Capítulo 26 — Al borde del deseo
Eli apenas tuvo tiempo de cerrar la puerta del despacho cuando Alexandra se levantó de su silla y caminó hacia ella con aquella mirada verde que tantas veces había conseguido desarmarla.
—¿Se puede saber qué demonios estabas haciendo en la sala de juntas? —preguntó Alexandra, con la voz grave y una ceja arqueada.
Eli dejó la carpeta sobre una mesa auxiliar.
—Trabajando, presidenta.
—¿Trabajando? —Alexandra soltó una risa incrédula—. ¿A eso llamas trabajar?
—La inversión de Mónica necesita una evaluación financiera. Ya te lo dije.
—Eli…
—¿Sí?
Alexandra se acercó otro paso.
—No juegues conmigo.
Eli levantó el rostro. Sus ojos azules brillaron con una mezcla de desafío y deseo.
—¿Y si me gusta jugar contigo?
El silencio que siguió fue breve, pero suficiente para que ambas recordaran lo ocurrido durante la reunión. La mano de Eli sobre el muslo de Alexandra, la tensión que la presidenta había intentado ocultar y aquellas miradas que habían intercambiado mientras Alicia hablaba de negocios.
—Me has tenido al borde de perder la concentración delante de toda la junta —murmuró Alexandra.
—Entonces supongo que he conseguido llamar tu atención.
—Toda mi atención, Eli. Ese es precisamente el problema.
Eli sonrió, satisfecha.
—¿Y Mónica ? ¿También tiene toda tu atención?
La expresión de Alexandra cambió. De pronto comprendió que detrás de aquella provocación había algo más que un simple juego.
—¿Estabas celosa?
—No.
—Mírame y repítelo.
Eli sostuvo su mirada durante unos segundos.
—No me gustó cómo te miraba.
Alexandra dejó escapar una sonrisa lenta.
—¿Y por eso decidiste volverme loca delante de todos mis directivos?
—Quizá quería recordarte que no eres la única capaz de provocar a alguien.
—Créeme, querida, no necesitaba que me lo recordaras.
Eli abrió la boca para contestar, pero Alexandra acortó la distancia entre ambas y la besó.
El beso borró cualquier respuesta ingeniosa.
Eli se aferró a las solapas del traje negro de Alexandra, correspondiéndole con una pasión que había contenido durante toda la reunión. Alexandra la rodeó por la cintura y la atrajo hacia sí, besándola como si llevara horas esperando aquel momento.
Cuando finalmente se separaron, las dos respiraban agitadamente.
—Estás imposible hoy —susurró Alexandra contra sus labios.
—Y tú todavía no has visto nada.
Alexandra soltó una carcajada baja, casi incrédula, antes de volver a besarla.
Esta vez fue Eli quien tomó la iniciativa. La hizo retroceder hasta el borde del escritorio, sin dejar de acariciarle el rostro. Alexandra la miró con una mezcla de admiración y rendición que pocas personas habían tenido el privilegio de contemplar.
—Eli, voy a perder la cabeza contigo.
—¿Solo la cabeza?
—No me provoques más.
—¿O qué?
Alexandra apoyó la frente contra la suya.
—O voy a olvidarme por completo de que estamos en mi oficina.
La sonrisa de Eli se suavizó. Le acarició la mejilla con el pulgar y la besó de nuevo, esta vez con una ternura que contrastaba con la intensidad de los momentos anteriores.
—Entonces cierra la puerta con llave —susurró—. Y deja de pensar en Mónica.
Alexandra la miró fijamente.
—No pienso en Mónica .
—¿Ah, no?
—Estoy pensando en una vicepresidenta que acaba de poner a prueba toda mi paciencia.
—¿Y qué piensas hacer con ella?
Alexandra le tomó la mano y depositó un beso en sus nudillos.
—Primero, voy a recordarle que no puede hacer lo que quiera durante una reunión de la junta.
Eli puso los ojos en blanco.
—Qué aburrida.
—Y después… —Alexandra se acercó a su oído— voy a pedirle que deje de fingir que no siente celos cada vez que otra mujer se acerca a mí.
Eli se quedó callada.
Por primera vez en toda la mañana, no encontró una respuesta inmediata.
Alexandra aprovechó aquel silencio para acariciarle suavemente el cabello castaño.
—No tienes que competir con Mónica —le dijo—. Ni con ninguna otra mujer.
Eli levantó los ojos hacia ella.
—No quiero competir. Quiero saber qué lugar tengo en tu vida.
Aquellas palabras transformaron el ambiente.
Alexandra dejó de sonreír. La atrajo hacia sí y apoyó una mano en su cintura.
—Tienes uno que ninguna otra persona ocupa.
—Entonces demuéstramelo.
Alexandra respondió con otro beso, profundo y apasionado, mientras Eli la abrazaba con fuerza. Durante unos instantes, el mundo exterior dejó de existir: no había junta directiva, propuestas de inversión ni una Mónica Montenegro esperando una respuesta.
Alexandra le dijo Eli voy a explotar y sintió el bulto grande en sus pantalones, Eli bajo los pantalones de Alexandra y libero su miembro, Alexandra la volteo y la penetro de una como esa fiera, Eli la había dejado muy caliente en la junta, y ahora disfrutaba de esa liberación embistiendola duro y fuerte, ambas llegaron al orgasmo con respiraciones entrecortadas.
Me vas a matar Eli le dijo Alexandra y la otra le beso como si no hubiera un mañana
Cuando se separaron, Alexandra rozó la nariz de Eli con la suya.
—Me vas a matar algún día, Sinclair.
Eli sonrió antes de besarla otra vez.
—Pero todavía no, Woods.
Alexandra rio contra sus labios y la estrechó entre sus brazos.
Afuera, la empresa continuaba funcionando como siempre. Los teléfonos sonaban, los empleados cruzaban los pasillos y los directivos discutían cifras en sus oficinas.
Nadie imaginaba que, detrás de aquella puerta cerrada, la mujer más temida de Woods International acababa de descubrir que existía alguien capaz de desarmarla con una sonrisa y un beso.
Y lo más peligroso no era que Eli consiguiera hacerla perder el control.
Era que Alexandra empezaba a desear que nunca dejara de hacerlo.
Eli regresó a su oficina e intentó concentrarse en los documentos que tenía pendientes, pero sus pensamientos volvían una y otra vez a Alexandra.
Recordaba sus besos, la manera en que la había sujetado por la cintura y aquella mirada que le dedicó cuando Sofía las descubrió en el despacho.
No se arrepentía de lo ocurrido. Lo que sentía por Alexandra era demasiado intenso para fingir que solo se trataba de una atracción pasajera.
Sin embargo, había algo que no podía seguir ignorando.
Su matrimonio con Roberto.
Seguía siendo su esposa, compartía una casa con él y, aunque las cosas entre ambos ya no eran como antes, todavía no había tomado una decisión definitiva sobre su relación.
No podía continuar acercándose a Alexandra sin afrontar primero aquella realidad.
Porque una cosa era desear a otra mujer y otra muy distinta era decidir qué hacer con el matrimonio que había construido durante años.
—¿Puedo pasar? —preguntó Sofía desde la entrada.
Eli levantó la cabeza.
—Claro.
Sofía entró y se sentó frente a ella.
—¿Cómo estás?
Eli soltó un suspiro.
—Confundida.
—¿Por lo que ocurrió con Alexandra?
—Por todo, Sofía. Por lo que siento cuando estoy con ella y por lo que me espera cuando regreso a casa.
Sofía la observó con atención.
—Roberto.
Eli asintió.
—No quiero seguir viviendo como si nada estuviera pasando. Cada vez que estoy con Alexandra, deseo quedarme a su lado. Pero después regreso a casa y recuerdo que tengo un matrimonio que resolver.
—¿Todavía amas a Roberto?
La pregunta la dejó en silencio.
Eli bajó la mirada hacia sus manos.
—No sé si lo que siento por él sigue siendo amor o si es el cariño de tantos años, la costumbre y todo lo que hemos compartido. Pero no quiero tomar una decisión a la ligera ni hacerle más daño del necesario.
Sofía le tomó la mano.
—Entonces tienes que ser honesta contigo misma y con él. No puedes resolver tu matrimonio evitando lo que sientes, pero tampoco puedes ignorar que todavía estás casada.
—Lo sé.
Eli respiró profundamente.
—Y lo peor es que, cuando Alexandra me besa, todo lo que intento ordenar en mi cabeza desaparece. Solo quiero estar con ella. Después me aparto y recuerdo que mi vida no es tan sencilla.
Sofía apretó suavemente sus dedos.
—No tienes que resolverlo todo hoy. Pero llegará un momento en el que tendrás que decidir qué quieres hacer con tu matrimonio y qué lugar deseas darle a Alexandra en tu vida.
Eli asintió, consciente de que su amiga tenía razón.
Lo que sentía por Alexandra ya no podía esconderse detrás de una excusa. Pero antes de entregarse por completo a aquella historia, necesitaba afrontar la verdad que la esperaba en casa.