La heredera del imperio Woods Capítulo 20 — El recuerdo de tus labios #2
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Capítulo 20 — El recuerdo de tus labios #2

Eli subió a la habitación, tomó una muda de ropa y guardó su computadora portátil en el bolso.

Cuando regresó a la sala, Roberto estaba sentado en el sofá, mirando su teléfono.

—¿Te vas ya?

—Sí. Quiero aprovechar la noche para adelantar el trabajo.

Él levantó la cabeza.

—¿Quieres que te acompañe?

—No, cariño. No hace falta. Probablemente termine tarde y no quiero que tengas que esperarme.

Roberto dejó el teléfono a un lado.

—Está bien.

Se acercó para despedirse de ella.

Eli sintió que el corazón comenzaba a acelerársele.

No quería volver a apartarse.

No quería herirlo.

Pero cuando Roberto inclinó el rostro hacia el suyo, su cuerpo reaccionó antes de que pudiera controlar sus pensamientos.

Giró la cabeza.

El beso volvió a quedar sobre su mejilla.

Esta vez, Roberto no sonrió.

Se quedó mirándola durante unos segundos, con una expresión que Eli no consiguió interpretar.

—¿Hay algo que quieras contarme?

La pregunta la dejó sin palabras.

Por un instante, pensó en decirle la verdad.

No toda, quizá, pero al menos una parte.

Sin embargo, el miedo volvió a cerrarle la garganta.

—No, Roberto. Te lo prometo. Solo estoy preocupada por el trabajo.

Él sostuvo su mirada.

Después asintió lentamente.

—De acuerdo.

No discutió.

No la acusó de nada.

Simplemente le dio un beso en la frente y se apartó.

—Avísame cuando llegues.

—Lo haré.

Eli salió de casa con el corazón oprimido.

Cuando cerró la puerta detrás de ella, se quedó inmóvil unos segundos.

Había conseguido marcharse sin tener que responder ninguna pregunta incómoda.

Pero no había conseguido escapar de sí misma.

---

La oficina de Woods International estaba casi vacía cuando Eli regresó.

Las luces de algunos despachos seguían encendidas y el personal de seguridad recorría los pasillos en silencio.

Eli saludó al guardia de recepción y subió directamente a su planta.

No quería encontrarse con nadie.

Mucho menos con Alexandra.

O quizá precisamente quería encontrársela, y esa era la verdadera razón por la que había elegido regresar a aquel edificio en lugar de quedarse en casa.

Se detuvo frente a su oficina, abrió la puerta y encendió la luz.

Todo estaba exactamente como lo había dejado.

Los documentos sobre el escritorio, la computadora, la agenda abierta junto al teléfono.

Eli dejó el bolso en una silla y se sentó.

Abrió el informe pendiente.

Esta vez, se obligó a leerlo.

Durante unos minutos consiguió concentrarse en las cifras. Anotó dos observaciones, corrigió un cálculo y envió un correo al departamento financiero.

El trabajo comenzó a devolverle una sensación de normalidad.

Hasta que escuchó pasos en el pasillo.

Eli levantó la mirada.

Alguien se detuvo frente a su puerta.

Su corazón reaccionó de inmediato.

No tenía sentido.

Podía ser Sofía. Podía ser un empleado que hubiera olvidado algo. Podía ser cualquier persona.

Sin embargo, cuando llamaron suavemente a la puerta, Eli dejó de respirar por un instante.

—¿Quién es?

—Soy yo.

La voz de Alexandra.

Eli cerró los ojos.

Por supuesto.

La única persona en todo el edificio a la que no estaba preparada para ver era precisamente la que acababa de aparecer.

—Adelante —respondió, intentando disimular el temblor de su voz.

La puerta se abrió.

Alexandra entró con una carpeta en la mano y se detuvo al verla sentada frente a la computadora.

Sus ojos verdes recorrieron brevemente el despacho.

Después regresaron al rostro de Eli.

—No esperaba encontrarte aquí a esta hora.

Eli se aclaró la garganta.

—Tenía trabajo pendiente.

Alexandra asintió.

—Entiendo.

Ninguna dijo nada más.

Eli volvió la mirada hacia la pantalla, fingiendo que necesitaba revisar una cifra.

Alexandra permaneció junto a la puerta.

No se acercó.

No hizo ningún comentario sobre el beso.

Ni siquiera preguntó por qué Eli había regresado a la oficina cuando podía haber terminado sus tareas en casa.

Pero su silencio resultaba mucho más difícil de soportar que cualquier provocación.

—¿Necesitas algo? —preguntó Eli finalmente.

Alexandra levantó ligeramente la carpeta.

—Solo dejar estos documentos. Sofía me pidió que los revisara mañana, pero puedo hacerlo ahora.

Dejó la carpeta sobre una mesa lateral.

Después volvió a mirarla.

—No quiero interrumpirte.

—No lo haces.

La respuesta salió demasiado deprisa.

Alexandra arqueó una ceja.

Eli bajó inmediatamente los ojos hacia la pantalla.

—Quiero decir… puedes quedarte si necesitas trabajar.

Una sonrisa pequeña apareció en los labios de Alexandra.

—Gracias, vicepresidenta.

El tono profesional de aquellas palabras hizo que Eli sintiera una extraña punzada de decepción.

Era absurdo.

Había regresado a la oficina para evitar pensar en ella y ahora le molestaba que Alexandra no hiciera ningún esfuerzo por acercarse.

La presidenta caminó hacia la puerta.

—Buenas noches, Eli.

La vicepresidenta levantó la cabeza.

—¿Ya te vas?

Alexandra se detuvo.

Por un instante, sus miradas se encontraron.

—Pensé que necesitabas trabajar.

Eli sintió que las mejillas comenzaban a arderle.

—Sí. Claro.

Alexandra sostuvo su mirada un segundo más y después abrió la puerta.

—Entonces no te molestaré.

Salió sin decir nada más.

Eli permaneció inmóvil, escuchando cómo los pasos se alejaban por el pasillo.

Había sido una conversación perfectamente normal.

Dos compañeras de trabajo intercambiando unas palabras al final de una jornada.

Nada más.

Y, sin embargo, Eli sentía que acababa de perder una oportunidad que ni siquiera sabía cómo definir.

Se llevó los dedos a los labios.

Todavía podía recordar el beso.

Y ahora, después de haberlo probado, descubría que el problema no era solamente que deseara a Alexandra.

El problema era que empezaba a extrañar su cercanía incluso cuando la tenía a unos pocos metros.

Eli miró la puerta cerrada.

Después volvió a mirar la pantalla.

—Esto va a acabar conmigo —susurró.

Pero una pequeña sonrisa traicionó sus palabras.

Porque, aunque intentara negarlo, aunque regresara a casa y se refugiara en el trabajo, aunque evitara mirar a Roberto cuando intentaba besarla, había algo que ya no podía cambiar.

Alexandra Woods había conseguido convertirse en el recuerdo al que Eli regresaba cada vez que cerraba los ojos.

Y lo más peligroso no era preguntarse cómo sería volver a besarla.

Era saber que, si aquella puerta volvía a abrirse y Alexandra entraba para acercarse a ella, Eli tendría que luchar contra todas sus fuerzas para no levantarse de la silla y recorrer por sí misma la distancia que las separaba.

Porque sus labios todavía recordaban aquel beso.

Y su corazón, mucho antes de que ella estuviera preparada para admitirlo, ya había comenzado a pedir otro.

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Una verdad que ya no podía ocultar

Alexandra salió de Woods International con la sensación de que había dejado algo importante sin resolver.

Había ido a la oficina de Eli con la excusa de entregar unos documentos, pero la verdad era mucho más sencilla y, al mismo tiempo, mucho más complicada.

Quería verla.

Quería saber si Eli también estaba pensando en aquel beso. Quería descubrir si aquella mirada esquiva significaba arrepentimiento o si, detrás de la actitud profesional de la vicepresidenta, se escondía el mismo deseo que ella intentaba disimular.

Sin embargo, Eli no le había dado ninguna respuesta.

Y Alexandra no podía culparla.

Subió a su automóvil y permaneció unos instantes con las manos sobre el volante, sin encender el motor. Finalmente, tomó el teléfono y buscó el contacto de Ali.

Habían quedado en hablar aquella noche. Alexandra había estado posponiendo aquella conversación durante días, convenciéndose de que todavía podía aclarar sus sentimientos antes de tener que explicárselos a alguien más.

Pero ya no podía seguir huyendo.

—Ali, ¿sigues despierta? —preguntó cuando la otra mujer contestó.

—Sí. ¿Pasa algo, Alexandra? Pareces preocupada.

Alexandra cerró los ojos.

—Necesito hablar contigo. ¿Podemos vernos?

—Por supuesto. ¿Quieres que vaya a tu casa?

—Sí. Te espero allí.

Cuando llegó, Ali ya estaba esperándola. La recibió con una sonrisa y se acercó para darle un abrazo, pero enseguida notó que Alexandra no parecía tener la misma tranquilidad de siempre.

—¿Qué sucede? —preguntó, sentándose a su lado—. Llevas días distante conmigo.

Alexandra entrelazó las manos y contempló sus dedos.

Era la presidenta de Woods International. Estaba acostumbrada a enfrentarse a negociaciones difíciles, a tomar decisiones que podían cambiar el rumbo de una empresa y a decir verdades incómodas sin que le temblara la voz.

Pero aquella conversación le resultaba mucho más difícil que cualquiera de esas cosas.

—Ali, hay algo que necesito decirte y no quiero seguir aplazándolo.

La sonrisa de Ali desapareció lentamente.

—Te escucho.

Alexandra respiró hondo.

—No puedo mentirte. No sería justo para ti ni para mí.

—¿Mentirme sobre qué?

Alexandra levantó la mirada. Sus ojos verdes reflejaban una mezcla de culpa y determinación.

—Estoy enamorada de otra persona.

El silencio cayó entre ambas.

Ali no respondió inmediatamente. Se quedó mirándola, como si necesitara unos segundos para comprender aquellas palabras.

—¿Enamorada? —repitió finalmente—. ¿No se trata solamente de una atracción?

Alexandra negó despacio.