Capítulo 17 — Mírame como antes #4
Sin embargo, una pregunta llevaba varios días creciendo dentro de ella y, antes de que pudiera arrepentirse, terminó pronunciándola.
—¿Cómo estuvo tu fin de semana?
Alexandra levantó la mirada.
—Bien, gracias.
Hizo una pequeña pausa.
—Fue bastante agradable.
Eli sintió que el corazón comenzaba a golpearle el pecho.
—Me alegro.
Alexandra pareció estudiar su rostro durante un momento.
—¿Y el tuyo?
La pregunta era sencilla, pero Eli sintió una emoción absurda al descubrir que Alexandra se había interesado por ella.
—Tranquilo —respondió—. Aunque creo que necesito empezar a hacer cosas diferentes.
—¿Ah, sí?
—Sí. He pasado demasiado tiempo preocupándome por cosas que quizá no merecían tanta atención.
Alexandra guardó silencio.
Eli sostuvo su mirada.
Por un instante, tuvo la impresión de que la presidenta comprendía mucho más de lo que ella estaba diciendo.
—A veces uno se da cuenta demasiado tarde de que estaba dejando pasar oportunidades —añadió Eli.
Alexandra bajó lentamente la mirada hacia los documentos.
—Y otras veces descubre que las oportunidades no siempre esperan a que uno esté preparado.
Las palabras cayeron entre ambas con un peso inesperado.
Eli sintió que se le cerraba la garganta.
No sabía si Alexandra estaba hablando de negocios, de relaciones o de algo que ambas habían intentado ignorar durante demasiado tiempo.
Pero quiso creer que se refería a ellas.
—Supongo que tienes razón —murmuró.
Alexandra volvió a mirarla.
—Nos vemos en la reunión del lunes, Eli.
Era una despedida cortés.
Una forma de recordarle que seguían estando en la oficina, que Alexandra era la presidenta y ella su vicepresidenta.
Eli asintió y salió del despacho.
Esta vez no se sintió completamente derrotada.
Porque, aunque Alexandra continuaba manteniendo las distancias, había algo en sus palabras que le impedía renunciar a la esperanza.
Quizá todavía no era demasiado tarde.
Quizá Alexandra seguía recordando lo que había existido entre ellas, incluso si nunca se habían atrevido a darle un nombre.
Pero Eli sabía que no podía continuar viviendo de pequeños gestos y miradas fugaces.
Si quería una oportunidad real, tendría que hacer algo más que vestirse mejor y esperar que Alexandra volviera a interesarse por ella.
Tendría que descubrir qué sentía de verdad.
Y, antes de intentar conquistar a otra mujer, tendría que enfrentarse a la verdad de su propio matrimonio.
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El lunes por la mañana, Eli llegó a la oficina con un conjunto negro de corte impecable, el cabello suelto y los ojos azules resaltados con un maquillaje delicado.
Había dormido poco, pero se sentía decidida.
Al salir del ascensor, encontró a Alexandra hablando con dos miembros del equipo directivo.
La presidenta estaba radiante, vestida con un traje oscuro y una blusa blanca. Su cabello negro caía perfectamente sobre sus hombros y sus ojos verdes parecían aún más intensos bajo la luz del pasillo.
Eli se detuvo un instante.
Alexandra levantó la mirada.
Sus ojos se encontraron.
Esta vez, ninguna de las dos apartó la vista inmediatamente.
Eli sintió que el mundo parecía quedarse en silencio durante unos segundos.
Alexandra se despidió de sus compañeros y caminó hacia ella.
—Buenos días, Eli.
—Buenos días, Alexandra.
La presidenta se detuvo frente a ella.
—Te ves muy bien.
Eli sintió que el corazón le daba un vuelco.
Había imaginado escuchar aquellas palabras tantas veces que, cuando finalmente llegaron, no supo cómo responder.
—Gracias —consiguió decir—. Tú también estás preciosa.
Una sonrisa fugaz apareció en los labios de Alexandra.
Por un instante, pareció la mujer que Eli había conocido semanas atrás. La que disfrutaba de sus conversaciones, la que encontraba excusas para acercarse y la que la miraba como si hubiera algo entre ellas que ninguna se atrevía a reconocer.
Pero entonces el teléfono de Alexandra vibró.
La presidenta miró la pantalla.
Y aquella sonrisa cambió.
Eli no necesitó ver el nombre para comprender quién le había escrito.
Alexandra guardó el teléfono y recuperó su expresión profesional.
—Tengo una reunión. Nos vemos después.
—Claro.
La presidenta se alejó.
Eli permaneció inmóvil, observándola hasta que desapareció detrás de la puerta de su despacho.
Había conseguido que la mirara.
Había conseguido que notara su cambio, que se detuviera frente a ella y que le dedicara una sonrisa que durante semanas había creído perdida.
Pero Alicia seguía allí.
Y Eli comprendió que recuperar la atención de Alexandra era apenas el principio.
Porque una cosa era conseguir que una mujer volviera a mirarte.
Y otra muy distinta era lograr que volviera a desearte cuando ya había comenzado a descubrir lo que otra podía ofrecerle.
Eli respiró profundamente y se dirigió a su despacho.
No iba a rendirse.
No todavía.
Esta vez, si quería que Alexandra volviera a mirarla como antes, tendría que dejar de huir de lo que sentía.
Y, sobre todo, tendría que decidir qué estaba dispuesta a hacer para merecer una segunda oportunidad.
Porque Alexandra Woods ya no estaba esperándola.
Y Eli Sinclair acababa de comprender que quizá tendría que ser ella quien comenzara a luchar.