La heredera del imperio Woods Capítulo 29 — La furia de un hombre herido
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Capítulo 29 — La furia de un hombre herido

Eli Sinclair permaneció unos segundos frente a la puerta de su habitación de hotel, con una mano apoyada sobre el vientre y la otra sujetando las llaves con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos.

Aquella noche había cambiado su vida para siempre.

Después de que Roberto la echara de casa, Eli no había tenido otra opción que buscar una habitación de hotel donde pasar la noche. Había llegado con una pequeña maleta, los ojos enrojecidos por el llanto y una sensación de vacío que no conseguía aliviar.

Durante tres meses había mentido, había inventado reuniones de trabajo y había utilizado cualquier excusa para pasar unas horas más junto a Alexandra Woods.

Al principio se había dicho que aquello era solamente deseo, una aventura que podía controlar.

Sin embargo, ahora llevaba dentro de ella una nueva vida y había comprendido que sus sentimientos por Alexandra eran mucho más profundos de lo que se había atrevido a admitir.

Ya no podía seguir ocultándose detrás de las mentiras.

Respiró hondo, abrió la puerta de la habitación y entró.

Dejó la maleta junto a la cama y se sentó lentamente en el borde del colchón. El silencio del hotel le resultó insoportable. No había fotografías familiares, ni muebles que reconociera, ni ningún rincón que le recordara el hogar que acababa de perder.

Había abandonado su casa, su matrimonio y la vida que había compartido con Roberto durante años.

No se arrepentía de amar a Alexandra, pero eso no significaba que fuera incapaz de sentir culpa por la manera en que todo había terminado.

Se llevó una mano al vientre y respiró profundamente.

—Vamos a estar bien, mi amor —susurró, intentando convencerse tanto a sí misma como al bebé—. No sé cómo será nuestro futuro, pero voy a hacer todo lo posible para que tengas una familia llena de amor.

Tomó el teléfono y leyó nuevamente el mensaje que Alexandra le había enviado.

«Estoy aquí para ti, cariño. No tienes que contarme nada hasta que estés preparada. Solo quiero saber que estás bien, tú y nuestro bebé».

Eli abrazó el teléfono contra su pecho.

Por primera vez en mucho tiempo, lloró sin intentar contenerse.

A la mañana siguiente, después de pasar una noche prácticamente en vela, decidió ir a Woods International. Necesitaba ver a Alexandra, abrazarla y contarle que, aunque todavía estaba asustada, había tomado la decisión de comenzar una nueva vida junto a ella.

No imaginaba que, mientras caminaba hacia la empresa con la esperanza de encontrar consuelo en los brazos de la mujer que amaba, Alexandra estaría a punto de enfrentarse a una situación que cambiaría sus vidas de una manera inesperada.

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A la mañana siguiente, Alexandra Woods llegó a Woods International más temprano de lo habitual.

Vestía un traje oscuro, llevaba el cabello perfectamente arreglado y mantenía aquella expresión seria que hacía que sus empleados se enderezaran al verla pasar.

Pero por dentro estaba inquieta.

Eli le había enviado un mensaje temprano para decirle que había hablado con Roberto. No le había contado todos los detalles, aunque sí le había confirmado que había decidido separarse y que necesitaba unos días para organizar sus cosas.

Alexandra quería estar a su lado, protegerla de cualquier reproche y recordarle que no estaba sola. Sin embargo, también sabía que Eli necesitaba afrontar las consecuencias de sus propias decisiones.

A las nueve y veinte, Sofía entró en su despacho con una carpeta.

—Tienes una reunión dentro de media hora y los documentos de la inversión de Alicia están preparados.

—Déjalos sobre la mesa.

Sofía observó su rostro.

—¿Has hablado con Eli?

Alexandra levantó la mirada.

—Anoche. Le contó todo a Roberto.

—¿Y cómo está?

—No lo sé exactamente. Me dijo que necesitaba descansar, pero conozco su voz. Está sufriendo.

Sofía dejó la carpeta y se acercó al escritorio.

—No puedes resolverlo todo por ella, Alexandra.

—No quiero resolverlo todo. Solo quiero que sepa que puede contar conmigo.

—Entonces sigue haciendo eso. No dejes que el miedo a perderla te convierta en alguien que intenta controlar cada cosa que sucede.

Alexandra esbozó una sonrisa tenue.

—¿Desde cuándo te has convertido en mi consejera sentimental?

—Desde que empezaste a comportarte como una mujer enamorada y dejaste de admitirlo delante de mí.

Alexandra soltó una pequeña risa.

—Fuera de mi despacho, Sofía.

—Con mucho gusto, señora enamorada.

Sofía salió antes de que Alexandra pudiera lanzarle otra respuesta.

Por unos minutos, el despacho recuperó la tranquilidad. Alexandra revisó unos documentos, respondió varios correos y trató de concentrarse en el trabajo.

Hasta que la puerta se abrió bruscamente.

Su secretaria apareció detrás de un hombre que avanzaba con el rostro encendido de rabia.

—Señora Woods, intenté detenerlo, pero…

—Está bien —interrumpió Alexandra, levantando una mano—. Déjenos solos.

La secretaria vaciló.

—¿Está segura?

—Sí. Por favor, cierre la puerta al salir.

La mujer obedeció, aunque lanzó una última mirada preocupada hacia el visitante.

Alexandra reconoció inmediatamente a Roberto.

Había visto fotografías de él y conocía su nombre, pero nunca habían tenido una conversación cara a cara.

Roberto cerró la puerta con fuerza.

—Así que usted es Alexandra Woods.

Alexandra se puso de pie.

—Y usted es Roberto. Supongo que sabe que no puede entrar en mi oficina de esta manera.

—¿De esta manera? —repitió él, soltando una risa amarga—. ¿De verdad eso es lo que le preocupa?

—Si ha venido a hablar, podemos hacerlo. Pero le pido que se tranquilice.

—¿Que me tranquilice? ¿Cómo quiere que me tranquilice después de enterarme de que mi esposa lleva tres meses engañándome con usted?

Alexandra apretó ligeramente la mandíbula.

—No voy a fingir que lo ocurrido no le ha hecho daño.

—¡No tiene ni idea de lo que me ha hecho!

—Tiene razón. No puedo sentir exactamente lo que usted está sintiendo. Pero tampoco voy a insultarlo ni a discutir con usted.

Aquella respuesta pareció enfurecerlo todavía más.

—Qué conveniente. La gran Alexandra Woods, siempre tan controlada, siempre con la respuesta perfecta. ¿También le enseñó a Eli a mentirme con tanta tranquilidad?

—Eli tomó sus propias decisiones. No voy a hablar por ella ni a negar mi responsabilidad en esta situación.

Roberto soltó una carcajada sin humor.

—¡Su responsabilidad! ¿Así lo llama? ¿Arruinar un matrimonio es simplemente asumir responsabilidades?

—No he dicho eso.

—¡Pues debería! Usted sabía que estaba casada. Sabía que tenía una vida conmigo y aun así decidió meterse en medio de nuestra relación.

Alexandra sostuvo su mirada.

—¡No se atreva a hablar de mi matrimonio como si supiera algo de él!

—Entonces no pretenda que yo conozca todos los problemas que existían entre ustedes. Lo único que sé es que Eli ha tomado una decisión y que no voy a obligarla a regresar a una relación que ya no quiere.

Roberto avanzó hasta quedar frente al escritorio.

—¿Y qué pasa con lo que yo quiero? ¿Eso no cuenta para nada?

—Sus sentimientos cuentan. Su dolor también. Pero no puede exigir que otra persona permanezca a su lado solamente porque usted no está preparado para dejarla ir.

—¡Usted me la quitó!

—Eli no es una propiedad que yo pudiera quitarle.

—¡Era mi esposa! ¡Mi familia!

—Y entiendo que esté sufriendo —respondió Alexandra, con mayor firmeza—. Pero no voy a renunciar a ella para que usted pueda fingir que nada ha cambiado.

Roberto la miró con los ojos encendidos.

—¿Y el bebé? ¿También piensa quedarse con eso? ¿Va a criar al hijo que tuvo con mi esposa mientras yo me quedo solo?

Alexandra sintió que algo se endurecía en su interior.

—Ese bebé es nuestro. De Eli y mío. Lo esperamos con amor y vamos a asumir nuestra responsabilidad.

—¡No lo diga como si fuera algo maravilloso! ¡Mi esposa está embarazada de usted!

—Lo sé.

—¡No! ¡No lo sabe! Usted no sabe lo que es descubrir que la mujer con la que ha compartido años de su vida está esperando un hijo de otra persona.

No sabe lo que se siente al comprender que mientras usted seguía intentando salvar lo que quedaba de su matrimonio, ella ya estaba construyendo una familia con alguien más.

Por primera vez, Alexandra guardó silencio.

Podía percibir el dolor detrás de sus palabras, pero también la rabia que amenazaba con desbordarse.

—No voy a decirle que tiene que aceptar lo ocurrido —respondió finalmente—. Tiene derecho a estar dolido. Pero no puede convertir ese dolor en una excusa para decidir por Eli ni por mí.

Roberto apretó los puños.

—Usted habla de amor como si fuera una santa. ¿Sabe qué pienso? Que se aprovechó de una mujer vulnerable, que la convenció de abandonar su matrimonio y que ahora pretende quedarse con ella y con el bebé.

Alexandra se levantó por completo.

—¡Basta!

La voz de Alexandra resonó en el despacho.

Roberto se quedó inmóvil durante un segundo.

—No vuelva a hablar de Eli como si no tuviera capacidad para decidir por sí misma —continuó ella—. Puede culparme de muchas cosas, pero no voy a permitir que la trate como una mujer incapaz de saber lo que quiere.

—¡Usted me está diciendo que todo esto es culpa mía!

—No. Le estoy diciendo que no tiene derecho a descargar su rabia sobre nosotras.

—¡Usted arruinó mi vida!

—Yo me enamoré de Eli, y ella se enamoró de mí. No voy a mentirle diciéndole que renunciaré a ella. Pero tampoco voy a negar que nuestras decisiones le han causado dolor.

Roberto respiraba cada vez más deprisa.

—¿Y todavía tiene el descaro de decirme que la ama?

—Sí. La amo.

—¿Y piensa quedarse con ella?

—Quiero compartir mi vida con Eli. Quiero acompañarla durante el embarazo, cuidarla y criar a nuestro bebé junto a ella. Pero será Eli quien decida cómo quiere construir su futuro.

La respuesta pareció quebrar lo poco que quedaba del autocontrol de Roberto.

—¡Cállese de una vez!

Alexandra lo observó con seriedad.

—Esta conversación terminó. Le pido que salga de mi despacho.

Roberto no se movió.

—¿Me está echando?

—Sí.

—¡Después de destruir mi matrimonio, todavía se atreve a echarme!

—¡Maldita sea, Woods!