Capítulo 25 — Celos en la sala de juntas
El martes por la mañana, Alexandra Woods llegó a Woods International con la seguridad de siempre, un traje negro impecable y aquella expresión seria que conseguía que hasta los ejecutivos más experimentados midieran sus palabras antes de dirigirse a ella.
Sin embargo, detrás de aquella apariencia imperturbable, había una diferencia que nadie habría imaginado.
La noche anterior, Eli Sinclair había dormido entre sus brazos.
Y Alexandra todavía recordaba cada beso, cada caricia y la manera en que Eli la había mirado antes de quedarse dormida a su lado.
Lo que no sabía era que aquella mañana pondría a prueba su capacidad para mantener la compostura.
—Buenos días, presidenta —saludó Sofía cuando Alexandra salió del ascensor.
—Buenos días.
Sofía la observó con una sonrisa sospechosa.
—Vaya, alguien parece de muy buen humor.
Alexandra dejó de caminar.
—¿Tengo prohibido estar de buen humor?
—En absoluto. Simplemente me sorprende verte sonreír antes de las nueve de la mañana.
—No estoy sonriendo.
—Claro que no.
Alexandra le lanzó una mirada de advertencia, pero Sofía se limitó a reírse antes de entregarle una carpeta.
—Tienes una reunión extraordinaria a las diez. Una inversionista importante solicitó presentar un proyecto para Woods International. La junta directiva confirmó su asistencia.
Alexandra abrió la carpeta.
En cuanto leyó el nombre de la visitante, su expresión cambió ligeramente.
Monica Montenegro.
Sofía no pasó por alto aquel detalle.
—¿La conoces?
—Demasiado bien.
Mónica Montenegro era una empresaria de treinta y tantos años, inteligente, ambiciosa y propietaria de un importante grupo de inversiones internacionales había salido con ella recientemente y habían tenido sexo.
Su dinero y sus contactos podían convertirla en una socia valiosa para Woods International.
El problema era que Mónica no parecía interesada únicamente en los negocios.
Desde hacía meses perseguía a Alexandra con invitaciones, regalos y comentarios que dejaban bastante claro que quería conquistarla. Alexandra ya la había rechazado en varias ocasiones, pero Mónica parecía interpretar cada negativa como un desafío.
—¿Vas a aceptar su propuesta? —preguntó Sofía.
Alexandra cerró la carpeta.
—Voy a escuchar el proyecto. Si es bueno para la empresa, lo evaluaré. Mi vida personal no tiene nada que ver con una inversión.
—Esperemos que Mónica lo entienda.
—Lo entenderá.
Alexandra continuó hacia su despacho, sin imaginar que, en cuestión de minutos, tendría un problema mucho más complicado que una inversionista demasiado insistente.
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Eli llegó poco después, con su cabello castaño cayéndole suavemente sobre los hombros y una blusa elegante que combinaba con su falda oscura.
La pequeña esmeralda de su pulsera brilló cuando dejó el bolso sobre el escritorio.
Desde la noche anterior, no había conseguido apartar a Alexandra de sus pensamientos.
Recordaba cómo la había abrazado, la ternura de sus besos y aquellas palabras que todavía le provocaban una sonrisa involuntaria.
Quizá yo ya me he acostumbrado demasiado a ti.
Eli acarició discretamente la pulsera.
—Parece que alguien recibió algo especial —comentó Sofía desde la puerta.
Eli levantó la cabeza de golpe.
—¿No tienes trabajo?
—Muchísimo. Pero siempre encuentro tiempo para observar a mis amigas.
—No empieces.
Sofía sonrió.
—No diré nada. Por cierto, hoy tenemos una reunión importante con una inversionista. Se llama Mónica Montenegro.
Eli asintió sin darle demasiada importancia.
—De acuerdo.
—Y, por lo que he escuchado, está muy interesada en nuestra querida presidenta.
La sonrisa de Eli desapareció.
—¿Qué significa eso?
—Que Mónica lleva meses intentando conquistar a Alexandra. Flores, invitaciones, cenas… Ya sabes, ese tipo de cosas. Y según ya habían tenido sexo,.
Eli fingió indiferencia mientras acomodaba unos documentos.
—Alexandra puede hacer lo que quiera con su vida.
Sofía ladeó la cabeza.
—Naturalmente.
—Y no estoy celosa.
—Yo no he dicho que lo estés.
Eli la miró con fastidio.
Sofía soltó una carcajada y salió de la oficina antes de que su amiga pudiera lanzarle una carpeta.
Pero la información ya había hecho efecto.
Eli no tenía ningún derecho a exigirle exclusividad a Alexandra mientras ella continuara casada con Roberto y mantuviera su relación en secreto.
Lo sabía.
Y, aun así, la idea de otra mujer intentando conquistar a Alexandra le produjo una incomodidad que no consiguió controlar.
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A las diez en punto, los miembros de la junta directiva ocuparon sus lugares en la amplia sala de reuniones.
Alexandra se sentó en la cabecera de la mesa. A su derecha quedó Sofía, encargada de tomar nota de los puntos más importantes, mientras los demás directivos revisaban las carpetas con la propuesta de inversión.
Eli entró unos minutos después.
Cuando sus ojos encontraron los de Alexandra, intercambiaron una mirada breve, cargada de recuerdos de la noche anterior.
Alexandra disimuló con una serenidad admirable.
Eli, en cambio, tuvo que concentrarse en no sonreír.
—Puedes sentarte aquí —indicó Alexandra, señalando el asiento libre a su lado.
Eli ocupó el lugar inmediatamente.
Aquello le permitió permanecer cerca de Alexandra durante toda la reunión, aunque también le ofreció una vista perfecta de la mujer que estaba a punto de convertirse en su mayor molestia.
La puerta se abrió.
Mónica Montenegro entró acompañada por dos asesores.
Vestía un traje color crema, llevaba el cabello perfectamente peinado y lucía una sonrisa segura. Saludó a los integrantes de la junta con cortesía, pero cuando llegó frente a Alexandra, su expresión adquirió una calidez especial.
—Alexandra. Siempre es un placer verte.
—Señora Montenegro. Bienvenida a Woods International.
Mónica pareció ignorar deliberadamente la formalidad.
—Puedes llamarme Mónica . Después de todo, nos conocemos desde hace tiempo.
—Estamos en una reunión de negocios. Prefiero mantener la formalidad.
Sofía bajó la mirada para ocultar una sonrisa.
Eli, por su parte, observó atentamente el intercambio.
Mónica tomó asiento frente a Alexandra, pero no tardó en volver a mirarla.
—Debo decir que estás más hermosa que la última vez que nos vimos.
Alexandra abrió la carpeta de la propuesta.
—Podemos comenzar cuando quieras.
—Siempre tan concentrada en el trabajo —comentó Mónica—. Es una de las cosas que más admiro de ti.
Eli apretó el bolígrafo entre los dedos.
¿De verdad tiene que mirarla de esa manera?
Mónica comenzó su presentación. El proyecto contemplaba una expansión tecnológica en varios mercados europeos, la apertura de nuevas oficinas y una alianza estratégica que podía aumentar considerablemente los ingresos de Woods International.
La propuesta era seria. Los números estaban bien calculados y las perspectivas de crecimiento resultaban atractivas.
Alexandra escuchó atentamente, hizo varias preguntas y señaló algunos riesgos financieros que Monica no había considerado en su presentación inicial.
—Me gusta cómo piensas —dijo Mónica cuando Alexandra terminó de cuestionar una de las proyecciones—. Siempre consigues que una conversación de negocios sea mucho más interesante.
Eli giró lentamente el rostro hacia ella.
Aquella mujer no estaba disimulando absolutamente nada.
—Señora Montenegro —intervino Eli con una sonrisa profesional—, ¿podría explicarnos cómo piensa garantizar la estabilidad del proyecto durante los primeros seis meses? Es el período más delicado de la expansión.
Mónica la miró por primera vez con verdadero interés.
—Por supuesto. Tenemos un fondo de contingencia y una red de proveedores que ya trabajan con nosotros.
Eli hizo varias preguntas adicionales. Mónica respondió con seguridad, aunque cada vez que Alexandra intervenía, sus ojos volvían a buscar los de la presidenta.
Aquello estaba empezando a irritarla.
Y Alexandra, que conocía bastante bien las expresiones de Eli, comenzó a sospechar que su ejecutiva favorita no estaba tan concentrada en los números como pretendía demostrar.
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La reunión llevaba casi cuarenta minutos cuando Mónica se inclinó ligeramente hacia delante.
—Alexandra, me gustaría que tú y yo revisáramos algunos detalles de la alianza en privado. Creo que podríamos avanzar mucho más rápido sin tantas personas alrededor.
—Los detalles financieros deben revisarse con nuestros respectivos equipos —respondió Alexandra—. Podemos organizar una reunión técnica para esta semana.
Mónica sonrió.
—Siempre tan cuidadosa. Aunque esperaba que pudiéramos encontrar un momento para hablar tranquilamente, solo nosotras dos.
Eli sintió que algo se encendía en su interior.
Miró a Alexandra, que permanecía impasible, y luego a Mónica, cuya expresión dejaba muy poco espacio para las dudas.
Ah, ¿quieres jugar así?
Eli sabía que debía comportarse como una profesional. Estaban en una sala llena de ejecutivos, discutiendo una inversión importante, y cualquier comportamiento inapropiado podía perjudicar a Alexandra.
Pero los celos estaban empezando a nublarle el juicio.
Se acercó ligeramente a Alexandra, como si quisiera consultar un documento. Su hombro rozó el de ella.
Alexandra volvió los ojos hacia Eli.
—¿Necesitas algo? —susurró.
—Nada —respondió Eli con una sonrisa inocente.
Alexandra entrecerró los ojos.
Conocía aquella sonrisa.
Era la misma que Eli utilizaba cuando estaba a punto de hacer algo que no debía.
Eli dejó el bolígrafo sobre la mesa y deslizó discretamente una mano hasta apoyarla sobre el muslo de Alexandra, cerca de su miembro
La presidenta se quedó inmóvil.
Sus ojos verdes se dirigieron inmediatamente hacia Eli.
Eli continuó mirando al frente, fingiendo prestar atención a la presentación, aunque una pequeña sonrisa amenazaba con delatarla.
Alexandra respiró profundamente y regresó la mirada hacia Mónica .
—Como estaba diciendo, la inversión deberá dividirse en tres etapas —continuó Mónica—. La primera se centraría en la infraestructura tecnológica…
La mano de Eli comenzó a acariciar suavemente el miembro de Alexandra por encima de la tela del pantalón.
Alexandra apretó el bolígrafo entre los dedos.
Aquello no estaba ocurriendo.
No podía estar ocurriendo precisamente allí.
—¿Se encuentra bien, presidenta? —preguntó uno de los directivos al notar que había guardado silencio.
—Perfectamente —respondió Alexandra con rapidez.
Eli tuvo que morderse el interior de la mejilla para no sonreír.
Alexandra giró apenas la cabeza hacia ella y le dedicó una mirada que prometía una conversación muy seria cuando estuvieran a solas.
Eli fingió no verla.
Mónica continuó exponiendo sus argumentos, ajena al pequeño caos que se desarrollaba junto a la cabecera de la mesa.
—Creo que, con tu liderazgo, Alexandra, podríamos convertir esta alianza en una de las operaciones más exitosas del año.
—La decisión no depende únicamente de mí —respondió Alexandra, esforzándose por mantener una voz firme—. La junta evaluará la propuesta y revisaremos los términos antes de tomar una decisión.
Eli deslizó la mano un poco más desprendiendo el pantalon de Alexandra y tocando su miembro de arriba y abajo manteniendo la caricia discreta y sin apartar la vista de los documentos.
Alexandra sintió que le costaba cada vez más concentrarse, estaba mur dura en las manos de Eli qué sentía eyavular en ese lugar.
Aquella mujer estaba poniendo a prueba todos sus límites.
Y lo peor era que Eli sabía perfectamente el efecto que tenía sobre ella.
—¿Alguna pregunta adicional? —consultó Mónica, mirando directamente a Alexandra.
La presidenta abrió la boca para responder, pero Eli le acarició más rápido su miembro arriba y abajo.
Alexandra cerró los ojos durante una fracción de segundo.
—Sí —dijo finalmente, con la voz más tensa de lo habitual—. Necesito que el departamento financiero verifique las proyecciones de rentabilidad antes de aprobar cualquier acuerdo. También quiero una revisión independiente de los riesgos operativos.
Sofía levantó la mirada de sus notas.
Conocía a Alexandra desde hacía años y podía reconocer cuándo algo la estaba distrayendo. Aquella tensión en su mandíbula y la manera en que sujetaba el bolígrafo le resultaron sospechosas.
Miró a Eli.
Eli estaba demasiado concentrada en su carpeta.
Demasiado inocente.
Sofía tuvo que contener una sonrisa.
—¿Hay algo más que quieras añadir, Alexandra? —preguntó.
—No. Por ahora, eso es todo.
La presidenta tomó un sorbo de agua, intentando recuperar el control de sus sentidos.
Mónica sonrió.
—Me encanta tu determinación. Cada vez que te veo, recuerdo por qué me interesa tanto trabajar contigo.
Eli dejó de acariciar a Alexandra.
No porque hubiera perdido los celos, sino porque acababa de comprender algo mucho más incómodo: Alexandra podía rechazar a Mónica delante de toda la junta y, aun así, aquella mujer seguiría buscando oportunidades para acercarse a ella.
Eli se inclinó hacia Alexandra y susurró:
—Parece que tienes una admiradora muy persistente.
Alexandra no apartó los ojos de los documentos.
—Y parece que mi vicepresidenta tiene muchas ganas de meterse en problemas.
Eli sonrió.
—No sé de qué hablas.
—Ya hablaremos de eso.
La voz baja de Alexandra hizo que Eli sintiera un escalofrío.
Por primera vez desde que había empezado aquella pequeña provocación, se preguntó si no habría ido demasiado lejos.
Pero entonces Mónica volvió a dirigirle una mirada insistente a Alexandra y los celos regresaron con toda su fuerza.
Eli se acomodó en su asiento, cruzó las piernas y decidió que, por el momento, no pensaba darle a aquella mujer la satisfacción de creer que tenía alguna posibilidad.
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Después de casi una hora de discusión, la junta decidió continuar evaluando la propuesta antes de emitir una respuesta definitiva.
Mónica recogió sus documentos y se puso de pie.
—Espero recibir noticias pronto —dijo, dirigiéndose a Alexandra—. Y, si te parece bien, podríamos cenar juntas esta semana para conversar sobre algunas posibilidades de colaboración.
Alexandra cerró su carpeta.
—Podemos reunirnos en la empresa con nuestros equipos. Así garantizaremos que todos los asuntos relacionados con la alianza queden debidamente documentados.
Mónica sonrió, aunque en sus ojos apareció un destello de frustración.
—Siempre tan difícil de convencer.
—Cuando se trata de negocios, prefiero ser cuidadosa.
—Por supuesto. Hasta pronto, Alexandra.
Mónica se despidió del resto de la junta y salió de la sala acompañada por sus asesores.
Eli siguió la escena con una satisfacción que intentó disimular.
En cuanto la puerta se cerró, Alexandra dejó el bolígrafo sobre la mesa y giró lentamente hacia ella.
—Eli Sinclair.