Capítulo 23 — A las tres de la madrugada #3
Eli intentó sostener una expresión seria, pero sus ojos descendieron involuntariamente hasta los labios de Alexandra.
Ella lo notó.
Por supuesto que lo notó.
—¿Qué sucede, Sinclair?
—Nada.
—¿Segura?
Eli volvió a mirarla.
—Estaba pensando en algo.
—Eso suele ser peligroso a estas horas.
—Estaba pensando que todavía no me has dado los buenos días como corresponde.
La sonrisa de Alexandra desapareció lentamente, sustituida por una expresión mucho más cálida.
—¿Ah, no?
Eli negó con la cabeza.
—No.
Alexandra deslizó una mano hasta su mejilla.
—Entonces tendré que remediarlo.
Se inclinó y la besó.
Fue un beso suave al principio, cargado de la ternura de aquella mañana. Eli cerró los ojos y le rodeó el cuello con los brazos, respondiendo sin vacilar.
Pero cuando Alexandra intentó apartarse, Eli la atrajo de nuevo hacia ella.
—Ese no cuenta —susurró.
Alexandra sonrió contra sus labios.
—¿Ahora también decides las reglas?
—Solo cuando me conviene.
—Qué mujer tan exigente.
—Todavía no has visto nada.
Eli volvió a besarla y Alexandra respondió con una sonrisa que se desvaneció cuando el beso adquirió mayor intensidad. Sus brazos se cerraron alrededor de Eli, acercándola de nuevo, mientras ambas olvidaban por unos instantes que el día ya había comenzado.
Cuando se separaron, Eli permaneció con la frente apoyada contra la de Alexandra.
—Me gusta despertar contigo —confesó en voz baja.
Alexandra dejó de sonreír por un momento.
Aquellas palabras, tan sencillas, la tocaron más de lo que esperaba.
—A mí también me gusta que estés aquí.
Eli la observó con una mezcla de dulzura y vulnerabilidad.
—¿Puedo preguntarte algo?
—Lo que quieras.
—¿Te arrepientes de haberme dejado quedarme?
Alexandra le sostuvo la mirada.
—Eli, desperté hace unos minutos y lo primero que pensé fue que quería quedarme aquí contigo un poco más. ¿De verdad crees que me arrepiento?
La emoción suavizó los rasgos de Eli.
—No. Pero necesitaba escucharlo.
Alexandra le acarició la mejilla con el pulgar.
—Pues escúchalo bien: me gustó besarte anoche y hacer el amor contigo. Me gustó hablar contigo. Y me gustó despertar contigo entre mis brazos.
Eli tragó saliva, intentando disimular cuánto significaban aquellas palabras.
—Vas a conseguir que me acostumbre a esto.
—¿Y eso sería tan terrible?
Eli sonrió.
—Terrible no. Peligroso, quizá.
—¿Para quién?
—Para mí, Alexandra. Porque cada vez me cuesta más imaginar mis días sin ti.
La expresión de Alexandra se volvió seria. Le apartó suavemente el cabello del rostro y le dio un beso en la frente.
—No tienes que resolver todo lo que sientes esta mañana. Podemos ir despacio.
Eli asintió, agradecida por aquella respuesta.
—Pero hay algo que sí tengo claro.
—¿Qué cosa?
Eli se acercó hasta rozar sus labios con los de Alexandra.
—Que quiero volver a besarte antes de salir de esta casa.
Alexandra dejó escapar una risa suave.
—Eso sí puedo concedértelo.
Y volvió a besarla.
Esta vez no hubo bromas ni prisas. Solo dos mujeres abrazadas bajo una manta, descubriendo que la intimidad no siempre estaba en los besos apasionados, sino también en despertar juntas, compartir una sonrisa y sentir que, por unas horas, el mundo podía esperar.
Alexandra sentía explotar tenerla así la ponía dura, Eli la provocaba y de repente Eli ya estaba cabalgandola a toda prisa, ella acompañaba con sus manos en sus muslos arriba y abajo, Eli supo que durante tanto tiempo no había tenido un orgasmo tan intenso como le daba Alexandra, entre jadeos y gemidos explotaron en un inteso orgasmo.
Decidieron bañarse juntas y acabaron gimiendo nuevamente sus nombres.
Alexandra no aguanto tanto placer qué le daba Eli así que acabo mordiendola en su cuello dejando una marca visible.
Cuando finalmente se dignaron en prepararse para ir a la empresa sus teléfonos comenzaron a vibrar casi al mismo tiempo.
Mensajes de la empresa. Reuniones pendientes. Llamadas perdidas.
La realidad estaba reclamándolas.
Eli miró su teléfono y después a Alexandra.
—Cuando lleguemos, tendremos que comportarnos con normalidad.
Alexandra tomó su chaqueta del respaldo del sofá.
—Por supuesto.
Eli entrecerró los ojos.
—¿Por qué siento que estás planeando algo?
Alexandra se acercó, le acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja y depositó un beso fugaz en sus labios.
—Porque me conoces demasiado bien.
—Alexandra…
—¿Sí?
—No hagas nada que me obligue a pensar en ti durante toda la jornada.
Alexandra sonrió con una seguridad que hizo que el corazón de Eli volviera a acelerarse.
—No puedo prometerte eso.
Eli negó con la cabeza, sonriendo a pesar de sí misma.
No sabía qué les esperaba en la empresa, ni cómo conseguiría concentrarse después de haber despertado entre los brazos de Alexandra Woods.
Pero mientras se miraban frente a la puerta, ambas comprendieron que aquella mañana no había sido una casualidad que pudieran olvidar.
Habían compartido la noche.
Habían despertado abrazadas.
Y ahora tendrían que descubrir si podían enfrentarse al mundo sin desear regresar a aquella cama donde, por primera vez, ninguna había querido apartarse de la otra.