Capítulo 19 — El beso que ya no pudieron evitar
Alexandra Woods llevaba casi una hora intentando convencerse de que había hecho lo correcto.
Había revisado los mismos documentos varias veces, respondido correos sin prestarles verdadera atención y rechazado dos llamadas de Sofía con la excusa de que estaba ocupada.
Pero no estaba ocupada.
Estaba pensando en Eli Sinclair.
En sus ojos azules, en su cabello castaño cayendo sobre los hombros y en la manera en que se había quedado mirándola cuando Alexandra le acarició la mejilla.
Y, sobre todo, pensaba en lo cerca que habían estado de besarse.
—Maldita sea… —murmuró, dejando caer el bolígrafo sobre el escritorio.
Se levantó y comenzó a caminar por el despacho.
Había pasado días intentando alejarse de Eli. Se había convencido de que debía dejar de provocarla, de que tenía que aceptar que estaba casada y buscar la manera de olvidarla.
Incluso había permitido que su familia la acercara a Alicia, una mujer hermosa, inteligente y que claramente estaba interesada en ella.
Pero nada de eso había servido.
Porque podía cenar con Alicia, escuchar sus cumplidos y disfrutar de su compañía, como había pasado en esa cabaña pero bastaba con recordar la mirada de Eli para que todas las demás mujeres desaparecieran de sus pensamientos.
Lo peor era que ahora sabía que no estaba imaginando aquella atracción.
Eli también la deseaba.
Lo había visto en sus ojos. Lo había sentido en la forma en que se quedó cerca, en cómo su respiración cambió y en aquella pregunta que todavía resonaba en su cabeza.
¿Y qué te lo impide?
Alexandra se detuvo frente al espejo de su despacho.
—Su marido —respondió en voz alta, como si necesitara recordárselo a sí misma—. Eli está casada.
Pero aquella respuesta ya no conseguía apagar lo que sentía.
Se pasó una mano por el rostro y miró hacia la puerta.
No podía seguir así.
Necesitaba hablar con Eli. Necesitaba verla y averiguar si lo que había sucedido aquella mañana significaba para ella tanto como significaba para Alexandra.
Aunque, en el fondo, sabía que no necesitaba ninguna explicación.
Lo único que quería era volver a tenerla cerca.
Y esa necesidad estaba empezando a vencer su sentido común.
Alexandra tomó aire, salió de su despacho y caminó por el pasillo hacia la oficina de Eli.
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Eli estaba revisando una serie de contratos cuando escuchó que llamaban a su puerta.
—Adelante.
Continuó leyendo mientras la puerta se abría.
—Si vienes por los informes europeos, ya están listos para que los revises…
Se interrumpió al reconocer el silencio de la persona que acababa de entrar.
Levantó la mirada.
Alexandra estaba frente a ella.
Sin carpeta, sin tableta y sin ninguna de las excusas laborales que solía utilizar para aparecer en su oficina.
Solo Alexandra.
Con el cabello oscuro perfectamente acomodado, los ojos verdes fijos en ella y una expresión que Eli nunca le había visto de aquella manera.
—¿Sucede algo? —preguntó Eli, intentando mantener la serenidad.
Alexandra cerró la puerta.
El sonido hizo que Eli se enderezara en su silla.
—Necesito hablar contigo.
—Podemos hablar. ¿De qué se trata?
Alexandra se acercó al escritorio, pero no respondió inmediatamente.
Observó a Eli durante unos segundos, como si estuviera buscando las palabras adecuadas y descubriendo que ninguna le parecía suficiente.
—No puedo dejar de pensar en lo que pasó esta mañana.
El corazón de Eli comenzó a latir con más fuerza.
—Alexandra…
—He intentado trabajar. He intentado convencerme de que fue un error acercarme tanto a ti. Me he repetido una y otra vez que debo mantener las distancias.
La presidenta soltó una risa breve, carente de humor.
—Y no he conseguido pensar en otra cosa.
Eli dejó lentamente el bolígrafo sobre la mesa.
—No deberías decirme eso.
—¿Por qué? ¿Porque estás casada?
—Sí. Precisamente por eso.
Alexandra bajó la mirada durante un instante.
—Lo sé.
—Entonces, ¿qué haces aquí?
La pregunta no sonó tan firme como Eli habría querido. En realidad, una parte de ella deseaba que Alexandra respondiera que había ido porque tampoco podía olvidarla.
La presidenta rodeó el escritorio hasta detenerse frente a ella.
—Porque necesito saber si fui la única que quiso que ese teléfono no sonara.
Eli sintió que el aire se le quedaba atrapado en el pecho.
No respondió.
No podía.
Alexandra la miró, esperando una negación que le permitiera marcharse y recuperar la poca cordura que le quedaba.
Pero Eli no negó nada.
Sus ojos azules permanecieron fijos en los verdes de Alexandra, revelando una lucha que ya no podía ocultar por completo.
—No me hagas esta pregunta —susurró.
—Mírame y dime que no querías que te besara.
Eli abrió los labios, pero ninguna palabra salió de ellos.
Alexandra dio un paso más.
—Dímelo, Eli. Dime que no sentiste nada.
—No puedo.
La confesión fue apenas un murmullo.
Sin embargo, Alexandra la escuchó perfectamente.
—¿No puedes qué?
Eli cerró los ojos un instante, frustrada consigo misma.
—No puedo decirte que no quería que me besaras.
El silencio que siguió fue intenso.
Alexandra sintió que algo dentro de ella se quebraba y se liberaba al mismo tiempo. Había pasado tanto tiempo creyendo que aquel deseo era unilateral que escuchar aquellas palabras le resultó casi insoportable.
—Eli…
—Pero eso no cambia nada —se apresuró a decir la vicepresidenta, levantándose de la silla—. Estoy casada. Tengo una vida con Roberto y no sé qué me está pasando. No sé por qué me siento así cuando estás cerca, y tampoco quiero seguir fingiendo que esto es sencillo.
Alexandra la observó.
—Nunca he dicho que sea sencillo.
—Para ti quizá sea más fácil. Estás acostumbrada a hacer lo que quieres y marcharte cuando te aburres.
La expresión de Alexandra cambió.
—¿De verdad crees que esto es un juego para mí?
Eli no contestó.
—Mírame, Eli.
La vicepresidenta levantó los ojos.
—Si esto fuera un juego, habría dejado de intentarlo hace tiempo. Podría salir con Alicia, con Vanessa o con cualquier otra mujer y olvidarme de ti. Créeme, lo he intentado.
Alexandra se detuvo frente a ella.
—Pero no puedo.
Eli sintió que el corazón le golpeaba las costillas.
—No me digas esas cosas…
—¿Por qué? ¿Porque podrías empezar a creerme?
—Porque podría terminar creyéndote demasiado.
Aquella respuesta hizo que Alexandra perdiera la última parte de la resistencia que le quedaba.
Levantó las manos y tomó suavemente el rostro de Eli entre ellas.
La vicepresidenta se quedó inmóvil, sorprendida por aquel gesto. Sus manos se elevaron por instinto y se aferraron a las muñecas de Alexandra, pero no la apartaron.
—Dime que me detenga —susurró Alexandra, con los ojos fijos en los suyos.
Eli sintió que el mundo entero se reducía a aquella distancia entre ambas.
Sabía que debía hacerlo.
Sabía que, si permitía que Alexandra cruzara aquella línea, ya no podría refugiarse en la idea de que todo era una fantasía pasajera.
Pero también sabía que llevaba demasiado tiempo deseando aquel momento.
—Alexandra…
Fue lo único que consiguió decir.
Y Alexandra interpretó aquel nombre pronunciado con la voz temblorosa como la última señal que necesitaba para acercarse.
La besó.
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Al principio fue un beso breve, casi una pregunta.
Los labios de Alexandra rozaron los de Eli con una cautela que contrastaba con la intensidad de todo lo que llevaba días reprimiendo.
Eli abrió los ojos por un instante.
Aquello estaba ocurriendo de verdad.
Alexandra Woods la estaba besando.
La misma mujer que la había provocado, irritado y desafiado desde el primer día. La misma que se había convertido en un pensamiento constante que Eli no conseguía apartar, por mucho que intentara concentrarse en su matrimonio y en sus responsabilidades.
Alexandra comenzó a separarse, como si quisiera darle la oportunidad de arrepentirse.
Pero Eli no la dejó alejarse.
Sus manos subieron hasta los hombros de Alexandra y la atrajeron de nuevo hacia ella.
Esta vez fue Eli quien respondió al beso.
Y todo cambió.
Alexandra sintió que la última barrera que había construido entre ambas se desvanecía. La besó con una pasión que llevaba demasiado tiempo conteniendo, inclinando el rostro para encontrar mejor sus labios mientras sus manos permanecían a ambos lados de la cara de Eli.
La vicepresidenta correspondió con la misma intensidad, olvidándose durante unos segundos de las palabras que había pronunciado apenas un momento antes.
No había cálculos, documentos ni reuniones.
No existía el consejo de administración, ni la expansión europea, ni la distancia profesional que ambas habían intentado mantener.
Solo estaban ellas.
Eli deslizó las manos desde los hombros de Alexandra hasta su cintura, sujetándola con fuerza moderada, como si necesitara asegurarse de que no iba a desaparecer en cuanto abriera los ojos.
Alexandra la acercó un poco más, sin dejar de besarla.
El perfume de la presidenta, aquel aroma sofisticado que Eli había aprendido a reconocer, la envolvió por completo. Su cercanía le resultaba tan familiar y, al mismo tiempo, tan nueva que no sabía cómo reaccionar ante todas las emociones que despertaba en ella.
Cuando finalmente se separaron unos centímetros para respirar, ambas tenían el rostro encendido.
Alexandra apoyó la frente contra la de Eli.
Sus manos seguían sosteniéndole las mejillas.
—Dios mío… —murmuró la presidenta.
Eli soltó una pequeña risa nerviosa que se desvaneció cuando volvió a mirar sus ojos.
—No digas nada.
—No pensaba hacerlo.
—Bien.
Pero ninguna se apartó.
Alexandra acarició suavemente una de sus mejillas con el pulgar, repitiendo el gesto que había iniciado aquella mañana en su despacho.
Solo que ahora ya no se trataba de una caricia interrumpida ni de un beso que nunca llegó a suceder.
Ahora se habían besado.
Y ambas sabían que no podían fingir lo contrario.
Eli volvió a acercarse y la besó otra vez.
Esta vez no hubo sorpresa, sino una decisión que tomó antes de que su conciencia pudiera detenerla.
Alexandra respondió de inmediato, rodeándola con los brazos. Eli apoyó una mano en su cintura y la otra en su espalda, acercándola mientras el beso se volvía más intenso.
En medio de aquella confusión, los dedos de Eli se deslizaron hasta la pretina del pantalón de Alexandra y se introdujeron detrás del boxer de Alexandra sintiendo lo húmedo dura y grande que estaba su jefa,deseo que Alexandra la follara en ese momento solo con sus besos la excito y sintió lo mojada que estaba.
El gesto sorprendió a ambas.
Eli se quedó inmóvil por un instante, consciente de lo que acababa de hacer. Alexandra interrumpió el beso y la miró a los ojos, respirando agitadamente.
Ninguna habló de inmediato.
La mano de Eli permaneció quieta, sin avanzar más, mientras la realidad comenzaba a abrirse paso entre la emoción y el deseo.
—Eli… —murmuró Alexandra.
La vicepresidenta retiró lentamente la mano y bajó la mirada, abrumada por la intensidad de aquel momento.
—Lo siento. Yo… no estaba pensando.
Alexandra le tomó suavemente la mano, sin intentar devolverla a su cintura.