Capítulo 22 — No quiero que esta noche termine contigo
Alexandra Woods sabía reconocer cuándo se había equivocado.
Lo difícil, al menos para ella, era admitirlo en voz alta.
Aquella tarde, después de pasar varias horas intentando concentrarse en los informes de la compañía, decidió que ya había tenido suficiente de esconderse detrás de su escritorio. Cerró la computadora, tomó su teléfono y llamó primero a Lucas.
—Necesito que vengas a mi oficina.
—¿Para qué? ¿Para explicarme por qué mi propuesta es una desgracia para la economía mundial? —respondió su hermano.
Alexandra cerró los ojos.
Se lo merecía.
—No. Para pedirte disculpas.
Al otro lado de la línea hubo un silencio.
—¿Qué dijiste?
—No voy a repetirlo, Lucas.
—Entonces voy para allá. No todos los días escucho a Alexandra Woods admitir que se ha equivocado. Debería grabarlo para la posteridad.
—Lucas…
—Ya voy, ya voy.
Colgó antes de que ella pudiera amenazarlo.
Diez minutos después, Lucas entró en la oficina acompañado de Leticia, quien evidentemente había sido informada de la situación y parecía disfrutar anticipadamente de lo que estaba por suceder.
—Bueno —dijo Leticia, sentándose frente al escritorio—. ¿Qué hiciste con mi hermana y dónde está la mujer que conozco?
Alexandra se recostó en su silla.
—¿Van a dejarme hablar o vinieron únicamente a burlarse de mí?
—Podemos hacer ambas cosas —contestó Lucas.
Alexandra suspiró.
—Lo de esta mañana estuvo mal. No tenía derecho a hablarles de esa manera. Ni a ti, Lucas, ni a ti, Leticia. Ustedes estaban haciendo su trabajo y yo descargué mi mal humor con ustedes.
Su expresión se volvió más seria.
—Lo siento. De verdad.
Leticia dejó de sonreír.
Conocía a su hermana. Alexandra no era una mujer que pidiera disculpas con facilidad, y mucho menos cuando se trataba de reconocer que había lastimado a alguien.
—Acepto tus disculpas —dijo Leticia, acercándose para tomarle la mano—. Pero la próxima vez que tengas un mal día, intenta no declararles la guerra a todos los departamentos de la empresa.
Lucas soltó una carcajada.
—Yo también las acepto. Aunque debo decir que me debes un café por cada insulto que recibí esta mañana.
—Te compraré una cafetería entera si eso consigue que dejes de hablar.
—Esa es la hermana que conozco.
Alexandra terminó riéndose.
Y, por primera vez desde el beso con Eli, sintió que podía respirar sin tener aquella presión constante en el pecho.
Quizá necesitaba recordar quién era antes de que una mujer de ojos azules comenzara a desordenarle la vida.
—Tengo una propuesta —anunció Lucas.
Alexandra lo miró con desconfianza.
—Si tiene que ver con otro presupuesto, puedes retirarte.
—No tiene nada que ver con la empresa.
Leticia se acomodó en el sofá y sonrió.
—Queremos salir contigo esta noche.
Alexandra arqueó una ceja.
—¿Salir?
—Sí, Alexandra. Esa actividad que consiste en abandonar la oficina, ponerse ropa bonita, escuchar música y recordar que existen personas fuera de Woods International —explicó Leticia.
—Sé perfectamente lo que significa salir.
—Últimamente no lo parece —murmuró Lucas.
Alexandra le lanzó una mirada amenazadora.
Él sonrió.
—Vamos. Hace meses que no salimos los tres juntos. Siempre tienes una reunión, un contrato, un viaje o alguna excusa para no acompañarnos. Queremos una noche como antes.
Aquellas palabras la hicieron detenerse.
Como antes.
Antes de convertirse en la mujer que dirigía una compañía internacional. Antes de acostumbrarse a cenar sola, a trabajar hasta la madrugada y a medir cada minuto de su vida en términos de productividad.
Antes de que desear a Eli Sinclair se convirtiera en una distracción capaz de alterar hasta su respiración.
Recordó las noches en las que salían sin preocupaciones, las bromas de Lucas, las discusiones absurdas con Leticia y las veces que terminaban desayunando juntos porque ninguno quería que la diversión terminara.
Sonrió.
—Está bien. Esta noche saldré con ustedes.
Lucas levantó ambos brazos como si acabara de ganar una negociación millonaria.
—¡Por fin!
—Pero tengo una condición —añadió Alexandra.
Leticia entrecerró los ojos.
—Sabía que había una condición.
—No quiero escuchar ni una sola palabra sobre la empresa durante toda la noche.
—Aceptado —dijo Lucas.
—Y tampoco quiero que intenten organizarme una cita.
Su hermano intercambió una mirada con Leticia.
Demasiado rápida para pasar inadvertida.
Alexandra los señaló con el dedo.
—Los conozco.
—¿Nosotros? —preguntó Leticia, fingiendo inocencia—. No sé de qué hablas.
—Si descubro que han planeado alguna estupidez, me marcharé y los dejaré pagando toda la cuenta.
—Qué carácter —murmuró Lucas.
Alexandra volvió a reír.
—A las diez. Y ni un minuto más tarde.
—Hecho —respondieron ambos.
Cuando sus hermanos salieron, Alexandra miró el reloj.
Por primera vez en mucho tiempo, tenía algo que esperar con ilusión.
Aunque todavía no sabía que aquella decisión iba a provocar una reacción inesperada en la mujer que llevaba todo el día intentando olvidar.
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A unos metros de allí, en el pasillo que conducía a los despachos ejecutivos, Lucas caminaba junto a Leticia.
—¿Crees que de verdad está bien? —preguntó su hermana.
Lucas se encogió de hombros.
—No lo sé. Pero está claro que necesita desconectar. Lleva demasiado tiempo viviendo para el trabajo.
Leticia asintió.
—Entonces esta noche la vamos a obligar a divertirse.
—Exactamente.
Lucas sacó su teléfono para consultar la hora.
—Reservaré una mesa en el sitio de siempre.
Leticia sonrió con malicia.
—Y esta vez no vamos a dejar que se quede sentada en una esquina mirando el teléfono.
—Ni que se ponga a hablar de contratos con el camarero.
—Ni que rechace a todas las mujeres bonitas que se acerquen.
Lucas soltó una carcajada.
—Eso es lo que más me preocupa. Alexandra necesita recordar que hay vida después de la oficina.
—Conozco el lugar perfecto. Música, buena bebida y mujeres preciosas. En cuanto vea a alguna que le guste, se le olvidará hasta su propio apellido.
—No te emociones. Nuestra hermana es capaz de encontrar defectos en una modelo internacional si no le gusta cómo sostiene una copa.
—Entonces tendremos que buscar a alguien que consiga sorprenderla.
Ambos siguieron caminando, hablando de cómo lograrían que Alexandra se relajara y disfrutara de la noche como antes.
No se dieron cuenta de que, a pocos pasos, Eli Sinclair había salido de su oficina para buscar unos documentos.
Y había escuchado cada palabra.
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Eli se quedó inmóvil junto a la pared.
No pretendía escuchar una conversación privada. Había salido únicamente para recoger un expediente que necesitaba revisar antes de terminar su jornada.
Pero el nombre de Alexandra había captado su atención.
Y después llegaron aquellas palabras.
Antro.
Mujeres preciosas.
Conseguir que se olvide de todo.
Eli sintió que el estómago se le encogía.
Intentó convencerse de que no le importaba.
Alexandra era una mujer soltera. Podía salir con quien quisiera, besar a quien quisiera y llevarse a quien quisiera a su casa. No tenía ninguna obligación con ella.
Ninguna.
Eli estaba casada.
Tenía un marido que la esperaba y al que apenas había conseguido mirar a los ojos aquella mañana.
No podía reclamarle absolutamente nada a Alexandra.
Y, sin embargo, imaginarla en aquel lugar, sonriendo a otra mujer, inclinándose para escucharla entre la música y acercándose lo suficiente para besarla, le provocó una punzada de celos tan intensa que tuvo que respirar hondo.
Porque ella conocía aquella sonrisa.
Había visto a Alexandra sonreír de esa manera durante el beso.
Y quería volver a verla.
Pero no con otra mujer.
—Esto es absurdo —susurró.
Regresó a su oficina y cerró la puerta.
Intentó trabajar.
Leyó el mismo párrafo cuatro veces sin comprenderlo.
Abrió una hoja de cálculo y olvidó qué cifra estaba buscando.
Cada pocos minutos miraba el reloj, como si el simple paso del tiempo pudiera cambiar algo.
Finalmente, tomó una decisión.
Si conseguía que Alexandra se quedara en la empresa, quizá podría verla antes de que se marchara. Quizá podría encontrar alguna razón para hablar con ella. Quizá…
Se interrumpió.
No tenía derecho a retenerla solo porque le molestaba imaginarla con otra persona.
Pero necesitaba verla.
Aunque fuera unos minutos.
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A las siete y media, Eli apareció en la oficina de Alexandra con una carpeta entre las manos.
Alexandra estaba terminando de guardar sus cosas.
Al verla, levantó la mirada.
—¿Necesitas algo, Sinclair?
Eli tuvo que hacer un esfuerzo para no detenerse en la forma en que Alexandra había pronunciado su apellido.
—El informe de expansión. Hay unas cifras que quería revisar contigo antes de enviarlo al consejo.
Alexandra extendió la mano para recibir la carpeta.
—Déjalo aquí. Lo revisaré mañana.
Eli miró el reloj.
—Pensé que podríamos verlo juntas esta tarde.
—Lo siento. Tengo un compromiso.
—¿Un compromiso?
La pregunta salió demasiado rápido.
Alexandra alzó la mirada.
—Sí. ¿Ocurre algo?
—No. Solo pensé que sería conveniente terminarlo hoy.
—El informe puede esperar hasta mañana. Si hay algún problema urgente, envíamelo por correo y lo revisaré desde casa.
Eli sintió que su plan comenzaba a desmoronarse.
—También hay que revisar las proyecciones del segundo trimestre.
—Lo haremos mañana.
—Y el calendario de las reuniones con los socios europeos.
Alexandra la miró con una expresión cada vez más desconfiada.
—Eli, ¿hay alguna razón por la que estés intentando encontrarme trabajo adicional a última hora de la tarde?
El corazón de Eli dio un vuelco.
—Estoy intentando asegurarme de que todo quede en orden.
—Entonces puedes estar tranquila. Todo quedará en orden.
Alexandra tomó su bolso.
—Buenas noches, Sinclair.
Eli no se movió.
—Alexandra…
La CEO se detuvo junto a la puerta.
—¿Sí?
Por un instante, Eli estuvo a punto de decirle la verdad.
Que no quería que se marchara.
Que no soportaba imaginarla con otra mujer.
Que desde aquel beso llevaba días luchando contra un deseo que no sabía cómo detener.
Pero no dijo nada de eso.
—¿Podrías revisar al menos la última página? Solo necesito tu aprobación.