Capítulo 16 — La mujer que podía arrebatársela #2
No sabía exactamente qué esperaba de aquella salida. Alicia le parecía interesante, disfrutaba de sus conversaciones y agradecía que no intentara presionarla para definir lo que existía entre ellas.
Pero todavía tenía sentimientos que no había conseguido resolver.
No podía borrar a Eli de sus pensamientos de un día para otro.
Lo que sí podía hacer era dejar de organizar su vida alrededor de una mujer que no estaba disponible para ella.
La cabaña se encontraba fuera de la ciudad, rodeada de árboles y lejos del ruido constante de las avenidas. Alicia había encontrado el lugar y se había encargado de organizar la salida, convencida de que ambas necesitaban un día tranquilo.
Alexandra se arregló sin demasiadas complicaciones, eligió ropa cómoda y guardó el teléfono en el bolso.
Antes de salir, miró una última vez la pantalla.
No había mensajes de Eli.
Sintió la punzada habitual, pero no abrió la conversación ni buscó una excusa para escribirle.
Aquella vez, decidió no hacerlo.
No quería pasar el día esperando una señal que probablemente nunca llegaría.
Cuando llegó al punto de encuentro, Alicia ya la estaba esperando junto a su automóvil.
—Buenos días —saludó Alicia con una sonrisa.
—Buenos días. Espero que la cabaña esté a la altura de tus promesas.
—Es preciosa. Tiene una terraza, un jardín y una vista que te hará olvidar que existe una empresa llamada Woods International.
Alexandra soltó una carcajada.
—Eso último me parece poco probable.
—Entonces aceptaré el desafío.
Alicia le abrió la puerta del automóvil.
Alexandra subió, y poco después ambas emprendieron el camino.
Durante los primeros kilómetros conversaron sobre asuntos cotidianos. Alicia le habló de algunos viajes que había realizado y Alexandra compartió anécdotas de su época de estudiante.
La conversación resultó más fácil de lo que esperaba.
Alicia no le preguntaba por la empresa cada cinco minutos ni parecía interesada en impresionar a la heredera de los Woods. Quería conocer a la mujer que existía detrás del apellido.
Y Alexandra comenzó a disfrutar de aquella sensación.
Por primera vez en mucho tiempo, estaba permitiéndose descubrir a alguien sin convertir cada gesto en una promesa.
No sabía si aquello terminaría convirtiéndose en una relación.
Pero quería averiguarlo.
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Mientras Alexandra se alejaba de la ciudad, Eli intentaba concentrarse en la mañana que había organizado con Roberto.
Habían desayunado juntos y su marido le había propuesto salir a comprar algunas cosas antes de la cena. Eli aceptó, procurando no mirar constantemente el reloj.
Sin embargo, cuando Roberto se apartó para atender una llamada, ella sacó el teléfono del bolso.
Abrió la conversación con Leticia.
Leyó nuevamente el mensaje sobre la cabaña.
Creo que Alexandra está intentando salir un poco de su rutina.
Eli apretó los labios.
No quería seguir indagando. Ya había preguntado más de lo que debería y no pensaba volver a utilizar a Leticia para obtener información sobre la vida privada de su hermana.
Pero la curiosidad continuaba consumiéndola.
¿Habrían llegado ya?
¿Estaría Alexandra disfrutando de la compañía de Alicia?
¿Se sentarían juntas en la terraza?
¿Habría algún momento en el que Alexandra pensara en ella?
La última pregunta le provocó una tristeza inesperada.
Porque Eli no quería solamente saber qué estaba haciendo Alexandra.
Quería saber si todavía ocupaba algún lugar en sus pensamientos.
Y esa era una respuesta que no podía exigirle.
Roberto regresó y guardó el teléfono en el bolsillo.
—¿Todo bien?
—Sí.
Él le ofreció la mano.
—Vamos. Quiero enseñarte algo antes de volver a casa.
Eli aceptó y caminó a su lado.
Se obligó a prestar atención a la conversación, a disfrutar de la compañía de su marido y a no permitir que una salida ajena destruyera el día que ambos habían decidido compartir.
Pero la imagen de Alexandra y Alicia seguía apareciendo en su mente.
Y cuanto más intentaba apartarla, más consciente se volvía de la verdad que estaba intentando evitar.
No le molestaba simplemente que Alexandra saliera con otra mujer.
Le dolía imaginar que Alexandra pudiera encontrar con ella la intimidad emocional que Eli nunca se había atrevido a ofrecerle.
A varios kilómetros de allí, Eli regresó a casa después de pasar la mañana con Roberto.
Su marido se había mostrado cariñoso, le había propuesto algunos planes para las próximas semanas y había hablado de un viaje que podrían organizar cuando ambos tuvieran tiempo libre.
Eli había escuchado todo.
Había respondido a sus preguntas y había intentado disfrutar del día.
Sin embargo, en cuanto tuvo unos minutos a solas, tomó el teléfono.
No escribió a Alexandra.
No buscó otra excusa para hablar con Leticia.
Simplemente abrió una conversación antigua con la presidenta y recorrió algunos de los mensajes profesionales que habían intercambiado semanas atrás.
Recordó una ocasión en la que Alexandra había aparecido en su despacho con dos cafés porque sabía que Eli llevaba toda la mañana sin levantarse de su escritorio.
Recordó una discusión que había terminado con ambas riéndose a pesar de sus intentos por mantener la seriedad.
Recordó las miradas que antes la incomodaban y que ahora habría dado cualquier cosa por recuperar.
Y entonces comprendió algo que le dolió profundamente.
No extrañaba únicamente la atención de Alexandra.
Extrañaba a la mujer que había detrás de aquellas provocaciones.
Su inteligencia, su sentido del humor, la manera en que defendía sus decisiones y hasta aquella seguridad arrogante que tantas veces había criticado.
Había estado tan concentrada en proteger su matrimonio y en negar lo que sentía que nunca se había permitido preguntarse qué habría ocurrido si, en lugar de rechazar cada acercamiento, hubiera reconocido su propia confusión.
Ahora Alexandra estaba con Alicia.
En una cabaña fuera de la ciudad.
Compartiendo un día que podría convertirse en el comienzo de algo nuevo.
Eli dejó el teléfono sobre la cama y se cubrió el rostro con las manos.
—No puedes pedirle que te espere —susurró.
Era la verdad.
No podía pedirle que renunciara a una mujer que podía hacerla feliz.
No podía exigirle que siguiera buscándola mientras ella continuaba sin saber qué quería hacer con su propia vida.
Y tampoco podía culpar a Alicia por aprovechar una oportunidad que Eli había rechazado una y otra vez.
Lo único que podía hacer era dejar de esconderse de sí misma.
Eli no tenía todas las respuestas.
No sabía si lo que sentía por Alexandra era amor, si su matrimonio podía superar aquella confusión ni qué decisiones tendría que tomar en el futuro.
Pero ya no podía seguir fingiendo que la presidenta era una mujer más en su vida.
La idea de perderla le dolía demasiado.
Y, por primera vez, Eli comprendió que el tiempo que había pasado rechazándola no había eliminado sus sentimientos.
Solo había conseguido que Alexandra dejara de esperarla.
Mientras ella seguía intentando entender su corazón, otra mujer estaba teniendo la oportunidad de acercarse al de Alexandra.
Y quizá, cuando Eli finalmente encontrara el valor para reconocer lo que deseaba, ya no quedara nada que pudiera hacer para recuperarla.