La heredera del imperio Woods Capítulo 21 — El mal humor de una mujer enamorada #2
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Capítulo 21 — El mal humor de una mujer enamorada #2

—Te conozco desde antes de que tu padre te entregara las riendas de esta compañía.

He visto cómo negocias con empresarios que podrían comprarse tres edificios como este sin pestañear.

Te he visto mantener la calma en medio de crisis que habrían hecho renunciar a cualquier otra persona.

Y hoy casi conviertes una reunión de presupuestos en una guerra mundial.

Alexandra dejó el bolígrafo sobre la mesa.

—Estoy bajo presión.

—Siempre estás bajo presión.

—Tenemos proyectos internacionales, contratos pendientes y un consejo de administración que espera resultados.

—Y, aun así, ayer no trataste así a nadie.

Alexandra apartó la mirada.

Sofía se inclinó ligeramente hacia ella.

—¿Qué cambió?

—Nada.

—No me mientas.

—No te estoy mintiendo.

—Entonces mírame a los ojos y dime que no te pasa absolutamente nada.

Alexandra levantó la mirada.

Sus ojos verdes se encontraron con los de su amiga.

—No me pasa absolutamente nada.

Sofía permaneció en silencio unos segundos.

Después sonrió sin humor.

—De acuerdo. Entonces no tendrás ningún problema en explicarme por qué te has pasado toda la mañana mirando la puerta cada vez que Eli salía de la sala.

Alexandra se quedó inmóvil.

Fue apenas un instante.

Pero Sofía lo notó.

—No sé de qué hablas.

—Por supuesto que no.

Sofía se levantó, recogió su carpeta y caminó hacia la puerta. Antes de abrirla, se volvió una última vez.

—Te daré una oportunidad para que me cuentes la verdad por voluntad propia. Pero si sigues tratando a todo el mundo como si tuviera la culpa de algo que no quieres reconocer, voy a averiguarlo por mi cuenta.

—No tienes nada que averiguar.

—Eso espero.

Sofía abrió la puerta.

—Y Alexandra…

—¿Qué?

—Si lo que te pasa tiene que ver con Eli, será mejor que dejes de fingir que puedes resolverlo dirigiendo una reunión con mano de hierro.

La puerta se cerró.

Alexandra permaneció inmóvil.

Por primera vez aquella mañana, no tenía una respuesta preparada.

Porque Sofía había acertado.

Todo tenía que ver con Eli.

Con sus ojos azules.

Con aquel beso que seguía sintiendo cada vez que cerraba los suyos.

Y con la desesperante certeza de que, aunque había intentado convencerse de que podía mantener las distancias, bastaba con ver a Eli entrar en una habitación para que todas sus buenas intenciones desaparecieran.

Se pasó una mano por el rostro y soltó una maldición en voz baja.

—Maldita Sinclair…

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Mientras tanto, Eli había conseguido llegar a su oficina sin encontrarse con nadie.

Cerró la puerta, dejó la carpeta sobre el escritorio y se quedó de pie junto a la ventana.

Estaba furiosa con Alexandra.

O eso intentó decirse.

Estaba furiosa por la manera en que había tratado a Lucas. Por haber humillado a Leticia delante de todos. Por haber estado a punto de atacarla a ella también.

Pero, por encima de todo, estaba furiosa consigo misma.

Porque, incluso después de aquella escena, seguía recordando el beso.

La forma en que Alexandra había pronunciado su nombre.

La cercanía de su cuerpo.

La manera en que sus labios habían conseguido dejarla sin una sola idea coherente.

Eli cerró los ojos.

—Esto es ridículo —murmuró.

Su teléfono vibró sobre el escritorio.

Era un mensaje de Roberto.

¿Podemos cenar juntos esta noche? Quiero pasar un rato contigo. Últimamente siento que apenas hablamos.

Eli leyó el mensaje dos veces.

Debería haber sentido alivio. Roberto estaba intentando acercarse a ella, y quizá aquella cena les permitiría recuperar algo de la intimidad que habían perdido.

Sin embargo, su mente volvió a Alexandra.

A su mirada durante la reunión.

A la manera en que había seguido sus movimientos cuando ella abandonó la sala.

Eli dejó el teléfono boca abajo.

No podía seguir así.

No podía continuar deseando a otra mujer mientras regresaba a casa y fingía que todo estaba bien.

Pero tampoco sabía cómo arrancarse de la memoria aquel beso sin sentir que estaba renunciando a algo que apenas había comenzado.

Se sentó frente al escritorio y abrió el informe del proyecto.

Tenía trabajo.

Mucho trabajo.

Y, por el momento, era lo único que podía permitirse controlar.

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A media tarde, Sofía volvió a entrar en la oficina de Alexandra.

Esta vez no llevaba documentos ni informes.

Llevaba dos cafés.

Dejó uno frente a su amiga y se sentó sin pedir permiso.

—He hablado con Leticia —anunció.

Alexandra levantó la mirada de la pantalla.

—¿Por qué?

—Porque es mi amiga también y quería asegurarme de que no abandonara la compañía después de la encantadora conversación que habéis tenido esta mañana.

—No va a abandonar la compañía.

—No. Pero está enfadada contigo. Lucas también. Y Eli…

Sofía hizo una pausa deliberada.

Alexandra dejó de teclear.

—¿Qué pasa con Eli?

La sonrisa de Sofía apareció lentamente.

—Interesante.

—¿Qué?

—No he dicho que le pase nada. Solo he mencionado su nombre y has dejado de trabajar.

Alexandra volvió la mirada a la pantalla.

—¿Puedes comportarte como una adulta durante cinco minutos?

—Puedo. Pero no quiero.

Sofía tomó un sorbo de café.

—Voy a preguntártelo una sola vez más. ¿Qué ocurrió entre tú y Eli?

Alexandra no respondió.

—¿La besaste?

El silencio se volvió insoportable.

Sofía abrió ligeramente los ojos.

—Dios mío. La besaste.

—Baja la voz.

—¡Alexandra!

—Sofía.

—¡No puedo creerlo! ¿Cuándo? ¿Cómo? Espera… ¿ella te besó también?

Alexandra se levantó de su silla y caminó hacia los ventanales.

No necesitaba responder.

La expresión de Sofía cambió.

—Ella te correspondió.

Alexandra apoyó una mano en el cristal.

—Sí.

La palabra salió en voz baja.

Sofía dejó el café sobre la mesa.

—¿Y después?

—Después nos apartamos.

—¿Por qué?

Alexandra soltó una risa breve, sin alegría.

—Porque Eli está casada. Porque no quiero convertirme en la razón por la que destruya su matrimonio. Porque, por primera vez en mi vida, no sé qué hacer con alguien a quien deseo tanto.

Sofía la observó con una seriedad que rara vez mostraba.

—¿Y por eso has decidido pelearte con toda la empresa?

—No he decidido nada.

—Pues tu mal humor parece tener una agenda bastante clara.

Alexandra se volvió hacia ella.

—No es tan sencillo.

—Nunca lo es cuando empiezas a sentir algo de verdad.

Aquellas palabras la dejaron en silencio.

Sofía se acercó y apoyó una mano en su hombro.

—Escúchame. No voy a decirte que dejes de sentir lo que sientes. Eso no funciona así. Pero tienes que decidir qué vas a hacer con ello. Y mientras Eli siga casada, necesitas respetar sus límites, incluso cuando eso te duela.

Alexandra bajó los ojos.

—Lo sé.

—Entonces empieza por dejar de castigar a los demás por algo que solo tú puedes resolver.

Sofía recogió su bolso.

—Y habla con tu hermana. Y con Lucas. Te lo agradecerán.

Cuando llegó a la puerta, Alexandra la llamó.

—Sofía.

Su amiga se volvió.

—¿Sí?

Alexandra vaciló antes de hacer la pregunta que llevaba atorada en la garganta desde que Eli había salido de la sala.

—¿Crees que ella también está pensando en lo que pasó?

Sofía la miró durante unos segundos.

Después sonrió con dulzura.

—Alexandra, si Eli te besó como dices que lo hizo, dudo mucho que seas la única que no consigue olvidarlo.

Y salió, dejándola sola con aquella respuesta.

Alexandra volvió a mirar la ciudad a través de los ventanales.

Por primera vez en todo el día, su expresión se suavizó.

No podía pedirle a Eli que la eligiera.

No podía exigirle que resolviera su matrimonio.

Pero había algo que ya no podía negar.

Quería volver a besarla.

Y esa era precisamente la razón por la que tendría que aprender a mantenerse alejada.

Al menos hasta que Eli supiera qué quería hacer con su propia vida.

Porque Alexandra Woods podía controlar una empresa entera.

Lo que todavía no sabía era cómo controlar lo que sentía por Eli Sinclair.