Tampoco recibió respuesta.

Eli se levantó y comenzó a caminar por el pasillo, mirando de vez en cuando la pantalla del teléfono.

Intentó convencerse de que no ocurría nada grave. Tal vez Sofía estaba en una reunión. Tal vez Alexandra había salido a atender un asunto urgente. Tal vez ambas estaban ocupadas y simplemente no habían visto sus mensajes.

Pero ninguna de aquellas explicaciones conseguía tranquilizarla.

Se dirigió hacia la zona de las oficinas ejecutivas, con la intención de preguntarle a la secretaria de Alexandra si sabía cuándo regresaría.

No llegó a hacerlo.

Dos empleados pasaron cerca de ella, hablando en voz baja, sin advertir que Eli estaba a pocos pasos.

—Te digo que fue una ambulancia. Se llevaron a la señora Woods de urgencia.

Eli se quedó inmóvil.

—¿Qué? —preguntó el otro empleado—. ¿Qué le pasó?

—No lo sé. Dicen que estaba herida cuando entraron en su despacho. Sofía se fue con ella al hospital.

El teléfono resbaló ligeramente entre los dedos de Eli.

Durante unos segundos, las palabras no tuvieron sentido.

Una ambulancia.

Alexandra.

El hospital.

—Disculpen —dijo, acercándose a los dos empleados—. ¿Qué acaban de decir?

Ambos se volvieron hacia ella.

—Señora Sinclair…

—¿Qué le pasó a Alexandra? —preguntó, con la voz quebrada—. ¿Por qué la llevaron al hospital?

Los empleados intercambiaron una mirada.

—No lo sabemos con certeza. Solo escuchamos que había sufrido una lesión y que necesitaba atención urgente.