La heredera del imperio Woods Capítulo 24 — Una invitación inesperada #2
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Capítulo 24 — Una invitación inesperada #2

—No voy a mentirte diciéndote que será sencillo. Tampoco voy a pedirte que tomes decisiones para las que todavía no estás preparada. Pero necesito que seas sincera conmigo y contigo misma.

Eli bajó la mirada.

—Lo intentaré.

—Eso es todo lo que te pido esta noche.

Alexandra acarició sus nudillos con el pulgar.

—Aunque hay algo más que me gustaría pedirte.

Eli volvió a mirarla.

—¿Qué cosa?

—Un beso.

La sonrisa de Eli apareció lentamente.

—¿Uno solo?

—Podemos negociar.

Eli soltó una carcajada suave y se inclinó hacia ella.

Sus labios se encontraron en un beso delicado, casi tímido al principio. Sin embargo, bastó que Alexandra acariciara su mejilla para que Eli se acercara más, olvidando por unos instantes el restaurante, la empresa y todas las complicaciones que las esperaban fuera de aquella mesa.

Cuando se separaron, Alexandra apoyó la frente contra la suya.

—Definitivamente, no debería besarte en lugares públicos.

—¿Por qué?

—Porque después me cuesta mucho dejar de hacerlo.

Eli rozó su nariz con la de ella.

—Entonces tendrás que encontrar un lugar más privado.

Alexandra la miró con una mezcla de sorpresa y deseo.

—¿Estás segura de que quieres seguir conmigo esta noche?

Eli comprendió perfectamente lo que le estaba preguntando.

Y esta vez no apartó la mirada.

—Sí. Quiero estar contigo.

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La casa de Alexandra Woods estaba sumida en una tranquilidad absoluta. Las luces cálidas de la sala iluminaban los muebles elegantes, mientras la ciudad brillaba al otro lado de los enormes ventanales.

Eli permanecía junto a Alexandra, todavía con una sonrisa en los labios después de la cena. Se había quitado los zapatos y estaba sentada en el sofá, con las piernas recogidas, observando a la mujer que no había dejado de ocupar sus pensamientos durante todo el día.

Alexandra se acercó con dos copas de agua y dejó una sobre la mesa.

—¿En qué estás pensando? —preguntó, sentándose a su lado.

Eli la miró de reojo.

—En que debería estar en mi casa.

La sonrisa de Alexandra se desvaneció ligeramente.

—Si quieres irte, te llevaré. No voy a pedirte que te quedes si no estás segura.

Eli giró el cuerpo hacia ella.

—Ese es el problema, Alexandra. Que cada vez que estoy contigo, una parte de mí quiere quedarse. Y cuando estoy lejos de ti, no puedo dejar de pensar en cuándo volveré a verte.

Alexandra la contempló en silencio. Aquella confesión significaba mucho más que cualquier beso.

—No quiero ser una razón más para que te sientas atrapada, Eli.

—No me haces sentir atrapada. Me haces sentir cosas que creía que ya no podía sentir.

Alexandra levantó una mano y le acarició suavemente la mejilla.

—¿Qué cosas?

Eli sonrió con timidez.

—Mariposas en el estómago. Nervios cuando te acercas. Ganas de besarte cuando intentas hacerte la seria. Y una necesidad terrible de tenerte cerca.

Alexandra soltó una risa baja.

—¿Incluso cuando soy insoportable?

—Especialmente cuando eres insoportable.

—Entonces debo de tener un encanto extraordinario.

—No te acostumbres.

Las dos rieron, pero la diversión se transformó poco a poco en silencio cuando sus miradas se encontraron.

Alexandra deslizó los dedos entre los de Eli.

—Ven aquí.

Eli se acercó y apoyó una mano sobre su hombro. Alexandra le rodeó la cintura, atrayéndola con suavidad, y la besó.

Al principio fue un beso dulce, casi una pregunta. Eli respondió acercándose más, acariciando el cabello oscuro de Alexandra mientras sus labios volvían a encontrarse.

Alexandra se apartó apenas unos centímetros.

—Dime que pare si en algún momento no quieres continuar.

Eli sostuvo su mirada.

—No quiero que pares.

Fue Eli quien volvió a besarla.

Esta vez, el beso estuvo cargado de todo lo que habían intentado contener durante el día. Alexandra la estrechó entre sus brazos y Eli se acomodó a su lado, acariciándole el rostro y sonriendo cada vez que Alexandra interrumpía sus besos para mirarla.

—¿Qué? —preguntó Eli, divertida.

—Estoy intentando memorizar este momento.

—¿Por qué?

—Porque mañana volveremos a la empresa, tendremos reuniones y tendremos que fingir que somos dos mujeres perfectamente profesionales.

Eli le acarició la mandíbula.

—¿Y ahora qué somos?

Alexandra dejó de sonreír por un instante.

—Ahora eres la mujer que quiero besar cada vez que te tengo cerca.

El corazón de Eli se aceleró.

—Entonces bésame otra vez.

Alexandra no necesitó que se lo pidiera de nuevo.

Se besaron durante largos minutos, intercambiando caricias y palabras dulces entre una sonrisa y otra. Eli terminó recostada contra el pecho de Alexandra, escuchando los latidos de su corazón mientras esta le acariciaba lentamente el cabello.

—Me gusta esta versión de ti —susurró Eli—. La que nadie conoce.

Alexandra besó su frente.

—Quizá porque contigo no siento que tenga que demostrar que soy invencible.

Eli levantó la cabeza para mirarla.

—No tienes que serlo conmigo.

Aquellas palabras tocaron algo profundo en Alexandra. La abrazó con más fuerza y apoyó la frente contra la de ella.

—Quédate conmigo esta noche.

Eli la miró en silencio durante unos segundos.

—Quiero quedarme.

—¿Estás segura?

—Sí, Alexandra. No porque me lo pidas, sino porque es lo que deseo.

Alexandra le acarició la mejilla y la besó con ternura.

Después, sin prisas, se levantaron del sofá y caminaron juntas hacia el dormitorio, tomadas de la mano. Antes de llegar, Eli se detuvo y tiró suavemente de ella para que se volviera.

—Hay algo que quiero que sepas.

—Te escucho.

—No sé qué va a pasar con nosotras. No sé cómo voy a resolver todo lo que está ocurriendo en mi vida. Pero no quiero que pienses que lo que siento por ti es un juego.

Alexandra le sostuvo el rostro entre las manos.

—Nunca lo he pensado.

—¿De verdad?

—De verdad. Lo único que te pido es que no te mientas a ti misma sobre lo que quieres.

Eli asintió y la besó una vez más.

La puerta del dormitorio se cerró suavemente tras ellas. El resto de la noche quedó reservado para las dos: besos, caricias, abrazos y confidencias pronunciadas en voz baja, mientras la distancia entre ellas desaparecía y el mundo exterior parecía quedar muy lejos.

Más tarde, Eli permaneció acurrucada junto a Alexandra, con la cabeza apoyada sobre su pecho. Alexandra le dibujaba pequeñas caricias en el brazo mientras el silencio de la habitación las envolvía.

—Alexandra…

—Aquí estoy, cariño.

Eli levantó el rostro al escuchar aquel apelativo.

—Me gusta cuando me llamas así.

—Entonces lo haré más a menudo.

—No sabes lo peligroso que puede ser que me acostumbre a ti.

Alexandra le besó la frente.

—Quizá yo ya me he acostumbrado demasiado a ti.

Eli sonrió y cerró los ojos, abrazándose más a ella.

Sin embargo, mientras la madrugada avanzaba, una inquietud comenzó a instalarse en su pecho.

Roberto seguía formando parte de su vida. Al amanecer tendría que regresar a una realidad que no podía ignorar, por mucho que deseara permanecer en aquella habitación.

Pero lo que más miedo le daba ya no era que alguien descubriera su secreto.

Era darse cuenta de que, poco a poco, estaba dejando de considerar a Alexandra una simple tentación.

Se estaba enamorando de ella.

Y cada noche que compartían hacía más difícil imaginar un futuro en el que tuviera que renunciar a sus brazos.