Capítulo 17 — Mírame como antes #2
Alexandra se permitió disfrutar de Alicia y del deseo que sentía por ella. Por unas horas dejó de luchar contra sus pensamientos y de esperar una respuesta de la mujer que la había mantenido a distancia.
No estaba pensando en la oficina.
No estaba pensando en los contratos ni en las responsabilidades que la aguardaban al día siguiente.
Y, aunque el recuerdo de Eli no desapareció por completo, Alexandra decidió no dejar que dominara aquella noche.
Alicia estaba con ella.
Y ella quería estar allí.
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La mañana después
Alexandra despertó con la luz del sol filtrándose entre las cortinas.
Durante unos segundos permaneció inmóvil, disfrutando de la tranquilidad de la habitación.
Alicia dormía a su lado, con el cabello extendido sobre la almohada.
Alexandra la contempló en silencio.
Recordó las conversaciones de la noche anterior, las bromas durante la cena y los besos que habían compartido antes de quedarse dormidas.
No sabía qué significaría aquello para el futuro.
Pero no se arrepentía.
Se levantó con cuidado, se puso una camisa y caminó hasta la cocina para preparar café.
Cuando Alicia apareció en la puerta, llevaba una de las camisas de Alexandra y tenía el cabello revuelto.
La presidenta se quedó mirándola.
—¿Qué? —preguntó Alicia, divertida.
—Nada.
—Me estás mirando.
—¿No puedo?
Alicia se acercó a ella.
—Puedes hacer mucho más que eso.
Alexandra soltó una carcajada y la recibió entre sus brazos.
Alicia la besó suavemente antes de apoyar la frente contra la suya.
—Buenos días, preciosa.
Alexandra sintió una calidez inesperada al escuchar aquellas palabras.
—Buenos días.
—¿Siempre preparas café después de pasar la noche con alguien?
—No tengo tanta experiencia como para que puedas sacar conclusiones.
Alicia abrió los ojos con fingida sorpresa.
—¿Me estás diciendo que debo sentirme especial?
—Te estoy diciendo que bebas tu café antes de que se enfríe.
Alicia rio y le robó otro beso.
Desayunaron juntas, conversando sobre cosas sencillas. Alicia le contó algunas anécdotas de su infancia y Alexandra habló de las travesuras que Sandra y Lucas habían cometido cuando eran pequeños.
La conversación era agradable, y Alexandra se sorprendió pensando que quería volver a verla.
No porque su hermana organizara otra cena.
No porque necesitara demostrarle nada a Eli.
Sino porque había disfrutado de aquella noche y quería descubrir si lo que había comenzado entre ellas podía crecer.
Cuando terminaron, Alicia tomó el teléfono de Alexandra.
—Voy a guardar mi número.
—¿No lo tienes ya?
—Quiero que lo guardes tú también. Con mi nombre, por supuesto. No quisiera que confundieras mis mensajes con los de alguna de tus admiradoras.
Alexandra sonrió mientras observaba cómo Alicia introducía sus datos.
—¿Y qué nombre debería poner?
Alicia levantó la mirada.
—Alicia. Aunque puedes añadir algo bonito si quieres.
—No abuses.
—Demasiado tarde.
Alexandra rio y guardó el contacto.
Antes de marcharse, Alicia se acercó y la besó una vez más.
—Gracias por esa noche.
Alexandra le acarició la mejilla.
—Gracias a ti.
Alicia se marchó poco después.
Alexandra la observó alejarse antes de recoger sus cosas y prepararse para regresar a la ciudad.
Tenía una jornada de trabajo por delante.
Y no podía seguir viviendo pendiente de una mujer que no estaba dispuesta a elegirla.
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La notificación
El lunes por la mañana, Alexandra llegó a la empresa con varios asuntos pendientes y una agenda especialmente apretada.
Después de revisar algunos informes con su equipo, decidió hacer un recorrido por uno de los departamentos de la compañía para supervisar personalmente el avance de unos trabajos y conversar con los responsables del área.
Antes de salir de su despacho, dejó el teléfono móvil sobre el escritorio, junto a una carpeta de documentos.
—Voy a recorrer el departamento de operaciones. Si alguien me necesita, que me llamen a la oficina de planta —le indicó a su secretaria.
Tomó los planos y salió.
Unos minutos después, Eli Sinclair llegó al despacho de la presidenta con una carpeta que necesitaba su aprobación.
Llamó a la puerta, pero nadie respondió.
—¿Alexandra?
Abrió y asomó la cabeza.
El despacho estaba vacío.
Eli entró, dejó la carpeta sobre la mesa auxiliar y miró hacia la puerta, esperando que Alexandra apareciera en cualquier momento.
Había querido verla desde que llegó aquella mañana. Después de pasar todo el fin de semana pensando en ella, necesitaba comprobar si su actitud había cambiado, si todavía existía alguna posibilidad de recuperar la cercanía que habían compartido.
Pero Alexandra no estaba.
Eli suspiró y se dispuso a marcharse.
Entonces, el teléfono que Alexandra había dejado sobre el escritorio se iluminó.
Una notificación apareció en la pantalla.
Eli no tenía intención de mirar. Ni siquiera había dado un paso hacia el escritorio. Sin embargo, el nombre que apareció en la vista previa captó involuntariamente su atención.
Alicia.
Eli se quedó inmóvil.
El mensaje se mostró completo en la pantalla bloqueada.
Buenos días, preciosa. Espero que hayas llegado bien a la oficina. Dime una cosa: ¿ya dejaron de dolerte los arañazos que te hice en la espalda anoche? Si todavía te molestan, puedo enviarte una crema para que te la pongas. No quiero que te queden marcas.
Eli sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
Leyó el mensaje una vez.
Después otra.
No necesitó desbloquear el teléfono para comprender lo que significaba.
Alexandra había pasado la noche con Alicia.
No se habían limitado a cenar juntas ni a conversar frente a una chimenea. Habían compartido una intimidad que Eli no podía dejar de imaginar, aunque cada imagen mental le produjera una punzada en el pecho.
Lo que más le dolía era la naturalidad del mensaje.
Buenos días, preciosa.
Alicia le hablaba con una ternura que parecía natural, como si tuviera derecho a preocuparse por ella, a preguntarle cómo estaba y a recordar detalles de una noche que Eli nunca podría compartir con Alexandra.
Y los arañazos…
Eli cerró los ojos.
No quería imaginar las manos de Alicia sobre la piel de Alexandra. No quería pensar en sus besos, en la posibilidad de que hubieran despertado abrazadas ni en la manera en que la presidenta habría sonreído al leer aquellas palabras.
Pero no podía evitarlo.
La notificación seguía iluminando la pantalla.
Eli retrocedió un paso.
No tenía derecho a sentirse traicionada. No había existido ninguna promesa entre ellas. Alexandra nunca le había pedido exclusividad ni le había exigido que abandonara a Roberto.
Había sido Eli quien se encargó de recordarle una y otra vez que estaba casada y que no podía ofrecerle nada.
Había sido ella quien levantó las barreras.
Ella quien rechazó las oportunidades de acercarse.
Ella quien creyó que Alexandra seguiría esperándola indefinidamente.
Ahora otra mujer estaba ocupando aquel espacio.
Y Eli no sabía cómo soportarlo.
Tomó la carpeta que había llevado y salió del despacho sin hacer ruido. Antes de cerrar la puerta, miró una última vez el teléfono de Alexandra, que volvía a apagarse.
Sintió un dolor tan intenso que tuvo que apretar los labios para no llorar.
—¿Qué esperabas, Eli? —se preguntó en voz baja—. ¿Que te esperara para siempre?
Regresó a su oficina y cerró la puerta.
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La mujer que estaba perdiendo
Eli dejó la carpeta sobre su escritorio y caminó hasta la ventana.
Necesitaba aire, distancia, cualquier cosa que le permitiera dejar de imaginar a Alexandra en aquella cabaña.
Pero su mente no obedecía.
Imaginó a Alicia despertando junto a ella. A Alexandra preparándole café. A ambas riéndose de alguna tontería y besándose antes de separarse.
Se preguntó si Alexandra habría sonreído de aquella manera que Eli tanto había llegado a extrañar.
Si la habría mirado con aquellos ojos verdes llenos de una ternura que parecía desaparecer cada vez que estaban juntas en la oficina.
Si habría pronunciado su nombre en voz baja.
Eli cerró los ojos con fuerza.
—Basta.
No podía continuar haciéndose daño.
Se sentó detrás de su escritorio e intentó recuperar la compostura. Era una mujer adulta, una profesional respetada y alguien que siempre había sabido controlar sus emociones.
Sin embargo, bastó con recordar las primeras palabras del mensaje para que aquella seguridad se desmoronara.
Buenos días, preciosa.
Alicia no necesitaba esconder lo que sentía. No tenía que disimular sus intenciones ni fingir que la cercanía con Alexandra era un simple accidente.
Podía escribirle, buscarla y decirle que la había extrañado.
Podía ofrecerle una crema para las marcas que le había dejado en la espalda.
Y podía hacerlo sin sentir culpa por tener que regresar después a casa con un marido.
Eli bajó la mirada hacia sus manos.
Por primera vez, no se preguntó solamente si Alexandra podía enamorarse de otra mujer.
Se preguntó qué estaba dispuesta a hacer ella para dejar de perderla.
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Mírame como antes
Al mediodía, Eli fue al baño y se miró detenidamente en el espejo.
Llevaba el mismo conjunto profesional de siempre, el cabello recogido de forma sencilla y un maquillaje discreto. Nada en su aspecto estaba mal. Siempre había cuidado su imagen, aunque nunca había sentido la necesidad de utilizarla para llamar la atención de nadie.
Hasta ahora.
Se acercó un poco más al espejo.
Era una mujer atractiva. Tenía unos hermosos ojos azules, el cabello castaño y una figura que nunca había necesitado exhibir para sentirse segura de sí misma.
Pero ahora quería que Alexandra volviera a mirarla.
Quería que notara su presencia.
Quería que, al entrar en una habitación, la presidenta olvidara durante unos segundos lo que estaba haciendo.
Y, aunque le avergonzaba reconocerlo, quería que Alicia dejara de ser la única mujer capaz de despertar una sonrisa en Alexandra.
—No voy a quedarme sentada esperando a que me olvides —murmuró.
La decisión comenzó a tomar forma en su mente.
Al día siguiente elegiría un conjunto diferente. Se soltaría el cabello, prestaría más atención a su maquillaje y dejaría de esconderse detrás de los mismos trajes sobrios de siempre.