La heredera del imperio Woods Capítulo 17 — Mírame como antes
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Capítulo 17 — Mírame como antes

—¿En qué estás pensando? —preguntó Alicia.

Alexandra volvió la mirada hacia la carretera.

—En que mi hermana probablemente ya está imaginando cómo será nuestra próxima cita.

Alicia soltó una carcajada.

—¿Nuestra próxima cita? ¿Eso significa que habrá otra?

—No te emociones. Todavía no hemos llegado a la primera.

—Entonces tendré que esforzarme para que quieras repetir.

Alexandra sonrió.

—Eres bastante segura de ti misma.

—Y tú bastante difícil de conquistar.

—No recuerdo haberte dicho que estuvieras intentando conquistarme.

Alicia ladeó la cabeza, fingiendo reflexionar.

—Tienes razón. Quizá debería empezar por preguntarte si estás dispuesta a dejarte conquistar.

Alexandra volvió a reír.

Hacía tiempo que no disfrutaba de una conversación tan ligera con alguien. Alicia no parecía intimidada por su carácter ni por su posición en la empresa. Podía bromear con ella, desafiarla y hacerle preguntas sin que cada intercambio terminara convirtiéndose en una negociación.

Aquella naturalidad le gustaba.

Y, aunque todavía no sabía qué podía surgir entre ellas, estaba dispuesta a descubrirlo.

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La cabaña apareció al final de un camino estrecho, rodeada de árboles y con una pequeña terraza de madera que daba a un jardín natural.

Era un lugar acogedor, con grandes ventanales, paredes de piedra y una chimenea que convertía la sala principal en un espacio cálido y romántico.

Alicia bajó del automóvil y contempló el lugar con una sonrisa.

—Es precioso.

Alexandra sacó las maletas del maletero.

—aseguró que era el sitio perfecto para desconectar.

—Por una vez, tu hermana parece haber acertado.

—No se lo digas. Ya tiene suficiente confianza en sus habilidades para organizarme la vida.

Alicia rio y tomó una de las bolsas.

Entraron juntas.

Mientras Alexandra revisaba la calefacción y dejaba sus pertenencias en el dormitorio, Alicia se acercó a los ventanales. Afuera, el cielo comenzaba a oscurecerse y el viento movía las ramas de los árboles.

—¿Sueles venir a lugares como este? —preguntó.

—No tanto como debería.

—¿Por el trabajo?

—Por el trabajo, por las responsabilidades y porque a veces resulta más fácil mantenerse ocupada que pensar demasiado.

Alicia se volvió hacia ella.

—¿Y hoy?

Alexandra sostuvo su mirada.

—Hoy estoy intentando hacer algo diferente.

Alicia sonrió sin insistir.

Había comprendido que Alexandra no era una mujer que revelara fácilmente sus sentimientos. No pretendía obligarla a hacerlo, pero tampoco quería que aquella invitación se convirtiera en una simple escapada entre conocidas.

Le interesaba Alexandra.

No solo la presidenta impecablemente vestida que todos admiraban en las reuniones empresariales, sino también la mujer que se permitía reír cuando se sentía cómoda, que parecía esconder su soledad detrás de una seguridad extraordinaria y que, en ocasiones, se quedaba pensativa como si llevara demasiadas cosas dentro.

Quería conocerla.

Y esperaba que Alexandra le permitiera hacerlo.

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La cena transcurrió entre conversaciones, bromas y algunas copas de vino.

Alicia había preparado una pequeña sorpresa: una mesa junto a la chimenea, velas y una cena sencilla que habían terminado compartiendo entre risas cuando Alexandra descubrió que ninguna de las dos tenía demasiada paciencia para seguir una receta.

—Debo advertirte algo —dijo Alexandra mientras probaba uno de los platos—. Si esperabas impresionar a la presidenta con tus habilidades culinarias, quizá debamos reconsiderarlo.

Alicia abrió la boca, fingiendo indignación.

—¡Yo preparé la cena!

—Y yo tuve el valor de probarla.

Alicia le lanzó una servilleta.

Alexandra soltó una carcajada tan espontánea que Alicia se quedó observándola.

—¿Qué? —preguntó Alexandra al advertir su mirada.

—Nada. Me gusta verte así.

La sonrisa de Alexandra se suavizó.

—¿Así cómo?

—Relajada. Sin esa expresión de mujer que está a punto de despedir a alguien por respirar demasiado fuerte.

Alexandra rio otra vez.

—No tengo esa expresión.

—Claro que sí.

—Tendré que revisar las cámaras de seguridad para comprobarlo.

Alicia se inclinó sobre la mesa.

—Si lo haces, asegúrate de revisar también las grabaciones de esta noche. Quiero pruebas de que te he hecho reír.

Alexandra la observó durante unos segundos.

Era agradable estar con alguien que no intentaba conseguir algo de ella a través de su cargo.

Alicia no parecía interesada en impresionarla con contactos, dinero o conversaciones sobre negocios.

Se interesaba por ella, por sus gustos y por las pequeñas cosas que normalmente quedaban enterradas bajo las obligaciones.

Y Alexandra agradecía aquella diferencia.

Cuando terminaron de cenar, llevaron las copas a la sala y se sentaron en el sofá frente a la chimenea.

La lluvia comenzó poco después, golpeando suavemente los ventanales.

Alicia se acomodó a su lado.

—¿Puedo preguntarte algo sin que me respondas con una de tus frases misteriosas?

Alexandra levantó una ceja.

—No prometo nada.

—¿Hay alguien en tu vida?

La pregunta hizo que Alexandra guardara silencio.

Durante unos segundos solo se escuchó la lluvia.

Podría haber respondido que no. No mantenía ninguna relación sentimental y nadie la esperaba en casa.

Sin embargo, había una mujer que llevaba demasiado tiempo ocupando sus pensamientos.

—Hay alguien en quien he estado pensando más de lo que debería —admitió finalmente.

Alicia bajó la mirada hacia su copa.

—¿La quieres?

Alexandra respiró despacio.

—No lo sé.

Era una respuesta que le resultaba dolorosa precisamente porque era sincera.

—Intenté acercarme a ella —continuó—. Le di oportunidades para que me conociera y para que me demostrara que sentía algo por mí. Pero cada vez que parecía que estábamos a punto de dar un paso adelante, encontraba una razón para alejarse.

Alicia la escuchó sin interrumpirla.

—¿Y por qué no sigues intentándolo?

Alexandra soltó una pequeña risa sin humor.

—Porque estoy cansada de ser la única que intenta acercarse.

Alicia comprendió que aquella historia todavía le dolía.

—No quiero ser una forma de olvidarla —dijo con sinceridad—. Me gustas, Alexandra. Y me gustaría descubrir qué podría existir entre nosotras. Pero no quiero que mañana te despiertes pensando que cometiste un error conmigo.

Alexandra giró el cuerpo para mirarla.

—No eres un error, Alicia.

—Entonces, ¿qué soy?

Alexandra tardó unos segundos en responder.

—Una mujer que me hace sentir bien cuando estoy con ella. Alguien con quien puedo conversar sin tener que fingir que todo está bajo control.

Alicia sonrió levemente.

—Eso ya es bastante.

—No quiero prometerte algo que todavía no sé si puedo ofrecerte.

—No te estoy pidiendo promesas.

Alicia dejó su copa sobre la mesa y acercó una mano al rostro de Alexandra.

—Solo quiero que seas sincera conmigo.

Alexandra apoyó la mejilla contra su palma durante un instante.

Aquel gesto sencillo la conmovió más de lo que esperaba.

Hacía tiempo que deseaba una cercanía que no estuviera acompañada de dudas, rechazos y palabras que terminaran levantando muros.

Y Alicia no le estaba pidiendo que resolviera su vida aquella noche.

Solo le estaba ofreciendo la oportunidad de estar allí.

—Estoy siendo sincera —susurró Alexandra.

Alicia se acercó lentamente.

Sus labios rozaron los de la presidenta en un beso suave, casi una pregunta.

Alexandra permaneció inmóvil durante una fracción de segundo.

Después cerró los ojos y correspondió.

Fue ella quien acortó la distancia, quien volvió a besar a Alicia y quien la atrajo suavemente hacia sí.

El segundo beso fue más intenso.

Alicia le rodeó el cuello con los brazos mientras Alexandra apoyaba una mano en su cintura. Durante unos instantes, ninguna pareció tener prisa por separarse.

Cuando finalmente lo hicieron, Alicia sonrió.

—Pensé que tendría que convencerte un poco más.

—No te acostumbres a tener tanta suerte.

—Demasiado tarde.

Alexandra soltó una risa baja y volvió a besarla.

Esta vez no hubo preguntas.

Se besaron junto a la chimenea, entre caricias delicadas y sonrisas que aparecían cada vez que una de ellas intentaba decir algo y terminaba perdiendo las palabras.

Alicia acarició el cabello negro de Alexandra, apartándole un mechón del rostro.

—Tienes unos ojos preciosos —murmuró.

Alexandra sonrió.

—Creía que ya te habías dado cuenta.

—Me había dado cuenta. Pero ahora puedo mirarlos de cerca.

—Eres bastante atrevida.

—Y tú demasiado orgullosa.

—¿Eso te molesta?

Alicia negó con la cabeza.

—No. Me gustaría descubrir qué hay detrás de ese orgullo.

Alexandra sintió que aquellas palabras le llegaban más profundamente de lo esperado.

Durante semanas había deseado que Eli quisiera conocerla de verdad. Que mirara más allá de su cargo, de su apellido y de aquella seguridad que utilizaba como armadura.

Pero Eli siempre terminaba retrocediendo.

Alicia, en cambio, estaba allí.

No le exigía que se convirtiera en otra persona ni le pedía que resolviera sus sentimientos de inmediato.

Simplemente se acercaba.

Y Alexandra quería permitirlo.

La besó nuevamente y se levantó del sofá, ofreciéndole una mano.

—Ven conmigo.

Alicia entrelazó los dedos con los suyos.

—¿Adónde?

Alexandra sonrió.

—¿Siempre tienes que hacer tantas preguntas?

—Solo cuando quiero saber qué está pensando una mujer tan complicada como tú.

Alexandra rio y tiró suavemente de su mano.

Caminaron hacia el dormitorio mientras la lluvia continuaba cayendo sobre la cabaña.

Antes de cruzar la puerta, Alicia se detuvo.

—Alexandra, quiero que estés segura de esto.

La presidenta la miró directamente a los ojos.

—Lo estoy.

—No quiero que mañana sientas que hiciste algo que no deseabas.

Alexandra tomó su rostro entre las manos.

—No voy a culparte por algo que también quiero.

Y volvió a besarla.

La puerta del dormitorio se cerró detrás de ellas.

Aquella noche, Alexandra y Alicia dejaron que la cercanía entre ambas creciera sin apresurarse a ponerle un nombre. Compartieron besos, caricias y una intimidad que ninguna quiso interrumpir con preguntas sobre el futuro.