Capítulo 18 — A un suspiro de tus labios #2
Bastaba con que una de las dos se moviera unos centímetros para que sus rostros quedaran a una distancia peligrosamente corta.
Eli podía haberse apartado.
Debería haberse apartado.
Pero no lo hizo.
Alexandra levantó lentamente una mano para señalar un detalle en el documento que tenían delante. Sin embargo, al hacerlo, quedó todavía más cerca de Eli.
Su brazo rozó suavemente el de la vicepresidenta.
Eli contuvo el aliento.
Alexandra levantó la mirada hacia sus ojos azules y, después de un instante, volvió a mirar sus labios.
Esta vez no disimuló.
Eli sintió que las piernas le temblaban ligeramente.
Durante días había deseado que Alexandra volviera a prestarle atención. Se había arreglado aquella mañana esperando que la presidenta notara su cambio, había buscado oportunidades para acercarse y había intentado recuperar la complicidad que parecía haber desaparecido.
Pero no estaba preparada para aquello.
No estaba preparada para tener a Alexandra tan cerca.
Ni para descubrir que, si la presidenta se inclinaba un poco más, ella no sabía si sería capaz de detenerla.
—¿Por qué me miras así? —preguntó Eli en voz baja.
Alexandra sostuvo su mirada.
—¿Así cómo?
Eli tragó saliva.
—Como si quisieras decirme algo.
La presidenta esbozó una sonrisa tenue, aunque sus ojos seguían fijos en los labios de Eli.
—Quizá quiera hacerlo.
—¿Y qué te lo impide?
La pregunta salió de la boca de Eli antes de que pudiera pensar en sus consecuencias.
Ambas se quedaron inmóviles.
Eli comprendió inmediatamente lo que acababa de decir.
Alexandra también.
La sonrisa de la presidenta desapareció lentamente, sustituida por una expresión mucho más seria.
—Hay cosas que no debería querer —respondió.
Eli sintió que el corazón le golpeaba contra el pecho.
Sabía perfectamente a qué se refería.
A Roberto.
Al matrimonio de Eli.
A todas las razones por las que aquella cercanía era peligrosa.
Pero ninguna de las dos se apartó.
Alexandra inclinó ligeramente el rostro.
Eli dejó de respirar.
Sus labios estaban a escasos centímetros.
Tan cerca que Eli pudo sentir el aliento de Alexandra rozando suavemente su piel.
La presidenta levantó una mano, como si fuera a apartarle un mechón de cabello del rostro. Sus dedos quedaron suspendidos cerca de la mejilla de Eli.
No llegó a tocarla.
Solo la miró.
Y en aquellos ojos verdes había un deseo que Alexandra llevaba demasiado tiempo intentando negar.
Eli sintió que su cuerpo entero se inclinaba hacia ella, casi de manera involuntaria.
Sus miradas volvieron a encontrarse.
Después, ambas miraron los labios de la otra.
Alexandra estaba a punto de cerrar la distancia cuando el teléfono del escritorio comenzó a sonar.
El sonido las hizo reaccionar como si alguien hubiera abierto una puerta de golpe.
Eli retrocedió inmediatamente.
Alexandra bajó la mano y se apartó, respirando hondo mientras intentaba recuperar la compostura.
El teléfono siguió sonando.
La presidenta lo miró con una expresión de absoluto fastidio.
—Mal momento —murmuró.
Eli escuchó aquellas palabras y sintió un escalofrío.
Mal momento.
No había dicho que no quisiera besarla.
Había dicho que era un mal momento.
Alexandra atendió la llamada, intentando que su voz sonara normal.
—Woods.
Eli aprovechó aquellos segundos para apartarse del escritorio. Tomó la tableta, fingió revisar una notificación y trató de controlar los latidos de su corazón.
La conversación telefónica apenas duró un minuto.
Cuando Alexandra colgó, ninguna de las dos supo cómo retomar el trabajo.
La presidenta se aclaró la garganta y señaló los documentos.
—Deberíamos terminar la presentación.
—Sí —respondió Eli inmediatamente—. Por supuesto.
Volvieron a sus respectivos lugares.
Pero algo había cambiado.
La distancia entre ambas parecía mayor que antes, y, al mismo tiempo, la tensión que las unía era mucho más intensa.
Eli ya no podía concentrarse en las cifras.
Cada vez que levantaba la mirada, recordaba a Alexandra acercándose a ella, sus ojos descendiendo hacia sus labios y aquella mano que casi le había acariciado la mejilla.
Y Alexandra tampoco estaba en mejores condiciones.
Había pasado días diciéndose que debía alejarse de Eli, convencida de que no tenía sentido perseguir a una mujer que amaba a su marido.
Sin embargo, cuando la había tenido tan cerca, todo su razonamiento había desaparecido.
Solo había querido besarla.
No había pensado en Alicia, en su cena familiar ni en la decisión que había tomado de dejar de perseguir a Eli.
Solo había pensado en aquellos labios.
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Cerca del mediodía, lograron terminar la presentación.
Eli guardó sus documentos con movimientos cuidadosos, evitando mirar demasiado a Alexandra.
La presidenta permaneció de pie junto a la ventana, con las manos en los bolsillos del pantalón.
—La propuesta está muy bien preparada —dijo finalmente—. Has hecho un excelente trabajo.
—Gracias.
Silencio.
Eli tomó la carpeta y se dirigió hacia la puerta.
—Eli.
Se detuvo.
No quería volverse demasiado deprisa, pero tampoco pudo evitar hacerlo.
Alexandra la observaba con una expresión seria.
—Lo de hace un momento…
Eli sintió que el corazón le volvía a latir con fuerza.
—¿Qué pasa con eso?
Alexandra guardó silencio unos segundos.
Podría haber reconocido lo que había estado a punto de hacer. Podría haberle dicho que llevaba días intentando olvidarla y que no había conseguido hacerlo. Podría haber confesado que, al verla aquella mañana, había sentido el mismo deseo que tanto había intentado controlar.
Pero no lo hizo.
—No debería repetirse —dijo finalmente.
Eli sintió que algo se le hundía en el pecho.
—¿Por qué?
La pregunta salió demasiado rápido.
Alexandra apretó la mandíbula.
—Porque estás casada.
Eli bajó la mirada.
La realidad regresó de golpe, fría e incómoda.
Roberto.
Su matrimonio.
La vida que había construido y que no quería destruir.
—Lo sé —respondió.
Alexandra la observó, intentando ignorar el dolor que aquellas palabras también le provocaban.
—No quiero complicarte la vida, Eli.
La vicepresidenta levantó la mirada.
—¿Y si ya está complicada?
Alexandra se quedó inmóvil.
Por un instante, pareció que iba a acercarse de nuevo.
Pero Eli retrocedió un paso.
No porque no quisiera que la besara.
Sino porque tenía miedo de lo que sucedería si lo hacía.
—Tenemos que terminar el proyecto —murmuró—. Es lo más importante ahora.
Alexandra asintió lentamente.
—Sí. El proyecto.