La heredera del imperio Woods Capítulo 18 — A un suspiro de tus labios
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Capítulo 18 — A un suspiro de tus labios

Eli Sinclair había cometido un error.

O, al menos, eso pensó cuando se observó por última vez frente al espejo aquella mañana.

La blusa de seda color marfil que había elegido tenía un escote más pronunciado de lo habitual. No era vulgar, ni mucho menos, pero resaltaba sus clavículas y dejaba entrever una parte de su pecho que normalmente mantenía cubierta con sus trajes ejecutivos.

Combinada con una falda negra de corte elegante, unos tacones altos y su cabello castaño cayendo en suaves ondas sobre los hombros, el conjunto conseguía que se viera especialmente hermosa.

Sus ojos azules parecían más intensos gracias al maquillaje discreto que había aplicado alrededor de ellos. Unos pendientes pequeños y su perfume favorito completaban el aspecto.

Eli se contempló unos segundos más.

—Esto es por ti, Alexandra Woods —murmuró, antes de suspirar—. Y eso es precisamente lo que debería preocuparme.

No era la primera vez que quería llamar la atención de alguien. Sin embargo, nunca había dedicado tanto tiempo a pensar en cómo reaccionaría una persona ante su aspecto.

Mucho menos cuando esa persona era una mujer que no dejaba de recordarle que estaba casada.

Eli tomó su bolso y salió de casa.

Aquella mañana tenía que trabajar con Alexandra en un proyecto importante para la expansión internacional de Woods International. Pasarían varias horas revisando cifras, negociaciones y propuestas estratégicas.

Varias horas a solas con ella.

La idea le produjo una mezcla de nerviosismo y entusiasmo que Eli prefirió no analizar.

Solo esperaba que Alexandra notara el cambio.

Y, aunque jamás lo admitiría en voz alta, deseaba que no pudiera dejar de mirarla.

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Alexandra llevaba veinte minutos revisando los informes del proyecto cuando escuchó que llamaban a la puerta de su despacho.

—Adelante.

Eli entró con una carpeta bajo el brazo y una tableta en la mano.

—Buenos días. Ya tengo las proyecciones actualizadas para la expansión de la división europea.

Alexandra levantó la mirada.

Y olvidó, durante un instante, lo que estaba haciendo.

Eli estaba preciosa.

La blusa color marfil resaltaba la delicadeza de su cuello y el escote, elegante pero más atrevido de lo habitual, captó inevitablemente la atención de Alexandra. Su cabello caía sobre sus hombros y sus labios tenían un tono rosado que hacía difícil apartar la mirada de su rostro.

La presidenta permaneció en silencio un segundo de más.

Eli lo notó inmediatamente.

—¿Pasa algo? —preguntó, fingiendo naturalidad.

Alexandra levantó los ojos hasta los suyos.

—No. ¿Por qué?

—Me estás mirando como si hubiera entrado con un informe equivocado.

Una sonrisa amenazó con aparecer en los labios de Alexandra.

Aquella respuesta tenía algo de la Eli que conocía: inteligente, rápida y capaz de enfrentarse a ella sin perder la compostura.

—Estoy comprobando si has traído todo lo que necesitamos para trabajar.

—¿Y mi blusa forma parte del proyecto?

Alexandra se quedó inmóvil.

Eli también pareció sorprenderse por su propia pregunta. No había planeado decirlo de aquella manera, pero al ver la reacción de Alexandra sintió una satisfacción difícil de disimular.

La presidenta se recostó en su silla.

—Depende. ¿Está incluida en el presupuesto?

Eli soltó una pequeña risa.

Y aquella risa hizo que Alexandra sintiera algo cálido en el pecho.

Hacía días que no escuchaba a Eli reír con ella. Desde que había decidido mantener las distancias, sus conversaciones se habían reducido a cuestiones laborales, respuestas breves y despedidas educadas.

Ahora, por primera vez en mucho tiempo, ambas parecían estar recuperando algo de aquella complicidad que había surgido entre discusiones y provocaciones.

Alexandra apartó la mirada antes de que Eli pudiera descubrir cuánto le había gustado aquel momento.

—Siéntate. Tenemos mucho trabajo.

—Por supuesto, presidenta.

Eli se acomodó frente a su escritorio, dejó los documentos sobre la mesa y abrió la tableta.

Pero mientras comenzaba a explicar las cifras, una parte de su atención permanecía pendiente de Alexandra.

Quería saber si volvería a mirarla.

Y Alexandra, por su parte, estaba haciendo un esfuerzo considerable por concentrarse en el proyecto.

Un esfuerzo que no siempre daba resultado.

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El proyecto de expansión era uno de los más importantes del trimestre. Woods International estaba negociando la adquisición de una compañía europea y necesitaba presentar una propuesta definitiva al consejo de administración antes del viernes.

Eli había preparado un análisis exhaustivo de los riesgos financieros, mientras que Alexandra se había encargado de diseñar la estrategia de negociación.

Trabajaban extraordinariamente bien juntas.

Eli anticipaba las preguntas de Alexandra antes de que tuviera que formularlas. Alexandra comprendía sus explicaciones con una rapidez que pocas personas podían igualar. Se complementaban con una facilidad que, en ocasiones, parecía casi instintiva.

—Si aceptamos esta cláusula, tendremos que garantizar una inversión adicional durante los primeros dieciocho meses —explicó Eli, señalando una cifra en la pantalla—. No es una mala operación, pero reduce nuestro margen de beneficio inicial.

Alexandra se inclinó para observar mejor el documento.

—¿Cuánto podemos negociar?

—Entre un ocho y un doce por ciento. Más que eso podría poner en peligro el acuerdo.

—¿Y si ofrecemos una participación minoritaria en la nueva división a cambio de reducir esa inversión?

Eli reflexionó unos segundos.

—Podría funcionar, siempre que mantengamos el control operativo.

—Eso es exactamente lo que quiero.

Eli levantó la mirada.

—Entonces estamos de acuerdo.

—Parece que sí.

Sus ojos se encontraron.

Fue un instante sencillo, pero ninguna de las dos apartó la mirada inmediatamente.

Alexandra observó aquellos ojos azules que tantas veces había intentado descifrar. Eli, por su parte, se descubrió contemplando el rostro de la presidenta, especialmente la intensidad de sus ojos verdes.

Había algo diferente en Alexandra aquella mañana.

Seguía siendo elegante, segura y exigente. Sin embargo, su expresión parecía menos distante cuando la miraba, como si estuviera luchando contra el impulso de decir algo que prefería guardar para sí misma.

Eli se humedeció los labios distraídamente.

La mirada de Alexandra descendió hacia su boca.

Solo un instante.

Pero Eli lo vio.

Y de pronto olvidó por completo la cifra que acababa de mencionar.

—¿Qué opinas? —preguntó Alexandra.

Eli parpadeó.

—¿Sobre qué?

Una sonrisa lenta apareció en los labios de la presidenta.

—Sobre la propuesta que acabas de explicar.

—Ah. Sí. Claro. Creo que es una buena alternativa.

—Me alegra que estemos de acuerdo.

Alexandra volvió a sus documentos, aunque la sonrisa permaneció un momento más en su rostro.

Eli bajó la mirada hacia la tableta, intentando recuperar la concentración.

Su corazón latía demasiado deprisa.

No podía haber imaginado aquello.

Alexandra había mirado sus labios.

Estaba segura.

Y, por primera vez, la posibilidad de que aquella mujer todavía sintiera alguna clase de atracción por ella dejó de parecerle una fantasía imposible.

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A media mañana, Sofía llamó para informar que la reunión con los representantes europeos se había adelantado. Alexandra le pidió que enviara la nueva agenda y regresó inmediatamente al proyecto.

—Tenemos que terminar la presentación antes de las doce —dijo, levantándose de su silla—. Si conseguimos cerrar esta propuesta hoy, podremos enviarle al consejo una versión mucho más sólida.

—Estoy de acuerdo. Pero hay un detalle que todavía debemos revisar.

Eli se acercó al escritorio lateral donde Alexandra había colocado varios documentos. La presidenta se situó a su lado y ambas comenzaron a comparar las cifras.

Al principio mantuvieron una distancia prudente.

Después Alexandra señaló una línea en la pantalla y Eli se inclinó para verla mejor.

Sus hombros se rozaron.

Fue un contacto mínimo.

Ninguna se apartó inmediatamente.

Eli sintió el calor del cuerpo de Alexandra a su lado y percibió su perfume, aquel aroma sofisticado que había comenzado a reconocer incluso antes de verla aparecer por una puerta.

Lo conocía demasiado bien.

Había ocasiones en las que, al pasar junto a Alexandra en un pasillo, Eli lo percibía y se descubría pensando en ella durante el resto del día.

Ahora lo tenía tan cerca que le resultaba imposible fingir que no le afectaba.

—Mira esta parte —dijo Alexandra, señalando la pantalla.

Eli intentó concentrarse.

—Creo que aquí podemos reducir el plazo de ejecución.

—¿Cuánto?

—Tres meses, si conseguimos que la compañía mantenga al equipo técnico actual.

Alexandra giró ligeramente el rostro hacia ella.

—Eso sería excelente.

Sus caras quedaron más cerca de lo que ambas habían previsto.

Eli levantó la mirada.

Alexandra ya la estaba observando.

Durante unos segundos, ninguna dijo nada.

El despacho pareció quedarse en silencio, aunque la computadora seguía encendida y los documentos permanecían abiertos frente a ellas.

Eli podía distinguir cada detalle del rostro de Alexandra: la línea de sus cejas, la intensidad de sus ojos verdes y la pequeña marca junto a su boca que nunca había mencionado, pero que había terminado reconociendo.

Alexandra, por su parte, se encontró observando los labios de Eli.

Aquellos labios que tantas veces había imaginado besando.

El pensamiento apareció sin permiso.

Y esta vez no consiguió apartarlo inmediatamente.

Eli también miró su boca.

Fue un movimiento casi imperceptible, una mirada fugaz que descendió desde los ojos verdes hasta los labios de Alexandra y después regresó a su rostro.

Pero Alexandra lo vio.

Y algo cambió en su expresión.

—Eli… —murmuró.

La vicepresidenta sintió que el corazón se le detenía durante un segundo.

Alexandra no solía pronunciar su nombre de aquella manera.

No con aquella voz más baja, más suave, desprovista de la arrogancia que acostumbraba utilizar como una armadura.

—¿Sí? —respondió Eli.

Su voz salió apenas por encima de un susurro.

Alexandra no contestó inmediatamente.

Estaban demasiado cerca.