Capítulo 21 — El mal humor de una mujer enamorada
La sala de reuniones de Woods International nunca había parecido tan pequeña como aquella mañana.
Alexandra Woods estaba sentada en la cabecera de la mesa, con una expresión que habría conseguido silenciar hasta al ejecutivo más experimentado de la compañía.
Su traje negro impecable, el cabello oscuro perfectamente acomodado y aquellos ojos verdes, normalmente capaces de transmitir una seguridad arrolladora, hoy parecían anunciar una tormenta.
Y nadie estaba a salvo de ella.
—¿Me puedes explicar por qué tengo que aprobar un presupuesto que supera en un treinta por ciento lo que acordamos la semana pasada? —preguntó Alexandra, mirando directamente a Lucas.
Lucas, responsable de coordinar los proyectos de la compañía, revisó sus documentos antes de responder.
—Porque los proveedores modificaron sus tarifas y, si queremos cumplir con los plazos, necesitamos contratar personal adicional. No podemos hacer magia con los recursos que tenemos.
Alexandra dejó el bolígrafo sobre la mesa.
El sonido fue pequeño, pero todos lo escucharon.
—No te estoy pagando para que me expliques por qué las cosas no se pueden hacer, Lucas. Te pago para que encuentres la manera de hacerlas.
Lucas levantó la mirada.
—Y yo estoy intentando explicarte que hay decisiones que no dependen exclusivamente de nosotros.
—Entonces aprende a negociar mejor.
El ambiente se tensó de inmediato.
Sofía, sentada a la derecha de Alexandra, levantó discretamente los ojos de su carpeta. Conocía a su amiga desde hacía demasiados años para no reconocer aquella expresión. Alexandra estaba irritada, impaciente y, sobre todo, distraída.
Y cuando Alexandra Woods estaba distraída, alguien terminaba pagando las consecuencias.
—Con todo respeto, Alexandra —respondió Lucas, conteniendo su propia molestia—, los resultados del proyecto están dentro de los objetivos. Si quieres reducir el presupuesto, podemos hacerlo, pero tendrás que aceptar que algunos plazos se retrasen.
Alexandra se inclinó hacia delante.
—¿Me estás diciendo cómo dirigir mi empresa?
—Te estoy diciendo cómo funciona el proyecto que me encargaste coordinar.
Alguien dejó de pasar las páginas de su informe.
Otro ejecutivo fingió revisar su computadora.
Sofía cerró los ojos durante un segundo.
Aquello iba a ser una mañana larguísima.
—Perfecto —dijo Alexandra con una sonrisa carente de humor—. Entonces quizá debería buscar a alguien que pueda cumplir sus responsabilidades sin venir a explicarme por qué necesita más dinero cada vez que encuentra un obstáculo.
Lucas apretó la mandíbula.
—Quizá también deberías escuchar a las personas que contratas para resolver esos problemas.
El silencio que siguió fue absoluto.
Sofía intervino antes de que Alexandra pudiera responder.
—Bien. Creo que ya hemos establecido las dificultades del proyecto. Revisaremos las cifras y presentaremos una propuesta alternativa esta tarde.
Alexandra ni siquiera la miró.
—Todavía no hemos terminado.
—Yo sí he terminado de escuchar una discusión que no está aportando nada —replicó Sofía con tranquilidad—. Y estoy segura de que tú también sabes distinguir entre una reunión de trabajo y una competencia para ver quién levanta más la voz.
Lucas bajó la mirada hacia sus documentos, disimulando una sonrisa.
Alexandra giró lentamente la cabeza hacia su amiga.
—¿Quieres añadir algo más?
—Sí. Que todavía nos queda revisar el presupuesto del departamento de marketing.
Leticia, la hermana de Alexandra, que había permanecido en silencio hasta ese momento, levantó la cabeza.
—Precisamente sobre eso quería hablar.
Alexandra se recostó en su silla.
—Adelante. Ilumínanos.
Leticia frunció el ceño.
—El presupuesto de marketing no es un capricho. Necesitamos renovar la campaña internacional, contratar un equipo creativo y reforzar la presencia de Woods International en los nuevos mercados. Si recortas los fondos que solicité, no podemos garantizar los resultados que esperas.
—Qué curioso. Hoy todos parecen tener una excelente lista de razones para pedirme dinero.
—Porque todos estamos intentando hacer nuestro trabajo —contestó Leticia—. Aunque, por lo que veo, hoy resulta imposible hablar contigo sin que conviertas cada explicación en una batalla.
Los ojos verdes de Alexandra se clavaron en ella.
—Ten cuidado con el tono que utilizas conmigo.
—Y tú ten cuidado con la manera en que tratas a las personas que te quieren y trabajan contigo.
—Esto es una empresa, Leticia, no una reunión familiar.
—¡Lo sé perfectamente! ¡Por eso llevo toda la mañana intentando hablarte de números y tú ni siquiera has revisado la propuesta completa!
Leticia abrió su carpeta y deslizó varios documentos hacia el centro de la mesa.
—Aquí están las cifras, las proyecciones y los resultados de las últimas campañas. Pero, si ya decidiste rechazarlo todo antes de escucharme, podríamos ahorrarnos esta reunión.
Alexandra miró los documentos sin tocarlos.
—Preséntame una propuesta que se ajuste al presupuesto aprobado.
—Ya lo hice.
—Entonces vuelve a hacerlo.
Leticia se quedó inmóvil.
—¿Sabes qué? No voy a discutir contigo cuando estás decidida a tratar a todo el mundo como si fuera incompetente.
Recogió su carpeta y se levantó.
—Cuando quieras hablar de trabajo de verdad, me buscas.
—Leticia —advirtió Alexandra.
—No, Alexandra. Hoy no.
Su hermana salió de la sala sin esperar respuesta.
La puerta se cerró.
Durante varios segundos, nadie se atrevió a moverse.
Alexandra volvió la mirada hacia Lucas.
—¿Tienes algo más que decir?
Lucas recogió sus documentos con una calma que contrastaba con la tensión de la sala.
—Sí. Que el informe estará en tu escritorio esta tarde. Y que espero que para entonces hayas recuperado las ganas de trabajar con tu equipo en lugar de contra él.
Se puso de pie.
—Con permiso.
—Lucas, no hemos terminado —dijo Alexandra.
—Yo sí. Tengo un proyecto que dirigir.
Y salió.
Alexandra apretó los labios.
—Fantástico. ¿Alguien más quiere decirme cómo debo hacer mi trabajo?
Nadie respondió.
Excepto Eli.
—Quizá deberías leer el informe antes de rechazarlo.
Alexandra giró la cabeza hacia ella.
Eli Sinclair había permanecido en silencio durante buena parte de la reunión, intentando concentrarse en los asuntos pendientes.
Llevaba el cabello castaño suelto sobre los hombros y vestía una blusa azul claro bajo una chaqueta elegante.
Sus ojos azules, habitualmente serenos, mostraban ahora una mezcla de cansancio e incredulidad.
Desde el beso que habían compartido, estar cerca de Alexandra se había convertido en una tortura deliciosa.
Recordaba sus labios más veces de las que estaba dispuesta a admitir. Recordaba la manera en que Alexandra la había mirado después, como si estuviera luchando contra sí misma para no volver a besarla.
Y, sin embargo, aquella mañana tenía delante a una mujer que parecía empeñada en destruir la paciencia de todos.
—¿Perdón? —preguntó Alexandra.
Eli sostuvo su mirada.
—Has escuchado perfectamente. El informe incluye alternativas para reducir los gastos sin comprometer los resultados. Si te tomaras cinco minutos para revisarlo, quizá descubrirías que Lucas tiene razón en algunos puntos.
Alexandra entrecerró los ojos.
—¿Ahora también vas a defenderlo?
—No estoy defendiendo a nadie. Estoy hablando del trabajo.
—Pues entonces limítate a hablar del tuyo, Sinclair.
Eli sintió que algo se le encendía en el pecho.
—Con gusto. Pero si quieres que el proyecto salga adelante, tendrás que escuchar a las personas que saben cómo funciona.
—¿Estás insinuando que no sé dirigir mi propia empresa?
—Estoy insinuando que hoy no estás escuchando a nadie.
La tensión entre ambas cambió de inmediato.
Ya no era solamente la discusión por el presupuesto. Había algo más, algo que ninguna de las dos podía nombrar delante de los demás.
Alexandra miró los ojos azules de Eli y, durante un instante, recordó exactamente cómo habían brillado cuando ella se había acercado para besarla.
Recordó su mano aferrándose a su ropa.
Recordó que Eli no había querido que se apartara.
Y aquel recuerdo, en lugar de calmarla, la irritó todavía más.
Porque desde entonces no había conseguido dejar de pensar en ella.
Ni siquiera cuando intentaba hacerlo.
—¿Has terminado? —preguntó Alexandra con frialdad.
Eli sostuvo su mirada durante un segundo más.
—Sí.
Cerró su carpeta.
—Cuando estés dispuesta a escuchar una opinión profesional sin convertirla en un ataque personal, estaré en mi oficina.
Se levantó.
Alexandra abrió la boca para responder, pero Sofía se puso de pie antes que ella.
—La reunión ha terminado.
Su tono no admitía discusión.
Los ejecutivos comenzaron a recoger sus cosas con una rapidez casi sospechosa. Nadie quería convertirse en la siguiente víctima del mal humor de Alexandra.
Eli fue una de las últimas en salir.
Al pasar junto a la cabecera de la mesa, evitó mirar directamente a Alexandra.
Fue un error.
Porque Alexandra siguió cada uno de sus movimientos con los ojos hasta que la puerta se cerró detrás de ella.
Y Sofía lo vio todo.
Lo vio en la tensión de su mandíbula.
En la forma en que sus dedos apretaban el bolígrafo.
En la mirada que había seguido a Eli incluso después de que desapareciera.
Sofía conocía a Alexandra demasiado bien.
Aquello no era solamente un mal día.
Había una razón.
Y estaba decidida a descubrirla.
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Cuando la sala quedó vacía, Sofía cerró la puerta y se volvió hacia su amiga.
Alexandra seguía sentada en la cabecera, mirando los documentos como si quisiera prenderles fuego con la mirada.
—Bien —dijo Sofía—. Ahora vamos a hablar.
—No tengo ganas.
—Qué sorpresa. Hace diez minutos tampoco tenías ganas de escuchar a Lucas, hace cinco no querías escuchar a tu hermana y hace dos estabas a punto de discutir con Eli.
—¿Vas a darme una lista de todas las personas que me han irritado esta mañana o tienes algo importante que decirme?
Sofía arrastró una silla y se sentó frente a ella.
—Quiero saber qué te pasa.
—Nada.
—Alexandra.
—Sofía.
Las dos se miraron.
Sofía cruzó los brazos.