La heredera del imperio Woods Capítulo 28 — La noticia que lo cambiaría todo
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Capítulo 28 — La noticia que lo cambiaría todo

Alexandra Woods nunca había sentido que el tiempo avanzara tan despacio.

Sentada en el sofá de su despacho, mantenía una mano entrelazada con la de Eli Sinclair, mientras la mujer que amaba permanecía en silencio, con la mirada perdida y los ojos azules todavía húmedos por las lágrimas.

La prueba de embarazo estaba guardada en el bolso de Eli, pero las dos sabían que aquel pequeño objeto había cambiado sus vidas para siempre.

Ya no podían fingir que su relación solo se trataba de encuentros secretos, besos robados y noches compartidas.

Ahora había algo más. Una pequeña vida que comenzaba a crecer dentro de Eli, un bebé que las uniría de una manera que ninguna de las dos había imaginado.

—Vamos a ir al médico ahora mismo —decidió Alexandra.

Eli giró la cabeza hacia ella.

—Tengo reuniones esta tarde.

—Las cancelaré.

—Alexandra, no puedes cancelar todo por mí.

—Puedo hacerlo y lo haré.

—No quiero que abandones tus responsabilidades por algo que ni siquiera sabemos si es real.

Alexandra se inclinó hacia ella y le tomó el rostro entre las manos.

—Escúchame bien, Eli. Si estás embarazada, esto también me concierne. Y si no lo estás, igualmente quiero saber por qué te encuentras así. No voy a sentarme detrás de un escritorio fingiendo que puedo concentrarme mientras tú estás asustada.

Eli la miró con una mezcla de ternura y preocupación.

—¿Desde cuándo te has vuelto tan protectora?

—Desde que una mujer de ojos azules apareció en mi vida y consiguió que perdiera el control de absolutamente todo.

A Eli se le escapó una pequeña sonrisa.

—Eso suena como una confesión, señora Woods.

—No te acostumbres. Tengo una reputación que mantener.

Alexandra le besó la frente y se puso de pie.

—Vamos. Te llevaré personalmente.

Eli aceptó su mano.

Por primera vez en toda la mañana, sintió que podía respirar un poco mejor.

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Durante el trayecto al centro médico, Eli apenas habló.

Alexandra conducía con una mano en el volante y la otra descansando sobre la mano de su acompañante. De vez en cuando, la miraba de reojo, preocupada por el silencio que se había instalado entre ellas.

—¿En qué estás pensando? —preguntó finalmente.

Eli contempló la ciudad a través de la ventanilla.

—En todo lo que va a cambiar.

Alexandra apretó suavemente sus dedos.

—Lo afrontaremos juntas.

Eli volvió el rostro hacia ella.

—Durante años creí que nunca sería madre. Cuando Roberto y yo nos hicimos los estudios, los médicos confirmaron que él era infértil. Con el tiempo, dejé de hacerme ilusiones y acepté que quizá la maternidad no formaría parte de mi vida.

Hizo una pausa y se llevó una mano al vientre.

—Y ahora, después de estos tres meses contigo, voy a tener un bebé.

Alexandra sintió una emoción profunda al escucharla.

No había ninguna duda entre ellas. Eli solo había compartido aquella intimidad con Alexandra durante los últimos tres meses. Ambas sabían que aquel bebé era fruto de su relación.

—Vas a ser una mamá maravillosa —dijo Alexandra.

Los ojos de Eli se llenaron de lágrimas.

—¿Y tú?

Alexandra la miró de reojo, con una pequeña sonrisa.

—Yo voy a ser la madre que le enseñe a nuestra hija a defenderse de todo el mundo.

Eli soltó una carcajada entre lágrimas.

—¿Ya decidiste que será una niña?

—Todavía no. Pero si se parece a ti, tendrá esos ojos azules capaces de conseguir cualquier cosa de mí. Y si se parece a mí, probablemente consiga que toda la empresa le tenga miedo antes de aprender a caminar.

—Pobre criatura.

—Pobre de quien se atreva a hacerla llorar.

Eli rió nuevamente y apoyó la cabeza contra el asiento.

Por unos instantes, el miedo cedió espacio a una felicidad que llevaba años sin permitirse imaginar.

Alexandra le besó los nudillos antes de volver a concentrarse en la carretera.

—Vamos a asegurarnos de que todo esté bien, cariño.

Eli asintió.

—Gracias por estar conmigo.

—No quiero estar en ningún otro lugar.

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La consulta médica duró más de lo que Eli había imaginado.

Después de escuchar sus síntomas y conocer el resultado de la prueba casera, la doctora solicitó una prueba de sangre para confirmar el embarazo. También le hizo algunas preguntas sobre sus ciclos menstruales y sus antecedentes médicos.

Alexandra permaneció a su lado durante todo el proceso.

Cuando finalmente regresaron al consultorio para conocer el resultado, Eli tenía las manos heladas.

—Doctora, por favor, dígame la verdad —pidió—. Necesito saberlo.

La médica revisó el informe y después levantó la mirada.

—La prueba de sangre ha dado positiva. Está embarazada.

El mundo pareció detenerse.

Eli se quedó inmóvil, mirando a la doctora sin pronunciar una sola palabra.

Alexandra sintió que el corazón le golpeaba con tanta fuerza que por un instante olvidó cómo respirar.

—¿El embarazo está confirmado? —preguntó Eli, con la voz quebrada.

—Sí. El resultado confirma el embarazo. Ahora necesitamos realizar los controles correspondientes para estimar las semanas de gestación y comprobar que todo evolucione adecuadamente.

Eli se llevó ambas manos a la boca.

Las lágrimas aparecieron antes de que pudiera contenerlas.

Estaba embarazada.

Después de años creyendo que nunca sería madre, después de haber aceptado que aquella posibilidad no formaría parte de su vida, estaba esperando un bebé.

Alexandra la miró, incapaz de apartar los ojos de su rostro.

—Eli…

Eli se volvió hacia ella.

—Voy a tener un bebé —susurró.

Alexandra asintió lentamente, con los ojos brillantes.

—Vamos a tener un bebé, cariño.

—Voy a ser mamá.

—Y yo también.

Aquellas palabras terminaron de romper la barrera que Eli había intentado mantener.

Lloró mientras Alexandra la abrazaba, escondiendo el rostro contra su cuello.

La doctora les concedió unos minutos antes de explicarles los siguientes pasos y recomendarles los cuidados iniciales.

Alexandra acarició la espalda de Eli sin dejar de sostenerla.

Por primera vez en su vida, no estaba pensando en cuánto costaría una decisión ni en cómo afectaría a su empresa.

Estaba pensando en una pequeña vida que algún día podría correr por su casa, en una sonrisa que quizá se pareciera a la de Eli y en la posibilidad de construir una familia con la mujer que amaba.

—Vamos a tener que prepararnos para muchas cosas —murmuró Alexandra cuando salieron del consultorio.

Eli la miró.

—¿Estás asustada?

Alexandra soltó una pequeña risa.

—Muchísimo.

—No pareces asustada.

—Soy la presidenta de Woods International. Puedo negociar con empresarios que creen que pueden comprar el mundo entero. Pero ahora mismo estoy intentando asimilar que voy a tener un bebé contigo y que probablemente terminaré haciendo todo lo que esa criatura quiera.

Eli sonrió emocionada.

—Ya te tiene dominada y ni siquiera ha nacido.

—Tiene buenos genes.

Eli le dio un pequeño golpe en el brazo.

—¡Alexandra!

La empresaria rio y la atrajo hacia sí para besarla.

Fue un beso lleno de ternura, de ilusión y de promesas que todavía no necesitaban expresarse en voz alta.

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A solas en el pasillo, Eli se sentó junto a Alexandra.

Durante unos minutos permanecieron tomadas de la mano, asimilando la noticia.

—Hay algo que me preocupa —confesó Eli.

Alexandra se volvió hacia ella.

—¿Qué sucede?

Eli bajó la mirada.

—Roberto todavía no sabe nada. Y sigo viviendo con él. No puedo regresar a casa y fingir que mi vida continúa igual.

La expresión de Alexandra se volvió seria.

No necesitaba escuchar aquel nombre para recordar la realidad que las esperaba.

Eli seguía casada y, aunque su matrimonio llevaba mucho tiempo deteriorándose, todavía compartía una casa con su marido.

—¿Qué quieres hacer? —preguntó Alexandra.

—Hablar con él. Decirle que nuestro matrimonio terminó hace tiempo y que no puedo seguir viviendo una mentira.

Alexandra sintió una punzada de celos que intentó controlar.

No quería imaginar a Eli regresando a aquella casa, compartiendo espacio con el hombre que todavía tenía el título de su marido.

Pero tampoco quería presionarla.

—Quiero que tomes esa decisión porque es lo que deseas, no porque sientas que tienes que hacerlo por mí o por el bebé —respondió—. No voy a obligarte a nada.

Eli le acarició la mejilla.

—No necesito que me lo exijas. Hace tiempo que sé que mi matrimonio está terminado en lo que realmente importa. Me enamoré de ti, Alexandra. Y ahora vamos a tener una familia.

Alexandra cubrió la mano de Eli con la suya.

—Entonces quiero que construyamos esa familia sobre la verdad. No quiero que nuestro hijo crezca en medio de mentiras ni que tú tengas que seguir escondiéndote para estar conmigo.

Eli asintió emocionada.

—Yo tampoco.

—Cuando estés preparada, hablaremos de nuestra casa, de cómo vamos a organizarnos y de todo lo que necesitemos para recibir a nuestro bebé.

—¿Nuestra casa?

Alexandra sonrió.

—Por supuesto. No pensarás que voy a dejar que críes a nuestro hijo lejos de mí.

Eli soltó una carcajada y se lanzó a sus brazos.

—Eres imposible.

—Y tú estás enamorada de mí.

—Desgraciadamente.

Alexandra fingió indignación.

—¿Desgraciadamente?

Eli la besó antes de que pudiera continuar.

—Profundamente, señora Woods.

La empresaria sonrió contra sus labios.

—Eso está mejor.

Por unos instantes, ambas se permitieron soñar con una vida sin secretos, con mañanas compartidas y con un bebé que llenaría de alegría la casa.

Pero el teléfono de Eli interrumpió aquel momento.

La pantalla mostró el nombre de Roberto.

Las dos miraron el dispositivo.

La sonrisa de Eli desapareció lentamente.

Alexandra retiró la mano de su cintura, concediéndole espacio para decidir qué hacer.

El teléfono continuó vibrando.

Eli sabía que no podía ignorarlo para siempre. Tarde o temprano tendría que regresar a casa, mirarlo a los ojos y afrontar la verdad.

Contestó.

—Hola, Roberto.

—¿Dónde estás? —preguntó él.

Eli miró a Alexandra antes de responder.

—En la empresa.

—Necesito que vengas a casa esta noche. Tenemos que hablar.

El corazón de Eli dio un vuelco.

—¿Sobre qué?

Hubo un silencio al otro lado de la línea.

—Sobre nosotros, Eli. Sobre tu comportamiento durante los últimos meses y sobre esa persona con la que estás pasando tanto tiempo.

Eli sintió que la sangre se le helaba.

Roberto había dejado de callar.

—No quiero discutir por teléfono —continuó él—. Ven a casa y hablemos cara a cara.

La llamada terminó.

Eli permaneció inmóvil, con el teléfono entre los dedos.

Alexandra se acercó.

—¿Qué pasó?

Eli levantó la mirada, preocupada.

—Roberto quiere hablar conmigo. Sabe que hay alguien más.

Alexandra apretó la mandíbula, pero no dijo nada.

Eli tomó su mano y la colocó sobre su vientre.

—Alexandra, tengo que hablar con él. No quiero seguir ocultando nuestra relación y tampoco quiero esconder a nuestro bebé.

Alexandra la miró con ternura.

—Lo haremos a tu manera, cariño. Pero no vas a enfrentarte a todo esto sola.

Eli apoyó la frente contra la de ella.

—Te amo.

—Yo también te amo.

Alexandra la besó y después la estrechó entre sus brazos, protegiéndola como si quisiera mantener alejadas todas las preocupaciones que aguardaban fuera de aquel despacho.

Sin embargo, ambas sabían que aquella felicidad tendría que enfrentarse a una realidad difícil.

Eli seguía casada con Roberto y esa misma noche tendría que regresar a la casa que compartían para mantener una conversación que llevaba demasiado tiempo posponiendo.

Roberto sospechaba que había alguien más en la vida de su esposa. Había notado sus ausencias, sus excusas relacionadas con el trabajo y las sonrisas que aparecían cada vez que recibía un mensaje.

Hasta entonces había preferido guardar silencio.

Pero aquella noche estaba decidido a conocer la verdad.

Y Eli tendría que encontrar el valor para decirle que su matrimonio había llegado a su fin, que se había enamorado de otra persona y que estaba esperando un bebé con la mujer que amaba.

Un bebé que Alexandra y ella recibirían juntas, aunque el camino para construir su familia apenas estuviera comenzando.