Capítulo 23 — A las tres de la madrugada
La casa de Alexandra Woods estaba sumida en un silencio casi absoluto, interrumpido únicamente por el suave sonido de la lluvia contra los ventanales.
Eran casi las tres de la madrugada cuando Eli Sinclair apareció frente a su puerta, con el corazón acelerado y una certeza que llevaba días intentando ignorar: no había conseguido apartar a Alexandra de sus pensamientos.
Alexandra abrió la puerta y se quedó inmóvil al verla.
Eli llevaba el cabello castaño ligeramente despeinado, los ojos azules brillantes y una expresión que no conseguía disimular los nervios. Parecía haber ensayado muchas veces lo que quería decir, pero, al encontrarse frente a aquellos ojos verdes, todas sus palabras desaparecieron.
—¿Puedo pasar? —preguntó Eli en voz baja.
Alexandra se apartó para dejarla entrar.
—Por supuesto.
Eli cruzó el umbral. Alexandra cerró la puerta y, durante unos segundos, ninguna de las dos se atrevió a hablar.
La distancia entre ellas era pequeña, pero aquella noche parecía insoportable.
—¿Qué sucede, Sinclair? —preguntó Alexandra, intentando mantener la calma—. Es muy tarde.
Eli soltó una risa nerviosa.
—Lo sé. Probablemente mañana me arrepienta de haber venido a estas horas.
—¿Y aun así viniste?
—Sí.
La respuesta salió demasiado rápido.
Alexandra ladeó ligeramente la cabeza, observándola con atención.
—Entonces debe de ser importante.
Eli respiró hondo. Sus dedos se entrelazaron delante de su cuerpo mientras buscaba el valor que había reunido durante todo el camino.
—No he podido dejar de pensar en ti.
La expresión de Alexandra cambió apenas. Una pequeña tensión desapareció de sus hombros, aunque sus ojos continuaron fijos en los de Eli.
—¿Ah, sí?
—No te burles de mí. Me está costando bastante decirlo.
—No me estoy burlando.
—Pues deja de mirarme así.
—¿Así cómo?
Eli apretó los labios, frustrada por la facilidad con la que Alexandra conseguía desarmarla.
—Como si supieras exactamente lo que me está pasando.
Alexandra dio un paso hacia ella.
—Quizá lo sé.
Eli levantó la mirada.
—¿Y qué crees que me está pasando?
Alexandra se detuvo a escasa distancia. Su perfume envolvió a Eli, familiar y peligroso al mismo tiempo.
—Creo que llevas días intentando convencerte de que aquel beso no significó tanto como significó.
Eli sintió que el corazón le golpeaba las costillas.
—Te equivocas.
—¿Ah, sí?
—Sí. No significó poco, Alexandra. Ese es precisamente el problema.
Por primera vez, Alexandra no encontró una respuesta inmediata.
Eli se humedeció los labios y miró fugazmente la boca de la mujer que tenía delante.
—Recuerdo cómo me miraste antes de besarme. Recuerdo tus manos, tu voz… y recuerdo perfectamente lo que sentí cuando tus labios tocaron los míos.
Su voz se volvió más suave, más íntima.
—He intentado concentrarme en otras cosas, trabajar, dormir, hacer cualquier cosa que me permita dejar de pensar en ese momento. Pero cierro los ojos y vuelvo a estar aquí, contigo.
Alexandra sintió que algo dentro de ella cedía.
—Eli…
—Déjame terminar, por favor.
Alexandra asintió.
Eli reunió el valor que le quedaba y sostuvo su mirada.
—Quiero besarte otra vez. Quiero volver a sentir tus labios sobre los míos. Quiero saber si ese beso me hizo perder la cabeza porque fue el primero o si contigo siempre voy a sentir que el mundo desaparece cuando te tengo cerca.
El silencio que siguió fue tan intenso que ambas pudieron escuchar sus propias respiraciones.
Alexandra bajó la mirada hacia los labios de Eli y después volvió a sus ojos azules.
—No tienes idea de cuánto deseaba escucharte decir eso.
—Entonces no me hagas esperar más.
La petición quedó suspendida entre ellas.
Alexandra alzó una mano y le acarició suavemente la mejilla. Eli cerró los ojos por un instante, inclinándose de manera instintiva hacia aquella caricia.
—Mírame —susurró Alexandra.
Eli obedeció.
—Si te beso ahora, no será porque quiera demostrarte nada ni porque pretenda jugar contigo —dijo Alexandra—. Será porque llevo todo el día deseando hacerlo.
—Entonces bésame.
Esta vez, Alexandra no se contuvo.
Acortó la distancia y tomó el rostro de Eli entre sus manos. Sus labios se encontraron en un beso que comenzó con una intensidad contenida y se transformó, en cuestión de segundos, en algo mucho más profundo.
Eli soltó un suspiro contra su boca y rodeó el cuello de Alexandra con los brazos, atrayéndola hacia ella.
La respuesta fue inmediata.
Alexandra la abrazó por la cintura y la acercó hasta que ya no quedó espacio entre sus cuerpos. La besó con todo el deseo que había intentado esconder desde aquel primer encuentro, sin arrogancia ni provocaciones, sino con una necesidad que la dejó tan sorprendida como a la propia Eli.
Eli se aferró a sus hombros. Había imaginado muchas veces cómo sería volver a besarla, pero ninguna de aquellas fantasías se acercaba a la realidad.
Alexandra tenía una manera de besarla que le borraba los pensamientos. Sus labios eran firmes y cálidos; sus manos, que normalmente transmitían autoridad y seguridad, la sostenían ahora con una delicadeza que hacía todavía más difícil recuperar el aliento.
Cuando Alexandra se apartó apenas unos centímetros, Eli la siguió, negándose a dejar que aquella distancia durara más de lo necesario.
—No te alejes —murmuró.
Los ojos verdes de Alexandra brillaron.
—¿Estás segura?
Eli deslizó una mano hasta su mejilla y acarició con el pulgar la línea de su mandíbula.
—Nunca había estado tan segura de querer algo.
Aquellas palabras terminaron de derribar las últimas defensas de Alexandra.
Volvió a besarla.
Esta vez fue Eli quien tomó la iniciativa. Se puso ligeramente de puntillas y buscó su boca con una pasión que sorprendió a ambas. Alexandra respondió rodeándole la cintura, mientras Eli hundía los dedos en su cabello oscuro.
Se besaron junto a la puerta, olvidándose de la hora, de la lluvia y de todo lo que habían dejado atrás al encontrarse aquella noche.
Cada pausa duraba apenas lo suficiente para mirarse. Cada mirada parecía conducirlas inevitablemente a otro beso.
Eli sonrió contra los labios de Alexandra.
—Esto es exactamente lo que quería.
—¿Que te besara?
—Que me besaras así.
Alexandra rozó su nariz con la de ella.
—Podrías haberlo pedido antes.
—No estaba segura de que quisieras hacerlo.
—Eli, llevo días intentando convencerme de que puedo mantenerte a una distancia prudente. Evidentemente, no soy tan buena en eso como creía.
Eli dejó escapar una pequeña carcajada, pero la sonrisa se le desvaneció cuando Alexandra volvió a acariciarle la mejilla.
—¿Qué? —preguntó Alexandra.
—Nada. Es solo que me gusta verte así.
—¿Así cómo?
—Sin esa expresión de mujer que siempre tiene todo bajo control.
Alexandra arqueó una ceja.
—No te acostumbres.
—Demasiado tarde.
Se miraron durante un instante y terminaron riendo suavemente. La risa alivió la tensión, pero no apagó el deseo que seguía latiendo entre ellas.
Eli apoyó la frente contra la de Alexandra.
—Quiero volver a besarte.
—Acabas de hacerlo.
—Y quiero hacerlo otra vez.
—Empiezo a sospechar que has venido con una agenda bastante ambiciosa.
—Tenía muchas cosas que decirte. Resulta que prefiero demostrártelas.
Alexandra sonrió, y Eli aprovechó aquella expresión inesperadamente tierna para besarla de nuevo.
El beso comenzó despacio, casi como una caricia, pero pronto recuperó la intensidad anterior.
Alexandra deslizó una mano por la espalda de Eli y la sostuvo contra ella, mientras la otra permanecía junto a su rostro.
Eli correspondió con la misma entrega, disfrutando de cada segundo sin intentar ocultar lo mucho que deseaba estar allí.
Cuando finalmente se separaron, ambas respiraban con dificultad.
Alexandra apoyó la frente en el hombro de Eli durante un instante, como si necesitara recuperar el control que había perdido.
Eli le acarició el cabello.
—¿Estás bien?
Alexandra soltó una risa breve.
—No. Y sospecho que tú tampoco.
—Estoy perfectamente.
—Tienes las mejillas encendidas.
—Tú también.
Alexandra levantó la cabeza y la miró con una expresión divertida.
—Eres una descarada, Sinclair.
—Y tú me acabas de besar como si llevaras semanas esperando que viniera.
La sonrisa de Alexandra se volvió más tenue. Sus dedos rozaron la mejilla de Eli.
—Quizá llevaba semanas esperando que dejaras de huir de lo que sientes.
Eli no respondió enseguida. Aquella frase llegó a un lugar mucho más profundo que cualquier beso.
—No quiero huir esta noche —confesó.
Alexandra la observó con seriedad.
—Entonces quédate un rato.
—¿Solo un rato?
—No abuses de mi hospitalidad.
—¿Y si quiero abusar un poquito?
—Entonces tendré que reconsiderar la invitación.