Capítulo 20 — El recuerdo de tus labios
Alexandra Woods necesitaba recuperar el control.
Llevaba casi cuarenta minutos sentada en su despacho, luego de haber entrado en su baño privado y masturbarse por que Eli la había dejado muy dura, empezo a tocarse imaginando que follaba a Eli, sentía su placer llegar con el pensamiento de Eli, al fin pudo liberar tanta tensión que sentía.
Estaba frente a una pantalla llena de informes que no había conseguido leer.
Las cifras seguían allí. Los contratos también. Tenía correos pendientes, una reunión que preparar y decisiones importantes que tomar antes de terminar la semana.
Sin embargo, nada de aquello conseguía competir con un recuerdo.
El beso.
Cerró los ojos y se recostó en su silla.
Todavía podía recordar la suavidad de los labios de Eli, la manera en que había respondido cuando Alexandra creyó que debía apartarse y, sobre todo, el instante en que la vicepresidenta la había atraído de nuevo hacia ella.
Había sido Eli quien había decidido continuar.
Esa certeza le provocaba una mezcla de felicidad y temor que no sabía cómo manejar.
—Concéntrate, Alexandra —se ordenó.
Abrió los ojos y volvió a mirar la pantalla.
Leyó la primera línea del informe.
Después la segunda.
Al llegar a la tercera, volvió a recordar a Eli.
—¡Maldición!
Dejó el bolígrafo sobre el escritorio y se levantó.
Caminó hasta la ventana, introdujo las manos en los bolsillos del pantalón y contempló la ciudad extendida bajo sus pies.
No podía permitirse perder la concentración de aquella manera. Era la presidenta de Woods International. Había construido una reputación gracias a su capacidad para mantener la cabeza fría incluso en las situaciones más complicadas.
Y, sin embargo, una sola mujer había conseguido desordenar sus pensamientos con un beso.
Un beso que ni siquiera había durado tanto como Alexandra habría deseado.
Se pasó la lengua por los labios, como si aquel gesto pudiera devolverle la sensación de tener a Eli entre sus brazos.
No funcionó.
El recuerdo continuó allí, tan vivo como antes.
Alexandra soltó una risa incrédula.
—Estoy perdida.
Y lo peor era que no estaba segura de querer encontrar el camino de regreso.
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A pocos metros de allí, Eli Sinclair atravesaba exactamente el mismo problema.
Había cerrado la puerta de su despacho y dejado el teléfono boca abajo sobre el escritorio. Necesitaba unos minutos de tranquilidad, lejos de las llamadas, las reuniones y cualquier persona que pudiera hacerle una pregunta que no supiera responder.
Se sentó frente a la computadora.
Abrió el informe financiero que debía revisar.
Y se quedó mirando la pantalla sin comprender una sola palabra.
Porque su mente había decidido traicionarla de la manera más descarada posible.
Alexandra.
Su boca.
Aquel beso.
Eli se llevó ambas manos al rostro.
—No puede ser…
Podía recordar perfectamente cómo había comenzado todo. Alexandra sosteniéndole las mejillas, mirándola como si estuviera esperando una última señal para detenerse.
Y después, sus labios.
Eli había imaginado muchas veces cómo sería besar a aquella mujer. No porque quisiera reconocerlo, sino porque la atracción que sentía por ella se había vuelto demasiado evidente para seguir fingiendo que no existía.
Pero imaginarlo y experimentarlo eran dos cosas completamente distintas.
Alexandra besaba demasiado bien.
Demasiado.
Eli se mordió el labio inferior al recordar la seguridad con la que la presidenta la había acercado, aquella mezcla de delicadeza e intensidad que la había dejado sin saber dónde terminaba su propia voluntad y dónde comenzaba el deseo de continuar.
—Por Dios, Eli…
Se levantó de golpe y comenzó a caminar por su despacho.
¿Cómo podía estar pensando en eso en plena jornada laboral?
Tenía responsabilidades. Un matrimonio. Una vida perfectamente organizada que, hasta hacía poco, no parecía necesitar ninguna explicación.
Y ahora estaba recorriendo mentalmente cada segundo de un beso como una adolescente enamorada.
Aunque, siendo completamente honesta consigo misma, había algo todavía más vergonzoso.
Eli se detuvo frente al espejo de una pequeña estantería y contempló su reflejo.
—Si besa así…
No terminó la frase.
No necesitaba hacerlo.
Su imaginación había completado el pensamiento por ella.
¿Cómo sería Alexandra en la intimidad?
La pregunta apareció con tanta claridad que Eli abrió los ojos de golpe.
Se quedó inmóvil, horrorizada por sus propios pensamientos.
No era difícil comprender por qué Alexandra tenía aquella fama de mujer irresistible. Su seguridad, su presencia, la manera en que conseguía que una simple mirada pareciera una provocación…
Pero Eli jamás había pensado que llegaría a preguntarse cómo sería compartir algo más que un beso con ella.
Y, sin embargo, ahora no podía evitarlo.
¿Cómo sería Alexandra cuando dejara de fingir que nada la afectaba? ¿Seguiría siendo tan segura cuando estuviera a solas con alguien a quien realmente deseara? ¿O aquella mujer que siempre parecía tener el control también sería capaz de perderlo?
Eli cerró los ojos.
Su imaginación volvió a ofrecerle imágenes que no necesitaba.
—¡Basta!
Se apartó del espejo y regresó a su escritorio, con las mejillas encendidas.
Aquello era ridículo.
Absolutamente ridículo.
Pero mientras intentaba recuperar la concentración, una pequeña sonrisa amenazó con aparecer en sus labios.
Porque había una verdad que le costaba admitir incluso en la soledad de su despacho.
Si Alexandra volviera a acercarse y le preguntara si podía besarla otra vez, Eli no estaba segura de tener fuerzas para decir que no.
Y esa posibilidad era tan emocionante como aterradora.
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La jornada terminó sin que ninguna de las dos consiguiera recuperar del todo la normalidad.
Alexandra abandonó su despacho cerca de las siete. Había conseguido terminar parte del trabajo pendiente, pero tuvo que admitir que su productividad había sido mucho menor de lo habitual.
Al pasar frente a la oficina de Eli, disminuyó involuntariamente el paso.
La puerta estaba cerrada.
Alexandra miró el reloj.
Quizá Eli ya se había marchado.
Quizá estaba trabajando en otra parte de la empresa.
Quizá simplemente no quería verla.
La última posibilidad le produjo una incomodidad que decidió ignorar.
No llamó.
No tenía derecho a exigirle a Eli que se comportara como si nada hubiera ocurrido, ni a esperar que el beso hubiera resuelto todas sus dudas.
Por mucho que deseara verla, sabía que debía darle espacio.
Continuó caminando.
Mientras tanto, Eli guardaba sus documentos en el bolso. Había decidido regresar a casa, ducharse y tratar de dormir unas horas antes de que su mente encontrara una nueva manera de atormentarla.
Necesitaba convencerse de que podía volver a ser la mujer de siempre.
La esposa de Roberto.
La vicepresidenta de Woods International.
La mujer que sabía distinguir entre una tentación y una decisión.
Aunque, en el fondo, ya no estaba segura de que aquella distinción fuera tan sencilla.
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Cuando Eli llegó a casa, Roberto estaba en la sala.
Su marido levantó la mirada en cuanto escuchó abrirse la puerta y se acercó para recibirla.
—Por fin llegaste.
—Sí. Se me acumuló el trabajo.
Roberto sonrió y se inclinó para besarla.
Eli lo vio acercarse.
Y se quedó paralizada.
No porque Roberto hubiera hecho algo malo.
No porque hubiera dejado de reconocerlo como su marido.
Sino porque, justo cuando sus labios estuvieron a punto de encontrarse, el recuerdo de Alexandra apareció en su mente con una intensidad insoportable.
El beso en el despacho.
Las manos de Alexandra sosteniéndole el rostro.
La manera en que había sentido que el mundo desaparecía a su alrededor.
Eli giró ligeramente la cabeza.
Los labios de Roberto rozaron su mejilla.
El silencio que siguió fue breve, pero suficiente para que él notara el gesto.
—¿Pasa algo, cariño?
Eli dejó el bolso sobre una silla y se obligó a sonreír.
—No. Perdona. Estoy agotada.
Roberto la observó con atención.
—Últimamente siempre estás agotada.
—Ha sido una semana complicada.
Él le acarició suavemente el brazo.
—¿Quieres que preparemos algo de cenar?
—No te preocupes. No tengo mucha hambre.
Roberto frunció ligeramente el ceño.
—¿Seguro que estás bien?
Eli sintió que la culpa volvía a instalarse en su pecho.
Su marido no estaba haciendo nada que justificara aquella distancia. La recibía con cariño, se preocupaba por ella y parecía genuinamente interesado en saber cómo había sido su día.
Y ella acababa de apartar el rostro para evitar un beso.
—Estoy bien, Roberto —respondió, intentando que su voz sonara convincente—. Solo necesito terminar unas cosas del trabajo.
—¿Ahora?
Eli asintió.
—Tengo unos informes pendientes que debo revisar antes de mañana. Prefiero ir a la oficina y terminar allí sin distracciones.
Roberto la miró con incredulidad.
—Eli, acabas de llegar a casa. ¿No puedes dejarlo para mañana?
Ella bajó la mirada.
—No. Es importante.
La mentira le supo amarga.
No necesitaba ir a la oficina. Tenía su computadora en casa, los documentos que había llevado consigo y tiempo suficiente para trabajar desde allí.
Pero no soportaba la idea de quedarse a solas con Roberto.
No mientras siguiera recordando a Alexandra cada vez que su marido intentaba acercarse.
No mientras sintiera en los labios la memoria de un beso que no quería olvidar.
—Pensé que podríamos pasar un rato juntos esta noche —dijo Roberto, sin ocultar del todo su decepción.
Eli sintió que algo se le encogía por dentro.
—Lo siento.
—Está bien. Si realmente tienes tanto trabajo, no voy a detenerte.
Roberto se inclinó para besarle la frente.
Esta vez Eli no se apartó.
Pero tampoco consiguió devolverle el gesto con la naturalidad de siempre.
Cuando su marido se alejó, ella cerró los ojos durante un instante.
No podía seguir haciendo aquello.
No podía permitir que el recuerdo de Alexandra se interpusiera entre ella y Roberto sin siquiera intentar comprender qué estaba sucediendo.
Pero tampoco podía fingir que el beso no había significado nada.
Porque sí había significado algo.
Y esa era la verdad que más miedo le daba.
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