La heredera del imperio Woods Capítulo 27 — El secreto que cambiaría nuestras vidas
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Capítulo 27 — El secreto que cambiaría nuestras vidas

Habían pasado tres meses desde que Eli Sinclair y Alexandra Woods habían comenzado aquella relación que ninguna de las dos había planeado, pero de la que ninguna parecía capaz de escapar.

Tres meses de encuentros a escondidas, de miradas cargadas de deseo en los pasillos de Woods International y de excusas que Eli inventaba para su marido con tal de pasar unas horas más junto a la mujer que, sin darse cuenta, se había convertido en su mundo.

—Roberto, hoy tengo una reunión que probablemente se extienda hasta tarde —le había dicho la noche anterior, mientras guardaba su teléfono en el bolso.

Su marido apenas había levantado la mirada de los documentos que tenía delante.

—Está bien. No me esperes despierto.

Eli se quedó observándolo unos segundos. Aquel hombre había sido su compañero durante años, pero últimamente parecían dos desconocidos compartiendo la misma casa.

Roberto sospechaba que había alguien más en la vida de su esposa. No era ingenuo. Había notado sus ausencias, las sonrisas que aparecían cuando recibía mensajes y aquella manera diferente de arreglarse antes de salir.

Sin embargo, nunca la interrogaba demasiado.

Quizá porque él también había dejado de luchar por aquel matrimonio.

Quizá porque, en el fondo, prefería no conocer una verdad que pudiera obligarlo a tomar decisiones.

Eli, por su parte, había dejado de sentirse culpable cada vez que pensaba en Alexandra. Sabía que estaba haciendo algo que cambiaría su vida para siempre, pero ya no podía fingir que sus sentimientos eran pasajeros.

Alexandra la hacía sentirse deseada, importante y viva de una manera que llevaba años sin experimentar.

Y aunque todavía no se atrevía a imaginar un futuro junto a ella, cada día le resultaba más difícil pensar en uno que no la incluyera.

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Aquella mañana, Eli despertó antes de que sonara la alarma.

Se incorporó lentamente en la cama, llevándose una mano al estómago. Una sensación desagradable le revolvía el cuerpo y, cuando intentó ponerse de pie, un mareo la obligó a sentarse de nuevo.

Cerró los ojos y respiró profundamente.

—¿Qué me pasa? —murmuró.

No era la primera vez que se sentía mal durante los últimos días. Había experimentado cansancio, pequeños mareos y una sensibilidad extraña a ciertos olores. La noche anterior, incluso, había tenido que apartar un plato de comida porque su aroma le provocaba náuseas.

Al principio había pensado que se trataba del estrés.

Sin embargo, mientras caminaba hacia el baño, una posibilidad cruzó su mente.

Una posibilidad que le hizo detenerse en seco.

Su menstruación llevaba varias semanas de retraso.

Eli se quedó mirando su reflejo en el espejo. Su rostro había perdido el color y sus ojos azules reflejaban una inquietud que no podía disimular.

—No… No puede ser.

Se llevó una mano al vientre.

Durante años había aprendido a no esperar demasiado cuando se hablaba de tener hijos. Roberto no podía tenerlos. Se lo habían explicado tiempo atrás, después de realizarse los estudios médicos que confirmaron su infertilidad.

Por esa razón, durante todo su matrimonio, Eli nunca había quedado embarazada. Con el paso del tiempo, había terminado aceptando que la maternidad quizá no sería parte de su historia.

Nunca había imaginado que un día podría encontrarse frente a aquella posibilidad.

Y mucho menos en aquellas circunstancias.

Su corazón comenzó a latir con fuerza.

—Dios mío…

Pensó en Alexandra.

En las noches que habían compartido. En los besos que habían dejado de ser simples momentos de pasión para convertirse en algo mucho más profundo.

En la manera en que Alexandra la abrazaba después, como si por unos instantes no existiera nada más importante en el mundo, desde la primera vez con Alexandra nuestra habían usado protecció, Alexandra le había asegurado que siempre las usaba en sus relaciones pasajeras qué en ningún momento no lo usaba por que no quería tener problemas luego con alguna mujer

Si realmente estaba embarazada, aquella noticia podía cambiarlo todo.

Y, por primera vez, Eli no sabía si debía sentirse aterrada o esperanzada.

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Después de vestirse, Eli salió de casa con una excusa para Roberto. Le dijo que tenía una mañana complicada en la empresa y que no sabía a qué hora regresaría.

Él asintió sin hacer preguntas.

Pero cuando la puerta se cerró, Roberto permaneció inmóvil, mirando el lugar por donde su esposa acababa de marcharse.

Hacía tiempo que sentía que la estaba perdiendo.

Y aunque sospechaba que otro hombre —o quizá alguien a quien él todavía no conocía— ocupaba un lugar importante en su vida, decidió guardar silencio una vez más.

Mientras tanto, Eli entró en una farmacia antes de dirigirse a Woods International.

Compró una prueba de embarazo y la guardó en el bolso como si llevara consigo una bomba a punto de estallar.

Durante todo el trayecto hacia la empresa intentó convencerse de que seguramente estaba exagerando.

Tal vez las náuseas se debían al estrés. Tal vez el retraso tenía otra explicación.

Tal vez aquella prueba sería negativa y podría continuar con su vida sin tener que enfrentarse a una decisión para la que no estaba preparada.

Pero, en el fondo, necesitaba saberlo.

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Cuando llegó a Woods International, Alexandra ya estaba en su despacho.

Llevaba un traje negro impecable, el cabello perfectamente arreglado y aquella expresión segura que parecía mantener al resto del mundo a una distancia prudente.

Sin embargo, al ver entrar a Eli, su rostro cambió.

—Buenos días, preciosa.

Eli cerró la puerta y trató de sonreír.

—Buenos días.

Alexandra se levantó de su silla y se acercó a ella.

—¿Qué ocurre?

—Nada.

—Eli, te conozco. —Alexandra inclinó ligeramente la cabeza, estudiándola—. Tienes mala cara.

—No he dormido bien.

Alexandra le acarició la mejilla con delicadeza.

—¿Te encuentras mal?

Eli sintió que aquella simple muestra de ternura estaba a punto de hacerla llorar.

Había pasado meses deseando que Alexandra la mirara de aquella manera. Ahora, cuando por fin la tenía cerca, una noticia inesperada amenazaba con cambiar sus vidas.

—Solo necesito descansar un poco —respondió, bajando la mirada.

Alexandra no pareció convencida.

—Si sigues sintiéndote así, te llevaré a un médico. No voy a permitir que te descuides.

Eli levantó los ojos hacia ella.

—¿Desde cuándo eres tan mandona conmigo?

Alexandra sonrió de medio lado.

—Desde que descubrí que eres la única mujer capaz de hacerme perder la concentración en mi propia empresa.

Eli soltó una pequeña risa, y Alexandra aprovechó para rodearle la cintura y acercarla a su cuerpo.

—Ven aquí.

La besó suavemente.

Por un instante, Eli olvidó sus temores. Se aferró a la chaqueta de Alexandra y correspondió a aquel beso con una necesidad que iba mucho más allá del deseo.

Cuando se separaron, Alexandra apoyó la frente contra la suya.

—Te extrañé anoche.

—Yo también.

Y era verdad.

Pero había algo que Eli no podía seguir ocultando.

Se apartó despacio.

—Tengo que hacer una cosa. Vuelvo enseguida.

Alexandra frunció el ceño.

—¿Quieres que vaya contigo?

—No. Por favor, necesito un momento a solas.

Alexandra la observó, preocupada, pero finalmente asintió.

—Está bien. Estoy aquí si me necesitas.

Eli salió del despacho con el corazón encogido.

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Encerrada en el baño privado de su oficina, sacó la prueba del bolso.

Sus manos temblaban tanto que tuvo que apoyarlas en el lavabo para recuperar el control.

Siguió las instrucciones y después dejó la prueba sobre una superficie seca.

Los minutos siguientes fueron interminables.

Caminó de un lado a otro, se llevó las manos al cabello y trató de respirar con normalidad. Su mente no dejaba de regresar a la misma pregunta.

¿Y si era positivo?

¿Y si, después de tantos años creyendo que nunca sería madre, la vida le estaba ofreciendo una posibilidad que jamás había contemplado?

Cuando finalmente se atrevió a mirar, se quedó inmóvil.

Dos líneas.

Eli parpadeó varias veces, como si al hacerlo pudiera cambiar el resultado.

Pero las dos líneas seguían allí.

Positivo.

Se cubrió la boca con una mano.

—No… —susurró, con los ojos llenos de lágrimas—. No puede ser verdad.

Se sentó lentamente, incapaz de apartar la mirada de la prueba.

Roberto no podía tener hijos. Esa había sido la razón por la que nunca había quedado embarazada durante su matrimonio. Durante años había aceptado aquella realidad sin imaginar que algún día tendría que enfrentarse a una noticia semejante.

Y ahora, después de tres meses junto a Alexandra, existía la posibilidad de que estuviera esperando un bebé.

Un bebé que podía ser de la mujer de la que se había enamorado.

La idea la hizo llorar.

No sabía si de miedo, de emoción o de ambas cosas al mismo tiempo.

Se llevó las manos al vientre, todavía plano, y dejó escapar una respiración temblorosa.

—¿De verdad hay alguien ahí?

La pregunta se perdió en el silencio.

Aquel resultado era un indicio poderoso, pero necesitaba acudir a un médico para confirmar el embarazo y comprobar que todo estuviera bien.

Y, aun así, ninguna consulta podría prepararla para la conversación que tendría que mantener con Alexandra.

¿Cómo se lo diría?

¿Y qué ocurriría cuando Alexandra supiera que quizá iban a tener un hijo juntas?

Eli conocía su carácter. Alexandra podía enfrentarse a una junta de accionistas sin pestañear, cerrar negociaciones millonarias y mantener bajo control a toda una empresa.

Pero esto era diferente.

Era su vida.

Era la posibilidad de convertirse en madre.

Y era un futuro que jamás habían planeado.

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Un golpe suave en la puerta la hizo sobresaltarse.

—¿Eli? —llamó Alexandra desde el otro lado—. ¿Estás bien? Llevas bastante tiempo ahí dentro.

Eli se secó rápidamente las lágrimas.

—Sí. Dame un minuto.

Miró de nuevo la prueba y después su reflejo en el espejo.

Tenía que hablar con Alexandra. No podía esconderle algo tan importante.

Guardó la prueba en su bolso, respiró profundamente y abrió la puerta.

Alexandra estaba esperándola, con los brazos cruzados y una expresión de preocupación que desapareció apenas la vio.

—Cariño, estás llorando.

Eli intentó responder, pero la voz se le quebró.

Alexandra se acercó inmediatamente y le tomó el rostro entre las manos.

—¿Qué ha pasado? ¿Alguien te ha hecho algo?

—No.

—Entonces, mírame y dime qué sucede.

Eli levantó sus ojos azules hacia ella. Quería contárselo, pero el miedo le cerraba la garganta.

—Alexandra… tengo que decirte algo.

La expresión de Alexandra se volvió seria.

—Te escucho.

Eli apretó los labios y, por primera vez desde que habían comenzado su relación, sintió que no existía ninguna excusa capaz de protegerla de lo que estaba a punto de suceder.

—Creo que estoy embarazada.

Alexandra se quedó completamente inmóvil.

Por un instante, pareció no comprender las palabras.

—¿Qué?

Eli comenzó a llorar otra vez.

—Me hice una prueba. Salió positiva.

Alexandra bajó lentamente las manos, mirando a Eli como si el mundo acabara de detenerse a su alrededor.

—¿Estás segura?

—No. Todavía tengo que ir al médico para confirmarlo, pero… —Eli se llevó una mano al vientre—. Llevo semanas sintiéndome mal y mi menstruación está retrasada.

Alexandra no respondió inmediatamente.

Su mirada descendió hacia el vientre de Eli y después regresó a su rostro.

—¿Un bebé? —murmuró.

Eli asintió, con lágrimas deslizándose por sus mejillas.

—Hay algo más que tienes que saber. Roberto no puede tener hijos. Por eso nunca quedé embarazada durante mi matrimonio. Siempre creí que no podría ser madre.

Alexandra sintió que aquellas palabras le atravesaban el pecho.

No sabía qué decir. La mujer que amaba estaba posiblemente embarazada, y aquella noticia abría ante ellas un futuro que ninguna había imaginado.

Finalmente, Alexandra tomó las manos de Eli.

—Primero vamos a confirmar qué está pasando —dijo, intentando mantener firme la voz—. Te acompañaré al médico. No tienes que afrontar esto sola.

Eli la miró, buscando en sus ojos alguna señal de rechazo.

—¿No estás enfadada conmigo?

Alexandra frunció el ceño.

—¿Enfadada? ¿Por qué iba a estarlo?

—Porque esto puede cambiarlo todo. Porque sigo casada. Porque no sabemos qué va a pasar con nosotras…

Alexandra guardó silencio unos segundos.

Después la atrajo hacia sus brazos.

—No voy a fingir que tengo todas las respuestas, Eli. Pero no voy a dejarte sola mientras las encontramos.

Eli escondió el rostro contra su pecho y rompió a llorar.

Alexandra la abrazó con fuerza, acariciándole el cabello mientras intentaba asimilar aquella noticia.

Por primera vez, no pensó en la empresa, en las reuniones ni en las consecuencias públicas de su relación.

Solo pensó en Eli.

Y en aquella pequeña posibilidad que, de ser cierta, cambiaría sus vidas para siempre.

Sin embargo, mientras la sostenía entre sus brazos, ninguna de las dos imaginaba que la noticia más difícil todavía estaba por llegar.

Porque Eli seguía casada con Roberto.

Y cuando él descubriera que su esposa podía estar esperando un hijo, todas las sospechas que había guardado en silencio comenzarían a convertirse en preguntas imposibles de ignorar.