Capítulo 22 — No quiero que esta noche termine contigo #2
Alexandra volvió sobre sus pasos, tomó la carpeta y revisó rápidamente el documento.
—Está bien. Apruebo las modificaciones. Envíalo al equipo financiero y copia a Sofía.
Cerró la carpeta y se la devolvió.
—¿Algo más?
Eli sintió que las palabras se le acumulaban en la garganta.
—No.
Alexandra le dedicó una sonrisa breve.
—Entonces hasta mañana.
Y se marchó.
Eli se quedó mirando la puerta cerrada.
Había perdido.
No había conseguido retenerla con un informe, ni con una reunión pendiente, ni con ninguna de las excusas que se le habían ocurrido durante aquella interminable tarde.
Alexandra había hecho una promesa a sus hermanos y pensaba cumplirla.
Y Eli no podía pedirle que se quedara.
Porque, para hacerlo, habría tenido que admitir por qué quería tenerla cerca.
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A las diez de la noche, Alexandra llegó al lugar donde había quedado con Lucas y Leticia.
El local conservaba el mismo ambiente de siempre: luces cálidas en la entrada, música que se escuchaba desde la calle y una terraza donde la gente se reunía antes de entrar a la pista.
Alexandra llevaba un vestido negro elegante, ajustado a su figura, y unos tacones que resaltaban su porte. Su cabello oscuro caía sobre los hombros y sus ojos verdes parecían aún más intensos bajo las luces.
Lucas la miró de arriba abajo.
—Bueno, bueno… Parece que nuestra hermana todavía sabe arreglarse para algo que no sea una reunión del consejo.
—Y tú todavía sabes hablar demasiado —respondió Alexandra.
Leticia la abrazó por los hombros.
—Estás preciosa.
—Gracias.
—Esta noche te prohíbo mirar el teléfono cada cinco minutos.
Alexandra se lo entregó sin protestar.
—Toma. Así te quedas tranquila.
Leticia sonrió, sorprendida.
—¿De verdad?
—No pienso discutir contigo por un teléfono.
Lucas soltó una carcajada.
—Definitivamente, esta noche va a ser histórica.
Entraron juntos.
Al principio, Alexandra se mantuvo cerca de sus hermanos, conversando, riéndose de sus historias y aceptando una copa que Lucas pidió para los tres.
Poco a poco, la tensión acumulada durante el día comenzó a desaparecer.
Por un momento, volvió a sentirse como la mujer que había sido antes de que Eli Sinclair entrara en su vida.
Pero la tranquilidad no duró demasiado.
Una mujer de cabello largo y oscuro se acercó a la mesa. Vestía un vestido rojo y tenía una sonrisa segura.
—Buenas noches —saludó, mirando a Alexandra—. No pude evitar notar que llevas un rato aquí y todavía no has bailado.
Alexandra arqueó una ceja.
—¿Y eso es un problema?
—Podría serlo. Sería una pena desperdiciar una canción tan buena.
Lucas y Leticia intercambiaron una mirada triunfal.
Alexandra los vio.
—Ni una palabra.
La desconocida sonrió.
—¿Me concedes un baile?
Alexandra vaciló un segundo.
Después se levantó.
—Uno.
—Por ahora —respondió la mujer.
Lucas tuvo que contener una carcajada mientras veía a su hermana alejarse hacia la pista.
—Mira eso. Todavía hay esperanza.
Leticia le dio un codazo.
—No lo arruines.
En la pista, Alexandra permitió que la mujer la guiara al ritmo de la música. Sonrió cuando ella le dijo algo al oído y, durante unos minutos, consiguió olvidarse de los informes, de los presupuestos y de la expresión de Eli durante aquella última conversación.
O eso intentó.
Porque, incluso mientras bailaba con otra mujer, una pregunta seguía rondándole la cabeza.
¿Qué habría pasado si Eli hubiera sido quien le pidiera aquel baile?
Alexandra apretó ligeramente los labios.
No iba a pensar en ella.
No aquella noche.
No después de haberse prometido que dejaría de complicarse la vida con una mujer que todavía no sabía si quería estar a su lado.
Así que volvió a sonreír y aceptó bailar otra canción.
Sin saber que, a varios kilómetros de distancia, Eli estaba mirando la pantalla de su teléfono, luchando contra las ganas de escribirle.
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La casa estaba demasiado silenciosa.
Eli llevaba casi una hora sentada en el sofá, con una taza de té que ya se había enfriado entre las manos.
Roberto estaba fuera por un compromiso y le había avisado que regresaría tarde.
En otras circunstancias, aquella soledad le habría parecido una oportunidad para descansar.
Esa noche, en cambio, no podía dejar de pensar en Alexandra.
Había intentado leer.
Había revisado los correos pendientes.
Incluso había abierto el informe de expansión, aunque no necesitaba volver a revisarlo hasta la mañana siguiente.
Nada funcionaba.
Cada vez que cerraba los ojos, imaginaba a Alexandra en el antro.
Sonriendo.
Bailando.
Dejando que otra mujer se acercara lo suficiente para susurrarle al oído.
Y Eli se descubría deseando que aquella desconocida no consiguiera nada más que una canción.
Se levantó del sofá y caminó hasta la ventana.
—No tienes derecho a sentir celos —se recordó en voz baja.
Pero los celos no desaparecieron.
Porque el problema no era solamente que Alexandra pudiera besar a otra mujer.
El problema era que Eli quería ser esa mujer.
Quería volver a sentir sus labios.
Quería descubrir si Alexandra siempre besaba de aquella manera o si había sido especial porque, por una vez, también había perdido el control.
Y había otra pregunta que le daba todavía más miedo.
¿Cómo sería estar con Alexandra sin tener que detenerse a mitad de un beso?
Eli cerró los ojos con fuerza.
No podía seguir imaginando aquellas cosas.
No cuando todavía estaba casada.
No cuando ni siquiera había sido capaz de hablar honestamente con Roberto.
Pero tampoco podía fingir que lo ocurrido con Alexandra no significaba nada.
Tomó su teléfono.
Abrió la conversación con ella.
El último mensaje era de días atrás, relacionado con un documento de la empresa. Eli recorrió la pantalla hasta encontrar el espacio para escribir.
Tecleó:
¿Sigues fuera?
Lo leyó.
Lo borró.
Volvió a escribir:
Necesito hablar contigo.
También lo borró.
No quería inventar otra excusa de trabajo. Ya había utilizado suficientes durante la tarde.
Respiró hondo y escribió, esta vez sin borrar una sola palabra.
Alexandra, sé que es tarde y que probablemente estés ocupada. No quiero molestarte, pero necesito hablar contigo. ¿Puedo ir a tu casa cuando regreses? No quiero discutir ni hablar de la empresa. Solo necesito verte y decirte algo que no he sido capaz de decirte.
Eli contempló el mensaje.
Su dedo permaneció suspendido sobre la pantalla.
Si lo enviaba, ya no podría fingir que solo quería resolver asuntos laborales.
Si lo enviaba, estaría dando un paso que llevaba días intentando evitar.
Y, si Alexandra aceptaba verla, tendría que enfrentarse a todo aquello que había estado ocultando detrás de su matrimonio, sus responsabilidades y sus interminables jornadas de trabajo.
Cerró los ojos.
Y pulsó enviar.
El mensaje quedó marcado como entregado.
Eli dejó el teléfono sobre el sofá y se llevó ambas manos al rostro.
—¿Qué estoy haciendo? —susurró.
No tenía respuesta.
Solo sabía que, por primera vez, no había buscado una excusa para acercarse a Alexandra.
Le había pedido verla porque la necesitaba cerca.
Y ahora tendría que esperar.
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A las dos y diecisiete de la madrugada, Alexandra estaba sentada en el asiento trasero de su automóvil, regresando a casa después de dejar a Leticia en su apartamento y asegurarse de que Lucas hubiera conseguido un transporte seguro.
La noche había sido agradable.
Había bailado, se había reído y, durante unas horas, había conseguido apartar de su mente todo lo que le provocaba dolor de cabeza.
La mujer del vestido rojo le había pedido su número antes de despedirse.
Alexandra todavía no había decidido si se lo daría.
No porque la desconocida no le pareciera atractiva.
Sino porque, por mucho que intentara convencerse de lo contrario, ninguna sonrisa de aquella noche había conseguido hacerla olvidar unos ojos azules.
Su teléfono vibró.
Alexandra lo sacó del bolso sin demasiadas expectativas.
Entonces vio el nombre en la pantalla.
Eli Sinclair.
La sonrisa desapareció de sus labios.
Abrió el mensaje y lo leyó una vez.
Después otra.
Y una tercera.
Eli quería verla.
A esas horas.
En su casa.
Sin hablar de la empresa.
Alexandra sintió que el corazón le golpeaba el pecho con una fuerza absurda.
Podía responder que era demasiado tarde.
Podía decirle que hablarían al día siguiente en la oficina.
Podía protegerse, como llevaba días intentando hacer.
Pero una parte de ella, la más honesta y la más peligrosa, quería saber qué tenía Eli que decirle.
Sus dedos se movieron sobre la pantalla.
Acabo de salir del antro. Estoy llegando a casa. Si de verdad quieres hablar conmigo, puedes venir.
Se detuvo antes de enviarlo.
Aquella respuesta podía cambiarlo todo.
Porque si Eli aparecía en su puerta a las tres de la madrugada, Alexandra tendría que enfrentarse a una pregunta que llevaba días evitando.
¿Sería capaz de abrirle la puerta sin volver a desear besarla?
Finalmente, envió el mensaje.
Porque Eli Sinclair acababa de pedirle que la dejara entrar en su casa, pero ninguna de las dos sabía si, una vez que estuvieran frente a frente, serían capaces de mantener sus corazones fuera de aquella conversación.