Capítulo 24 — Una invitación inesperada
Por la mañana, Eli Sinclair llegó a Woods International con una misión muy clara: comportarse como si su mundo no hubiera cambiado durante una noche.
Una misión que, después de lo ocurrido con Alexandra Woods, parecía prácticamente imposible.
Llevaba una blusa elegante, una falda que resaltaba su figura y el cabello castaño cuidadosamente acomodado sobre los hombros.
Sus ojos azules, sin embargo, delataban lo poco que había dormido.
Cada vez que cerraba los párpados, recordaba la mirada verde de Alexandra, sus labios y la forma en que la había abrazado durante aquellas horas que parecían haber detenido el tiempo.
Eli estaba casada. Tenía una vida construida junto a Roberto y una rutina que, hasta hacía poco, parecía suficientemente estable.
Pero Alexandra había conseguido despertar en ella algo que llevaba demasiado tiempo dormido.
Y lo peor era que Eli ya no quería ignorarlo.
Al entrar en su oficina, encontró a Sofía esperándola con una taza de café y una sonrisa sospechosamente divertida.
—Buenos días, Eli. Qué elegante vienes hoy.
—Siempre vengo elegante.
—Por supuesto. Aunque hoy tienes algo diferente.
Eli dejó el bolso sobre el escritorio.
—¿Diferente cómo?
Sofía la observó unos segundos, fingiendo analizarla.
—Tienes esa expresión de alguien que no durmió demasiado… pero que tampoco se arrepiente de cómo pasó la noche.
—¡Sofía!
—¿Qué? Solo estoy haciendo una observación profesional.
—Pues haz tus observaciones en otro lugar.
Sofía soltó una carcajada.
—Está bien, está bien. No voy a preguntarte nada. Aunque debo admitir que nuestra querida presidenta parece tener un efecto bastante interesante sobre ti.
Eli sintió que las mejillas se le calentaban.
—No sé de qué hablas.
—Claro que no.
Sofía tomó su café y se dirigió hacia la puerta, pero antes de salir se volvió.
—Por cierto, Alexandra te espera en su despacho. Y te aconsejo que te prepares, porque hoy está de un humor particularmente bueno.
Aquello solo consiguió poner más nerviosa a Eli.
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Alexandra Woods estaba de pie frente a los ventanales de su despacho cuando Eli llamó a la puerta.
Vestía un traje oscuro perfectamente entallado y llevaba el cabello ligeramente despeinado, como si hubiera pasado la mañana demasiado ocupada para preocuparse por los detalles. Sin embargo, al escuchar la voz de Eli, giró inmediatamente.
Sus ojos verdes se iluminaron.
—Pasa, Eli.
Eli entró y cerró la puerta.
—Me dijeron que querías verme.
—Quería verte desde que llegué esta mañana.
La respuesta fue tan directa que Eli olvidó por un instante lo que iba a decir.
Alexandra se acercó despacio, deteniéndose a pocos centímetros de ella.
—¿Dormiste bien?
—Más o menos.
—Qué curioso. Yo tampoco.
—¿Y por qué será? —preguntó Eli, intentando recuperar la compostura.
Alexandra sonrió.
—Tengo algunas sospechas.
Eli bajó la mirada hacia los labios de la presidenta antes de obligarse a mirar sus ojos.
—Alexandra, estamos en la empresa.
—Lo sé. Por eso estoy manteniendo una distancia absolutamente profesional.
—¿Esto te parece distancia profesional?
—Considerando lo que me gustaría hacer, sí.
Eli soltó una pequeña risa nerviosa.
Alexandra se inclinó un poco, lo suficiente para hablarle en voz baja.
—Anoche te quedaste dormida abrazada a mí. Esta mañana desperté y lo primero que hice fue buscarte a mi lado. ¿Tienes idea de lo difícil que está siendo concentrarme en contratos, reuniones y cifras cuando preferiría tenerte aquí conmigo?
El corazón de Eli dio un vuelco.
—No me digas esas cosas.
—¿Por qué?
—Porque después no puedo dejar de pensar en ellas.
La sonrisa de Alexandra se suavizó.
—Entonces estamos en las mismas condiciones.
Por un instante, ninguna habló. Se limitaron a mirarse, conscientes de que entre ellas existía algo que ya no podía explicarse como una simple atracción.
Alexandra fue la primera en apartarse.
—Tengo una propuesta para ti.
—¿De trabajo?
—En parte.
Eli arqueó una ceja.
—Eso no suena tranquilizador.
Alexandra regresó a su escritorio y le entregó una carpeta.
—Quiero que dirijas la nueva división internacional. Tendrás un equipo propio, mayor autonomía y la responsabilidad de supervisar nuestros proyectos en Europa.
Eli abrió la carpeta, sorprendida.
—Alexandra, esto es enorme.
—Sé lo que eres capaz de hacer. No te estoy ofreciendo el puesto por motivos personales. Te lo ofrezco porque eres la persona adecuada.
Eli levantó la mirada.
—Gracias por confiar en mí.
—Siempre he confiado en ti, Eli. Incluso cuando tú misma parecías dudar de lo que podías conseguir.
Aquellas palabras la conmovieron más de lo que esperaba.
Alexandra rodeó el escritorio y se detuvo frente a ella.
—Y hay otra cosa.
Sacó una pequeña caja de terciopelo de uno de los cajones.
Eli la miró con sorpresa.
—¿Qué es eso?
—Ábrela.
Dentro había una delicada pulsera de oro blanco con una pequeña esmeralda en el centro. Eli la tomó entre los dedos y descubrió una inscripción diminuta en la parte interior.
03: 00. El comienzo.
La respiración se le volvió irregular.
—Alexandra…
—No es una promesa de que todo será fácil —dijo Alexandra—. Tampoco es una exigencia. Solo quiero que recuerdes que aquella noche cambió algo para mí.
Eli acarició la inscripción con el pulgar.
—Para mí también.
Alexandra tomó la pulsera y se la colocó cuidadosamente en la muñeca. Sus dedos rozaron la piel de Eli, provocándole un escalofrío.
—Te queda preciosa.
Eli levantó los ojos.
—No sé cómo haces para desarmarme con tanta facilidad.
—Tengo mis talentos.
—Eres insoportable.
—Y aun así, aquí estás.
Eli sonrió antes de regresar a su oficina, aunque durante el resto de la mañana fue incapaz de dejar de mirar la pulsera.
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A las cuatro de la tarde, el teléfono de Eli vibró sobre el escritorio.
Era Roberto.
—Hola, cariño —respondió, intentando que su voz sonara natural.
—Hola, Eli. ¿Cómo va tu día?
—Bastante ocupado.
—Me enteré de tu nuevo puesto. Felicidades. Sabía que terminarías consiguiendo algo así.
—Gracias, Roberto.
—Pensaba que podríamos cenar juntos esta noche. Hace tiempo que no tenemos una velada tranquila.
Eli cerró los ojos.
Aquella invitación le produjo una punzada de culpa. Roberto no tenía por qué sospechar que, mientras él hablaba de una cena matrimonial, ella estaba pensando en otra persona.
En Alexandra.
—Hoy no voy a poder —respondió finalmente—. Tengo algunos asuntos pendientes en la empresa.
—¿Otra vez? Últimamente estás trabajando demasiado.
—Lo sé. Intentaré organizarme mejor.
—Está bien. Entonces cenamos otro día.
—Sí, claro.
Cuando terminó la llamada, Eli dejó el teléfono sobre la mesa y se quedó mirando la pulsera.
Sabía que estaba cruzando una línea de la que no sería fácil regresar. También sabía que Alexandra no era una aventura pasajera para ella.
Y esa certeza era precisamente lo que más miedo le daba.
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A las seis y media, Alexandra salió de Woods International antes de lo habitual.
No le dijo a nadie adónde iba. Tomó su automóvil y condujo hasta una calle tranquila, a poca distancia de la empresa, donde sabía que Eli saldría unos minutos después.
Cuando Eli apareció, la encontró apoyada contra la puerta del conductor.
Llevaba el saco sobre un hombro y el teléfono en la mano. Al verla, se detuvo con una sonrisa que intentó disimular sin demasiado éxito.
—¿Qué haces aquí?
—Esperarte.
—¿Y si alguien te ve?
—Entonces verá a la presidenta de Woods International esperando a una de sus mejores ejecutivas.
—Alexandra…
—¿Qué? Técnicamente, no he dicho ninguna mentira.
Eli negó con la cabeza, divertida.
—Eres imposible.
Alexandra abrió la puerta del acompañante.
—Sube. Tengo un plan para esta noche.
—¿Debería preocuparme?
—Solo si no te gusta la buena comida, la tranquilidad y mi compañía.
Eli la miró durante un instante.
—Creo que podré soportarlo.
Subió al automóvil.
Alexandra rodeó el vehículo y se acomodó al volante. Antes de arrancar, volvió el rostro hacia ella.
—Por cierto, estás preciosa.
Eli sintió que el corazón se le aceleraba.
—Me arreglé un poco.
—Lo noté.
—¿Y te gusta?
La mirada de Alexandra recorrió su rostro con una ternura que no tenía nada que ver con la mujer arrogante que todos conocían en la empresa.
—Me gustas tú. No importa cómo vengas vestida.
Eli bajó la mirada, sonriendo.
Alexandra arrancó antes de que pudiera responder.
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El restaurante estaba a las afueras de la ciudad, apartado del ruido y de las miradas indiscretas. Habían reservado una mesa en un rincón íntimo, junto a un ventanal desde el que se veía el jardín iluminado por pequeñas lámparas.
Durante la cena, hablaron de muchas cosas. De la empresa, de los planes para la nueva división y de algunos recuerdos de sus primeros encuentros.
Pero, cada vez que sus miradas se cruzaban, la conversación terminaba desviándose hacia algo mucho más personal.
—¿Sabes qué fue lo primero que pensé cuando te vi esta mañana? —preguntó Alexandra.
Eli dejó la copa sobre la mesa.
—Que necesitaba trabajar más.
—No. Pensé que quería besarte.
Eli sonrió.
—¿Y por qué no lo hiciste?
—Porque tengo cierta reputación que proteger.
—¿La de presidenta exigente e intimidante?
—Exactamente.
—No te preocupes. Tu secreto está a salvo conmigo.
Alexandra inclinó la cabeza.
—¿Mi secreto?
Eli sostuvo su mirada.
—Que debajo de todos esos trajes caros y esa actitud de mujer invencible, eres capaz de ser increíblemente dulce.
La sonrisa de Alexandra desapareció lentamente, sustituida por una expresión más vulnerable.
—Solo contigo me permito ser así.
Eli sintió un nudo en la garganta.
—No me digas cosas que después no pueda olvidar.
—No quiero que me olvides.
El silencio que siguió estuvo cargado de emociones.
Alexandra extendió la mano sobre la mesa y Eli entrelazó sus dedos con los de ella.
Por primera vez en toda la noche, ninguna intentó fingir que aquello era una simple cena.
—Quiero estar contigo —confesó Eli—. Pero a veces me asusta todo lo que eso significa.
Alexandra apretó suavemente su mano.