La heredera del imperio Woods Capítulo 17 — Mírame como antes #3
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Capítulo 17 — Mírame como antes #3

No se convertiría en alguien que no era.

Simplemente dejaría de ignorar una parte de sí misma que hasta entonces nunca había necesitado mostrar.

Si Alexandra podía descubrir algo especial en Alicia, Eli quería que volviera a descubrir algo especial en ella.

Aunque sabía que había una diferencia importante entre ambas.

Alicia podía acercarse a Alexandra sin tener que esconderse de nadie.

Eli todavía tendría que enfrentarse a su propia vida.

Y a Roberto.

El pensamiento la golpeó con una fuerza inesperada.

No podía pretender conquistar a Alexandra mientras seguía fingiendo que su matrimonio no estaba atravesando una crisis. Tampoco podía utilizar a Roberto como refugio cuando le convenía y esperar que Alexandra permaneciera disponible hasta que ella se decidiera.

Si realmente quería tener una oportunidad con la presidenta, tendría que dejar de mentirse.

No significaba que debiera tomar una decisión impulsiva aquella misma tarde, pero sí que ya no podía continuar viviendo como si sus sentimientos no existieran.

Se había pasado semanas intentando demostrar que Alexandra no le importaba.

Ahora tendría que averiguar qué estaba dispuesta a arriesgar para descubrir si entre ellas podía existir algo verdadero.

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A la mañana siguiente, Eli llegó a la empresa veinte minutos antes de su horario habitual.

Había pasado buena parte de la noche pensando en cómo cambiar las cosas.

Se soltó el cabello castaño, dejando que cayera sobre sus hombros en suaves ondas.

Eligió un traje azul oscuro de corte elegante, una blusa clara y unos zapatos que estilizaran su figura.

Se maquilló con discreción, resaltando sus ojos azules, y añadió un perfume delicado que llevaba meses sin utilizar.

Cuando se miró al espejo antes de salir, se reconoció.

Seguía siendo Eli Sinclair.

Solo que aquella mañana había decidido dejar de esconderse detrás de la misma imagen de siempre.

Al llegar a la oficina, recibió un comentario de una compañera.

—Estás preciosa hoy, Eli.

Ella sonrió.

—Gracias.

El cumplido le levantó el ánimo durante unos segundos.

Pero no era aquella mujer a quien quería impresionar.

Su verdadera prueba llegaría cuando Alexandra la viera.

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La oportunidad apareció durante una reunión con el equipo directivo.

Eli llegó a la sala con una carpeta bajo el brazo y saludó a los presentes. Alexandra ya estaba allí, revisando algunos documentos mientras escuchaba a Lucas hablar sobre una negociación pendiente.

Cuando Eli entró, la presidenta levantó la mirada.

Y se quedó observándola.

Fue apenas un instante.

Un segundo, quizá dos.

Pero Eli lo vio.

Los ojos verdes recorrieron su rostro y se detuvieron brevemente en su cabello suelto antes de regresar a los documentos.

Alexandra no dijo nada.

Sin embargo, Eli sintió que el corazón le daba un vuelco.

Me has mirado.

La idea fue tan intensa que tuvo que concentrarse para no sonreír como una adolescente.

Tomó asiento y abrió su carpeta.

La reunión comenzó.

Eli participó con la seguridad habitual, expuso sus observaciones sobre un contrato y respondió a varias preguntas con argumentos sólidos.

No intentó llamar la atención de Alexandra de forma evidente.

Se limitó a hacer bien su trabajo, aunque cada vez que la presidenta intervenía, una parte de ella esperaba encontrar de nuevo aquella mirada.

En un momento, Eli hizo un comentario irónico sobre una cláusula especialmente absurda de un proveedor.

Lucas soltó una carcajada.

Dos ejecutivos sonrieron.

Y Alexandra también.

Fue una sonrisa breve, espontánea, casi involuntaria.

Eli la reconoció inmediatamente.

Era la misma sonrisa que había echado de menos durante semanas.

La misma que aparecía cuando Alexandra olvidaba por un momento su posición y se permitía disfrutar de una conversación con ella.

Pero, antes de que Eli pudiera aferrarse a aquel instante, Alexandra volvió a adoptar su expresión profesional.

—Bien observado, Eli. Incluye esa modificación en el informe final.

—Por supuesto.

Nada más.

La reunión continuó y, cuando terminó, Alexandra salió de la sala acompañada por Lucas.

Eli permaneció unos segundos recogiendo sus documentos.

Había conseguido llamar su atención.

No sabía si por su aspecto, por su comentario o simplemente porque Alexandra había recordado por un instante cómo solían llevarse.

Pero aquella pequeña sonrisa le había devuelto algo parecido a la esperanza.

Y Eli, que llevaba días sintiéndose como si hubiera perdido una batalla antes de siquiera intentarla, decidió que no iba a detenerse allí.

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Durante los días siguientes, empezó a cambiar pequeñas cosas.

Llegaba arreglada a la oficina, alternaba sus trajes habituales con conjuntos más elegantes y dejaba su cabello suelto con mayor frecuencia. Se permitió utilizar colores que resaltaban sus ojos y prestó más atención a los detalles.

Pero también cambió su actitud.

Dejó de huir cada vez que Alexandra entraba en un lugar

Cuando sus miradas se encontraban, Eli ya no apartaba los ojos inmediatamente.

Si tenían que trabajar juntas, mantenía la conversación con naturalidad. Si Alexandra hacía algún comentario, respondía sin aquella frialdad defensiva que había utilizado durante tanto tiempo.

No pretendía convertirse en una mujer desesperada por recibir atención.

Quería que Alexandra recordara quién era ella cuando no estaba ocupada levantando barreras.

Y, poco a poco, empezaron a suceder pequeñas cosas.

Una mañana, mientras Eli esperaba el ascensor, Alexandra apareció a su lado.

—Has cambiado de perfume —comentó la presidenta.

Eli giró la cabeza, sorprendida.

No esperaba que lo notara.

—¿Lo has reconocido?

Alexandra pareció darse cuenta de lo que acababa de decir.

—Es diferente al que utilizabas antes.

—Vaya. No sabía que prestabas tanta atención a esas cosas.

La frase escapó de los labios de Eli con un matiz juguetón.

Durante un segundo, Alexandra la miró directamente a los ojos.

Algo parecido a una sonrisa apareció en su rostro.

—Hay cosas que uno termina recordando, aunque no quiera.

Las puertas del ascensor se abrieron.

Alexandra entró primero.

Eli la siguió, con el corazón latiéndole demasiado rápido.

No se atrevió a preguntar a qué se refería.

Tampoco necesitaba hacerlo.

Durante el breve trayecto, permaneció a su lado, consciente de la cercanía entre ambas. Alexandra olía a un perfume amaderado que Eli conocía demasiado bien y llevaba el cabello negro perfectamente acomodado.

Por un instante, Eli recordó todas las ocasiones en las que había deseado acercarse a ella y había terminado inventando una excusa para marcharse.

Ahora tenía a Alexandra a escasos centímetros.

Y lo único que deseaba era que el ascensor tardara un poco más en llegar.

Pero las puertas se abrieron.

—Que tengas un buen día, Eli —dijo Alexandra antes de salir.

—Tú también.

La presidenta se alejó por el pasillo.

Eli se quedó dentro del ascensor, observando las puertas que acababan de cerrarse.

Había conseguido que Alexandra notara su perfume.

Era una tontería, lo sabía.

Pero también era la primera vez que la presidenta hacía un comentario personal desde que había comenzado a distanciarse.

Y Eli pensó que quizá todavía quedaba algo entre ellas.

Algo pequeño.

Algo que aún no había terminado de apagarse.

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El viernes por la tarde, Eli descubrió que su nueva estrategia tenía un problema.

Alexandra seguía recibiendo mensajes de Alicia.

No lo sabía porque hubiera revisado su teléfono ni porque alguien se lo hubiera contado. Simplemente, cuando entró en el despacho de la presidenta para entregarle unos documentos, escuchó el sonido de una notificación.

Alexandra miró la pantalla.

Y sonrió.

No fue la sonrisa profesional que utilizaba durante las reuniones. Tampoco aquella expresión educada que dedicaba a los empleados cuando se cruzaban con ella en el pasillo.

Fue una sonrisa íntima.

Suave.

Una que parecía pertenecerle únicamente a la persona que acababa de escribirle.

Eli sintió que el estómago se le encogía.

Alexandra respondió brevemente al mensaje y dejó el teléfono a un lado.

—¿Ocurre algo? —preguntó al notar que Eli se había quedado en silencio.

—No. Solo quería asegurarme de que recibieras estos documentos.

Los dejó sobre el escritorio.

Alexandra asintió.

—Gracias.

Eli debería haberse marchado.