Capítulo 18 — A un suspiro de tus labios #3
Eli salió del despacho sin mirar atrás.
Caminó por el pasillo con la respiración agitada y el corazón lleno de preguntas.
Había querido que Alexandra volviera a mirarla.
Lo había conseguido.
Había querido comprobar si todavía podía despertar algo en ella.
Y la respuesta había estado a escasos centímetros de sus labios.
Pero ahora sabía que aquella atracción no era una fantasía suya.
Alexandra había querido besarla.
Y Eli, a pesar de todas sus promesas, había querido que lo hiciera.
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Cuando la puerta se cerró, Alexandra permaneció inmóvil en medio del despacho.
Se pasó una mano por el cabello y soltó el aire lentamente.
Había estado a punto de cometer una locura.
Una parte de ella sabía que había hecho lo correcto al detenerse. Eli estaba casada y no merecía verse arrastrada a una situación que pudiera lastimarla.
Pero otra parte, mucho más honesta y mucho menos razonable, seguía lamentando que el teléfono hubiera sonado.
Alexandra volvió a mirar los documentos sobre el escritorio.
No consiguió leer una sola línea.
Solo podía recordar el instante en que Eli había mirado sus labios y no se había apartado.
La manera en que había pronunciado su nombre.
La pregunta que le había hecho.
¿Y qué te lo impide?
Alexandra cerró los ojos.
La respuesta era sencilla.
El matrimonio de Eli.
La razón.
Las consecuencias.
Todo aquello que debía mantenerlas separadas.
Pero por primera vez, Alexandra comenzó a sospechar que no era la única que estaba luchando contra aquella atracción.
Y eso hacía que olvidarla fuera mucho más difícil.
Porque ya no se trataba solamente de un amor que ella creía no correspondido.
Ahora sabía que, cuando Eli Sinclair la miraba a los labios, también tenía que luchar contra el deseo de acercarse.
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Alexandra no consiguió regresar a sus documentos.
La imagen de Eli permanecía en su mente: sus ojos azules, el cabello castaño cayendo sobre sus hombros y la manera en que se había quedado inmóvil cuando ella se acercó.
Se preguntó qué habría ocurrido si el teléfono no hubiera sonado.
Probablemente nada, se dijo.
O quizá habría cruzado aquella distancia que llevaba tanto tiempo deseando acortar.
La idea le provocó una mezcla de frustración y anhelo.
Se levantó de su silla y caminó hasta la ventana. Necesitaba despejarse, convencerse de que todavía podía mantener el control.
Entonces recordó algo.
El mechón de cabello que había caído sobre el rostro de Eli.
La forma en que había levantado la mano para acomodárselo.
No había sido una decisión calculada. Simplemente había querido tocarla.
Y cuando sus dedos rozaron la mejilla de Eli, Alexandra sintió que todo lo que había intentado reprimir durante días se volvía mucho más difícil de ignorar.
No era solo deseo.
Era la necesidad de estar cerca de ella, de descubrir si aquella mujer que siempre le exigía distancia también deseaba, en secreto, que se acercara.
Alexandra cerró los ojos.
—Esto va a terminar haciéndome daño —susurró.
Pero incluso mientras lo decía, sabía que no era capaz de arrepentirse de aquella caricia.
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Eli tampoco podía dejar de pensar en lo ocurrido.
Cuando llegó a su despacho, dejó la carpeta sobre el escritorio y se sentó, intentando recuperar la calma.
No lo consiguió.
Todavía sentía el recuerdo de los dedos de Alexandra rozándole la mejilla, el cuidado con el que le había acomodado el cabello y aquella mirada que había descendido hasta sus labios.
Lo más inquietante era que Eli había notado cuánto le costaba a Alexandra mantener la distancia.
Había visto el cambio en su respiración, la tensión de sus facciones y el esfuerzo que hizo para apartarse.
Alexandra había querido besarla.
No podía saber con certeza qué habría ocurrido si el teléfono no hubiera interrumpido aquel momento, pero estaba segura de que ninguna de las dos habría permanecido indiferente.
Eli se llevó los dedos a la mejilla, justo donde Alexandra la había tocado.
—¿Qué estamos haciendo? —murmuró.
La respuesta no llegó.
Solo quedó aquella sensación persistente de que algo había cambiado entre ellas.
Hasta ese día, Eli había podido refugiarse en la idea de que Alexandra solo estaba jugando, que sus provocaciones no significaban nada y que su atracción era una diversión pasajera.
Pero aquella mañana no había habido ninguna burla.
Ningún comentario arrogante.
Solo una mujer que la había mirado como si besarla fuera lo único que deseaba hacer.
Y Eli no había querido que se apartara.
Ese era el verdadero problema.
Porque estaba casada con Roberto, y sabía que no podía continuar acercándose a Alexandra como si no existieran consecuencias.
Sin embargo, cuando recordó la voz baja de la presidenta pronunciando su nombre, sintió que el corazón volvía a acelerársele.
Aquella caricia había durado apenas unos segundos.
Pero había sido suficiente para que Eli comprendiera que ya no estaba jugando a recuperar la atención de Alexandra.
Estaba empezando a desear algo que podía cambiarlo todo.
Y lo más peligroso era que, por primera vez, sospechaba que Alexandra también lo deseaba.
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